El lado oculto del voto

Más vale la vida que los regalos de pascua”. Con su frase aguerrida, el pequeño Jonas superviviente de seis años de la tragedia de Adeje, con la impronta de David -arrojó una piedra al padre asesino antes de huir de la cueva mortal-, ilustra por qué evitó que la masacre acabara con él junto a su madre y hermano. En su relato revela que este, de diez años, le conminó a huir cuando la madre yacía indefensa y le tocaba enfrentarse a su progenitor. Martes negro, semana de cierre de la campaña electoral. Un niño se erige en un angelical profeta contra los cantos de sirena y las falsas promesas. Es una lección de vida, útil en todos los contextos. Y, en particular, la frase nos impacta, nos importa y emociona como un aldabonazo en nuestras conciencias, es una verdad simple y llana que nos rescata de la hipnosis general.

El símil de los regalos de pascua encaja, por tanto, en una campaña de ofertas y carantoñas a los oídos de un electorado en estado de shock. La falta de agudeza mental, que es propio de la edad pero no de una democracia aún tan tierna, ha empobrecido un catálogo de propuestas recurrente y copión, entre los dos bloques: unos, obstinados en competir por ser el más patriota y anticatalán, y los otros, espoleados por el azote de la ultraderecha, avivan el fantasma del franquismo dando pábulo a las ideas ya muertas de los años de la caverna, precisamente.

El error de esta campaña ha residido, en uno y otro caso, en ignorar al grueso de una sociedad que tiene los problemas que tiene y la sensación de que nadie le entiende ni remedia sus cuitas, que son de orden doméstico y rara vez de índole politica. ¿Tienen los partidos detectado este problema de comprensión, que tanto se parece al de la compresión lectora que nos restriega el informe PISA? Un ejemplo lo aclara: hemos contado en DIARIO DE AVISOS, mientras progresaba la campaña electoral, que los vecinos de las viviendas de Añaza se sienten traicionados por el Gobierno canario tras adquirir sus casas a un banco y ponerlas en manos de Visocan, pues desde entonces prosiguen los lanzamientos de los desahucios en curso y no han hecho sino subirles el precio del alquiler. ¿El votante de Añaza, afectado por este problema que es el genérico déficit de viviendas sociales y el ingente problema de la desigualdad de salarios y empleo, creen ustedes que se siente estimulado a elegir opciones que apenas mencionan estos modestos asuntos concretos -pero vaya si tienen calado y se extienden a una multitud de ciudadanos de todo el país- o puede sentirse tentado a tener una arrancada electoral, como decimos en Canarias? De esto se trata cuando se advierte en las encuestas -y no menos en esta ocasión- de una abultada bolsa de indecisos.
Otro tanto cabe decir de los problemas de los hospitales y sus servicios de urgencia; de la carencia de camas sociosanitarias para una población anciana que da sus últimas caladas a la vida, y un etcétera de demandas cotidianas de amplia repercusión que los lectores de este periódico se saben de carretilla como un estribillo: la dependencia, la pobreza, los atascos en las carreteras en la ruta de casa al trabajo… El pan nuestro de cada día.

Cuando llegan los campañas (y las campanadas) electorales, los partidos pecan de una misma pulsión, casi en términos freudianos, por aferrarse a los grandes mantras reiterativos. Y olvidan poner énfasis y esmero en los problemas reales consuetudinarios, que decantan, en la intimidad de la gente de a pie, el voto real, auténtico y definitivo. Ese que los encuestadores no logran arrancar del arcano profundo de cada elector. Diríase que el ciudadano ha ido perfeccionando sus habilidades para ocultar el voto con artes de distracción, a fin de preservarse, por tanto, el mayor placer que constituye votar: su secreta ideología. Por llamarlo con un nombre convencional, aun a sabiendas de que no estamos hablando de un problema de izquierdas o derechas, sino de otra cosa, de otra concepción, de otro mecanismo mental a la hora de tomar decisiones políticas por parte de quien no está en condiciones de hacer lucubraciones teóricas, filosóficas, históricas ni económicas, sino esencialmente emocionales, personales e interesadas. Hay un justo y razonable egoísmo en cada elector que acude a las urnas preguntando por lo suyo. Hará lo que más le convenga. A él. No a una colectividad abstracta, que se expande en el amplio espectro de las redes sociales, y ahí está bien climatizada en toda su expresión, pero, fuera de ese álbum social, el sujeto no se siente corresponsable, sino miembro solitario de su diáfana verdad: su voto para otros oculto. El destino es uno, el propio, y el entorno que todo lo induce y condiciona es el familiar, no otro, no hay más verdad que esa entraña, ni siquiera el interés general del país. No hay más país que el individuo exhausto de apechugar con su realidad indivisible.

La sociedad queda lejos del ámbito de decisión del individuo que vota. Así es en nuestro momento histórico actual. El poder de las masas no es comparable con el de cada ciudadano por sí solo. Hay nuevas armas sociales en las manos de la gente, nueva metodología de comunicación que escapa al modelo de las ideologías clásicas. Se vota con lo puesto, con la carga de cada mochila personal, recelando de todo lo demás, del estado de bienestar prometido, pues la tasa de paro, la falta de viviendas y las listas de espera en el sistema público de salud imponen algo parecido a la ley de la selva.

Es por todo esto que las encuestas no son últimamente fiables. Las campañas electorales se han vuelto un periodo de exhibición, una modalidad más de espectáculo en la alta política. El día que comprendamos que la ciudadanía, una vez que abandona el gran coliseo de la campaña electoral y pisa la calle regresa al hogar interior de sus inquietudes y vota según le va en la vida, los partidos saldrán del encantamiento fabricado por estrategas áulicos y volverán a la realidad más prosaica como fuente de inspiración.

Es probable que hoy las encuestas acierten con el ganador, pero habrá sorpresas. Y no perdamos de vista la excepción de esta convocatoria, que no se extingue en sí misma, pues la lectura de los resultados de esta noche será predictiva del escenario que nos reserva el 26-M. El escrutinio de las próximas horas formará parte de una campaña sin solución de continuidad que enlaza unas urnas con otras.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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