La Constitución nos libre

La emergencia de Canarias en los parámetros sociales más importantes se da de bruces con los predicamentos de la Constitución y el Estatuto juntos, dos herramientas la mar de poderosas para poner en pie un modelo de bienestar decente, y no este desequilibrio innoble con bolsas de miseria y exclusión. En vísperas del cuadragésimo aniversario de la Constitución no es de recibo el papelón de Canarias cada vez que se dan a conocer los rankings de paro, dependencia, pobreza o listas de espera sanitaria. La más reciente radiografía de la demora hospitalaria quirúrgica y asistencial de todo el país, difundida esta semana por el Ministerio de Sanidad, golpeaba la conciencia de todos los canarios: aun siendo una de las comunidades que reduce los retrasos, nada nos evita ocupar los puestos de la vergüenza tras décadas de autogobierno, bajo la bonanza del turismo y las ayudas de Europa. Nadie logra explicarse al colista perpetuo en los índices del Estado de bienestar, cuando en cuarenta años de Constitución hemos vivido épocas de vacas gordas, descontada la crisis, y no podemos quejarnos del éxito de marca, incluso bajo la recesión, como destino preferente en la industria del ocio, con cifras propias de una potencia mundial y no de una modesta autonomía. El viernes, la CEOE de Tenerife arrojó un jarro de agua fría sobre las expectativas económicas de esta comunidad, en vísperas electorales, tras diez años del origen de la crisis, cuando el Gobierno de las Islas alardea de estrenar tres cosas irrefutables: el mejor Estatuto de la historia, el mejor REF de la historia y los mejores Presupuestos de la historia. Y el oráculo de la patronal vaticina uno de los peores datos de la historia reciente del PIB: el Archipiélago crecerá tímidamente el 1,2 por ciento en el año que empieza el mes que viene. No se está acertando en la política de precios de nuestro motor económico, cuando la competencia ya ha despertado del estado turístico comatoso de la primavera árabe y sus malos gobiernos. Canarias, por desgracia, suele tropezar tediosamente en la misma piedra y nuestros gobernantes no siempre dan el nivel. Un fenómeno parecido -donde se incluyen los tentáculos de la corrupción- desmoronó a países de América Latina que no han levantado cabeza. En cierta forma, nuestro espejo es más América que Europa, pues aquella, como nosotros, está detrás del mar, y en Europa -como se ha discutido estos días- somos regiones ultraperiféricas y no territorios continuos. O acertamos en la vacuna o seremos siempre una sociedad enferma, y me resisto a admitir que nuestros males son estructurales, un castigo de la naturaleza. ¿No será un problema de cabeza y extremidades, de en qué manos hemos puesto nuestro autogobierno?

El balance de estas décadas no puede ser el que es. ¿Cómo brindar sin rubor por un nuevo Estatuto de Autonomía a sabiendas de las discordancias que flamean en las estadísticas de la desigualdad? Y hay algo peor: los niveles cada vez mayores de insensibilidad social de los gobernantes: su indiferencia ante el repunte de desahucios o la (no) respuesta a los niños con fibrosis quística severa, que obliga a intervenir al Diputado del Común, como un contrapoder necesario.

De tal manera que entre nubarrones y logros, que también los ha habido, asistimos a la efemérides del ocaso y el cenit, el final de la dictadura y el despertar de las libertades con la Constitución. Pero nunca llueve a gusto de todos y el 40 aniversario de esta última nos exige, cuando menos, a la generación de los testigos fehacientes a rebatir interpretaciones deformadas. Este jueves, entre capuletos y montescos, cumple años el melón que muchos quisieran abrir a las bravas. La Carta Magna bajo el brazo y una cita congresual en el templo de la democracia son un acto litúrgico. Pero no es un texto sagrado e intocable. La vivienda, el empleo, la sanidad no son derechos baladíes, sino la parte mollar de esa biblia, y la reforma de esta no es ninguna herejía. Al cabo de cuatro décadas de Transición y UCD. golpismo, felipismo y PP, la memoria histórica se reduce a Suárez o Franco, uno en los altares y el otro en las catacumbas del Valle de los Caídos. En Los Llanos de Aridane acaban de retirar los honores al dictador y al mítico ministro palmero de Gobernación Blas Pérez, o sea que ha empezado el juicio de la Historia desvistiendo a los santos y los monumentos y rótulos de calles pasarán por el ojo de la aguja como aquellos camellos, y todo lo que haga falta se pondrá patas arriba cuarenta años después. Con la ley en la mano, que el Parlamento canario ya tiene la suya.

Ahora que al rey emérito rehabilitado lo sacarán a pasear en los fastos del día 6, conviene embridar los demonios, pues lo que todo el mundo celebró como el milagro del siglo para salir de una dictadura y entrar en una democracia sin derramar una gota de sangre, hay quien se empeña en repudiarlo. No fue tal prodigio, pero tampoco se dio gato por liebre. La Transición fue la metamorfosis de España con permiso de Kafka, y como diría Alfonso Guerra, no la conocía ni la madre que la parió. Murió el dictador y fuimos a votar. Eso fue todo. Tejero metió el tricornio en el Congreso, pero Juan Carlos y Suárez lo tenían todo atado y bien atado, al contrario que Franco, y aunque el monarca tuviera titubeos, como dice Pilar Urbano, lo vimos salir en la caja tonta mandando parar los tanques de Milans del Bosch. El golpe marró la noche de los transistores con José María García cantando los goles de la democracia a pie de campo. Y fuera Armada un mandado del rey o un felón, si Juan Carlos no se enfunda el uniforme militar y televisa el mensaje, no estaríamos hoy con las zambombas de la Constitución. Y el general Gutiérrez Mellado plantó cara al golpista y le dije, usted es un héroe, y lo negó con la cabeza aquel hombre pequeño y valiente. Si ahora se insultan y escupen en los escaños mullidos de Madrid es gracias a unos cuantos irreductibles que no se fugaron a Waterloo. De manera que no habrán sido -la Transición, la Constitución y la Monarquía- cándidas e inmaculadas. Pero si hoy vota el andaluz no es porque le cayó esa gracia del cielo, y es un pueblo con gracia. Pues eso,que es de mal nacidos no ser agradecidos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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