La última espiral de Chirino

La muerte de Chirino nos sobrecoge en mitad de las tormentas cotidianas, que son más políticas que culturales, más prosaicas que artísticas, y menos dignas que la monumental necrológica de uno de los más geniales creadores canarios de obras inmortales de las artes universales de todos los tiempos. Chirino. Martin, sin acento, como le gustaba que le llamaran acólitos y feligreses. Una vez le nombré de ese modo, casi sin darme cuenta, y me dijo: “Ves, así me llaman los amigos”. Martin Chirino nació en Las Palmas y era un canario transversal. Le encantaba Tenerife, estaba enamorado de la Isla, y cuando le mutilaron
-por una negligencia burocrática- su escultura El sueño de los continentes, rebajó la tensión de sus fans, evitó hacer del desaguisado un casus belli, y solo pidió que una vez restaurada fuera instalada íntegramente

-sin aquel espantoso muñón- en la plaza de Europa, que era su casa, su lugar. Chirino tenía en alta estima su Lady Tenerife en otra plaza, la del Colegio de Arquitectos santacrucera, la espiral roja recostada y femenina de la célebre Exposición de Escultura en la Calle. Sus ladies eran homenajes inspirados en los poemas agónicos de Sylvia Plath, la poeta casada turbulentamente con el poeta Ted Hughes, a la que el canario conoció en Yale en las postrimerías de su vida. Sería fácil e insuficiente a la vez hablar de Chirino sin límite de espacio. Porque en él estaban todas las bifurcaciones de este laberinto que define al canario como un ser detenido en la pausa del tiempo que es la isla, de la que nunca se sale, como decía Beckett. Era una delicia conversar con el hombre de hierro que se abrió paso en la vida como un navegante nacido en una playa -Las Canteras- hace 94 años este mismo mes, undécimo de doce hermanos, cuyo padre lo llevaba a los talleres de los astilleros del Puerto de la Luz, sin adivinar que el niño se iba a mimetizar con los metales para siempre. Chirino fue coetáneo de los otros argonautas que en la dictadura zarparon hacia Madrid huyendo del mundo asfixiante de Canarias, con los Manolos, Millares y Padorno, y con Elvireta Escobio. Enseguida tuvo la estrella que lo guio por donde quiera que iba. Fundó El Paso con la vanguardia española de mediados de siglo y pronto tuvo que volar con alas propias a Estados Unidos, donde pudo quedarse para siempre, porque Chirino se americanizó como si el arte lo llevara al arte y a ninguna otra parte. Siempre vuelven los canarios, pero él no perdió la costumbre de viajar. Aquella vez que Rockefeller le dio una tarjeta de visita para que le buscara en Nueva York se le abrieron las puertas del mundo. Le pregunté: Martin, ¿cómo conquistaste al gran mecenas yanqui? Y me dio una respuesta muy canaria: “Me encargaron del Gobierno que atendiera a aquel millonario americano porque yo era de los pocos que hablaban inglés. Lo recibí en casa y a él y a su mujer les preparé unos huevos fritos. Y eso nos hizo amigos para siempre”. Pero no quiero que me quede por decir una cosa, la más importante de este hombre de elegantes maneras y manos generosas curtidas en la fragua. Era inmensamente sencillo. Lo llamamos para darle el Premio Taburiente de DIARIO DE AVISOS y nos ocultó que, en realidad, hacía un tiempo que se estaba muriendo. Dijo gracias sin precisar desde dónde hablaba, en una de sus constantes estancias en un hospital. Martin, adiós, querido amigo, al fin en la cresta del viento de tu última espiral.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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