El ‘no procés’ de CC

El próximo domingo no todos los partidos correrán la misma suerte. Y uno, en particular, se jugará la baza de su destino. Al cabo de décadas de hegemonía, Coalición Canaria, convertida en una máquina engrasada de poder, se ha mimetizado con todas las instancias de la Administración a su alcance, desde los ayuntamientos a la autonomía y los escaños de Madrid (en tiempos, también de Europa), y ya se le hace impensable verse apeada del árbol institucional. Porque “el poder desgasta sobre todo cuando no se tiene” (Giulio Andreotti), le da vértigo, con razón, que, después de tantos años, pueda quedar fuera de la foto y la oposición la fagocite si no ata en corto a los genes insumisos de lo que no deja de ser una liga de partidos. Se dirime el próximo domingo si Coalición es una pausa larga entre dos gobiernos socialistas, el de Jerónimo Saavedra en 1983 y el hipotético ejecutivo de Ángel Víctor Torres en la décima legislatura que arrancará tras el escrutinio del día 26. Entre uno y otro distan 36 años de historia de la autonomía, que se celebran el 30 de este mes, en el Día de Canarias.

Pero también suceder que no se trate de un punto y aparte, sino de un punto y seguido, tanto si el PSOE y CC repiten el abrazo del oso del 91 y el 2015, como si PP y Ciudadanos conciertan y aúnan sus fuerzas para sostener a CC a modo de red. Son unas elecciones con un pie en el abismo. No cabe mayor emoción dentro de siete días.

Es lo que tiene haber nacido y permanecido como un partido con mando en plaza; que ahora el temor es que cunda el pánico y estalle la deserción. Hasta ahora, a CC los alisios de las urnas le han sido propicios y con viento de cola siempre ha levantado vuelo. Haber sorteado las mayorías aplastantes de Saavedra y López Aguilar casi la ha mitificado como un partido irremovible. No le puede extrañar a CC esta ordalía: es de nuevo la prueba de las urnas. Estas son las Islas de los Pactos, un laboratorio de ensayos sin rival, y la mayor tentación vuelve a ser el asalto a las murallas de CC. No existe en política otra máxima que esa, la sucesión en el poder. Y Canarias, además, es una de las andalucías más apetecibles en el mapa político español del 26-M. Será una batalla apasionante de los viejos equilibrios contra el nuevo orden desconocido de un sistema electoral renovado, y, a su vez, una oportunidad inédita para colocar a cada uno en su sitio, cuando se pongan las cartas boca arriba y cada cual se retrate en el pacto resultante.

Nada conviene más, para elevar el suspense de esta cita electoral, que detenerse en la figura de Ana Oramas. El suyo ha sido el papel secular de esos canarios influyentes en la Corte historiados por Alfonso Soriano, aquellos que familias poderosas luchaban por tener en Palacio en Madrid desde Carlos V. La recurrente historia. Ana Oramas se ha movido en el Congreso con ardor guerrero y fue clave para sostener a Clavijo, el gran funámbulo de esta legislatura, en la etapa final de Rajoy. Oramas, redoblando las espuelas, es única. En su partido la temen y respetan. Y tiene planes para Canarias; no fechen aún su jubilación. Pero Sánchez trajo malas noticias para el statu quo de CC y, a su paso por Ofra, en la portada de DIARIO DE AVISOS alza la mano como quien saluda: “¡Hasta pronto”, pero en realidad dice adiós a CC, con las vallas rotuladas a su espalda con un lema, “Paga lo que debes”, que en el PSOE atribuyen a lo escribas de Clavijo por el uso de los mismos de los eslóganes.

Oramas es la metáfora del clavo ardiendo que resucita los ánimos de su partido como una hada providencial. Oramas improvisó con ingenio un nuevo perfil profesiográfico de CC para el 28-A y fue un reservorio de urgencia para el voto decepcionado de la derecha española obsesionada con Vox. Aquella campaña era la del desgaste de CC, asociado a los atascos y listas de espera y la desventura de Clavijo imputado en el caso Grúas, pero dicen en fútbol que gana el que mejor lee el partido. Y a Oramas le sonrió el resultado. Hay quien atribuye el mérito a la casualidad, como en la flauta de la fábula de Iriarte, pero lo cierto es que recibió los votos que no fueron al PP. Ya siendo célebre su desapego nacionalista, esta vez en campaña la inercia política española, incluso españolista, la fue decantando hacia el origen fundacional de Coalición que no es otro que una UCD regionalista cuyo aroma nacionalista se ha ido desvaneciendo, como si CC perdiera lastre por el camino, hasta resumirse en siglas y nomenclatura con el perfume, eso sí, del poder. CC ha vuelto a sus orígenes, a la UCD de los 70-80, sin las reminicencias del caldo de cultivo que dejó en herencia la UPC después de obtener un puñado de concejales en Santa Cruz y la alcaldía de Las Palmas de Gran Canaria en 1979, y más tarde desaparecer.

Lo novedoso del momento político que vivimos es que ahora el nacionalismo ha entrado en descrédito en España con la deriva del procés catalán y la irrupción del populismo en Europa. Y cada vez los viejos nacionalistas (incluyamos por deferencia a CC entre ellos) evitan comparaciones con el nuevo auge populista. Ser nacionalista y populista en Europa es ser fascista, congénere de Salvini en Italia, de Le Pen en Francia o de Wilders en Holanda; en fin, es sumarse a la cumbre de Milán de ayer. Y lo que no es menor estigma, es asemejarse a Puigdemont en Cataluña exiliado grotescamente en Waterloo. Queda en pie el partido liberal y conservador, todo lo más, regionalista. Es una legítima acampada de CC en el espacio en disputa del centro-derecha canario, después de una rápida evolución desde un nacionalismo introvertido, sobre el que Hannah Arendt alertaba de su posible virulencia con el otro, que es el inmigrante y el extraño. Este viaje de CC a la derecha regionalista forma parte de las demás trashumancias en la política española. Se le dio bien hace un mes, una vez licuado convenientemente el nacionalismo residual, y es lo que le da esperanza para este domingo, en liza con PP y Ciudadanos (y, por qué no, Vox). Debaten en ese frente, de nacionalismo no se habla. Las trifulcas de CC con Madrid son porfías de cajero, el debe y el haber, riñas a la hora de pagar la cuenta. Es la economía, estúpido. No el nacionalismo. No es Estatuto, autogobierno, cultura e identidad, porque suena a procés y hora se pesca en un caladero de derechas donde no se quiere ni oír mencionar a Cataluña.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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