La ínsula y la península de Saramago

La pluma de José Saramago irradiaba frases lapidarias. “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”. Tenía la vena de un prosista sentencioso. Cada novela suya era una parábola que escrutaba el alma del mundo, de los seres vivos y de los muertos, hablaba y escribía como si no estuviera en paz. “En Lanzarote”, me dijo, “está por todas partes el fantasma de César Manrique”. En su casa de Tías, donde me recibió al poco de instalarse en la isla de Manrique, abordó el tema, su condición de exégeta del hombre, de pensador apesadumbrado y, en fin, de poeta amargado por la fealdad de su tiempo. “Me dicen los amigos que parezco un gurú más que un escritor al uso”, comentó como un efecto antes que un defecto. Tenía todas las obras cortadas por la misma tijera, lo que decía el mensaje de esas páginas, no era agradable. Saramago era un anacoreta. En la isla escribió La caverna, Todos los nombres, El hombre duplicado o El viaje del elefante y todas sus demás novelas últimas. Pero escribió sobre todo una, Ensayo sobre la ceguera, que describe el espanto de una sombra colectiva, una sombra blanca: “ciegos que, viendo, no ven”. “No es que sea pesimista, es que el mundo es pésimo”, se defendía, y apostillaba: “Los únicos interesados en cambiar el mundo somos los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”.

La proeza y la pobreza de su vida eran, en verdad, prodigiosas, pues Saramago (el apellido que le adscribió el funcionario del registro civil a partir del apodo familiar de la planta silvestre Jaramago; eso que llaman un lapsus calami, un error de pluma) provenía de una humilde familia campesina que apenas tuvo recursos para darle unos estudios técnicos incompletos, y sus trabajos solo pudieron ser literarios y periodísticos tras pasar por una herrería y una plaza de administrativo. Era un trabajador. Después lo fue de las letras. Aquellas palabras sobre el hombre más sabio estaban referidas a su abuelo materno Jerónimo, el analfabeto del que aprendió a contar historias cuando dormían al raso bajo una higuera en su pueblo natal, Azinhaga, en la provincia del Ribatejo (Portugal). Era un heredero agradecido de esa sabiduría autodidacta. Nos contó aquella tarde en su casa que sus raíces estaban depositadas allí, en los árboles que su abuelo abrazó un día llorando para despedirse cuando previno que la muerte venía a por él. Saramago era hombre de pueblo; había arado la tierra, pastoreado y cortado leña para la lumbre del hogar. Y las palabras citadas las dijo al principio del discurso de recepción del Nobel de Literatura que le concedieron hace ahora 20 años, un 8 de octubre; el primer escritor en portugués y único hasta ahora con ese alto honor; un novelista tardío que desertó de la poesía (Pedro Guerra lo desempolvó en un disco y le dio una alegría) formalmente, pero no en esencia, pues la suya era una prosa poética. Él había soñado con una isla-nación, con España y Portugal desgajándose de Europa, en La balsa de piedra. Y el destino lo llevó a vivir los últimos 17 años a una isla, hace ahora 25. De ahí la ínsula y la península de Saramago, que se resumen en su casa museo de Tías, obra personal y pasional de su mujer y traductora, Pilar del Río (los relojes de la colección siguen detenidos a las cuatro de la tarde, la hora en que se conocieron), donde acaban de homenajearle en el aniversario del día en que ocupó el trono de las letras. Mañana se cumplen 20 años.

“Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía”, me dijo cuando surgían celos en Portugal y cuando aquí a alguien le incomodaba su defensa incondicional del inmigrante. Saramago era un hijo adoptivo de Lanzarote que no queríamos que se fuera nunca. El suyo era un Nobel portugués y canario, a partes iguales. El Premio Canarias Internacional 2001 fue una ratificación de ese gentilicio y dualidad. En la velada de su casa de Tías hablamos de los lazos históricos de Lanzarote y Portugal, y de los portuguesismos de Canarias. Nos acostumbramos tanto a él, que seguimos echándolo de menos. “La historia ha acabado, no habrá más que contar”, escribió al final de Caín, su novela postrera. pero mañana se edita su diario póstumo del 98, El cuaderno del año del Nobel, descubierto por azar en su ordenador, como si siguiera escribiendo después de muerto.

Saramago era un utópico que no caía bien a todo el mundo. Por comunista ya tenía una parte de la grada en contra, pero cuando le quitó el saludo a Fidel por la deriva de su régimen, se lo quisieron apropiar casi todos indiscriminadamente. Y no se dejaba patrimonializar; ponía cara de escritor y no lo superaba ni Pérez-Reverte. Pero, en el fondo, Saramago era un pedazo de pan. “Ateo, pero buena persona”, se definía. Era un buen hombre que procedía de abajo y había llegado al cielo, aunque esa no fuera su intención. Personalmente, lo recuerdo con afecto. Lo conocí y frecuenté varias veces, a menudo en compañía de Juan Cruz, el editor que lo apadrinó en España y lo fomentó hasta la Academia Sueca. Conservo de él un recuerdo entrañable.

Se perdió estos años de frustraciones desde 2010. No se perdió nada. Muchas veces me he preguntado qué habría pensado Saramago de esto y aquello. Habría visto a Podemos con simpatías preventivas. Se habría congratulado de ver al socialista António Costa gobernando en Portugal. Envidio no escuchar su estupor sobre Trump en La Casa Blanca. Y adivino su complicidad con Pedro Sánchez; le habría devuelto la visita en la Moncloa.

Abrió la puerta y nos recibió un domingo solo en casa, con Pilar de viaje. Le hice la entrevista (inédita en papel que hoy rescatamos en el DIARIO). Quería a Lanzarote como una tabla de salvación, desde que se mudó por despecho hacia el gobierno de su país que le vetó El Evangelio según Jesucristo para el premio Europeo de Literatura porque “ofende a los católicos”. Luego lo iban a ver compatriotas relevantes como si Lanzarote fuera un territorio neutral. Saramago era el finalista eterno que tenía la aureola del Nobel desde mucho antes de que una azafata le diera la noticia en el aeropuerto de Fráncfort. “Me pasé todo el rato a solas imaginando lo que me iba a caer encima a partir de ese instante”. Y después de volar a todas las capitales por exigencias del Nobel, pudo regresar al volcán. Y escribir hasta el último día.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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