La investidura, el pulso y el impulso político

Casas insulares. Somos un falansterio, un pandemónium, una arcadia de aquelarres, un quilombo, una ristra de espadañas y cuando todas las campanas se sueltan a repicar y las cigüeñas tabletean su pico amaranto estamos ante un hecho único: algo ocurre a la vez en toda Canarias, cosa extraña, porque somos nuestras tribus de siempre, casas insulares, en el mítico hogar homologable. El 26-M se inició una traca de acontecimientos con impacto casi unánime en todas las islas. No se había producido una hecatombe política semejante seguramente nunca. Solo el auge del socialismo canario resucitado explica la demolición de los bastiones de ATI y las murallas de CC. Como en Esperando a los bárbaros, de Coetzee, esta historia se asemeja a una larga estadía en el poder, bajo la amenaza de que un día asaltarán el primer puesto fronterizo y todo el territorio gobernable los ninguneados por el régimen.

Canarias ahora es un solar tras la batalla, con los depuestos en sus madrigueras y los nuevos regidores revisando las cuentas para ver hasta cuánto aquellos se saltaron la regla de gasto. Vienen los nuevos, urgidos por las emergencias sociales, a implantar medidas perentorias, como una renta ciudadana, una ecotasa o la prioridad climática, y no pueden defraudar, pues de la derrota solo se sale airoso si el vencedor se duerme en los laureles y pierde así toda la razón. Ahora no es como cuando Nelson, que bastó con rechazar a los ingleses (los que ahora nos rechazan a nosotros con su brexit en standby); no bastará con cuatro arponazos bien dados, pues el éxito de esta campaña se mide en cuatro años, no en cuatro asaltos. Y son cuatro los partidos aliados que quieren coger por los cuernos cuatro miuras (la pobreza, el paro, la dependencia y el cambio climático) por seguir con el mismo numeral.

Hace cincuenta años, cuando empecé a forjarme periodista, el hombre llegó a la Luna. Tenemos esa impronta de la proeza universal. Jesús Hermida apostoló del simpar Apolo 11. Somos prosélitos de Hermida. Si el hombre pisó la Luna, de qué no será capaz aquí abajo, en su propia casa. De qué no seremos capaces los canarios en nuestras casas insulares. ¿Salir de los vagones de cola de las estadísticas? He ahí el “pequeño paso para el hombre” que este Gobierno está obligado a dar, si hay Presupuesto General y Gobierno también en España.

Pese a que los sondeos le son favorables al PSOE y, en menor medida, al PP, hoy, vísperas del debate de investidura en el Congreso, lo razonable sería convenir, tras el acercamiento PSOE-Podemos de última hora, que habrá humo blanco y no elecciones el 17 de noviembre. Hay una sintonía política esta vez entre Canarias y Madrid, como si fueran mundos paralelos (no es lo usual). El cambio en España barrió con el estamento político del PP. La era popular salió malherida de la crisis económica de 2008, como a CC le dejó secuelas, y en ambos casos el efecto desgaste se hizo patente una década después, como si ese fuera el ciclo de los ritmos circadianos de la política. La política se hace a base de impulsos, y un impulso puede durar días, meses o años, a unos más que a otros en términos de poder; a CC le duró algo más de un cuarto de siglo y al PP poco más de un lustro. Ahora esta nueva etapa simultánea en España y en Canarias tiene un mismo actor principal: el PSOE. Como en 1982, con Felipe González en la Moncloa y, pocos meses más tarde, Jerónimo Saavedra en Canarias. La novedosa irrupción de Manuel Hermoso en las Islas se alimentaba de la idea de que el socialismo era poco sensible con los temas vernáculos y las llamadas especificidades canarias, como los cabildos o el REF. Hermoso era un dirigente intuitivo y sagaz, que leía los momentos políticos con astucia, y no albergaba prejuicios ideológicos, era capaz -como demostró- de aglutinar a izquierdas y derechas y, de paso, condimentarlas de nacionalismo en aquella contingencia donde CiU y PNV eran la moda emergente de la política española. En Canarias, la fórmula prendió, porque el nacionalismo supo acreditarse de bálsamo frente al centralismo de los demás partidos y para la autodefensa de la lejanía. A Hermoso le salió una carambola de éxito y gobernó en ayuntamientos, cabildos y la comunidad, ejerció de bisagra de Estado y hasta tuvo un pie en el Parlamento Europeo. Bingo. El caso Hermoso es de tesis doctoral de politólogos y gurús como Iván Redondo.

Habíamos caído en España en los últimos años en un tedioso convencionalismo. Las guerras púnicas de la corrupción (el casual etnómino latino), el caso Bárcenas y Gürtel tendrían efecto retardado. Ya dijimos que la crisis pasó factura a los gobiernos de Europa, de España y de Canarias. Pero hasta que no llegó Sánchez y puso la censura sobre la mesa no había surgido el impulso que cambiara las cosas. Las encuestas habían perdido reputación, saboteadas por la añagaza de los votantes, y los partidos hechos de aquella burbuja, como Ciudadanos y Podemos, subían en los sondeos y bajaban en las urnas, donde se oculta la verdad. Fue la censura de Sánchez el punto de inflexión y después Tezanos infligió la profecía autocumplida. Hoy el PSOE es el resultado de un impulso, que cambió su suerte. La jugada maestra.

El cambio en Canarias es producto de una cadena de hechos, la suma de factores, incluido -en buena parte- el azar, pero materializa, sobre todo, un estado de opinión, una atmósfera y una cultura. La cultura del cambio. Bajo ese ecosistema, donde las piezas tienden a atraerse por obra de su bosón de Higgs, fructifican los grandes cambios. Albert Rivera cogió impulso, pero declinó. Pudo ser vicepresidente del Gobierno y un hombre de Estado y optó por la peor imitación (“no es no”, ya huérfano el eslogan de autor); pudo tener una harca de ministros, y ahora pierde leales a espuertas, desde Barcelona hasta El Hierro. Ciudadanos tuvo la sartén por el mango y se ha quedado sin el mango y la sartén. Con que Pablo Casado se rodee de mejores edecanes y escupa la pipa de aceituna que le atraganta en Canarias, tenemos bipartidismo para rato, donde Podemos es la gran incógnita. Sánchez tiene instinto y no ha perdido el impulso. Últimamente usa del talento de la vieja política, que lo tenía a raudales, no esta estolidez. Rivera naufraga por sus errores tacticistas. Como Clavijo no llegó a la orilla no por no saber nadar, sino por no desconfiar más de sí mismo o hubiera visto venir la ola. Sánchez ha perdido el tiempo (como le pasó a Pedro Martín con el PP) esperando a Pablo Casado y Rivera, que no eran Godot, pero estaban haciendo teatro del absurdo. Si Sánchez pacta mañana con Podemos, podemos decir que esta vez Canarias lo hizo primero. Y el impulso lo tomó, entonces, Ángel Víctor Torres, que le dio la vuelta al calcetín.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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