La casa de la palabra

Hemos dado bandazos hasta llegar a este punto. Pero no estamos seguros de haber elegido algún camino cierto. En España ha comenzado la precampaña electoral antes del diluvio. La foto de país recuerda el poema de Ida Vitale sobre la lluvia de agosto: “Una lluvia de un día puede no acabar nunca”. ¿Por qué todo llueve sobre mojado y nada es sólido de un tiempo a esta parte?

El rey que nos visitó esta semana vive en la encrucijada de su dinastía; unos se chotean del padre en una marisquería, condenado a un oprobioso otoño sin trono del patriarca en vísperas de la fiesta de su legado, la Constitución, y otros cuestionan al hijo y la Corona como si el traje del 78, que nos pusimos en la Transición, se estuviera desgarrando en jirones. Hemos entrado en picado. Y la herida de Franco no acaba de restañar, el cadáver exquisito sigue ahí, según su embalsamador. Si no lo exhuman a toda pastilla y lo entierran cuanto antes en una fosa discreta, tenemos show para rato, con las fieras a la greña en el Congreso entre insultos y escupitajos, y la extrema derecha por primera vez tiene Vox. Este no es un país fácil, pero vive sus horas más bajas en décadas. En La Habana, Pedro Sánchez atusa el gato de angora del superdomingo de Ábalos con mimo antes de acometer un ataque en tromba. Si fuera a convocar elecciones en marzo y no en mayo -las posibilidades se reducen a esas dos- no habría aconsejado a Pablo Iglesias que no corriera tanto con sus primarias, pues quedan meses de sanchismo en la Moncloa. Pongamos que son el 26 de mayo, como los supersorteos en que el ganador se lo lleva todo. Algunos sistemas políticos como el canario -con su establishment y estirpe- verían peligrar su statu quo. Y esto recuerda al momento inestable que vivimos, donde nada perdura más de un cuarto de hora, que es lo de Warhol actualizado. Viene el tsunami que nunca experimentó la democracia española: concentrar todas las elecciones en una sola calle y distrito, como si la de Teobaldo Power y la Carrera de San Jerónimo se fundieran en el barrio de l’Orangerie, donde está el Parlamento Europeo de Estrasburgo, toda esa pirueta de la imaginación propia de un cuento proverbial de Borges.

El apocalipsis sin dioses. Yo percibo, sin acostumbrarme, este disloque general donde nada tiene valor si no hay desmesura por medio. Lo de que es un tiempo sin deidades nos da cierta explicación a tal desorden. Recuerden la cita de Flaubert: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”, que influyó tanto en Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano). Como en semejante paréntesis, estamos a la espera de acontecimientos. De tal modo que las elecciones españolas han cobrado una trascendencia inusitada para arreglar este desaguisado.

Durante decenios hablamos de progreso y ser progresista era la obvio y conveniente, y hemos entrado en una demencia de nostalgia y retroceso, y suben en las encuestas los partidos fachas y neonazis. España ha roto aguas y le nacen los monstruos cada mañana, endriagos y centauros.

Este domingo Europa consuma las reglas del divorcio del Reino Unido, no sin parabienes polémicos de España. No es una errata el brexit, sino la prueba de una contrariedad que define toda una época. Es la espoleta, habrá otros brexits, pues quien da primero da dos veces, y no hay dos sin tres. Italia ya amaga. Y a España no le ha quedado otra que instalarse en el casquivano caos catalán, a las puertas del juicio al procés, y de ahí el esputo a Borrell. Pero tales excesos forman parte de un asunto histriónico, que es la política como exabrupto y regüeldo o no sale en las redes. Los discursos y los estadistas se dejan para Azaña y Ortega, que hoy no se comerían un rosco si no se suenan los mocos con la bandera.

En el reciente centenario del Armisticio de la Primera Guerra Mundial se dijeron cosas graves que el día de mañana, cuando se recapitulen estos episodios de desasosiego, se verá que algunos dieron la voz de alarma bajo el Arco del Triunfo. Que Macron haya expresado el temor de que la foto de todos los jefes de Estado al cabo de un siglo de aquella paz pueda ser la última antes del próximo “desorden mundial”, a mí, al menos, no me deja indiferente. Se ha ido impopniendo el desmoronamiento en la vida política cotidiana. Y de ahí ha irradiado una suerte de nihilismo transversal que afecta a todas las instituciones, principios, ideologías y preceptos que considerábamos nuestros pilares fundamentales hasta antes de ayer. Viendo el aspecto desaliñado del cuerpo del mundo que ocupamos, Europa es un dinosaurio que se arrastra con muletas antes de que le caiga encima el meteorito definitivo. Y España y Canarias están ahí, son parte de esa leña del árbol que se cae por su propio peso o a hachazos. O sea que vendrán los encargados de levantarlos a los tres, empezando por ese 26 de mayo, o no lo contamos.

Esta cumbre de regiones alejadas de Europa en Las Palmas – a la que no vino Juncker por el goodbye inglés- ha sido sintomática. De lejos se ve que Europa renquea, como España y nosotros, para qué engañarnos. Si es que damos el espectáculo escondiendo al rey emérito en el cuadragésimo aniversario de la Carta Magna, este próximo 6 de diciembre, que fue el que la parió. Y ya salimos en la tele por ahí fuera dando la nota en el escaño como perros y gatos,y la presidenta del gallinero clama casi sollozando contra quienes la tildan de institutriz con guasa. Y Canarias no es ajena a esos vientos de la ciénaga. Me refiero a la injerencia en la Justicia, como si fuéramos catalanes al asedio del juez por sus presos, o el tal Cosidó que dio con Marchena en tierra. Esta página negra no ha hecho sino enlutar la legislatura. En fin, solo han sido unas pinceladas de un panorama que me disgusta. En los días que corren , y en especial en este de hoy de buenas prácticas de género, no deberían caer en saco roto las quejas de la mujer que preside el Congreso contra quienes la ridiculizan y ofenden. Recuerden, dijo, que el Parlamento es la casa de la palabra. Empecemos por ahí.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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