Cuarenta años de que saliera el sol

Cuarenta años son algo -multipliquemos el bolero por dos-. Canarias ha pasado del atraso a las mieles del éxito en apartados de primer orden como la Astrofísica o el estrellato turístico, y, ya lanzados, se permite cierto paroxismo -y parodia- electoralista con la cantaleta de los barcos voladores que se ha sacado de la chistera este Gobierno para escarnio general. Con aquel sambenito de la jaula de destierro que tanto daño nos hizo, un día nos enfundamos el uniforme de las democracias occidentales y votamos. Hace 40 años, al mes del sufragio de diputados y Gobierno, fuimos a elegir los ayuntamientos y cabildos más contentos que un chiquillo con zapatos nuevos. Ahora ese alborozo ha caído en desuso, se vota con rutina y desaliento, temiendo que sirva para bien poco. Pero cuarenta años atrás, estaban todos los sentidos a flor de piel. Se palpaba, se olía, se paladeaba la Libertad, y era una gozada de manumisos salir de casa para ir al colegio electoral a ejercer el derecho de elegir a los gobernantes. ¡Con qué orgullo y empaque!

La democracia, sin embargo, ahora está manida. Como quiera que algunos partidos y dirigentes se echaron a perder como manzanas podridas, el efecto ha sido el previsto por el síndrome de Blancanieves, y el cesto se ha llenado de frutas putrefactas. La corrompida democracia está aquí, cuarenta años después, girando la cabeza para evitar la mirada de frente de ciudadanos escarmentados que dudan entre el voto avieso, la abstención o taparse la nariz. El resultado de esta travesía, de Suárez a Sánchez -la S, la sonrisa del destino decía Pablo Iglesias- es, por tanto, un estado de desánimo, que constituye en sí mismo otro síndrome: el del viajero perplejo que no ha ido a ninguna parte. Lo que más entusiasmo producía entonces era, precisamente, cierta aventura en un viaje prometedor de una dictadura a una democracia, con la esperanza de quien emprende el camino hacia un paraíso hipotético. En su búsqueda de la Ciudad Inmortal, Borges se tropezó con una tribu de trogloditas. Y en cierta manera hemos ido hacia atrás. Si no es una impresión engañosa, yo juraría que la generación de dirigentes tardofranquistas -cuando el régimen estaba penetrado de buenas cabezas de mente abierta, ya lejos de las miserias de la guerra civil- contaba con más gente culta y tolerante que estos líderes de vuelo corto, pretenciosos y malcriados. Aquellos se permitían redimir sus orígenes sumándose al aquelarre del progreso y hacían una apuesta de futuro. Hoy todo es presentismo de poca monta. Pero lejos de sucumbir a la nostalgia de los sueños rotos, sí conviene mantener vivo el espíritu que tanta motivación género en aquellos años imberbes.

Al calor de las primeras municipales, hubo hallazgos y las consiguientes decepciones. Como veníamos de una clase política anquilosada, recuerdo a algunos tecnócratas que se ofrecían de buena fe a los partidos, para echar una mano en lo que estaba por llegar. En los estertores del franquismo, aun bajo la clandestinidad, la democracia era un secreto a voces. Y concitaba un destello de voluntarios. Describo una escena: un día llegó un dúo de ingenieros y nos saludaron contando que venían de hablar con el PSOE y UCD y esperaban entrar en política a las primeras de cambio. Eran flacos, uno de mentón pronunciado y el otro de barba recortada. Hermoso y Adán Martín se hicieron con el Ayuntamiento de Santa Cruz en aquellas primeras elecciones municipales del 3 de abril de 1979, hace 40 años. Y mi buen amigo Gilberto Alemán, el réprobo retornado del exilio venezolano tras sufrir persecución por independentista, logró seis concejales y se hizo fuerte tras los muros del Parque Cultural Viera y Clavijo, sin duda su proyecto más mimado.

La UPC (Unión del Pueblo Canario) fue la semilla, el caldo de cultivo y el vivero de los votos y los vientos nacionalistas que Cubillo no podía regentar desde su basílica de Argel, y así se eligieron los primeros upeceros, que no solo arribaron a Santa Cruz en bandada, sino que gobernaron en Las Palmas de Gran Canaria -los dieciséis meses de Bermejo- y tuvieron diputado en Madrid -Sagaseta, puño en alto-. Eran los herederos del Viva Canarias Libre, de mediados de siglo, que había lanzado panfletos en el Insular durante un partido de la UD Las Palmas. Carlos Suárez, el Látigo Negro, abogado laboralista, tutelaba en la sombra a los cachorros demócratas que asaltaban el cielo en las dobles urnas de marzo y abril, antecedente de estas de abril y mayo, que son como la réplica y la dúplica de aquel debut. Suárez como Sánchez convocó elecciones generales un mes y municipales al siguiente, y por lo que se ve marcó tendencia. Años después, Hermoso, rotundo, refundó ATI y echó a rodar el insularismo como una bola de nieve ladera abajo, presintiendo que había terreno abonado para aquella osadía frente a los grandes partidos estatales. Y el golpe de intuición ha durado cuarenta años. El insularismo devenido nacionalismo, con sus más y sus menos incoherencias, acampó y gobernó hasta hoy. Esa es la verdad. En distintas versiones puede afirmarse que la idiosincrasia y la misma nomenclatura de lo que conocemos por Coalición Canaria, ya de un nacionalismo desleído -interprétese como se quiera- en algunas instituciones claves como el Ayuntamiento de Santa Cruz, lleva en el poder realmente cuarenta años, y más de treinta en el Gobierno de la comunidad -desde el primer pacto ipso facto de centro, derecha y nacionalista con Fernando Fernández en el 87- y otros tantos en el Cabildo tinerfeño, etc., etc. Claro que la distancia no se mide en este caso solo en años, sino en la catadura y categoría de los propios dirigentes y gobernantes, habida cuenta que aquellos que he nombrado tenían un don y estos lo que tienen es que dan, y en base al reparto reciben la cuota de poder con iteración. ¿A esto se reduce la historia de cuarenta años de democracia en las islas?, ¿a un toma y daca? Sería un triste epílogo para una de las propuestas políticas que se reveló tan sagaz, con una filosofía primaria de cuño propio que se arrogaba sacar a esta tierra del atraso y hasta se permitía ayudar a gobernar España, si cuarenta años después todo se resume en el declive de una burda política de trueque.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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