“Acuérdense siempre de que hoy estuvieron aquí”

Hemos dejado de hablar de bondad durante demasiado tiempo conscientemente porque algunos sentimientos padecen cierto descrédito en momentos que se precian de aguerridos a riesgo de caer en sensiblerías, y porque vivimos cohibidos por la inercia de los dramas más infames que se multiplican ante nosotros, y es verdad que el clima social no invita a semejante tema de conversación. De tal modo que nos hemos olvidado de la inmensa mayoría silenciosa, la que no rompe un plato, ni arruina la vida de nadie por codicia, insania o maldad. ¿Entonces, la bondad censurada subsiste, como una suerte de verdad a escondidas, que casi nos da vergüenza admitir? Cuando Patricia Ramírez, esa madre coraje de la inhostilidad, toma la palabra -como hizo el jueves en los Premios Taburiente- para decir que las buenas gentes ganan por aplastante mayoría a los verdugos y asesinos, solo que estos son más estridentes, entonces la convicción de esta mujer bloquea el instinto de acabar con el mismísimo demonio. Por ser madre de quien es, del niño Gabriel, el Pescaíto, símbolo de todas las victimas indefensas frente a la desalmada Ana Julia, que segó su vida -digamos presuntamente por exigencias del guion-, comprenderán que el teatro se pusiera en pie, exorcizado por el conjuro de sus palabras contra la maldad dichas cálidamente desde las entrañas del fuego.

Acaso la del jueves en el Guimerá fuera una cura de humildad para todos. Por sí misma, la gala de los Premios Taburiente 2018 de la Fundación DIARIO DE AVISOS se dotó de un leitmotiv que el jurado adivinó al hacer la nómina de galardonados, pero que estos convirtieron en rito y celebración. Sin duda, Patricia fue el hilo conductor, una voz autorizada salida de esa zona cero de los feroces días que vivimos. Algunas de sus palabras robustas y palpitantes quedarán para siempre en nuestra retina y memoria de la gala: “El mundo está lleno de mujeres y hombres buenos; los malos son pocos, pero hacen mucho ruido; intento mirar la vida con los ojos de mi hijo, cuando los míos se agotan y no puedo abrirlos”. Hablaba en nombre de padres que se toparon con la maldad.

Fue con motivo de unos versos casi epigramáticos de William Butler Yeats, de su Segunda venida, que el periodista Pedro J. Ramírez llevó la contraria al poeta irlandés tras recibir el premio y escuchar a Patricia. Pertenecen a un poema que describe un mundo con los ojos crueles del sol oculto en las arenas del desierto: “Los mejores carecen de toda convicción,/ mientras que los peores/ están llenos de brío apasionado”. El periodista rebatió a Yeats: en la pugna de la historia, los mejores son más.

No recuerdo un teatro sumergido en una atmósfera tal de fiesta y concilio durante una entrega de premios, que, sin renunciar a su condición de espectáculo, ascendiera tan alto hacia cimas del saber y el sentir, de lo humanamente excelso y trascendente. Un combinado de Kant con el Hallelujah de Cohen y las espirales de Chirino rizando el rizo, haciendo piña los músicos y los deportistas, los intelectuales y los emprendedores, los periodistas y la madre musa Patricia en el centro de la invocación. No recuerdo en una gala de galardonados al auditorio aplaudiendo un mitin de filosofía como el de Adela Cortina, la discípula de Jürgen Habermas, hablando de la ética cordial. Cortina se metió al público en el bolsillo con su metáfora de la noche, la aporofobia, y proclamó que solo habrá un mundo sensatamente mejor si perdemos el miedo, el rechazo, el odio al pobre. La RAE homologó el año pasado esa palabra de origen griego inventada por esta mujer, aporofobia, que define esa triple aversión que una vez se cronifica se vuelve odio al inmigrante, pues nada se espera de quien nada tiene, ignorando el PIB que atesora en sus manos de obra. “Hoy en día la gente conoce el precio de todo, pero el valor de nada”, dijo con Oscar Wilde y el público la ovacionó como si hubiera cantado un aria de ópera. Cortina, como otras mujeres y hombres distinguidos junto a ella en esta cuarta edición de los Taburiente, añadió así al eslogan de la gala, que iba hasta entonces de solidaridad, el factor ineludible de la ética. La poeta Elsa López y la periodista María Rozman abundaron en esa doble faceta, su testimonio cargó el acto de razones.

Al día siguiente titulamos que había sido la gala de los valores extraordinarios. Había ejemplos perdurables excepcionales de gran vitalidad creativa, como Martín Chirino y María Mérida, cuyas edades prohibitivas elevaron el listón y la moral del público. “Sin pasión no hay vida”, proclamó una vez más el escultor de los aeróboros, hoy nonagenario. Mérida, de su misma quinta (ambos nacieron en 1925), cantó como hacía Chavela Vargas, con la lógica biológica de los cantantes eternos. Miguel Henrique Otero, el editor y director de El Nacional, que encarna la diáspora y el exilio de Venezuela, añadió el concepto de la libertad a la cornucopia de valores que se exaltaban esa noche inolvidable del jueves. ¡Qué brillante luce en el escenario Michelle Alonso, la Sirenita, virtuosa y espléndida en su podio luciendo la medalla de la superación, con la sonrisa y la lágrima fáciles. Todos tenían hazañas humanas y reales que contarnos desde el corazón. Helena Bianco y Los Mismos, cincuenta años de música y de Tenerife tiene seguro de sol. El éxito del esfuerzo los coaligaba a todos. El empresario Fernando López Arvelo ofreció su receta de cómo un niño agricultor pudo levantar un imperio familiar vendiendo higos de puerta en puerta con el coraje de los sueños. Toda la noche fue un compendio de enseñanzas imborrables. Lucas Fernández, presidente del Grupo Plató del Atlántico y DIARIO DE AVISOS, había dejado dos frases flotando en el ambiente: “No hay cambio sin inteligencia emocional” y “no hay nada más apasionante que desafiar la lógica”. No era ajeno el periodista Pedro J. Ramírez a la importancia de la ocasión, y por eso nos recomendó a todos, como Enrique V en el discurso de San Crispín: “Acuérdense siempre de que hoy estuvieron aquí”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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