Cataluña no es lo mismo sin el bigote de Dalí

En Canarias cayó el Gordo y el mismo día firmó el convenio de carreteras, aunque la lluvia de millones no dejó a todos contentos. Pero la capital este viernes fue Barcelona, como ocurría con Canarias cuando los ministros venían a gobernar España un día en la ultraperiferia. Porque las Españas se dispersan por toda la pell de brau (la piel de toro), como la llamaba Salvador Espriu, que era un poeta antifranquista y federalista, y en la adenda de las Islas se ven los toros desde la barrera. Domingo Hernández Peña, canario trasterrado en Brasil, vivió una época en Barcelona, puerta con puerta con Josep Tarradellas (como se llamará a partir de ahora el aeropuerto de El Prat), “todo un caballero, que no se tiraba a la piscina sin agua”. Los Sánchez boys desafiaron el infierno de la kale borroka de Torra y se parapetaron tras la policía del Estado en la Lonja de Mar, donde se reunían los mercaderes, para aprobar la nueva soldada de parias y funcionarios, que son unos cuantos millones de votos y estómagos agradecidos, pues Cataluña es la cáscara y esto son nueces. En medio de las barricadas de los chalequitos amarillos y los acuerdos navideños del Gobierno, telefoneo al canario más catalán que conozco, Emilio Machado, “el más virtuoso de nuestros pintores vivos”, según el crítico Guillermo García-Alcalde, para compartir el desagravio al paisano Blas Cabrera, el amigo de Einstein y Ramón y Cajal, todo un detalle del ministro astronauta Pedro Duque, que quedó en un segundo plano, como el aeropuerto César Manrique. Cabrera y Manrique, ¡que par de conejeros!

Y a Machado lo sorprendo leyendo en chino algún texto literario, porque es un enciclopedista y un políglota de mucho cuidado, que lee a los clásicos en latín y a Shakespeare en inglés. “¿Barcelona? Está echada a perder. Ya no es lo que era, la ciudad cosmopolita de la que me enamoré. Mi vecino está mayor y su hijo independentista no le dirige la palabra”. Machado se soltó a hablar como si hubiera estado esperando mi llamada desde hacía mucho tiempo. Y se desahogó. Él, que ha sido toda la vida un nómada, que ha vivido en México y no quería irse de Nueva York y volvió a Santa Cruz por imperativo familiar y se sentía “un extranjero”, hasta que por fin retornó hace poco a Barcelona, donde había conocido a Dalí, me contó con desconsuelo y amargura que ya no suele caminar por las Ramblas como antes, porque te pueden asaltar o atentar contra tu vida. Y es como ir a Nueva York y no poder pasear por Nueva York, que captó en sus dibujos que yo he visto. Vive en su castillo románico frente al mar delante de un bosque encantado, y pinta lo que busca últimamente, el vacío, que ya estaba en sus cuadros blancos (persefonías) escondidos en el garaje de su casa chicharrera de escaleras inglesas que finalmente vendió para mudarse a su adorada Barcelona en llamas. Se le han muerto todos los amigos de Dau al Set, se ha muerto Dalí y la ciudad también se ha muerto. En realidad, Emilio Machado está pintando la muerte de blanco a rabo, cuando no de rojo a negro, una muerte por boca de Stendhal. Emilio, que es palmero y supera los 80 años, tiene una estética y una juventud muy suyas. Viene de ser un trotamundos, de conocer países y paisanajes de mucho calado, y no pierde la modestia canaria de quitarse importancia, que es lo único en lo que no parece catalán.

Cuando vivía en Santa Cruz yo pasaba tardes enteras en su casa de muebles del siglo pasado que construyó su padre arquitecto, Tomas Machado,y hablábamos de arte y literatura, de Nietzsche y Hernán Cortés. Y de Dalí. Me contó la historia de su amistad con el célebre surrealista y los versos que el pintor le dedicó acerca de Dios y el agosticismo juvenil de su pupilo isleño: “Machado, canario,/ el inspector general dice:/ no importa, no confíes en Él,/ Él confía en ti”. Emilio entró en el taller de Dalí de adolescente para trabajar como su ayudante privado, y lo aprendió todo del maestro. Le enseñó a mezclar óleos e inventar colores imperecederos. “Yo no uso diluyente, lo aprendí de Dalí”. Un día, Emilio trató de disimular bajo el brazo un lienzo recién comprado. Pero al cabo de unas semanas, Dalí se lo pidió y no le quedó otra que resignarse y regalárselo. El ampurdanés pintó la figura recurrente de su padre, un paisaje y una flor extravagante y postiza, pero después le pidió un soplete y flameó el lienzo unos segundos, y el resultado fue, entonces, una obra magistral que años más tarde Machado reconoció entre los dalises de un museo. Dalí fue quien le enseñó el secreto para que el blanco no se vuelva marfileño ni el negro se agriete. Es extraordinaria la relación de Emilio Machado y Salvador Dalí. Una historia no contada. Con Barcelona al fondo. Por los lazos del demonio o de la actualidad diabólica, me he reencontrado con este paisano entrañable que vive en su islote catalán. Ahora que Cataluña no existe.

Dalí preguntó por él poco antes de morir al escultor Xavier Corberó. “Está en Nueva York”, le dijo, y se alegró de la noticia: “Dile que se quede”. Emilio había vivido en el mítico hotel Chelsea de Warhol, Leonard Cohen y Basquiat, y un galerista famoso lo cubrió de gloria. Es el canario más importante desconocido en su tierra, porque ha vivido fuera siempre. Su amigo Henry Moore tiene a su Guerrero de Goslar frente al edificio de balcones de guitarra de la Rambla santacrucera que diseñó Emilio. Acaba de exponer en la Universidad de los premios Cervantes, Alcalá de Henares, y ha terminado un libro de correrías teatrales, Entreacto. Ha sido un desinquieto. En Mexico, la ministra de Cultura le propuso exponer como pintor mexicano. Y para un homenaje a Dalí en París, la Generalitat lo seleccionó como pintor catalán. Su mujer Isabel Cordeiro, también artista, iba a por provisiones y nosotros nos quedábamos hablando de antinomias y majaderías como la de pintar blanco sobre blanco. Emilio cree como yo en los fantasmas y ahora vive en una ciudad fantasmagórica. El viernes hablamos de poetas y de Rimbaud: “Cualquiera no es poeta, ni hay más Rilke ni Whitman, ni más leña que la que arde”. Y le cité unos versos de Espriu a Sepharad (España para los judíos), a propósito de la violencia callejera del viernes en la Barcelona tomada por los ministros: “A veces es necesario y forzoso/ que un hombre muera por un pueblo,/ pero jamás ha de morir todo un pueblo/ por un hombre solo:/ recuerda siempre esto, Sepharad.” Cuando vaya a Barcelona -más pronto que tarde- le hago una visita al amigo catanario.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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