La guerra o la paz en Tabarnia

La olla catalana está a punto de explotar y el Gobierno se enfrenta a un escenario que habíamos superado cuando cesaron las balas de ETA. Los más extremistas del separatismo bicéfalo de Torra y Puigdemont afilan los dientes para saltar a la yugular de Sánchez el día 21, que es cuando se celebrará un Consejo de Ministros en Barcelona en fecha tan señalada, justo el aniversario de las elecciones tras el 155 que dieron mayoría al procés con sede en la Generalitat y un anexo en Waterloo.

La espiral de violencia en las calles de Cataluña imita una suerte de guerra de guerrillas que envidia estos días la insurgencia de los chalecos amarillos contra Macron. Hay múltiples fuentes de inspiración para un activismo que se reivindica revolucionario en la calle, como hicieran sin desmadres los concentrados del 15M en la Puerta del Sol. Pero Torra no ha tenido mejor idea que invocar en Bruselas el sábado la vía eslovena como el manual de estilo del independentismo catalán, olvidando, ignorando o dándole igual, que en las revueltas de los 90 de Eslovenia hubo decenas de muertos en la guerra de los diez días antes de segregarse de Yugoslavia con Tito muerto. Dos cosas conviene aclarar. Eslovenia hizo un referéndum con garantías de resultado incontestable y España no es Yugoslavia, ni una dictadura ni un apaño de repúblicas y etnias ahormadas.

A Torra le ha caído una lluvia de condenas por su salida de pata de banco. Cataluña está construyendo un relato forzado con muletillas y trampantojos, incluido el simulacro de huelga de hambre de los presos de Lledoners. Y el colmo es que admite que necesita un muerto para no morir en el intento, como insinuó Colomines, el historiador promotor de la Crida. Ahora, tras el botox andaluz, urge a los líderes actualizar el discurso. Y mientras en España se enredan unos y otros entre quién es constitucionalista y quién no, quién tuvo la culpa de la irrupción de la ultraderecha o quién le pone ahora puertas al campo, en Cataluña se han roto los puentes entre los propios soberanistas.

Dado que es un secreto a voces que Junqueras no puede ver en pinta a Puigdemont por su traición, la evidencia de que los juicios van a celebrarse y las condenas serán saladas, los más radicales han visto en la violencia su única cortina de humo para liarlo todo y huir hacia adelante, sin darse tregua, pues un solo minuto de sosiego puede invitar a la sensatez y el sentido común. Y ahora mismo eso sería la perdición de un movimiento que se finge a sí mismo desde su origen y sobrevive construyendo castillos en el aire.
Los esquerras han dicho que no a la guerra de Torra y sus CDR. Pero ahí están las proclamas a la subversión de los grupos de acción rápida (los GAAR) y las misiones programadas por una tal Bandera Negra para tomar el Parlament y el Palau de la Generalitat el citado día 21. La intifada catalana tiene, al parecer, por modelo el terrorismo descamisado del ISIS, mediante acciones aisladas de lobos solitarios cubiertos con pasamontañas. La desfachatez de la pérdida de papeles de la honorable Cataluña no parece tener límite. Es un quiero y no puedo, una revolución sin tramoya, una parodia como Tabarnia y una guerra de Gila desafiando al Estado, que no va a tener más remedio que ponerse serio.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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