La declaración de La Laguna

Confieso que nunca pensé que compartiría un encuentro a puerta cerrada grabado para televisión, y que permanece inédito, con el comandante Cousteau y Mario Soares, que presidía Portugal. Una especie de sesión restringida de un think tank de lujo con la presencia, también, nada menos que de Federico Mayor Zaragoza -el otro español de mayor relieve internacional junto a Javier Solana- y la entonces rectora de la Universidad de La Laguna, Marisa Tejedor. El petit comité se enmarcaba en los días en que el Capitán Planeta logró plasmar en Tenerife su odisea de la Carta de los Derechos Humanos de las Generaciones Futuras -tras un naufragio de más de dos décadas opositando en los pasillos de las grandes instituciones-. Era una misiva premonitoria sobre los peligros que acechaban a los seres humanos antes de que se diera el ultimátum del cambio climático. Cousteau era un visionario. Llegó a la isla y cuando lo entrevisté -los ojos salientes de un filamento, era un hombre flaco y ágil- habló de los árboles que lo recibieron por las ramblas de la ciudad. Amante de la naturaleza como César Manrique, que era un Cousteau de los volcanes, cito a ambos ahora aquí de la mano de sus respectivos aniversarios.

La Declaración de La Laguna, como iba a ser conocida internacionalmente la cumbre de expertos de una veintena de nacionalidades, fue un proyecto que abrazó la Unesco, gracias al empeño de su director general, Mayor Zaragoza (investido esos días, junto a Fernando Lázaro Carreter, José Carlos Alberto y María Rosa Alonso, doctor honoris causa en la Universidad de La Laguna), que nos hacía esos regalos espléndidos y afectuosos a La Laguna y Tenerife, y que tenía una estupenda relación con Tejedor y con nuestro diplomático de cabecera, Francisco Aznar. Hemos ido para atrás en el plano internacional, porque hablo de una época dorada en que la Universidad de La Laguna contaba con el Instituto Tricontinental de la Democracia Parlamentaria y los Derechos Humanos, que fue, bajo el paraguas de la Unesco, sede y laboratorio de la declaración y de una conferencia internacional sobre la libertad de los comicios electorales.

¿De qué hablamos en aquella secreta velada? Transcurrió en una sala cerrada del Hotel Mencey como si en un convento de clausura grandes santones nos instaran a orar por el futuro de la humanidad. Recuerdo la franqueza con que Soares y Zaragoza coincideron en que todos los pueblos del Tercer Mundo no estaban preparados para abrazar el sistema democrático y que había que ir con tiento para no provocar un efecto contrario. Cousteau hablaba como un profeta del futuro que no habitaríamos los que estábamos allí y que teníamos el deber de preservar para nuestros descendientes. Yo no era padre aún, pero después de serlo me he acordado mucho de los consejos de Cousteau. Como Manrique, entonaba una canción que ahora nos suena a todos: el desarrollo sostenible, los ecosistemas, el medio ambiente… Pero entonces no conocíamos todavía ese estribillo. Cousteau, con ayuda de mujeres y niños, había detenido en los años 60 un tren con residuos radiactivos que iban a ser arrojados al mar, y se enfrentó a De Gaulle. Recuerdo que yo me sentía por dentro satisfecho de nuestra modesta campaña de lluvia de flores en el muelle a través de Radio Club.

Con los años que han pasado desde aquella estancia en La Laguna del navegante universal, hoy deberíamos decir que no nos hemos olvidado de unos hechos que protagonizamos para bien, en el concierto de las grandes causas, y de los que fui testigo. Se cumplen 25 años: la declaración se aprobó en La Laguna el 26 de febrero de 1994.

En La Laguna reside aquel sueño de Cousteau, como remitente de su epístola destinada a la Onu, a cuyo borrador -obra de tres profesores de Columbia, uno de ellos filósofo-, hasta entonces nadie había dado carta de naturaleza. Era un canto a la vida de los futuros habitantes de un planeta en riesgo. Y La Laguna puede sentirse orgullosa un cuarto de siglo después y celebrarlo en su justa medida, como viene predicando Unid@s se puede no sé si en el desierto.

En el conciliábulo del Mencey -una cita paralela a las sesiones de la Universidad de La Laguna- le pregunté al comandante por los peligros que afrontábamos en la superficie del mundo y en los océanos que él había popularizado a bordo de su célebre buque Calypso venciedo las críticas de divulgacionismo. Amaba la Tierra, con su suelo, su mar y -como le propuso Francisco Sánchez- su cielo, y quería que quedaran a salvo.

¿Por qué recuerdo, a su vez, a Manrique, a las puertas de su centenario? Porque en el vértice de aquel estado de opinión estaba Lanzarote y estaba César, el gran ausente: había muerto dos años antes. La isla que anhelaba reinventarse bajo los códigos nuevos de la ecología. Soares visitó más tarde Lanzarote para reencontrarse con Saramago, que sí habría podido participar en el cónclave lagunero, pues justo un año antes se había mudado a Tías y, también, de haber sido así, habría podido estar con nosotros en aquella tertulia de sabios que yo viví intensamente como una ocasión privilegiada. Cousteau era el apóstol de los mares, del continente azul, de un mundo en silencio. Le precupaba la extinción de las especies y del propio ser humano, como años después, en su libro póstumo (Breves respuestas a las grandes preguntas), otro personaje extraordinario, Stephen Hawking, explorador del Universo -como su contraparte-, expresaba con la esperanza de que estuviéramos aún a tiempo. Ahora pienso que las islas los atrajo a todos ellos, aunque no los reuniera el mismo día en el mismo sitio, pues decían y pensaban casi lo mismo. Cousteau, inventor de la escafandra autónoma y la turbovela, tiene una isla mexicana con su nombre y aquí deberíamos nombrar como isla manriqueña a esa que emerge en medio, la del volcán y la falla, con leves terremotos que nos sacan de nuestras casillas. El acuario del mundo es un lugar paradisíaco y Cousteau queria conservarlo para siempre, donde él descubrió pecios y las sirenas le contaron insondables misterios. De aquel contubernio en el hotel han muerto algunos. Acirón, Soares y Cousteau, que fue despedido en Notre Dame por una multitud, como a César Manrique le lanzaban flores al coche fúnebre cuando pasaba por las carreteras diciendo adiós.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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