Julio Hernández y los popes claustrales

Esta semana se abrieron lo cielos y cayó fuego sobre la tierra. Un viento flamígero quemó Notre Dame. Otro, en América, nubló la mente altanera del mandatario peruano aprista Alan García, y el Caballo loco se pegó un tiro en la cabeza antes de ser detenido por el caso de corrupción Odebrecht, que hace estragos en todo el continente. La mala racha se llevó consigo al mítico crítico de cine Diego Galán, que conocí en la revista Triunfo junto a Cesar Santos Fontenla, y al columnista de culto que ya leíamos de niño, Manuel Alcántara, con 17.000 artículos hasta bajar del ring. Pero, aún no satisfecha, la parca nos arrebató también a mi amigo Julio Hernández, que llevaba América inscrita en el frontispicio de una memoria de elefante y era fan de García Márquez: habría insertado la muerte de Alan García en la tradición del realismo mágico.

Todo esto aconteció en mitad de Semana Santa. La catedral parisina en llamas parecia una imagen premonitoria de las elecciones europeas de mayo. En su aislada magnitud, las gárgolas lloraban sobre el Sena. Notre Dame impresiona, penetras en ella como si te fuera a raptar en buena hora, todo envuelve e hipnotiza, y este aspecto de cadáver de pie encarna el estado crítico de Europa, la caverna y la catedral entablando un pulso que no es ajeno a la historia, si es que esta no se ha detenido por casualidad.

El profesor Julio Hernández era un historiador que entendía de las claves de bóveda de la historia y ayudaba a descifrar esta clase de acontecimientos. Su precipitada muerte el pasado día 13 le hurtó el suicidio peruano en su amada América y la hoguera de Paris, cuya mera mención asociaba al canario Nicolás Estévanez, que acabó sus días preterido en el exilio francés añorando el terruño y La Habana. Hernandez, como yo, había visitado en la acera del Louvre de la capital cubana la placa en honor del militar canario que rompió su espada en señal de protesta por el fusilamiento de los estudiantes de medicina a cargo del ejército español en el siglo XIX. Julio Hernández adoraba Cuba, lo había leído todo sobre Fidel. Era un americanista innovador perseguido por la huraña rivalidad académica, que rompía moldes y desbrozaba el camino de las investigaciones futuras. Cuando lo conocí, en la Plaza de La Paz, iniciamos una larga conversación que duró más de cuarenta años, donde fui descubriendo a un canario lúcido y documentado en una tierra a menudo ingrata con sus hijos más brillantes.

Julio fumaba puros y yo tampoco. Así, a la manera daliniana, solíamos departir de lo humano y lo divino. Con su capacidad de aforo en cuanto a aforismos, era el centro de atención; recitaba versos de Martí y páginas enteras de Cien años de soledad con voz radiofónica. Hablar con Julio invitaba a tomar apuntes. Me decía, lee tal capítulo de Hugh Thomas sobre las jóvenes prostitutas canarias en el puerto de La Habana… Tenía el prestigio de haber definido psicológicamente el karma de America en el canario, que estaba llamado a ser europeo de un modo político, pero no sentimental, y dejó textos irrefutables de ese condominio canarioamericano. Yo le contaba cómo habían sido los encuentros que mantuve con Uslar Pietri en Caracas o con don Juan Bosh, el estadista y novelista dominicano, y el célebre periodista venezolano Hector Mujica, que eludió acompañar a Ava Gardner a su suite, tras una entrevista en el hall del hotel, por miedo escénico Y Julio disfrutaba contando la vida del Che Guevara o Sofía Loren… Cuando chapoteaba en las lagunas de la depresion empezó a escribir de Pepe Monagas, el personaje de Pancho Guerra, con la nostalgia de los barrios populosos de Las Palmas como San Juan, su esquina natal. Escribía a caballo de Umbral y Alcántara. Una vez hicimos una excursión por Las Palmas, con motivo de la presentación de un libro de Alfonso Oshanahan, y elegimos de posada el hotel Madrid, esperando tropezarnos con el fantasma de Franco, que pasó allí la noche de la víspera del golpe de Estado.
Terminé haciéndome también fumador de habanos tentado por el hobby nocivo de mi amigo. Cuando traje de Cuba una caja de cohibas legítimos y nos repartimos el botín, a los dos nos tumbó el aliento del diablo del tabaco más famoso del mundo. Julio era el historiador de la emigración canaria a América, que le valió el premio Viera y Clavijo en los años 70, y el mejor divulgador que he conocido sobre pasajes de nuestra idiosincrasia insular. Dejó una tetralogía inédita sobre el sueño americano, indianos, godos e isleños brutos, que se convirtió en una incursión sobre el humor canario. Cuando descubrí ‘Una historia cultural del humor”, de Jacques Le Goff, el gran historiador medievalista, y otros autores, y le entregué un ejemplar, Julio se sintió redimido. Era heterodoxo y polemista y se enfrentó a los popes claustrales. Tenía dos debilidades, la revolución cubana y la peligrosa canariedad, que le costaron caras en su carrera, pese a una fama prematura cuando despuntó con la convicción de Lucien Febvre de que “ser historiador no es un oficio, es una misión”. El capitán general González del Yerro le negó los archivos militares, pero el indómito no se adocenó. Una vez apeado del aula, destacó como orador en su círculo de amigos, ora en la Plaza de la Paz, ora en La Aurora o el Imperial, cuando no en su feudo favorito, el barco invertido del Quiosco Numancia, en tertulias inovidables. Durante años se borró de la vida social y se refugió en la intimidad confortable de su familia, junto a esposa, la profesora Elvira Toledo, y sus hijos, Julio, Francisco y Elvira. Fue un padre ilustrado que les legó no solo un caudal de libros, sino el bagaje de lo que hizo y dijo mientras era y quiso ser quien fue.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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