La golosina autonómica

Pedro Guerra, que es el compositor revelación de Contamíname, la canción proactiva del mestizaje, cumple 25 años pautados sobre un escenario y pasea su timidez peculiar de hombre-niño con Golosinas bajo el brazo, que fue su primer disco cuando en Libertad 8, el pub de los juglares de Madrid, comenzó su andadura. Guerra viene de un apellido y de una etapa política donde se hunden las raíces de esta autonomía que ahora se dota de nueva piel y nuevo traje a la medida para muchas décadas venideras. Pedro Guerra, padre, fue el primer presidente del Parlamento, en los primeros años 80, y ha llovido mucho desde entonces. Digo llover en el sentido, incluso, físico de la palabra. Al día siguiente de que el Senado aprobara el nuevo Estatuto y el nuevo REF -la pareja de normas fundamentales que estamos estrenando como niño con zapatos nuevos-, llovió intensamente sobre las islas, como pedía el cantautor Pablo Guerrero, cuando cantaba “que tiene que llover, que tiene que llover a cántaros”. Los cantautores pusieron los cimientos de la matraquilla de la libertad que los políticos de la Transición explicaban mejor con ayuda de las canciones que de los mítines. Suárez sacó adelante su referéndum de la reforma política con la muletilla Habla, pueblo, habla, que era una canción pegadiza que popularizó el grupo Vino Tinto. Pero, sin duda, el tema del cambio de régimen fue la tarareada Libertad sin ira, de Jarcha, que trascendió de sintonía de Diario 16 a banda sonora por antonomasia de la Transición. De ahí que no exagero poniendo esta medalla política a los músicos y cantores de lo que entonces llamábamos canción popular, y me remito a los padres y abuelos de la generación del cantante güimarero Pedro Guerra y de su grupo matriz Taller Canario de Canción (con Andrés Molina y Rogelio Botanz, dos enormes artistas por cierto). Aquellos cantautores, o bien ponían la semilla con letras de poetas españoles clásicos como hacía machadianamente Paco Ibáñez -cuesta hacerse a la idea de que frisa los 85 años-, o escribían sus misiles de puño y letras en las trincheras de la nova cançó en los años 50, y sus temas los aprendíamos de memoria en catalán. Estoy hablando -los de mi quinta entrarán en trance leyendo esto- de Raimon, con Al vent, y hasta de Lluis Llach (su canción más conocida, L’Estaca, que cumple 50 años, ha servido de himno, en ocasiones no oficial, de un sindicato polaco como Solidaridad, o un equipo de rugby y hasta una revolución como la tunecina de los jazmines). Ahora Llach es uno de los tripulantes del procés y Raimon, septuagenario como Guerrero y el propio Llach, se retiró hace un par de años de trovador.

Este país cantó las ideas antes de llevarlas a la práctica. Cantó Libertad con Labordeta antes de que se celebraran las primeras elecciones (Canto a la libertad, del cantautor aragonés, es del 75, en la frontera entre Franco y la democracia).

En Canarias no fue distinto. Mencioné al principio a Pedro Guerra, que es un discípulo aventajado de los cantautores que estipularon el autogobierno en sus temas como si redactaran los artículos de una carta magna imaginaria que terminó por concretarse en un Estatuto, un Parlamento y un Gobierno de una comunidad que estaba por llegar cuando por entonces Jerónimo Saavedra daba clases y regía el Colegio Mayor San Fernando, que es como yo lo recuerdo antes de que fuera nuestro primer presidente. Ahora somos este mosaico de culturas, como describía Pedro Guerra en Contamíname, y siguen llegando pateras, porque no estamos en el Océano Pacífico, sino a la vera de África. Y ese alborozo por las leyes del jueves en el Senado (nuestra portada de los aplausos) se debe a que venimos cantando estas cosas -la identidad, la libertad, la unidad de las islas…- desde hace por lo menos medio siglo, si hablamos de cantautores, pero desde mucho antes, si nos remontamos a Valentina la de Sabinosa (pregonera de la personalidad autóctona y lideresa de un orgullo ancestral), aquella venerable herreña a la que íbamos a visitar con nuestro magnetofón para hacer las páginas de Música Popular en El Día del inolvidable Ernesto Salcedo, uno de mis referentes favoritos. Los Sabandeños, y tantos otros de su progenie, han hecho por la autonomía de Canarias mucho más que bastantes políticos retrógrados que venían de cantar el Cara al sol y ponían palos a la rueda de la historia, con ruindad, para que este pueblo siguiera tutelado con el paternalismo centralista de Madrid por los siglos de los siglos. Ese aborregamiento nos hizo mucho daño, parió el pleito insular y lo mantuvo en las ascuas de su leña podrida mientras pudo, dividió esta tierra en dos provincias atrasadas y mal avenidas y sembró un odio isloteñista que nos condenaba a la inoperancia y la melancolía de falsa arcadia afortunada. Lo cierto es que esto era un pueblo enfrentado que no progresaba porque no había manera, porque no se llevaba bien entre sí, y de aquellos polvos vienen estos lodos. Gente como César Manrique, que se rebelaba contra la soñarrera que nos acuñó Unamuno y sacaba pecho sin prejuicio de ombliguista proclamando los méritos y derechos del terruño, hizo por esta autonomía, asimismo, mucho más que muchos cantamañas. Así que unos cantaban al mañana y otros cantamañas nos echaban a pelear.

Claro que recuerdo a Luis Morera, el padre putativo del cantante Pedro Guerra, a Taburiente y a Caco Senante, a Cuenca y Juvenal, a Pepe Paco y Suso Junco, a Palo, a Rubén Díaz…, eran como nuestras voces ceibes y nuestra nova cançó. De pronto, en aquellos años de posfranquismo y libertad dicharachera, mucho antes de que naciera la autonomía y tuviéramos, además de instinto, instituciones propiamente dichas de autogobierno, había cantantes y grupos musicales que pregonaban a los cuatro vientos que “un día habrá una isla/que no sea silencio amordazado”, como escribiera Pedro García Cabrera. Esa isla como unicidad que parecía imposible es esta hacia la que vamos sin dejar de “navegar, navegar, navegar”, como pedía el mismo poeta de Vallehermoso, al que en una viaje por mar, precisamente, acompañé siendo muy joven para inaugurar el busto en piedra que le hizo Fernando Garciarramos en su pueblo natal -hoy revestido en bronce-. Y el indómito gomero me hablaba en la travesía de estas utopías isleñas que ahora, en otra Canarias, que ya es de mi hijo más que mía, empiezan a ser realidad.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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