El centenario de César

La especulación y, por consiguiente, la masificación del espacio, o el escaso interés que se presta en mi tierra a la educación y la cultura hacen de las Islas un territorio hostil para quienes, como en mi caso, la actividad mental y artística es algo irrenunciable”. Esta fue la última declaración que anoté al entrevistar a César Manrique un año antes de su muerte. La releo a menudo. Especulación, desinterés por la educación y la cultura, territorio hostil… Si hoy viviera, sería una suerte de presidente paralelo, como Guaidó en Venezuela. Murió el 25 de septiembre de 1992. Y había nacido el 24 de abril de 1919. Lanzarote, su feudo, y Canarias toda se disponen a celebrar, exactamente dentro de dos meses, como hoy recuerda en el DIARIO el periodista Juan Carlos Mateu, el centenario del más deslumbrante y explosivo de nuestros paisanos más célebres. En los albores de Facebook promoví una encuesta sobre el canario más representativo de toda su historia. Y el escrutinio fue inexorable: César. César Manrique. No estaría de más comprobarlo por métodos más rigurosos. Pero de lo que no me cabe la menor duda es de que se trata del canario más querido.

En cierta ocasión, de camino a la radio con Gilberto Alemán, nos tropezamos al final de la calle San José a César Manrique y Pepe Dámaso. César, como siempre con el depósito lleno de pasión, se invitó: “¡Pues vamos!” Entraron en el estudio de Radio Club y esa vez los dos hicieron El Club de la tarde. Era un pope que se bajaba del púlpito y te trataba con afecto. Cuesta trabajo acordarse de César sin soltar una lágrima. Mi padre, conejero de Guatiza, lo había conocido de niño. Y nosotros, sus hijos, frecuentábamos al artista como si fuera un vecino de toda la vida. Ya entonces periodistas, explotábamos la mina: es que informativamente César era un filón, y humanamente, tenía un poder de atracción máximo que lo convertía en el centro de atención. Aquel hombre era un extraterrestre caído del cielo como el ángel rubio de Saint-Exupery, como cuando se evadía por las galaxias de su imaginación o pintaba las banderas del cosmos para los observatorios del IAC, que hicieron que su amigo el rey Juan Carlos le pidiera una insignia para su yate.

César tenía una cosa que le perdía. No se callaba nada, con la sinceridad y los egos infantiles desatados de las musas que le acompañaron hasta la muerte. “Aquí se metían con las putas y los maricones y nosotros dábamos la cara contra aquella persecución tiránica”, nos soltó una noche en El Almacén, de Arrecife, mostrándonos las fotos de los viajes por medio mundo. No fue siempre bien acogido en la isla, hasta que se ganó el respeto, a la vuelta de Nueva York, con la connivencia de su amigo Pepín Ramírez, que presidía el Cabildo y le dio rienda suelta a los dibujos de sus servilletas. No está todo hecho ni dicho sobre César: queda pendiente el monumento a la paz, el de los misiles, que Gorbachov se ofreció a inaugurar. Cuando César cobró la aureola de mito divino en vida (el dios Baco de Lanzarote, como llamó Luis Alemany a nuestro héroe en el reinado de Manrique-Turandot) su autoridad moral era aplastante: “Recoge el papel del suelo, que no se entere César”, reprendió una madre a su hijo en mi presencia. Hoy aquel ecologista endiablado habría invitado a su centenario en la isla a esa adolescente sueca, Greta Thunberg, que se fuga de clase todos los viernes para protestar ante el Parlamento contra la crisis climática, algo tan manriquiano e indómito.

Olarte lo llamó para comunicarle la concesión del Premio Canarias en el 89 (tenía 70 años), y explotó: “He sentido vergüenza. Me siento mal”, declaró al periodista Antonio G. González. Ese año era candidato al Príncipe de Asturias y acumulaba el Europa Nostra, el Mundial de Ecología y la Medalla de Bellas Artes. No perdonaba la pereza en reconocerle como profeta en su tierra. Era un artista más prestigiado fuera que en casa. El Ministerio de Cultura de la República Federal de Alemania (RFA) le pedía consejo sobre las mejoras del metro de Múnich, cuando no lo llamaba Hussein a Jordania para que se inspirara en su país y le diseñara una casa en La Mareta. Nada de eso le sorprendía, pero sí que Lufthansa se negara a cobrarle por trasladar 90 obras de arte a la RFA. “Es que usted lleva cultura a nuestro país”, le explicaron.

César tenía prontos, o no era César. Le envenenaba comprobar “la envidia, la ignorancia y la mala idea”. Lo sacaban de quicio, por ese orden. Y la desidia de los políticos. “Lanzarote se está muriendo”, les arengaba. “¡Socorro!”, clamó en un manifiesto, que fue secundado por su amigo el arquitecto alemán Frei Otto (que participó en el documental de Miguel G.Morales Taro: el eco de Manrique, sobre el ecologista y activista conejero que predicaba la sostenibilidad en el desierto).

¡Qué personaje más inmenso y pletórico! Acaso sea un canario irrepetible. Nos inunda la nostalgia, se hizo demasiado grande para aceptar su ausencia. ¡Cuánta falta nos hace César!, nos lamentamos cotidianamente. Cuando cogía el megáfono, la gente lo seguía. Era carismático y convincente. Lástima que no se conocieran César y Saramago, que llegó a Lanzarote en 1993, un año después de su accidente mortal. El Nobel hablaba del fantasma de César, que estaría por Lanzarote “dando tirones de orejas a los políticos, a los empresarios y a los ciudadanos que están dejando que la isla se pierda”, me dijo el portugués en cierta ocasión.
Una vez le pregunté por sus amigos vanguardistas neoyorquinos, porque venía de reencontrarse con Warhol en 1984 en la ciudad de los rascacielos, donde César vivió en los 60, tras la depresión (como sostiene Carmensa de la Hoz) por la muerte de su mujer, Pepi Gómez, compañera y promotora de sus años abstractos en Madrid. En Nueva York lo fichó Catherine Viviano, la primera galerista que introdujo a Miró en Estados Unidos. Andy Warhol y Manrique recordaron, entonces, los viejos tiempos, dos décadas después. ¿Por qué se hizo pintor y no arquitecto, como quería su padre? “Porque odiaba las matemáticas”. Sin embargo, Christopher Alexander, teórico norteamericano sobre arquitectura, dijo que el Mirador del Río, en el Risco de Famara, era una de las cuatro obras arquitectónicas más significativas que conocía. Con todo, sus detractores lo tachaban de simple jardinero. César decía con Monet: “Mi mejor obra es mi jardín”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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