Javier Muguerza, pontífice máximo

El célebre profesor. En la Universidad de La Laguna había en los setenta un profesor de Filosofía que gozaba de la devoción de alumnos y colegas, como un semidesterrado con reminiscencias de Unamuno en la isla majorera en los años 20, según la descripción de su discípulo Pablo Ródenas en el in memóriam por su muerte esta semana en Madrid. Javier Muguerza no era grato al régimen, que descaecía lentamente, pero supo ser, ejercer y envejecer librepensador y dueño de una autoridad moral con que nos arropaba a todos, alumnos y profesores, haciendo proselitismo sin querer. El encanto personal de Muguerza y su sabiduría eran tales que a nadie resultaba indiferente, y ahora que se ha ido es inevitable ceder a su mitificación. Algunos acólitos comparan la veneración de los alumnos por Muguerza con la que profesaba Hannah Arendt por su adorado Heidegger, el mago de Messkirch. No se prodigan seres humanos de su estatura afectuosa e intelectual.

Fue el gran filósofo español de la ética del siglo XX, al que unos canarios afortunados tuvimos el privilegio de conocer y amistar en la trastienda lagunera de un país constreñido por el dictador. Muguerza era un contrapeso de un periodo aplastante, llenaba el espacio de un ámbito afable como si fuera invencible. Su carisma generaba un clima de buen rollo contestatario atrincherado en la universidad como un valladar frente a los grises si osaban cruzar la frontera y tomar el campus por las armas. La policía sabía que había una soberanía universitaria implícita que cubría como un velo el recinto libre de la ULL. Pero un día del 76 no se respetó ese axioma y el rector, Enrique Fernández Caldas, nos convocó para anunciar que dimitía tras ser prohibido y expulsado Lluis Llach del Paraninfo y de la isla por el aeropuerto de Los Rodeos. Muguerza era un iceberg contra el que chocaban los fantasmas del franquismo agonizante de mediados de los setenta. Su paso por nuestra universidad duró cinco años (1972-1977), pero a nosotros nos pareció toda una época.

Yo me acuerdo de Muguerza, cuarenta años después, como si fuera ahora mismo, arrellanado en su asiento del aula mientras fumaba la pipa de la paz y nos daba clases de Lógica. Un día tras otro fuimos conociendo las bondades de Kant. ¿Éramos conscientes de la importancia de aquel joven profesor? Al principio, no. Nosotros, alumnos y ya periodistas, nos pegábamos a Muguerza con verdadera adicción. En verdad, no pueden imaginarse los jóvenes que lean esto la trascendencia de haber sido alumno de Muguerza. Muguerza no era un profesor, era un territorio.

Fueron cinco años muguerzamente excitantes, en el borde de un abismo que imponía todo su riesgo y emoción entre el final de la dictadura y el comienzo de un nuevo olimpo con dioses distintos. Y entonces, que yo recuerde, la Universidad de La Laguna era nuestro falansterio, el sitio libre y autogestionario que nos hizo utópicos. España era triste y cavernaria. Y en mitad de esa deriva conocimos al célebre profesor Muguerza, como quien se arrima a un árbol, a su acogedora sombra.

Muguerza reivindicaba el derecho al disenso, porque era un mediador persuadido de los egos. Para acordar las cosas había que saber discutirlas, sin soberbias ni fatuas hegemonías. Nos enseñó a disentir sin cerrarnos en banda. Lo cual hace tan útil y vigente a Muguerza -su don plátonico del diálogo con los antagónicos- en este tiempo de intolerancia. En aquella Universidad de La Laguna nos pastoreaban unos profesores fenomenales, que, en el caso de Muguerza, eran oradores elocuentes, dotados de una voz radiofónica y amable, con gusto por la disertación. En aquel ágora se estaba pariendo una polis en el país de una dictadura decadente. Era fácil hacerse fan de Muguerza, un profesor pop de estilo juvenil dando un recital de filosofía. Mi hermano Martín y yo hacíamos crónicas diarias en La Tarde de Alfonso García Ramos como si todo aquello que sucedía entre las cuatro paredes de la universidad y que preconizaba la inminente democracia fuera un happening relevante informativamente. En cierta forma, vivíamos en un idealismo que se hizo realidad. Hasta tal extremo podíamos resultar confianzudos con los filósofos que ahora que escribo estas líneas recuerdo ir paseando por Santa Cruz con José Luis López Aranguren y su discípulo Muguerza como unos incondicionales.

Dejó unas obras imprescindibles, algunas como La razón sin esperanza escritas durante su estancia en Tenerife. Fue profesor y profeta de una etica atrofiada durante cuarenta años (el filósofo de Iberoamérica, como lo llama Adela Cortina) que arribó a una ciudad americanista como La Laguna para reemplazar nada menos que a Emilio Lledó, otro héroe epónimo que marcó una etapa y encandiló a los alumnos como su sucesor.

Tenido como un santón en un altar, Muguerza era campechano y generoso. Ahora bien, tenía la sartén por el mango, sabía mucho, lo había leído todo y era un seductor de seguidores. No le gustaba ser doctor honoris causa, pero no pudo negarse cuando así lo dispuso la universidad de sus amores, La Laguna, ni evitar que le crearan una cátedra cultural con su nombre, y acabó donándole sus fondos documentales. La última vez que lo vi se despidió porque acudía a una manifestación en la Isla. Teoría y praxis, esa era la doble hélice de su ADN. Y en su DNI ocultaba que nació el mes y año de la guerra; ponía el 39, cuando aquella había finalizado. También tenía una doble idea de España, como Saramago, la de una confederación ibérica con Portugal.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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