El destino sin los dioses

Acuérdate de abril. Ha terminado el triste trimestre de un año paréntesis. El primer cuarto antes de la carambola electoral. Es la frontera, el fin. El Parlamento (canario) baja el telón de la última legislatura de una década en barbecho y emite señales de fin de época. Se cierra un ciclo de autonomía en un bajel y entramos en aguas nuevas, no menos procelosas, con aumento de tripulación a la espera de llegar a buen puerto.

No es un detalle menor que la Cámara gane diez escaños. Diez bocas más que alimentar con cargo al erario público y todas las probabilidades de naufragios y motines a bordo. La política en cualquier latitud se ha agriado y el horizonte no es algo que está lejos, está aquí mismo amenazando con enlodarlo todo a la vuelta de abril y mayo, la dupla electoral nunca vista, que asoma como un leviatán. Todo lo acaecido es historia y no podemos desligarnos de una sensación de mudanza y reacomodo, pues las nuevas piezas, los nuevos diputados y partidos traerán consigo una nueva lógica aritmética y política. Partidos otrora mayoritarios ahora deberán conformarse con menos presencia, porque los espacios se han fraccionado como nunca. Son las huestes de un pandemónium condenado a regirse por pactos inéditos, donde habrá parejas contra natura y hasta pentapartidos. Si en el pasado los gobiernos se conformaban por afinidades ideológicas, a partir de ahora -hablo de Canarias, de España y de lo que suceda en un entorno europeo demudado- se perderán los pudores. No es pudor, es poder. Por tanto, fin de un tiempo. Comienza otra función. Ya hoy mismo cambió la hora.

Hoy, dos millones y pico de isleños permanecen en vilo. Entre los augurios de desaceleración y la incertidumbre electoral. Un veterano político español me comentaba estos días con rubor que podrá pasar lo que sea una vez se cierren las urnas, pero, definitivamente, la política ya es una mentira. Y aceptarlo nos avejenta, pues solo creer en una justa democracia rejuvenece. Mucho tiempo atrás, cuando la forma de vida y de Gobierno que llamamos autonomía rompía la cáscara de huevo de los pleitos cainitas y el centralismo, nos las prometíamos felices. Este ya es otro cantar. España se enfanga en una suerte de dirigentes decepcionados, que perdieron los ideales y lo confiesan abrumados en voz baja. Pero en esta epidemia de heces, de valores fecales, de sueños rotos de una democracia enferma, no podemos ceder. Han brotado los excrementos del pasado. Son los mismos perros con distinto collar. Si el fascismo y los ismos nefandos que masacraron Europa en el siglo pasado ahora irrumpen con fuerza y ya hunden sus raíces en España, conviene parar el reloj y hacer la catarsis cuanto antes. No se deja que un barco se hunda sin hacer nada al respecto cuando se está a bordo. Y eso es lo que hace falta. Hay que hacer algo.

Tengo las nostalgias de los grandes faros de mi juventud, cuando se era rojo o no se era joven, entre un dictador vetusto y la euforia de los pensadores, y leíamos a Marcuse, a Althusser…; ahora los pibes deberían leer a Chomsky, que tiene 90 años y es el último mohicano de esa añoranza anticapitalista, pero no lo hacen ni lo conocen. Tampoco está el horno para bollos, pues siendo verdad que avanzan en tropel los populismos, lo que se dicen voces críticas, intelectuales comprometidos y guías para llevar la contraria a la decadencia no se prodigan en este momento. Y ha sido la voz de un filósofo liberal la que ha dado un paso al frente para contrarrestar el deceso irremediable de Europa como destino y unidad. La impronta de Bernard-Henry Lévy, controvertido y mediático escritor y periodista de guerra en los años 70 (un discípulo de Derrida y Althusser), es honrosa. La travesía teatral con su monólogo Looking for Europe (Buscando a Europa) es la de alguien que agita a sus coetáneos a reaccionar frente al caos de todos los sueños: el final de Europa y de la libertad, dado el auge del euroescepticismo, que copará el 30 por ciento de la Eurocámara tras el 26-M, y la proliferación de opciones políticas de extrema derecha. Corresponde a gente de bien hacer algo, en todos los rincones del falansterio europeo para salvar del ocaso lo que tanto costó levantar de los escombros de guerras e incivismos. Como esa niña sueca que se fuga los viernes de clase para protestar a las puertas del Parlamento (el Riksdag) contra el calentamiento global, con un cartel que ha sido una espoleta: Skolstrejk för klimatet (huelga escolar por el clima). Nunca antes las mentes más lúcidas-intelectuales, pensadores, líderes, filósofos, escritores, artistas, activistas..- consentían como ahora que se desmoronaran los ideales como una fatalidad. Lo que yo recuerdo que me daba respaldo y conciencia en aquella pulsión que nos movilizaba en unos sitios contra las dictaduras -como España y América- y en otros contra cualesquiera abusos o discriminaciones, era eso: las referencias, las lecturas de los grandes teóricos, la teología de una revolución que tenía padres y sentido. Recurríamos y secundábamos a líderes universales, de Estados Unidos a Asia, y devorábamos las obras de los filósofos y exégetas de aquella movilización colectiva. Como unos enanos utópicos nos imáginábamos militando en una causa mundial: la libertad, la igualdad y, finalmente, la democracia. Nos conmovía la sensación de estar labrando un futuro entre todos. Así debe sentirse la pequeña ecologista nórdica con asperger, Greta Thumberg, con 16 años, que sacó a la calle a millones de escolares semanas atrás, y BHL, con 70 años, que ha desenterrado el hacha irredenta, en nombre de Europa, en tiempos pasivos. Estamos desarmados ideológicamente ante las nuevas elecciones que afrontamos de modo inminente.

Ser isleño es una dicha. Una oportunidad y un palco en el teatro de los acontecimientos. Como fareros, ponemos el foco en los problemas del mundo. La isla es la morada de los dioses. No han llegado aún los líderes, los nuevos dioses, que pedía Flaubert (“Hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”). Serán unas elecciones burdas, las de peor calidad democrática en decenios, las del estigma mendaz, pues -me decía el veterano exdirigente- la política ahora es una gran falacia. Fareros en la isla, pero en medio de un apagón. Como Venezuela…. ¡Qué tragedia! Como los ciegos de Saramago. Acuérdate de abril, recuerda la limpia palidez de sus mañanas, no sea que el invierno vuelva y el frío te desgarre el alma. La eterna canción de Amaury Pérez.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Respuesta a El destino sin los dioses

  1. Victorio -Fidel Díaz Marrero

    Apreciado Carmelo, Vaya panorama más desolador! Lo más decepcionante de la actitud de nuestros líderes es el insulto continuo y la descalificación hacia el oponente. Jamás eso ocurrió en la Transición. Tenemos que acudir a las urnas y esperar lo imposible.

     

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