Las bombas de los trenes y las urnas

Hace quince años, cuando despuntaba el día y estallaron las bombas de los trenes de Madrid, estábamos a las puertas de unas elecciones generales que, según todos los pronósticos, iban a prorrogar la hegemonía del PP, tras ocho años de aznarismo rampante fraguado con la sémola de Bush, el hachazo del 11-S y la infausta guerra de Irak. Nunca España estuvo tan alto en el escalafón de la influencia internacional y tan al borde del abismo. No éramos ajenos aquel 11 de marzo de 2004 al mapa de las represalias de los yihadistas por haber participado, con uñas y dientes, en la respuesta de Estados Unidos como cooperantes necesarios junto a Tony Blair y el primer ministro de Portugal Durao Barroso. O sea, la famosa foto de las Azores, toda aquella estridente escenificación. La crisis desatada había desembocado en la invasión de los dominios de Sadam Husein, el 20 de marzo de 2003, cuando aquella mañana del 11 de marzo de 2004,hace quince años -se cumplen este lunes-, España se despertó con los sentimientos encontrados.

Ahora que venimos de las masivas movilizaciones del 8-M con una mezcla de rabia y algarabia, reparamos en que por entonces en España estaban recientes las imágenes de la que fue considerada como la primera gran movilización global de la historia contra un conflicto. En aquellas circunstancias nadie se mostraba desinteresado en lo que pasaba y el ambiente se iba caldeando de manera frenética. Creo que pocas veces hubo tal grado de conciencia en un asunto de política internacional (no esta indiferencia ante el brexit o la ola de sucedáneos de Trump). Los canarios, predispuestos y casi predestinados a salir en defensa del medio ambiente, no dudaron en ponerse el mono de calle cuando se formó una ola de protesta que fue definida como una potencia mundial de la opinión pública frente a la otra potencia, Estados Unidos. Irak era casi un asunto doméstico en Canarias, donde gobernaba Adán Martín en los tiempos felices en que no se sospechaba el diluvio del terror y la crisis ni la vida giraba en torno a las falaces redes sociales. Discutíamos en los bares y en los medios de comunicación sobre las célebres armas de destrucción masiva del dictador iraquí y Europa tenía dos miradas antagónicas sobre la polémica. Fue tal el impacto del 11-S televisado que adquirimos brutalmente un nuevo sentido para encajar las emociones más duras, aquellas y las que estaban por llegar.

Ni Alemania ni Francia ni otros muchos estados se tragaron el anzuelo de Bush y su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld sobre el supuesto arsenal químico del sátrapa de Bagdad. “Hay certezas conocidas y certezas desconocidas. Luego hay cosas que no sabemos que no sabemos y cosas que no sabemos que sabemos. Es decir, cosas que creías que sabías, pero que luego resultó que no podías saber”, fue la respuesta laberíntica de quien mandaba en el Pentágono y decía fiarse de su imaginación en la oscuridad de los desatinos de las informaciones secretas cuando el periodista Errol Morris (autor del documental Certezas desconocidas) le preguntó en 2002 qué pruebas tenía de las armas de Husein. La arrogancia y tiranía de este lo convertía en un chivo expiatorio perfecto para saciar la sed de venganza de los americanos, heridos en su amor propio por los ataques de Bin Laden a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Las armas destructivas en un cuento, un fake. Esa fue la historia que marcó nuestras vidas con el arranque de este siglo -aún no somos conscientes plenamente de ello- y que ahora, en vísperas del aniversario de las bombas que mataron a 193 personas en los trenes de Madrid, nos retrata y retrotrae a los pasajes más siniestros de nuestra memoria colectiva de país, antes de caer en esta hondonada del problema catalán. Venimos de allí. Fue el segundo mayor atentado de Europa y el más sangriento de España, que traía en el maletero los años de los daños irreparables de Eta. Este era un pueblo curtido en movilizaciones contra el terrorismo, y entonces se echó a la calle contra una guerra disfrazada de antiterrorista.

Nadie ignoraba que los Bush tenían cuentas pendientes con Sadam desde la guerra del Golfo (la madre de todas las batallas), que fue una victoria incompleta, pues Husein siguió con vida. Era vox populi que los Estados Unidos -cuyo botín era el petróleo iraquí- contaban con dictadores acólitos en las áreas de influencia, y uno de ellos era Sadam, que, como decía de Pinochet un expresidente norteamericano, “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Sadam era un buen recurso para desviar la atención; Clinton lo bombardeaba cuando le llovían críticas por su romance con la becaria Monica Lewinsky. Por eso, cuando los alumnos del canario Iván Chirivella -instructor de aviación en Florida- secuestraron los aviones que empotraron contra las Torres Gemelas, Bush hijo tiró de manual y sedujo al presidente español con dádivas de aliado preferencial, pusieron los pies sobre la mesa en aquella otra imagen displicente de la crisis y se repitió la historia: como en febrero de 1898, cuando la explosión y hundimiento del acorazado norteamericano Maine en el puerto de La Habana dejó un reguero de muertos y una coartada perfecta para que Estados Unidos acusara a España y le declarara la guerra en mitad de la insurrección independentista. Al Qaeda era una añagaza tan útil como el navío dinamitado en La Habana. Pero no coló, como tampoco la pretensión de Aznar de atribuir, hace quince años, el 11-M a Eta cuando ya era más que evidentes las huellas del yihadismo en el escenario del crimen. Se jugaba la elección de Rajoy, que perdió en favor de Zapatero.

En aquellos días salí al escenario del Auditorio para presentar a Cesaria Évora, y la tensión se podía cortar con un cuchillo. La morna de la cantante caboverdiana, un trasunto de blues y lamento angoleño, expresa la saudade de un pueblo condenado a emigrar queriendo quedarse en su tierra. Nunca me sentí mas incómodo delante del público, bajo una nube de miedo por el nuevo rostro de terror y crispación entre dos polos opuestos de la política en España. Entonces el odio de los partidos apenas se cebaba en dos con opciones de poder. Ahora el odio político se multiplica por diez. Aquellas bombas son historia. Estas, no.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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