La epifanía ultra

Si Bolsonaro prefiere un hijo gay muerto antes que vivo y se permite competir con Trump a ver quién dice la mayor cancaburrada en materias sensibles de violencia y desigualdad de género, allá él y Brasil si lo elige, como parece, presidente cavernario dentro de doce días. Esto del populismo de ultraderecha se ha puesto de moda como una plaga de ultratumba que va y viene y nos deja con los estragos cuando se repliega como una marea negra. Tras una crisis devastadora como la de 2008, cuyos efectos aún perduran como las secuelas postraumáticas de un trágico accidente, los politólogos siempre nos previenen de la ola inevitable de fascismos disfrazados de terapias de choque para salvarnos de los errores/horrores de las democracias tolerantes, que de otro modo no serían merecedoras de tal nombre. Nicaragua, por ejemplo, ni es tolerante ni es democracia, a la vista de los niveles de represión a los que ha sucumbido.

Lo que sucede es que las ideologías se extreman cuando el caldo de cultivo está en su punto. En Alemania, los neonazis no han levantado la voz hasta que Merkel cumple trienios y es fácil jugar a la contra, sacar los colores al desgastado gobierno, y prometer el paraíso al votante hipnotizado con los discursos que dicen lo que quiere oír. Las reacciones más sectarias que devienen xenófobas tienen todo el terreno abonado cuando se dan los tres o cuatro factores de manual que más excitan el patriotismo y el cierre de fronteras, un novísimo talante proteccionista que regala los oídos y los instintos de los votantes y que para rebatir la globalización entra en estos países como un elefante en cacharrería.

La inmigración es uno de ellos, pues el parado autóctono suele echarle la culpa al de fuera de su desgracia, sin reparar en que es, precisamete, la aportación al PIB de su país de la mano de obra foránea una de las causas que permitirá, a la postre, levantar la economía y crear empleo. La corrupción es otra, pero en América -que es el ejemplo paradigmático por la onda expansiva del caso Odebrecht- nada es más falaz que atribuirla en exclusiva a los gobiernos demócratas y exonerar a las dictaduras -las blandas, las duras y las caraduras que se tiñen de parlamentarias y manipulan las urnas-. Lo que sucede ahora mismo en Nicaragua, como decía de la mano del sandinista (sic) Daniel Ortega, que hizo la revolución contra Somoza para transfomarse, al cabo de casi cuarenta años, en una burda imitación del Anastasio original, destiempla al más escéptico de los demócratas.

Es la epifanía de Trump. Los planetas se alinean, en esta farsa de apocalipsis de las ideologías, como en un aquelarre para invocar los demonios más denigrantes del siglo XX. Pasará, como todas las tormentas, y las aguas volverán a su cauce. Pero, entre tanto, quién nos iba a decir que echaríamos de menos a Berlusconi y otros bocazas por el estilo, comparados con estos próceres mesiánicos de poca monta, que se refocilan en el barro de las democracias corrompidas y la deriva crepuscular de líderes inaptos/ineptos para defender los derechos conquistados, a lo largo de la historia, por generaciones de demócratas de verdad, que ahora demandan sucesores más dignos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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