En tres años del Foro Premium, ¡cuánto cambió el mundo!

En el cenáculo del jueves, José Manuel Soria dio una pasada a vista de pájaro por los últimos tres años de la vida política española (el tiempo que dista entre el primer Foro Premium que inauguró siendo ministro y este tras dos años de silencio y retiro), y el resultado fue una de esas fotos satelitales sobre el rápido deterioro del planeta a causa del cambio climático y la voracidad roedora del hombre. Si a España no la conoce ni la madre que la parió, como decía Alfonso Guerra, tampoco nadie reconoce -siguiendo el vuelo de Soria sobre nuestras cabezas en tres tristes años- al mundo que sobrevino a espetaperros en este corto espacio de la historia, esa disciplina que hoy trastoca la vieja diacronía de los hechos en la sincronía momentánea de períodos de sobresalto en un instante perpetuo. Como si las cosas ya no pasaran de tiempo en tiempo, sino a la vez. Yo recuerdo con añoranza nunca del todo sanada acudir al Círculo de Bellas Artes -ahora clausurado por la autoridad competente- con la avidez de escuchar a escritores y pensadores que nos ilustraban sobre sucesos que ocurrían fuera de las resonancias locales de nuestra campana insular. Hacía de aquello una fiesta y llevaba las crónicas y entrevistas de esos actos ilustrativos a Alfonso García Ramos para que las publicara en La Tarde. Como hubiera hecho ahora con Paul Preston o las escritoras francesas surrealistas que han traído la ULL y la Fundación DIARIO DE AVISOS. Eran los fenómenos culturales los que marcaban la pauta, el tiempo y las etapas de nuestra vida.

No tanto la política, que no existía como tal, pues la dictadura era monocorde y cansina, plana e irrelevante. ¿Quiere decirse que el sistema político y económico vigente (la democracia y el capitalismo triunfantes) ha roto la campana confortable de nuestra Arcadia y la aldea global, y la política barre con todo como un tsunami, incluida la cultura, que era la que marcaba el paso? Los intelectuales ya no agitan el falansterio como entonces, y se imponen las coces (ya no las voces) del último burro italiano o yanqui de moda en el bestiario político internacional. ¿Por qué la radiografía que sale nos muestra tan embrutecidos, con todas las herramientas del saber a nuestro alcance como nunca antes en la historia? De manera que Soria hablaba de los trastornos temporales de España y el mundo, y yo pensaba en Salvini, en Trump, y en nuestra fauna de puertas adentro, con esa nostalgia de la infancia sin héroes políticos nacionales, bajo el franquismo, que sustituíamos con la pasión por la cultura y el conocimiento como clavos ardiendo a los que me asía poseído por una fiebre empollona que nos marcó para siempre.
¿Qué es este brío imperioso de la fiera desbocada de la historia, que no se está quieta un minuto? ¿Por qué nos urge tanto que pasen las cosas, que todo suceda ya? Si no hace tanto éramos pacientes y aplatanados… Acaso estamos rindiendo tributo a la memoria -histórica, por supuesto- de un tiempo en que las cosas discurrían a paso lento y provinciano, y los sucesos que nos transformaban de verdad se producían de tarde en tarde, de San Juan a Corpus. Era una maravillosa pereza social, política, económica… Los empresarios prominentes se regalaban veladas a media tarde delante de un güisqui, porque todo el pescado estaba ya vendido. Ahora pasan volando diez años de la caída del Lehman Brothers y nos quedamos tan panchos; ya estamos jugando con la idea de una nueva desaceleración y ponemos la carreta delante de los bueyes. La vida se ha convertido, ya no en un impetuoso tiovivo, sino en una montaña rusa, como aquella a la que me subí la primera vez en Madrid y casi se me sale el estómago por la boca cuando me quedé colgando en el vacío en lo que llaman un looping vertical, una de sus terribles inversiones, como ahora, a menudo, a cada sobresalto cotidiano, a golpe de cada amenaza para tu integridad. Veo un timelapse -como ahora se llaman los vídeos a cámara rápida- con cualquier motivo y llego a sospechar que algún día nos desplazaremos como rayos de un puntero laser, al ritmo acelerado de los fotogramas de cine mudo, donde al auge de la comunicación social se impone la verdad individual del aislamiento (que era patrimonio y baldón de los isleños, ahora un gentilicio universal).

En la sesión del Mencey organizada por la Fundación del periódico, camino del 130 aniversario (hablando de historia, se cumple en 2020), el ponente nos dibujó un país que vive a cámara rápida, que devora a presidentes, sepulta a Rajoy y entroniza a Sánchez, que ahora prueba la cicuta del poder. Un país que tuerce el gesto por la crisis de los másteres mientras le diluvia el conflicto catalán. Un país llamado España que se parece a Yugoslavia y desentierra a Franco como si fuera Tito -la esfinge humana que conocí en La Habana cuando le quedaban meses de vida-, pues las momias de los faraones siempre tientan a la profanación. Ese país, este, adora los secretos de patio de colegio, los corros de pasillo, es el gran mentidero (como el célebre bar de El Pinar en la isla de Padrón Machín, donde me colaba a escuchar los chismes de los mayores entre partidas de cartas y dominó, el dechado de la sabiduría popular). Rajoy, casi ayer, consolidaba su leyenda de estafermo que acuñó Pedro J. y parecía incombustible: “Tienes piel de cocodrilo”, lo elogiaba Angela Merkel, que ahora también ella está en la cuerda floja. Rajoy cayó al amanecer de un día cualquiera. “Nos quedamos en estado de shock”, confesó Soria sobre aquella censura que parecía imposible. Así son las postrimerías del poder, cuando todo apunta a fin de ciclo, a epílogo y desenlace. Tempus fugit, reza el verso de Virgilio. El tiempo fluye veloz, siempre en retirada, arrastrando los restos del naufragio en que se torna cada gobierno. Ahora la historia se ha vuelto histeria. La ONU se ríe de las chifladuras de Trump, que no era nadie hace tres años, en el inventario de Soria. Tempus fugit. Hace un cuarto de siglo, la isla jugaba en Europa, Tenerife debutaba en la UEFA, veinticinco años después celebramos un Mundial de baloncesto femenino, somos otra sociedad sin rumbo definido… Ya nunca podrá volver a la isla, como hace un cuarto de siglo Michael Jackson, aquel chico aprensivo que se decoloraba la piel oscura y tapaba su rostro con una mascarilla quirúgica, icono de un tiempo que ya no es.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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