Para qué cambian los gobiernos

El lunes arranca el segundo semestre del año en curso, que no es cualquier año, sino el último de una década con mimbres mágicos y prodigiosos que pone distancia con el mundo convencional del que aún procedemos millones de personas. En Canarias somos a fecha de hoy 2.207.225 habitantes, según el INE, y hay un alto porcentaje de vejestorios, entre los que me incluyo, que nacimos antes de la era digital. Comparo mi mundo con el de mi hijo de ocho años, que quiere ser paleontólogo y es coetáneo del primer WhatsApp, e imagino aquellos neandertales de hace 40.000 años que convivieron en Europa con el Homo sapiens contraponiendo sus toscos modales y robustez ósea con la anatomía refinada del hombre cromañón autor de las primeras pinturas rupestres. Y adquiere todo su significado la sentencia de Bertolt Brecht: “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”. Esa crisis la ha padecido mi generación como si tal cosa. Fue el instante cronológico en que vimos, presenciamos y sufrimos los estertores de nuestra cultura analógica y nuestra concepción clásica de la vida y el progreso, y comprendimos que otro mundo acababa de aplastar el nuestro imponiendo sus reglas y su lenguaje extraterrestre. Otro mundo con sus dioses, como en aquella máxima, de mis favoritas, obra de Flaubert, que sintetiza otro impulso de la historia: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”. El hombre hecho dios.

La segunda década de este siglo que acaba dentro de seis meses nos ha puesto en su órbita, y en nuestra galaxia insular los avances son de tal calibre que pronto -dentro de un escaso margen de tiempo- daremos saltos vertiginosos con toda naturalidad. Aunque el Tenerife siga estando en Segunda, este mundo ya no es de este mundo. Aquí no voy a hablar del grafeno, de los drones y el 5G, que son temas apasionantes, como hemos visto en la cumbre del G20 donde Estados Unidos levantó el veto a Huawei. Sino del cambio de rumbo de nuestro mundo. Historias de andar por casa. Las pautas de los últimos meses se empeñaban en avisarnos de este tsunami. Como los enjambres símicos que, una vez desentrañados, advierten de una erupción volcánica. El cambio de rumbo ha venido precedido de una crisis económica devastadora, que no podía sino traer estas consecuencias. Sánchez por Rajoy y otras sucesiones en gobiernos de distintas latitudes. Es como esa voz tenue de una niña de Suecia que está transformando tantas conciencias juntas a la vez en todo el mundo sobre el calentamiento global. Comienza como una mariposa, que en su leve aleteo emite una tímida señal y las ondas expansivas se encargan del resto. Ya nada es físicamente recóndito, ni lo que ocurra en una isla es un hecho aislado. Cualquier gesto, por mínimo que sea, que exprese un sentimiento generalizado que permanecía bajo cuerda se erigirá en un himno o una revolución. Ahora hay que estar muy atentos a estos fenómenos sociales, que obedecen a estados de opinión universales. De tal manera que Greta Thumberg no es una niña que tiene Asperger, sino una multitud que no cesa el asperger de una idea nítida de planeta sostenible. Es la vieja cruzada de Cousteau desde La Laguna, que ahora cumple 25 años, la de la carta de los derechos de las generaciones futuras, de la que fui testigo, que, al fin, será revitalizada con nuevas aportaciones en el Campus América estos días en Tenerife. Con esa impronta, nuestras playas son escenario de continuas campañas de recolecta de plásticos que amenazan la vida de las especies marinas y la salud humana. Estamos asistiendo, en esta recta final de la segunda década del siglo XXI, a una opinión pública que hubiera gustado conocer a César Manrique y viceversa. Se habrían entendido, porque César -que este año de su centenario está tan vigente y vivo- predicaba entonces en el desierto y se desgañitaba con un megáfono. Ahora César habría sido un ídolo de masas no ya en el marco constreñido de una isla, sino, como decía, en esta cosmogonía mundial de nuevos líderes ecologistas. Greta Thumberg y César Manrique cogidos de la mano por la orilla de la playa de Famara, “con sus ocho kilómetros de arena fina y limpia”, dejando sus huellas a las generaciones presentes y futuras.

Por qué cambian los gobiernos ya lo sabemos. Cambian cuando se agotan las ideas y la última palabra la tienen fenómenos, tendencias, cabriolas evolutivas. Los últimos años de gobierno en las Islas eran calamitosos, la arrogancia se adornaba de políticos anodinos al frente de grandes responsabilidades con un exceso de prepotencia vacía rayana en la idiotez. El principal causante del cambio político en Canarias fue la mediocridad de los anteriores gobernantes. Para qué cambian los gobiernos. Esta si es la pregunta que nos interesa formularnos. Es de tal grado la urgencia del cúmulo de retos y desafíos a que se enfrenta esta tierra no a largo, ni mediano, sino a corto plazo, que lo prioritario es un conjunto tal de problemas que, en realidad, se ha vuelto un todo imperioso a la vez. La pobreza, la dependencia, la sanidad, la educación, el empleo, la vivienda….y el ecosistema, el calentamiento global, el cambio climático, el medio ambiente. O sea, los desasosiegos de Cesar Manrique. Publicaba días atrás Juan Carlos Mateu una de las nuevas amenazas al sector del que vivimos, el turismo: la vergüenza a volar, flygskam, que también procede de Suecia. Cierta corriente de opinión cada día mayor a eludir el uso de aviones para viajar a los destinos de ocio por su poder contaminante en emisiones de CO2. Una reacción cívica del mismo género que la que arraiga en jóvenes detractores del plástico y de todos los agentes que provocan su huella de carbono.

Dos palabras juntas, energías renovables, levantaban no hace mucho un muro entre dos ideologías, se era de derechas o de izquierdas a cada lado de ese paramento. Hoy ya no existe semejante división en los ámbitos políticos y económicos de cualquier país de nuestro entorno, sin contar las extravagancias de líderes muy influyentes y muy efímeros. La década que acaba dentro de un semestre nos lleva en volandas sobre una alfombra mágica como en el mito de Las mil y una noches. Y nos sentimos como niños, quizá esperanzados de que los nuevos avances y gestores de nuestros destinos no nos defrauden.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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