Los 7 últimos minutos de Khashoggi

Huele a cadaverina. Si hubiera que representar la libertad de prensa en buena parte del globo terráqueo, no exageraríamos un ápice imaginándola tendida a la fuerza sobre una mesa, con las falanges de los dedos rotas, decapitada y siendo desmembrada por un forense y sus secuaces escuchando música con los auriculares puestos. La libertad de prensa es como el periodista saudí Jamal Khashoggi, que entró en el consulado de su país en Estambul a retirar el permiso para casarse con su novia turca y acabó siendo torturado y descuartizado en siete minutos, un lapso de tiempo que siempre será recordado. En esas postrimerías de la vida de un ser humano deben de pasar muchas cosas por la cabeza. Pero solo están grabados -si acaso aún- los comentarios infames de los verdugos mientras despiezan al periodista hostil, y ciertas amenazas al cónsul para que cerrara la boca. Khashoggi sospechaba que algo iba mal cuando lo citaron por segunda vez para cumplimentar un simple trámite. Era la burocracia de la muerte y le tendieron una trampa. Esa noche, en la residencia del cónsul, no muy lejos de la legación, dicen los vecinos que se celebró una barbacoa, para que la historia no escatime detalles macabros.

Nos llevamos las manos a la cabeza al trascender este sórdido episodio en ese consulado de los horrores que ha incomodado tanto -tan poco- a Trump con su fiel aliado y cliente saudí -un rifirrafe entre risas disfrazado de crisis diplomática-, y nos espanta el terrible desenlace del hombre que escribía -por última vez- en su artículo póstumo del Washington Post: “Lo que más necesita el mundo árabe es libertad de expresión”. La columna llegó a la redacción del periódico de Jeff Bezos, enviada por su traductor, al día siguiente de que desapareciera tras la puerta del consulado saudí en la ciudad turca. La libertad de expresión moribunda en su país -una monarquía absoluta que desconoce los derechos humano- se plasma ahora en su propia muerte expeditiva en un patíbulo inusual en la tramoya de los cadalsos de la inquisición de la palabra que siempre se consideró libre: una mesa cualquiera de una habitación de un consulado, donde la gente, por lo general, acude para un papeleo rutinario, sin poder sospechar que un escuadrón de genocidas esta cortando en pedazos a un periodista que solo quería un certificado para casarse. “La mayoría de la población es víctima de la falsa narrativa árabe”, escribe Khashoggi en su última entrega, que cita el ránking de libertad de expresión, según el índice de Libertad del Mundo, donde “solo hay una nación árabe libre: Túnez”, y recuerda con desencanto la enervación de los ideales de libertad en ese cosmos de monarquías herméticas con que hizo soñar la Primavera Árabe de 2010, la revolución de los jazmines que estalló en carne viva cuando un repartidor de frutas y verduras harto del acoso policial se quemó a lo bonzo.

Este periodista crítico con el sucesor del todavía reciente rey Salmán -el mefistofélico príncipe heredero investido de reformista Mohamed bin Salmán, autor intelectual de la masacre de Yemen, al que todos miran como la X del caso Khashoggi- entró en el consulado como un ciudadano cualquiera -vestido con chaqueta occidental, sin la túnica y la kufiya que le cubre la cabeza en algunas fotos donde resalta su cara redonda y pálida con gafas redondas de empollón, su bigotito y chiva- que accede a un edificio donde la gente suele salir por la misma puerta cuando cumple el motivo de su visita. Antes de que las autoridades saudíes admitieran ayer oficialmente que el periodista no salió con vida (tras oscilar entre un “interrogatorio fallido” y una peregrina reyerta), sus restos habían sido rastreados por todas partes, amén del consulado y la residencia del ya excónsul, que regresó a Riad como alma que lleva el diablo, hasta el frondoso Bosque de Belgrado. Siguen sin aparecer.

Llueve sobre mojado. Venimos de asistir con estupor a otras muertes consumadas con toda suerte de métodos sanguinarios. Nunca olvidaremos el envenenamiento del exagente ruso Litvinenco, tras un té con polonio, hasta extinguirse en una muerte lenta en su exilio de Londres. El pequeño coloso norcorerano carga con la muerte de su hermanastro intoxicado en un aeropuerto en Kuala Lumpur por aquella mujer asiática que lo empolvó letalmente. En Salisbury, el ya célebre exespía ruso Skripa y su hija no la palmaron de puro milagro, pero otros que entraron en contacto con la misma sustancia neurotóxica que los contaminó no lo han podido contar. Los periodistas (con más de 1.800 muertos en el último cuarto de siglo) engrosan la misma nómina. La Rusia de Putin tiene una merecida fama en este renglón, con, entre otros, el trágico final de Anna Politkovskaya, tiroteada en el estrecho ascensor de su casa, como en una ratonera, que fue otro crimen en octubre (de 2006).

En la saga de los atentados de Estado -sería imperdonable omitir que el 5 de abril de 1978 la policía española perpetró un chapucero apuñalamiento de Cubillo en Argel, también frente a un ascensor, que, por lo visto, llama a la muerte, con el frustrado propósito de cortarle la cabeza como a Khashoggi-, pocas veces se darán las circunstancias atroces del despedazamiento del periodista saudí. El relato real y cuasi ficcional de este crimen horrendo sitúa a quince individuos aguardándole en el consulado para trocearlo en vida. El jefe de la cuadrilla era, al parecer, el forense Tubaiqui, que pronunció esas palabras que ya pertenecen a la antología de la crónica negra: “Cuando hago este trabajo siempre escucho música”, dijo mientras seccionaba al periodista en siete minutos, que es lo que tarda en hacer una autopsia. El sujeto había viajado ex profeso ese día en un avión privado, con el arma del delito en el equipaje : una sierra para cortar huesos. 15 hombres en Estambul, como en el título de una novela macabra para una película gore, son ahora objeto de una patraña de investigación oficial, con el rey saudí y el reyezuelo de la Casa Blanca tomándonos el pelo con signos de consternación. De entre esos hombres sin escrúpulos, a uno ya lo han muerto en la carretera. Que parezca un accidente.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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