El canario transversal

Cuando Juan Hidalgo murió en Ayacata el año pasado con 90 años, Martín Chirino tenía 93 y atendió mi llamada para recordar la figura del artista transgresor que había militado en la música contemporánea a bordo de Zaj, su grupo de los 60, con Barce y Marchetti, y se había ido tras recibir una ráfaga de premios de última hora que le llegaron a causar hastío en su pueblo de Gran Canaria. Yo guardaba anécdotas personales de Hidalgo, los penes gigantes en una de sus fotografías más corrosivas, los conciertos experimentales contra toda idea convencional de audición y su leyenda, su malditismo entre las vanguardias mas severas de este país. Entonces, telefoneé, como digo, a mi admirado Martín Chirino, receptivo y cordial, que era tan benevolente que nunca te frustraba la crónica. Quería que me hablara de un coetáneo recién fallecido, Premio Nacional de las Artes Plásticas como él, pero lo que me retraía era la edad de Chirino,en tiempo de descuento.

Como recordaré aquí, hubo tres conversaciones últimas en las que me conmovió su entusiasmo solitario, o, dicho de otra manera, su optimismo de hierro. Chirino no era mentalmente un hombre nonagenario y la voz nunca le traicionó al teléfono; así que se soltó a revisar la obra y vida de Hidalgo, con su iconoclastia. “Tenía su sitio”, me dijo. Ahora que Martín Chirino ha seguido los pasos de Juan Hidalgo, apenas un año después, recapitulo aquella conversación. Y otra posterior, a propósito de su defensa del arte en el Valle de los Caídos, donde había realizado los frisos del desembarco de los legionarios en Almería. “Que no estropeen lo que hicimos en unos años difíciles”, demandaba sin esconderse en plena euforia de exhumación de los restos de Franco.

El escultor que acaba de fallecer era un tipo inigualable, extraordinario. Un canario transversal. Tenía a Tenerife en la punta de la lengua, no como un canarión hablando con cortesía, sino como un chicharrero. La llamaba la “isla referente, mi isla querida”. Le traía los mejores recuerdos de la generación de Gaceta de Arte, de Westerdahl y Minik -aquellos dioses que conocí en la adolescencia y me parece mentira-, pero también de los artistas y amigos posteriores. Tenía una capacidad inagotable de hacer amigos acólitos para siempre. Yo me considero un martinómano. Nadie te elevaba tan alto para hablar de las cosas terrenales sin decir majaderías. Era una de las cimas de las artes de Europa, de España y de Canarias. La escultura se escribía en España con el dígrafo Ch y se decía que estaban Chirino y Chillida, solo ellos dos. Era un canario de muchos quilates. ¿Nos lo merecíamos? Esta pregunta nos la hicimos en DIARIO DE AVISOS hace justo un año; luego contaré la respuesta que nos dimos. Quizá Chirino fue el primero y único de los canarios que había perdido la vergüenza respecto a África desde que surcó su costa occidental en los barcos tutelados por su padre, jefe de talleres en el Puerto de La Luz, que le amistó para siempre con el metal de los astilleros. Porque hubo un tiempo que ahora resulta sonrojante en que Canarias daba adrede la espalda a África. Si alguien preguntaba por qué se cambiaba de tema con la renuencia antimestiza de medio pelo. El 5 de septiembre de 1976 Chirino firmó con otros artistas e intelectuales el airado Manifiesto de El Hierro, donde decían que “la pintadera y la grafía canarias son símbolos representativos de nuestra identidad” y “Canarias está a cien kilómetros de África”. Por entonces, Europa no tenía la ascendencia de hoy, donde han remitido aquellos sentimientos indigenistas, y en las promociones turísticas se eludía lo contiguo africano.

En los 70, tras presentar el Nuevo Cauce de Taburiente en una discoteca de Madrid, aquel canario célebre de los aeróvoros, afrocanes y espirales nos invitó a seguir la velada en su casa. Oírle sin rencor ni pleito le situaba en la ingravidez, por encima del bien y del mal; hablaba de Tenerife como mi abuelo el grancanario, cacique de Teguise, que se pasó media vida en el chicharro sin nostalgia del terruño natal. Chirino decía que Tenerife le reconfortaba. Nos dejó espirales en las calles y plazas, en la estrechura de Teobaldo Power en el Parlamento, en la Plaza Europa y junto a la Rambla, en el COAC. En la terraza de CajaCanarias, frente al Parque Bulevar, colocó una cabeza africana de grandes dimensiones. Grabamos horas y horas hablando de esto y lo otro. Como Juan Hidalgo, Chirino se había ganado “su sitio”, incluso en Estados Unidos, adonde viajaba con frecuencia gracias a David Rockefeller. “Se me abrieron todas las puertas”, me dijo recordando la tarjeta de recomendación del multimillonario dinástico de la primera potencia del mundo. Tenía la grandeza de la sencillez. “Menos es más”, decía, añadiendo: “Para mí la espiral es Canarias”. Y, como remate: “Yo solo soy un herrero”, orgulloso del dominio de la forja y la soldadura autógena.

La última llamada fue para darle la noticia del Premio Taburiente de DIARIO DE AVISOS. Era nuestra respuesta sobre lo que significaba Chirino para nosotros. El periódico más antiguo distinguía al gran escultor de Canarias -en cierta forma, esculpió también nuestra identidad-, ya en la frontera del centenario. Me dijo lo feliz que se sentía con la noticia. Habló del DIARIO, de la longevidad de ambos, de las raíces, de la historia, del arte, de las alas de las islas cuando se despliegan, de lo cercano y lo remoto en su ancha existencia. Le dije que el periódico le tenía en gran estima porque encarnaba los valores del canario de la rosa de los vientos, que era nuestro héroe en el mundo de las artes plásticas y un símbolo para las generaciones futuras, pues su nombre levanta la moral en una tierra apocada; la suya había sido toda una proeza…. Cuando le pregunté qué hacía, dónde estaba, me dijo, “estoy en un hospital. Luego supimos que ya entonces Chirino se estaba muriendo, pero su fortaleza de ánimo (con la misma que el 1 de marzo pidió que llenaran la casa de flores y celebró una fiesta de despedida, no sin antes terminar -enamorado de Mahler- su última pieza, un violonchelo de hierro) era tal, que lo dijo quitándole importancia. Bienvenida la pasión de Chirino, que se acaba de ir a dar una vuelta.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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