Investidura y censura

Un cabildo no es una diputación, pero en la Meseta a Canarias se le conoce poco y mal, y no se toman un minuto en deshacer entuertos y malentendidos. Un cabildo tiene políticamente un significado casi mítico, como los dragos centenarios. En La Gomera, Casimiro Curbelo lo asociaba a un tagoror e invocaba los pactos de colactación de los guanches (bebían leche del mismo gánigo y lo enterraban, sólo si el trato se rompía excavaban en el lugar y lo hacían añicos). Los cabildos fueron contrapuestos a la autonomía. Los llamados cabildistas querían un gobierno de cabildos, una federación helvética en lugar de un Ejecutivo que estuviera por encima del bien y del mal jerárquicamente y rigiera los destinos de todas las islas, incluida La Graciosa y, si se tercia, San Borondón.

Treinta y seis años después de autonomía con gobiernos y cabildos en un matrimonio de conveniencia, cabe decir que el diseño no salió mal. El ejecutivo regional se cargó de un plumazo la división provincial de Primo de Rivera (1927) y aquí empezamos a ser un pueblo y no unos reinos de taifas. Pero los cabildos mandan mucho y representan mucho para la tranquilidad de cada fracción de canario, que tiende a ser de su isla primero y de Canarias después. Si no hubiera cabildos, existiría una especie de vacío vertiginoso, pues el ayuntamiento satisface las necesidades de vecindad y el Gobierno cubre el expediente de un imaginario regional que nos adecua al Estado de las Autonomías, pero la isla, el ámbito insular, quedaría huérfano de estamento, y de ahí al alzamiento de los bimbaches o la rebelión de los gomeros encaramados de nuevo a la Torre del Conde solo habría un paso.

De modo que esa es la trascendencia que ATI -pues de las raíces se trata, del origen de los tiempos de este vicariato de UCD que derivó en Coalición- concede al Cabildo de Tenerife, y API al de La Palma, en vísperas de perder los feudos respectivos por medio de una doble censura cuando den las doce del mediodía y mañana sea miércoles. Perder el Cabildo es tocar fondo, quedar en ascuas, agotar toda la capacidad de poder (los ayuntamientos periféricos que resisten no cuentan en esa escala de valores), retroceder 32 años, al kilómetro cero en que Segura perdió la plaza en la Plaza de España en favor de Adán Martín, que se reveló clarividente y eficaz. Es toda una simbología y todo un formato de partido que deja de ser fundamental, una deconstrucción en toda regla. Perder el cabildo, los cabildos (también Fuerteventura, Lanzarote y El Hierro) es una sentencia, una capitulación, ahora que rememoramos la de Nelson en 1797. Esto explica el grado de perturbación que el acontecimiento desata a 24 horas de hacerse realidad. E, incluso, la ignominiosa murmuración sobre posibles padrinos de tamayazos de verdad, como dice Tinerfe Fumero en esta edición de DIARIO DE AVISOS, para abortar la elección del socialista Pedro Martín; materia de juzgado si se consuman las sospechas, que en otras latitudes han costado más de un disgusto penal.

En la España que hoy vota la investidura de Pedro Sánchez, una de las diecisiete autonomías está distraída en su duelo particular: la censura mañana de los cabildos que desposee a CC de sus últimas sillas curules y da la puntilla a toda una época y a un modelo de política que por definición fue insularista o insulareña y nunca creyó tanto en la autonomía como en el gobierno de la isla, su epicentro argumental y el de este seísmo.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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