Bertolucci: el pecado del dios italiano

Bernardo Bertolucci viajaba con su hermano Giovanni a pasar las Navidades a Lanzarote, porque era la isla de Vázquez-Figueroa, y Alberto era buen amigo de los dos, sobre todo del productor. Con Giovanni había llevado al cine Tuareg y Océano. Bernardo Bertolucci ha muerto a los 77 años cuando trataba de sobrevivir sobre una silla de ruedas, que ha sido su prisión. El último emperador del cine europeo deja un vacío insalvable en la industria, que era más audaz y desprejuiciada cuando gente como Bertolucci y Pier Paolo Pasolini se juntaron a rodar sin tener zorra idea del género y aprendieron a capar cortando huevos, gastando metraje y haciendo películas contra las viejas convenciones. Yo, que entiendo poco o nada de este maravilloso arte audiovisual que nos atrapa para siempre desde niños, me rendí también a la aureola que reputa de maldito su famoso y escandaloso último tango en París. La leyenda de Bertolucci confiscaba los talones de Aquiles del genio, sus pecados inconfesables. Maria Schneider nos desmitificó al dios italiano del celuloide al revelar en una entrevista que la escena en que Marlon Brando la sodomiza con mantequilla fue un asalto a su honor, pues ni Bertolucci ni Brando la advirtieron hasta última hora de que habían pactado una violación a sus espaldas, que aunque no fuera verídica constituía una humillación sin medias tintas. Venimos del día que clama contra estos abusos, y el tiempo transcurrido entre aquella película de los primeros años 70 y hoy hace intolerable el suceso, un maltrato que no se justifica de ninguna manera y que ensombrece la imagen del célebre director cuando admitió la vileza cometida contra Schneider. Brando y Bertolucci son dos B de marca mayor en la historia del cine. Dos vacas sagradas. Pero el feo asunto mantecoso empaña sus nombres, los ensucia. Fue una sola toma, se consolaba la actriz cuando años después rememoraba el incidente. No estaba en el guion y sus lágrimas en pantalla son de rabia y coraje, un dolor de principios, una falta de respeto, un abuso, una agresión que ni el cine, lleno de duras escenas, puede consentir con cordura en los términos descritos.

Así que nos contraría la decepción por el abuso de poder de uno de los popes del cine de autor. En la entrevista de A fondo con Soler Serrano defendía el recurso secreto de la mantequilla como parte esencial de su obra maestra frente a la mitología de la película prohibida en la España de los 70 como si solo contuviera esa escena. El mundo (y el del cine, entre otros mundos) ha dado un salto sobre sus propias miserias y ha ido corrigiendo algunas de sus costumbres malignas. Estamos en la hora que marca el reloj. Estas cosas ya no se hacen, no debieran suceder. La película estuvo prohibida en la España franquista cuando se desconocía la ignominia de la violación, más allá del acto narrativo, por la naturaleza del embuste profesional, una trastada maliciosa fuera de libreto. Ahora el debate habría sido otro: si la escena condena o no a quienes la tramaron con alevosía. Maria Schneider podía haberse negado, y se negó en el instante, pero la eximen de complicidad dos hechos: su oposición espontánea y la influencia que ejercieron dos monstruos del cine hasta embaucarla: “No te preocupes, es solo una película”, le dijo Brando sin darle importancia.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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