La política Netflix

Hemos dado una vuelta de tuerca y esto ya es la telerrealidad propiamente dicha. Que nada acontezca fuera de los focos. Y cada cual en su papel va tirando en el plató donde la política se cuece como producto telegénico y fílmico por excelencia. Se buscan rostros agraciados y todo se rige por el guion. Vox es la última incorporación al elenco del gran espectáculo. Ahora, todo intento por volver a la rutina y lo común, por bajar del escenario, resulta baldío para este género de la moderna política actoral, que ya no es solo mediática, sino cinematográfica. Lo que podríamos llamar la política Netflix en streaming, y de ahí series como House of cards. Vox, Trump, los chalecos amarillos y otras estrellas se adueñan de la pantalla. Incluso, Podemos, que fue la rabieta prodigiosa del 15M, nos resulta ya una pieza demasiado familiar en toda esta trama, se nos ha vuelto un argumento previsible al entrar en la normalidad cuando lo suyo era la provocación y Rufián les ha robado esa cartera. Como si el serial necesitara renovarse (¿recuerdan al productor de El show de Truman improvisando coartadas en la ciudad de Seahaven?), y la política ahora se cotizara según qué cambios. Vox irrumpe y la audiencia lo agradece. Esto lo vieron los italianos antes y empezaron a enterrar partidos y distraer con siglas nuevas. En el futuro, las formaciones políticas acaso se reciclen como las marcas y cambien de nombre como Sinead O’Connor o antes el ecléctico Prince. Vamos tan deprisa que todo se vuelve convencional al cabo de unos pocos años. Así que Vox, recién llegado, es la comidilla y los guionistas están encantados. Tiene trazas de Trump, la política del trampantojo tan de moda, y de Bolsonaro, que era objeto de mofa en la tele y hoy es presidente de Brasil porque o eres un payaso o no llegas lejos en la farsa de la política, necesitada urgentemente de un proceso de gentrificación.

Todo esto se refleja muy bien en la ola de películas que se están haciendo de los personajes ficccionados de la vida pública real como Silvio o Dick Cheney e, incluso, sobre el brexit, que se vota este martes en Westminster. En el filme televisivo Brexit: The Uncivil War, los actores encarnan los papeles histriónicos de los esperpénticos líderes ingleses que trampearon con el referéndum prometiendo que la desconexión de la UE reportaría a la sanidad sustanciosos millones de libras semanales. En el colmo de la desfachatez, el ultra Nigel Farage, líder caído de UKIP, ha admitido que era una trola en toda regla. El cine está contando unas cuantas verdades sobre los manejos de la adictiva política, como en el caso de Cheney, que fue vicepresidente con Bush hijo, aquel que se inventó las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein en Irak. En el bien entendido de que aquel infeliz beodo que se atragantó con la galleta del 11S ahora nos parece una precuela de este elefante en cacharrería con tupé de Tintín que está creando escuela. La famosa posverdad y los hechos alternativos son un producto inequívoco de este período desconcertante de política sucia y mendaz que inaugura el zascandil del imperio, como un virus informático inextinguible que ha infectado toda la política mundial. Maduro toma posesión para un nuevo mandato de seis años ante el plantón de los jefes de Estado extranjeros, pero no dista mucho su pucherazo electoral del que cometió con ayuda rusa el actual inquilino de la Casa Blanca. Y nos cebamos con el nuevo presidente congoleño fraudulento.

Nadie sabe si alguna vez se restablecerá el respeto a la verdad o hemos enterrado este constructo para siempre y está próximo el dies irae de lo que hemos conocido por modelo de convivencia. No hay sino que ver los gobiernos de Bulgaria, Austria, Polonia, Hungría, Italia y otros partos para comprender que el virus informático se ha extendido y el colapso es general cuando tantos fondean en esos pantanales.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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