Y Guaidó afloró en Chacao

Si Venezuela ya no es la octava isla, desplazada por el descubrimiento de La Graciosa, que ha emergido en el octógono como aquel islote fantasma del monje irlandés, pongamos que sea la novena, en plena sinfonía de Guaidó, que ha cambiado la letra y la música de los derroteros del país. De pronto, el obélix Maduro se ha miniaturizado. Bastó la irrupción este miércoles en una plaza de Chacao de este joven ingeniero trajeado de gris marengo y camisa blanca, mano en alto juramentándose presidente paralelo, para dar una vuelta de tuerca a 20 años de chavismo. Venezuela está en la UVI de América porque el régimen llevó al pueblo a la indigencia. Ha entrado en barrena la revolución, ha salido al revés, tras llegar a destiempo. Extrapoló los aldabonazos de Fidel en Cuba y de los sandinistas en Nicaragua, pero esas eran revoluciones de otra madera, de los años 60 y 70, y Hugo Chávez, que era la consecuencia de una democracia corrupta, llegó al poder a un año del 2000. Los dos decenios de chavismo se funden con sesenta años de castrismo y cuarenta del sandinismo. Una tríada de efemérides en cadena que se conmemoran ahora, en estos dos primeros meses de 2019. La historia lo ha querido así, con esa pirueta conviniendo aniversarios que invitan a hacer balance y quizá borrón y cuenta nueva. Cuba, Nicaragua y Venezuela, por este orden, no han respondido a las expectativas y la fanfarria con que fueron recibidos sus líderes desde el primer día, hace ahora 60, 40 y 20 años redondos, respectivamente. Ni Hugo Chávez ni Fidel están presentes para rendir cuentas. A Chávez lo acogieron con júbilo como un Mesías que predicaba en Aló Presidente; a Fidel lo agasajaron en La Habana todos los sonidos de la ciudad, las sirenas de los barcos, las bocinas de los coches y las campanas de las iglesias mientras saludaba a la multitud subido a un tanque con la gente en los balcones. Las imágenes no han resistido bien el paso del tiempo. Y todo aquello ya es historia, en el sentido aplastante de la palabra.

No son buenas noticias, en la actualidad, las de estos trenes que han colisionado con su destino: Cuba y Venezuela, La Habana y Caracas, las dos capitales que más aman los canarios allende los mares, casi como propias. “Pase usted, que estuvo en La Habana”, se decía en las Islas cediendo el paso en la acera.
Nuestra gente iba y venía de Caracas o La Habana como si estuvieran aquí al lado. Ahora, el juramento de Guaidó en Chacao se escuchó en las Islas más cercano que las pitas de los taxis de Madrid o Barcelona. Estamos conectados con América desde hace siglos y eso no cambia. En cierta visita de Suárez, le pusimos los cascos de Radio Club y mantuvo un dúplex en plena calle con Luis Herrera Campíns, que era presidente de Venezuela. Los dos coincidieron ese día en Santa Cruz. Era lo más normal del mundo: los jefes de Estado venezolanos entraban en Canarias como Pedro por su casa. Y a Suárez no le extrañó, consciente de la hermandad, aquella charla en el aire. En Caracas -alguna vez lo he contado- los guardaespaldas no me dejaban llegar a Carlos Andrés Pérez. Grité: “¡Presidente, soy un periodista canario!”, y CAP ordenó que me dejaran pasar.

Nada es más intrigamte que algunas sincronías de la historia. Fidel entró en La Habana el 8 de enero de 1959, Chávez lo hizo en el Palacio de Miraflores el 2 de febrero de 1999, y Juan Guaidó se proclamó presidente interino este 23 de enero de 2019. A Venezuela, la novena isla, la sigue y la persigue el dichoso dígito, el 9. Y las efemérides, ahora, se nos ofrecen enlazadas por el mismo hilo conductor. Con cuarenta años de diferencia, Venezuela se inspiró en la solución cubana contra Batista y sin ser una isla se aisló en America Latina, el subcontinente que parió más dictadores que políticos liberales. Cuba y Venezuela han creado sus mitos a conveniencia de entre sus libertadores: Martí, que era hijo de canaria, y Bolívar, al que hemos buscado hasta orígenes guanches, sin que ello impidiera su famoso decreto de “españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes…, americanos, contad con la vida, aun cuando seais cualpables”. Yo llevé con mis propias manos a La Habana el busto en bronce de Fernando Garciarramos a Leonor Pérez, la madre tinerfeña de José Martí, y allí luce, en el ICAP, desde los tiempos de René Rodríguez. Fidel era hijo de Lina Ruz, descendiente de canarios. Y acaba de fallecer Gallego Fernández, nonagenario, nuestro mejor interlocutor con el Gobierno, uno de los últimos héroes de la revolución sin ser barbudo.

Ahora entra en escena Juan Guaidó -esa incógnita-, que también guarda raíces isleñas. Llegamos a tener tal grado de afinidad con Venezuela que los gobiernos de España concluyeron que lo mejor era nombrar embajadores canarios en Caracas. De ahí que Felipe González designara a Alberto de Armas. Ahora mismo, en las islas hay tal explosión de venezolanía que se palpó en la calle este miércoles en apoyo de Guaidó. Y como solo cabe esperar en un lugar como este, que es lo más parecido a América que hay en Europa, aquí, en la Plaza de España, se presentó el padre del hombre que acababa de proclamarse presidente interino. No era un miércoles cualquiera. De ahí la exclusiva de Moisés Grillo, que le grabó para DIARIO DE AVISOS el mensaje ya inscrito en los anales para ese día de un padre a un hijo que se jugaba el bigote en el centro de la sacudida. Como si la historia, en efecto, se estuviera escribiendo al revés, Guaidó ha tenido una arrancada a lo Fidel, que asaltó el Moncada como un suicida y arribó a su isla en un yate para vencer a un ejército regular como si llevara la batalla de las Termópilas en la sangre. Si este Guaidó es el hombre tendremos que revisar la historia y reordenar las revoluciones de América en sentido inverso. A tal extremo está llegando Nicaragua con los desmanes de Ortega, el más descarrilado entre los epígonos de Castro. Y así una a una las sucesivas revoluciones fallidas, que en su defecto alumbran líderes como este Juan Guaidó, con los arrestos en reverso de Hugo Chávez o Fidel, ya en la desmemoria de los iconos abatidos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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