El efecto Rubalcaba

Principio y fin. La estela de Rubalcaba, su estilo y su estilete han agitado, de pronto, la campaña electoral sin proponerse tal cosa, y ya desde tan lejos de la política, desde el aula y el lecho de muerte. Tiene que morirse alguien respetado que tuvo sentido de Estado, santo y seña y contribuyó a acabar con ETA, que se dice pronto con esta pereza de demócratas acomodados sin ríos de sangre, para sacudirnos la cabeza con su infarto cerebral y ponernos el reloj y la conciencia en hora. Muere Rubalcaba y es un velatorio de líderes -afines o rivales- que no se llevan y se han dicho de todo, y es un alto en el camino entre dos elecciones a cara de perro, y todos regresan a la realidad, se bajan de la nube, y aterrizan delante de un ataúd que les interpela. Del 28-A al 26-M se ha abierto un túnel y nos encontramos entrampados en su caja de resonancia, pero se ha armado tal ruido que no se distingue lo que dicen unos y otros, ante la incapacidad de hacerse escuchar. Lo que ha hecho Rubalcaba es morirse dando un puñetazo en la mesa al borde de algunas indecencias y muestras de ignorancia, y se ha producido por un instante un minuto de silencio, tiempo suficiente para oír algo con claridad. Oírle decir lo que dijo en la plena experiencia de los años de plomo con problemas de calado, cuando la democracia se debatía también entre la vida y la muerte. Porque llevamos demasiado tiempo en la confortable democracia libre de golpes de Estado y de Etas, hasta resucitar con indolencia algunos problemas viejos de nuevos ricos sin dictadura, como la recidiva de Cataluña, que decía Rubalcaba que era una enfermedad con 200 años y había razones objetivas para saldarla.

Es tal la ebullición de las ingeniosas reflexiones de Rubalcaba que en la capilla ardiente del Congreso parecían brotar del mismo féretro en que reposaban sus restos, incluida la ironía de que “en España enterramos muy bien”, dicha con la sorna que le recuerda Jerónimo Saavedra, compañero de partido y Gobierno. Porque Rubalcaba, como Churchill, distinguía entre el adversario enfrente y el enemigo en sus propias filas. Dejó, entre frase y frase, algunos consejos de manual para el tiempo necesario que se avecina al final de esta galería ensordecedora de bulla electoralista. Semejante disuelve a semejante, razonó con criterios químicos, y por eso sugería que los pactos se hicieran entre partidos complementarios, no por inercia de la misma ideología.
Esta vez, el efecto Rubalcaba va a tener algo que ver con lo que pase el 26 de madrugada durante el escrutinio titánico de las cinco urnas. Algunos dijeron en el salón de los Pasos Perdidos, junto al hemiciclo, ante la continua llegada de coronas de flores y de miles de personas a despedir al finado, que la política ignora lo que la vida importa hasta que muere alguien y cesan los insultos. Las personas, las cosas y hasta las ideas se mueren si son inútiles, inservibles para los demás. Solo subsisten aquellos y aquello que tienen verdadera trascendencia y verdadero interés para la gente común. Por eso el día que murió Rubalcaba, este viernes, y ya desde la víspera en que se temía inevitable el desenlace, se movieron los cimientos de la manoteada democracia y, como en aquelarre, sobrevolaron la campaña los principios, las lecciones y el bagaje del hombre de Estado que tenía los reflejos de un rayo y había medido sus fuerzas con enemigos de verdad con las pistolas cargadas que sembraban de cadáveres los días cotidianos. El Congreso es como la tabla periódica, decía Rubalcaba, que había sido un joven velocista y se tomó la política como un alquimista siendo un químico raudo en la trastienda del poder. Ahora todos entonan a coro que hacen falta rubalcabas, y es que se ha deforestado la política de políticos de Estado, y eso no se improvisa, entre tanto alevinato, badulaque y bisoñés.

La muerte pone a cada uno en su sitio cuando velan al difunto y disimulan mal desviando la atención del muerto que les convoca, para marcharse con el rabo entre las piernas marcados por el miedo de que la escabechina es real. Cuando llegues a los 60 recordarás todos los días, al mirarte al espejo, que te vas a morir, me dijeron. Y un día saldrán las cuentas. Pero no lo olvides, de nada vale. Solo tenlo presente para lo que importa, que es vivir y hacerlo intensamente.

Vienen las dos semanas gemelas. El túnel que atravesamos se las trae. Estamos seguros de que habrá luz al final, en el que ya vuelven a llamar superdomingo. Pero tiene este 26-M un halo especial a mortaja y corona, sin que haya reinos en juego ni más óbitos que se sepa. Determinados hechos recientes con nombres y apellidos que simbolizan una época entera en nuestra sociedad insular, como suele ocurrir en cada tiempo, tienen la culpa de que el ambiente de esta elecciones esté impregnado de esa atmósfera de acabamiento y conclusión. Las cosas son como son y como vienen dadas. Hay prepartidos eufóricos, donde decía Helenio Herrera, el Mago, que se ganaba sin bajar del autocar. Y otros, con la sensación contraria. La victoria de Pedro Sánchez el pasado 28-A fue refutada como inconcebible después del fango catalán, el colágeno de Podemos y las encuestas de Tezanos. Daba risa el CIS. Y la plaza de Colón despejó las dudas. Hay elecciones cantadas. Sánchez hizo bueno a Helenio Herrera y ahora todos vuelven al redil, juegan en el centro en la política española que acaba de despedir a Rubalcaba y lo hace suyo, como antes pasó con otros nobles cadáveres, como Suárez, Manuel Marín o Carme Chacón, más recientemente.

La política canaria se sobrevive bien con andreottis longevos en los distintos partidos. De tal suerte que lo que expira y decae no son las personas, en su buena o mala salud de hierro, sino los sistemas de gobiernos que hemos vivido en 35 años, que son, en definitiva, los de nuestra juventud, adolescencia e incipiente vejez. Lo que anidó un día y ha caducado por propia decadencia. Lo que vimos nacer con nuestros ojos allá por los años 80 y al cabo de estas tres décadas y media colegimos que ha periclitado, e, incluso, que nos convendría a todos -a nosotros y a ellos- que se deje que las cosas sucedan, que se sucedan los unos a los otros, y vengan tiempos nuevos y acaso mejores.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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