Bolsonaro o la vida

Bolsonaro es un clon troglodita de Trump y ya están los tres (el brasileño, el yanqui y Matteo Salvini) mandándose besos volados en plena orgía ultra, que tiene acojonado al centro, la izquierda y la derecha, la espuria ideología. La ola de políticos fascistas se parece cada vez más a un tsunami, y pronto veremos alianzas de derechas e izquierdas para frenar la plaga de dictadores encubiertos, que usan las urnas como atajo y se meten la democracia por el trasero. Jair Bolsonaro, el nuevo presidente de Brasil (más del 55% de los votos lo erige en el nuevo zar de América del sur) tiene cuatro ideas en la cabeza. Dicen los analistas brasileños que el problema no es saber lo que piensa, sino si piensa.

Existen dudas de su capacidad cognitiva para llevar las riendas de un país. Tiene cuatro ideas, a cual más ignominiosa, como de pelele en la cuna con los pañales de Hitler. Una de ellas es un plagio del presidente de Filipinas, el deplorable Duterte (que acaba de ordenar matar a su hijo si se prueban los cargos de narcotraficante): el derecho universal a las armas (“si llego a la presidencia”, anunció, “todo el mundo podrá tener un arma en casa”), licencia policial para matar, con el perdón de antemano a los agentes que se carguen a alguien en el desempeño de sus funciones. Cuentan los cronistas que han seguido su campaña que en una de las contadas ocasiones en que habló de su programa electoral mencionó uno de sus temas favoritos, la planificación familiar, pero en su caso eso se traduce en un mantra esquizoide y ruin: esterilizar a los pobres. El exmilitar sin estudios que acaba de hacerse con el poder en el macro Brasil es conocido por su aporofobia, que diría en España nuestra Premio Taburiente Adela Cortina. Odio al pobre. Bolsonaro ilustra a la perfección esa tirria al desgraciado que pronto perseguirá nuestro Código Penal. Suya es la idea de cerrar el grifo de las ayudas a familias desfavorecidas, en las antípodas de la cruzada contra el hambre de Lula, que es el preso que encarna la corrupción y ha dado alas a este bárbaro que echa leña al fuego al auge de regresión que padecemos. “No podemos seguir gastando recursos en atender a esos miserables que proliferan por toda la nación”, dijo en 1992 en el Senado, y de ahí no se ha movido en su paroxismo de nostálgico incendiario de la dictadura castrense. Si lo dejan, llenará el gobierno de militares; por de pronto, el ministro de Educación lo será, para erradicar una “ideología de género”. ¿Romperá España relaciones con Brasil, o la vicepresidenta Carmen Calvo hará de tripas corazón?

Si Trump asusta con su misoginia visceral, Bolsonaro es el paradigma de machista, racista y homófobo. “Prefiero un hijo muerto que gay”, advierte sin cortarse un pelo. ¿De dónde ha salido este cavernícola que se salta a la torera todas las conquistas de los derechos humanos? ¿En qué siglo se quedó anclado? ¿Cuántos hay como él? El nivel de zoquetismo político crece por momentos. Y la lacra de populismos ultras avanza en todos los continentes sin pausa. Ahora mismo, ya son mayoría al frente de gobiernos y partidos. Merkel, que era la contraparte de la Europa progresista, inicia la retirada y ahora nos parece que nos quedamos huérfanos de una de los nuestros y que nos va la vida en ello.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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