El Látigo Negro

Latigo Negro era una leyenda en los cenáculos políticos de Las Palmas. Tenía la aureola de un líder clandestino cuando todo el tiempo era mayo francés en los lejanos años 70 de unas Islas en estado de erupción. Yo tenía una ligera referencia de aquel abogado laboralista contemporáneo de Antonio Cubillo, que había ejercido la defensa de los aparceros, guagüeros y portuarios dejando una estela de andanzas y desventuras que guardaban similitudes con algunos personajes míticos y reales de nuestros capuletos y montescos de la dictadura. Carlos Suárez había sido actor y era un galán que se rifaban las juanas de Arco de la rebeldía local en aquellos años de osados y trabucaires. Se hablaba en Tenerife del Látigo Negro con admiración sincera, como había devotos de Sagaseta o Mauricio, epónimos de la lucha antifranquista. Pero de él, del Látigo Negro se hacían cuentos que pertenecían a la mítica de la clandestinidad. Yo quería conocerlo personalmente.

Había sido condenado y perseguido, y permaneció escondido como el Corredera, que fue ejecutado a mediados de siglo, después de una vida de fugitivo marcada por el rechazo a Franco, o sea, a lo que representaba el dictador, que fue el aglutinante de jóvenes universitarios y campesinos antes de que nosotros presenciáramos el traspaso de poderes que llamos Transición. Carlos Suárez, Látigo Negro, no era Juan García Suárez, El Corredera, pero había cultivado su propia leyenda. Era mitinero, buen orador y bien parecido, como dije de su halo de tenorio del rojerío grancanario que preludió las primeras elecciones y el alcalde Bermejo en Las Palmas y el diputado Sagaseta en Madrid y el retorno de Cubillo en jet-foil al puerto de Santa Cruz.

Murió el jueves a los ochenta y pocos en la más estricta discreción. Ahora me flagelo por no haber persistido en la entrevista del hombre que no quería hablar. Hace poco pregunté por él y no obtuve respuesta. Estaba encerrado en su casa de Santa Brígida escuchando música clásica y fumando en el balcón. Cuando se presentó un par de veces y no obtuvo el acta de nada se retiró sin rechistar. Había sido un buen agitador de movimientos sociales, un abogado de trabajadores alzados en La Isleta que pagaban la iguala para defenderse del patrón con un abogado insobornable. En esa pelea era temido en los juzgados, de ahí el apodo que le hizo célebre. Pero nunca tuvo éxito electoral. Sin embargo, escribió sus memorias con la esperanza puesta en el futuro: mañana siempre será mejor.

En aquellos años setenta yo estaba de isla en isla haciendo periodismo militante, mezclado entre unos y otros, con la antena puesta. Así los fui conociendo a todos, sin excepción. Y un día, finalmente, vi en persona a Carlos Suárez. Eran las vísperas de unas elecciones, pasó como un holograma, atravesó el corrillo en que me encontraba, dijo algo en voz baja, apenas se detuvo un instante y desapareció. Era todo un mito, tenía un esplendor particular, una estrella, un status, todo eso que conforma una leyenda. Y, ante tanta biografia autoinflamada, la suya era un extraño eco proverbial.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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