La chica del yate entre dos cadáveres: Maxwell y Epstein

Ghislaine, la hija de Maxwell, el magnate de la comunicación que falleció misteriosamente en aguas canarias en noviembre de 1991, ha vivido estos últimos 28 años huyendo de las sombras que envolvieron muy pronto la figura de su todopoderoso padre tras ser hallado flotando y enganchado en el aire con un arnés al suroeste de Gran Canaria. Ghislaine es una mujer entre dos cadáveres, el de su padre y ahora el del millonario norteamericano Jeffrey Epstein, que apareció el sábado muerto con el cuello roto en su celda de Manhattan. Estaba unida sentimental o empresarialmente a él, o en todo caso, esa es la sombra que ahora le persigue a ella.

Robert Maxwell viajó aquella vez a Tenerife en su lujoso yate Lady Ghislaine, bautizado así en honor de su hija preferida, la menor, que contaba 29 años cuando voló a la isla con parte de su familia a hacerse cargo de los trámites de la defunción. A Maxwell no se le atribuyeron indicios de pederastia como a Epstein, pero sí tienen en común los dos cadáveres, amén de la impronta de sus fortunas y lazos con el poder, el hecho de que se especule con el suicidio de ambos o, incluso, con el asesinato.

El forense Carlos López de Lamela, con el que mantuve un estrecho contacto en aquellos días en que Tenerife era centro de atención por la muerte mediática del último ciudadano Kane del siglo XX, deslizó, en una ocasión en que le pregunté por las sospechas de asesinato, que Maxwell pudo sufrir una inyección letal e imperceptible incluso en una autopsia y posteriormente padecer un infarto. En sus vísceras quedaban restos de un último alimento: un plátano que pidió antes de morir. Y entre las incógnitas del estudio forense permanecerían dos o tres porqués, ya que entraba en lo posible que una vez fallecido hubiera sido arrojado al mar. La versión oficial se decantó por la peor noticia para su familia, que aspiraba a cobrar una suculenta póliza de seguro, es decir, la muerte natural (tenía un solo pulmón y estaba siendo tratado de un edema).

En cuanto a Epstein, ya es historia y todas las miradas se centran en Ghislaine Maxwell, la dama de la casa, la madame, la gerente de un imperio de nidos suntuarios del amor en Florida, Nueva York y Arizona, mansiones dedicadas al flirteo, las fiestas y el fomento de una turbia red de esclavas sexuales (de tales ocupaciones la responsabiliza la prensa amarilla, que era el género que reinventó su padre). En este caso como en el del magnate de la comunicación sobrevuela la hipótesis, como digo, del crimen, que eleva el enigma a su máxima potencia.

A Trump le ha faltado tiempo para señalar infundiosamente a Clinton a la hora de alimentar la idea de que alguien en la cima ha podido decidir sobre la vida del mujeriego cabecilla de una trama criminal de abusos sexuales bien vista en los círculos del poder. Trump y Clinton han sido citados desde el minuto uno en que Epstein fue detenido, por una supuesta relación de amistad en el pasado. En cuanto la cosa se puso fea, el presidente se quitó de en medio, aludió a un hipotético desencuentro con el reo y posteriormente alentó la tesis de la conspiración para embarrar al marido de su adversaria demócrata en las elecciones de 2016.

GHISLAINE EN SANTA CRUZ

La joven que vimos en el puerto de Santa Cruz leyéndonos un comunicado de agradecimiento familiar al trato recibido en la isla es ahora una mujer de 57 años, agazapada y temerosa de pagar los platos rotos de su exnovio y amigo eterno, sabedora de que ese es el propósito de un juez de Manhattan que le sigue el rastro. En aquellos días tristes de noviembre del 91, la madre, Elizabeth, ella y su hermano Philip nos parecieron una familia corriente llorando a un muerto entrañable sin poder evitar los signos de opulencia a su alrededor. Ghislaine se desenvolvía en el majestuoso yate como una princesa. En una de sus decisiones más controvertidas, recuerdo que amontonó todos los documentos que había dejado su padre en el camarote y ordenó destruirlos. Cuando la jueza de Granadilla Isabel Oliva pidió que le reunieran el valioso material de las últimas horas del finado, solo encontraron unos telegramas de condolencia. Tampoco olvido los esfuerzos por eludir las preguntas de los periodistas del abogado tinerfeño de la familia Maxwell, Julio Hernández Claverie, a quien bombardeé para que me revelara si los herederos sospechaban de alguien de a bordo, pues sabía que investigaban por su cuenta a los once tripulantes.

