La primavera canaria

Cuídate de los idus de marzo!”, estampó Shakespeare en su Julio César, legándonos un recurso siempre a mano para políticos y amanuenses cuando llega este mes de las primaveras y, últimamente, de los primaveras, pues ahora abundan estos últimos, en la cornucopia desbordada de bisoñez y regeneración. Siempre oportunista, la política se nutre ahora más que nunca de atrevidos que anidan en las siglas donde hallan un hueco para sus novatas posaderas. En el carnaval de primarias ha salido de las profundidades del mar toda suerte de neófitos llenos de entusiasmo, animados por el auge de la mediocridad en los escaparates políticos de medio mundo. Todos buscan su momento Trump, que es el ídolo de los ignorantes, el tótem de los torpes en el ciberpucherazo, convencidos de que los ciudadanos pasan por una crisis de fe, descreídos y cabreados, lo cual es terreno abonado para instintos incultos y atorrantes.

Estamos en un marzo carnavalero y electorero, en plena feria de disfraces. En tiempos estas fiestas eran las ideales para que el pueblo relegara los problemas de índole político. Pan y circo, y de ahí las suspicacias sobre la imputación de Clavijo en vísperas de las portadas de la gala y todo ese frenesí de lentejuelas. Julio César se tropezó aquel día a su vidente, camino del Senado, donde le aguardaban sus verdugos, y le dijo sardónico: “Los idus de marzo ya han llegado”. Pero el brujo echó leña al fuego con estas palabras lapidarias: “Sí, pero aún no han acabado”. El periodista Fernando Jáuregui, de vuelta de todas las guerras de las Galias, me cuenta en el Mencey, delante del libro que han engendrado con las voces de 150 periodistas de la Transición, que este país es un pandemónium con líderes apocados, donde restalla Vox por descaro y desvergüenza. Muestra pesadumbre en lo que dice y como lo dice, quizá porque se teme lo peor, un país bloqueado tras las elecciones de abril, y guarda gratos recuerdos de Suárez, del hombre que daba la mano a los manifestantes que le increpaban pero que no quería perder ni al mus. Ahora aprecia atisbos del Suárez campechano en el afable Casado, pero cree que el duelo se libra, en realidad, entre la timidez catalana de Rivera y los decretazos prosélitos de Sánchez, que no guarda las reglas del juego, pero es el hombre de los milagros.

Canarias es una historia aparte, convengo con Jáuregui, que viene de entrevistar al presidente imputado. “Le quitó importancia”, comenta animando a un periodismo que se cuestiona las verdades oficiales, como -me dice- “advierto en las páginas del DIARIO”. Canarias es otra cosa, en la periferia del problema nacional. Pero no estamos tan lejos de la realidad. No deberíamos buscarnos enemigos congéneres, isleños como nosotros, en Baleares; todos balamos lastimeramente cuando no queda otra, así que mejor hacerlo juntos que divididos ante Madrid, que se frota las manos contemplando la celotipia política de las migajas que reparte entre sus islas mal avenidas del Mediterráneo y el Atlántico. No ha estado fino el nacionalismo canario oficial embistiendo al pariente lejano balear, como antes tampoco ensayando el fuego amigo contra Cataluña por las perras del REF. Olarte se refería a Madrid va a saber lo que vale un peine, no dijo Cataluña ni a Baleares, ni otras tierras semejantes. Tan bajo hemos caído en el discurso del agravio, que buscamos pelea con los aliados. Si Ángel Guimerá levantara la cabeza, ahora que su sobrino nieto acaba de dejarnos como quien se va y ahí les queda eso. Eso es esto, una tierra enfrascada a veces en contiendas sin sentido. Que el bueno de Ángel Isidro descanse en paz y también esta impronta cainita impropia de nosotros.

Ana Pastor dio cerrojazo a la legislatura que expira pasado mañana, y dijo con Marc Anthony: “Valió la pena”. Quizá quiso decir simplemente adiós. No sabemos lo que nos está reservado tras el 28 de abril, si este país será gobernable o arduamente conllevable, como teme Jáuregui, con los presos transidos de largas condenas indultables. Ante la nueva encrucijada, la política canaria tiene que aprender de sus errores para salvar las distancias, que en nuestro caso siempre son mayores que las de cualquier otro español. ¿Por qué en Madrid tenemos fama de políticos sensatos con sentido de Estado y de consenso y nos mandan a presidir las comisiones de investigación, pero, una vez aquí, de puertas adentro somos una jaula de grillos, un quilombo, un pandemónium? Será porque hemos ido demasiado lejos, nosotros mismos, en la insolución de nuestros problemas más serios, y hemos acabado echando la culpa a esos nuevos chivos expiatorios catalanes, baleares… Buenos son los carnavales, pero no defraudemos al sentido del humor. Estas no son bromas. Pongámonos alguna vez serios, incluso en marzo, bajo la máscara, porque la procesión va por dentro.

Cuando salgamos de esta sobredosis de urnas estaremos casi en el ecuador del año y al pasar el Rubicón -de nuevo viene a colación Julio César-, desconoceremos qué terreno nos aguarda, qué país, qué Europa, qué constelación política nos deparará el segundo semestre de este año impar con que acaba la segunda década del siglo XXI. En junio, cuando se establezcan las alianzas improbables en el mundo atomizado de los nuevos parlamentos,se nos habrá esfumado la mitad de este año borroso, que nada hacía presagiar que fuera siquiera memorable, tras los hechos pletóricos de 2018, con el numerónimo catalán del 1-O de 2017 y los apresamientos del procés, con la fuga a lo Roldán de Puigdemont, la censura de Sánchez a Rajoy, el diálogo, el relator y la Plaza de Colón. Creo que no nos hemos dado cuenta aún de que el segundo decenio se termina y los calendarios son las pautas que rigen nuestras vidas. Estos son días de inventario y de saldos. Y los nuevos gobernantes serán los albaceas de una década que se apaga. Toda esta sensación de pleonasmo histórico de las grandes fechas señaladas no es baladí. Es que estamos a las puertas de una nueva era, otra década y ciclo, quizá menos estéril, vulgar e intrascendente. Quien sabe si al otro lado Canarias se pone en hora y España salta la valla de Cataluña y el Valle de los Caídos y las aguas recobran su cauce. Albergamos los mejores deseos. Pero los idus de marzo, si bien ya han llegado, aún no se han marchado.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a La primavera canaria

  1. Victorio -Fidel Díaz Marrero

    Apreciado Carmelo, una vez más das las claves, creo que de manera brillante y objetiva, de lo que está ocurriendo en nuestra Comunidad y pienso que también en el ámbito nacional. Si me permites, una pequeña puntualización: Esta segunda década del siglo XXI terminará el 31 de diciembre de 2020
    Un saludo afectuoso desde el antiguo Menceyato de Tegueste.

     

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