Letra y música en la Cámara

Cuando el mobiliario del Parlamento en Teobaldo Power eran tablones de madera y no había despachos, ni váteres para mujeres, ni salas de reuniones, sino todo era precario y en aquel sitio lóbrego nacía la autonomía con una mano delante y otra detrás, sobresalía el humor de Pedro Guerra (padre, vale decir, porque el hijo se hizo más tarde un célebre cantautor). Guerra Cabrera tenía la edad del actual presidente de la Cámara, Gustavo Matos, frisando los 45, y acuñó modos y maneras de sus señorías, era un oficio inédito, creó el manual de estilo del cargo y se quedaba con todo. En aquella primera legislatura de 1983 tenía las islas en los ojos, como su balada en labores de poeta, y anotaba en una libreta la picaresca de una saga irrepetible de diputados, con lo que escribió un libro de la jerga política, ¡Jablen ansina, cristianos. Era un socialista campechano que traía a Santa Cruz las fablas del sur, de donde había sido alcalde en su Güímar proamericana. Fue el primer presidente del Parlamento canario, y solo eso le concedía un lugar en la historia de una autonomía impredecible en una tierra discontinua de islas y cabildos que recibía con desconfianza instituciones suprainsulares de ámbito regional. Por eso, para entonces, surgirían propuestas como la de crear una tele autonómica con sede en un barco. Pedro Guerra sacó un disco en el Parlamento y pidió disculpas por incluir a su hijo, que bebía en la fuente de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, acaso predeterminando una carrera de éxito que era impensable en un mundo sin notoriedad como el nuestro.

La casa de las leyes de los canarios, en su estado precario, era reveladora: una autonomía en obras. El antiguo teatro de Santa Cecilia en Teobaldo Power, una reliquia neoclásica de Manuel de Oraá, estaba llamado a desempeñar su actual cometido, pues había funcionado como diputación provincial antes de la división de Canarias por Primo de Rivera, y su otra faceta, la de exconservatorio, invitaba a que los diputados legislaran sin desafinar. El destino -y no el desatino- quiso que el primer presidente canario fuera un melómano de butaca permanente en Salzburgo. Todo encajaba. Pedro Guerra Cabrera tocaba la guitarra y cantaba, era poeta y novelista, apologeta de los guanches antes de que el nacionalismo campara entre aquellas cuatro paredes con tapices polémicos sobre conquistadores y niños aborígenes, y Saavedra era un mozartiano que en ese recinto se movía como pez en el agua. De aquel tándem de socialistas autonomistas convencidos, frente a los más férreos cabildistas, somos discípulos todos los canarios hasta el día de hoy. Como la casa estaba casi en ruinas, no tardó en dotarse de fortaleza, y fue como una consigna. Había que inventar la autonomía como fuera y poner las islas en hora, porque veníamos del atraso de la dictadura y la falta de todo. Luis Balbuena hizo la revolución educativa, construyó colegios y puso las primeras barricadas contra el fracaso escolar: veníamos de las tasas altas de analfabetismo. Aún hoy somos deficitarios en cuestiones elementales porque ni en casi cuarenta años hemos podido ponernos al día en todo.

¿Por qué recuerdo con nostalgia feliz aquellos años bebés de la autonomía canaria? Porque éramos unos privilegiados pudiendo tener a mano a personajes imprescindibles. Por allí aparecía de vez en cuando César Manrique, con la gracia confianzuda y desvergonzada de una mente implacable con los políticos. Y yo me quedaba absorto ante el espectáculo de alguien que no había sido elegido en ninguna circunscripción y mangoneaba a todo el mundo. Saavedra, que entonces era Saavedra, o sea dios, lo sabía llevar, eran amigos. La autonomía y el credo de lo que somos no habrían sido iguales sin ellos, dos pilares humanos de una dimensión superior a la media. El Parlamento vivió intrépidamente el debate europeo, pero no fue fácil encontrar un encaje insular singular dentro de la entonces CEE, hoy UE, y Saavedra dimitió y reapareció con el primer pacto de progreso. El nivel parlamentario era exquisito, a veces florido y churriguresco, pero con personajes épicos y cómicos como el burlesco marqués de la Oliva. Pedro Guerra copiaba literalmente algunas de las parrafadas de aquellos ínclitos autodidactas con mando en plaza en su isla de marras, que no se acobardaban como tribunos dándole patadas al diccionario mientras el presidente de la Cámara contenía la risa y tomaba apuntes en su minarete. Pululaban por los pasillos conseguidores y comisionistas, recaudadores y correveidiles. La política se pobló enseguida de adláteres muy influyentes. El Legionario era el hombre del maletín, y fue un aventajado del lobby unipersonal.

Un día, los diputados divisaron a una mujer que se exhibía en pelotas desde su ventana y la bautizaron como la Chicciolina. Yo la entrevisté, gozó de una efímera popularidad que aprovechó para ganar alguna clientela. De todos los parlamentarios, el que más poder y leyenda personal llego a tener fue, sin duda, Dimas Martín, que hoy entra y sale de la cárcel, pero tiene una historia a cuestas como pocos. Gorbachov se vacilaba de los piques de Dimas con el delegado del Gobierno central en la isla Agustín Torres. Dimas competía en ascendencia popular con César, tenía celos de su autoridad moral. Los diputados Honorio García Bravo y Antonio Cabrera se fugaron a Madrid para no votar la censura de Hermoso a Saavedra en el 93, y cuentan que Paredes, el famoso Legionario, los mandó traer custodiados por matones. De héroes y villanos, navajeos y complots está escrita la historia de este Parlamento… ¡Si las paredes hablaran! En mitad de tanto género masculino, Loli Palliser, la socialista intempestiva y entrañable que fue consejera de Transportes, obligó a abrir un baño para mujeres.

De aquellos plenos, estos lodos. Había expertos en echar leña al fuego, pero la flema de Saavedra no logró pacificar la ley de aguas, en cuyo debate Wladimiro Rodríguez Brito recibió un paraguazo a la entrada. No siempre llegaban a las manos. Pero lo cierto es que cuando Fernando Fernández presentó la cuestión de confianza ante el cisma universitario y Olarte fue investido presidente, Tomás Padrón le obsequió un naife para que se defendiera de las puñaladas traperas.

Estas y otras desventuras flotan en el ambiente enrarecido de la Cámara, cuyas paredes no son de cristal, como quisiera Gustavo Matos. Hasta este viernes, en que un niño de cuatro años gritó “¡Papiiii!” en el preciso instante en que era elegido Ángel Víctor Torres nuevo presidente, y sonó consensuada una carcajada general. La de Miguel, el hijo del socialista que gobernará esta legislatura, será la primera generación en un cuarto de siglo que conozca a un presidente que no sea de Coalición. Si Pedro Guerra Cabrera levantara la cabeza, cantaría la ranchera que inmortalizó Vicente Fernández, Volver, volver, “anda todo alborotado, por volver…”

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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