El discurso de Chávez en Tenerife

Juan Guaidó ya es un nombre célebre, con apenas diez días de viralidad en la nomenclatura de líderes mundiales. Ha sido un ascenso meteórico. Desde ayer Venezuela transita un camino cuya incertidumbre ya no es el nombre, ni el hombre, sino el porvenir que aguarda a Maduro y la generación de gobernantes del fogonazo que supuso la llegada de Chávez. El general de división que se alineó junto al presidente interino, abriendo la espita de la disidencia programada, y las manifestaciones multitudinarias, que han hecho de Venezuela una causa común de carácter mundial, revelan a las claras los indicios de un seísmo político. Los acontecimientos se precipitan y hay una alineación de planetas, incluso de diversa ideología, que -en la era de menor consenso entre Europa y Estados Unidos- señala una sola desembocadura. La incógnita es España, llamada a ser, respecto a Venezuela, la avanzadilla, la proa de Europa. Con esta asignatura, la transición venezolana, se ha de fajar el Gobierno también transitorio de Sánchez, que ha de saber jugar sus bazas -las que le entrega en las manos la historia- para hacerse respetar por Estados Unidos y por Europa. España es más América Latina, más Venezuela, que los propios norteamericanos y el resto de los europeos, y tiene ahora el deber de ejercer un papel activo, bajo la experiencia de nuestra propia Transición del 78, de nuestro mestizaje de ida y vuelta, de nuestra cultura y de nuestra lengua. Este es un proceso, en términos idiomáticos y políticos, genuinamente hispánico, al que las Islas Canarias no son ajenas, por insignificante que sea en la actualidad -no siempre fue así- nuestra aportación americanista a la política exterior española. Es quizá el momento de reconducir la historia en sus justos términos. Y Pedro Sánchez no debe ignorar que España también se juega en el envite posicionarse en el país más afín para los retos futuros de América. En esta tarea la figura del canario Héctor Gómez, secretario de Relaciones Internacionales del PSOE, constituye toda una oportunidad.

La situación es inédita. España -como Francia, Alemania y Reino Unido- reconocerá a partir de mañana a Juan Guaidó como presidente legítimo interino de Venezuela llamado a convocar elecciones, y se adentrará en un territorio desconocido. Las multitudinarias manifestaciones desde que el ingeniero treintañero se autoproclamó presidente encargado no han remitido – como comprobamos ayer- y a nadie se le escapa que el cambio obedece a un plan en absoluto espontáneo, donde la mano del Tío Sam no se adivina, se palpa. Era un secreto, a voces. El 15 de octubre de 2018, el periodista venezolano más perseguido por Maduro, Miguel Henrique Otero, propietario y director de El Nacional, dio una primicia preventiva a Juan Carlos Mateu en DIARIO DE AVISOS, cuando se disponía a recibir el Premio Taburiente de este rotativo: “Antes de diciembre publicaremos el titular Venezuela vuelve a la democracia. Guaidó dio el chupinazo el 23 de enero. Otero erró el disparo -respecto al epicentro del seísmo- en apenas un mes.

En esta ocasión la política intervencionista de Washington en su patio trasero cuenta con la cooperación necesaria de Europa. La UE, pese a la cautela de Mrs. Pesc, Federica Mogherini, se decanta por Guaidó tras ser reconocido el jueves por el Parlamento Europeo. Trump previno, en la víspera, a Sánchez de su jugada de ajedrez: Guaidó juraría el cargo en una plaza de Chacao y se acabarían los grupos de diálogo con Maduro, las reuniones en terceros países, Zapatero y su alianza de civilizaciones. Cuando le pregunté a Zapatero en septiembre por su papel de llanero solitario de la entente con Maduro, me respondió: “Mi opinión es que una parte de la comunidad internacional tiene un análisis equivocado sobre el conflicto que vive Venezuela”. Trump, el primer presidente de Estados Unidos que considera a Europa su enemiga,ha conseguido acompasar los pasos de baile con sus contrapartes de Europa para aislar a Maduro, aun pecando de carcelero con la impertinencia de su asesor de seguridad John Bolton, el del mostacho blanco (el mismo que anotó en la libreta: “5.000 militares a Colombia”): “Le deseo [a Maduro] un largo y tranquilo retiro en una bonita playa lejos de Venezuela en lugar de Guantánamo”.

Quizá dando un salto atrás entendamos lo que sucede. En febrero del 2000, Hugo Chávez preguntó a su anfitrión en Tenerife, “¿qué harías tú, Román, con un 80% de pobreza?”, dirigiéndose al entonces presidente canario Román Rodríguez. Veinte años después de chavismo -se cumplían ayer, día 2- su colapso radica en el fracaso de los paradigmas contenidos en el discurso que Chávez pronunció en el Parlamento canario aquel 22 de febrero de hace 19 años, a poco de que las Islas se volcaran en ayudas por unas inundaciones catastróficas. Su sola relectura explica lo de Guaidó y Leopoldo López, a quien este periódico incluyó en la nómina de los Taburiente en 2017.Chávez, un militar campechano dotado de la mejor oratoria de su continente, venía de desayunar con el rey Juan Carlos, que siete años después, en Chile, le dio un espantón en una cumbre iberoamericana que dio la vuelta al mundo: “¿Por qué no te callas?”. Ese fue el dicterio que le marcó. Canarias le trajo recuerdos de su infancia en estado Barinas, de unos vecinos fervientes de la Virgen de las Nieves, de La Palma. Todavía en caliente, sin tiempo para quemarse en las brasas del poder, con tan solo un año en el Gobierno, descorchó sus propósitos que hoy son los despropósitos que llevan a Maduro a este desbarrancamiento. Habló del “fin de un modelo político social y económico”. Úslar Pietri, en Caracas, me explicó su teoría de que Venezuela no había “sembrado el petróleo”: reinvertir sus beneficios. Chávez lo llamaba corrupción, pero el pez muere por la boca. En su arenga tinerfeña, dio las razones de su revolución. “Hermanos canarios”, enfatizó, “el peso que ha recibido mi generación es el de un 80% de pobres, una mortalidad infantil disparada, un sistema productivo deshecho, una juventud sin oportunidades para formarse.” Y habló de “barrer unas instituciones caducas y pervertidas”, y de conquistar la confianza de los empresarios. Chávez estaba exultante, todavía lejos de este fracaso, al que no iba a sobrevivir. Su discurso de Tenerife vale hoy contra Maduro, que ha logrado poner de acuerdo a Europa y a Trump, el aceite y el vinagre aguados en la persona de Guaidó.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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