UNA NIÑA MIMADA Y BIEN PAGADA

La accidentada biografía de su padre y la no menos tormentosa de Epstein, los dos cadáveres que han marcado su vida, confluyen en un mismo afán suntuario de apogeo y bienestar. Ghislaine huyó de Londres tras regresar de Tenerife y enterrar a su padre en el Monte de los Olivos, en Jerusalén, con honores de jefe de Estado. Había tenido un trato exquisito al frente de una empresa de regalos del holding de papá y hasta cobraba un suculento sueldo del semanario The European, que apenas pisaba alguna vez. Pero todo ese boato se acabó en la madrugada del 5 de noviembre de 1991, cuando Robert Maxwell murió en aguas canarias tras su última cena en el restaurante del Hotel Mencey, donde días más tarde nos reunimos con Alberto Vázquez Figueroa para reconstruir la escena que dio alas a su novela Ciudadano Max.

La benjamina se exilió, entonces, en Nueva York y conoció y al parecer se enamoró de Jeffrey Epstein, que era un financiero con fortuna, mansiones y avión privado como Robert Maxwell, pero sin contactos en la jet set. Ella, sí. Su padre tenía amigos vips en la clase alta de medio mundo y se codeaba con la Casa Blanca y el número 10 de Downing Street. Ghislaine era la perfecta socialité, amiga personal de príncipes y gente glamourosa. Una de las presuntas esclavas sexuales denunció que el príncipe Andrés, tercer hijo de la Reina Isabel II, fue uno de los amantes con los que se vio obligada a acostarse en la red de Epstein y Ghislaine.

“La vida es dura”, le dijo a Robert Maxwell un cliente que lo reconoció en el Mencey en noviembre del 91, la noche de la víspera de su muerte con 69 años. Cuenta el periodista Juan Cruz que el magnate de 1.90 metros y 140 kilos se abrochó con dificultad la chaqueta y solo sonrió. Esa noche se había ido del yate cabreado porque el cocinero no tenía langosta para cenar. Las deudas y los escándalos le cercaban, pero no perdía el apetito. En un libro aparecido dos semanas antes, La operación Sansón, el periodista del New York Times Seymour Hersh lo acusaba de ser un espía a sueldo del Mossad. Venía caminando el final de su imperio, había estafado a sus trabajadores metiendo la mano en sus fondos de pensiones, y, por si fuera poco, luego se supo que en esas fechas le intimidaba una posible acusación por crímenes de guerra. Salió disparado del yate, pidió un taxi, y se plantó en el restaurante del Mencey. Cenó merluza con setas y almejas, se tomó tres cervezas y no paró de llamar infructuosamente por su radioteléfono. De pronto, se sintió agobiado o el catarro que arrastraba lo exasperó, y pagó sin tomar postre ni café. Dejó una considerable propina y se fue como alma que lleva el diablo. El maitre salió detrás de él y le devolvió la chaqueta que dejaba olvidada. El resto fue una extraña orden de navegar arbitrariamente. El yate con el nombre de su hija surcó las aguas canarias llevando a bordo a uno de los hombres más poderosos del mundo y mejor relacionado que se enfrentaba solo y contrariado a su destino. Nadie sabrá nunca qué pensaba o había decidido hacer con su vida y sus negocios aquel hombre surgido desde abajo, que había nacido 69 años atrás en una aldea de los Cárpatos, en la entonces Checoslovaquia, cuya madre había muerto en Auschwitz. Fue el único de la familia que escapó con vida a Hitler. Se llamaba en realidad Ján Ludvick Hoch, pero, una vez alistado en el ejército británico, adoptó el nombre de un soldado muerto en Normandía. Fue ascendido, condecorado e indemnizado con cien libras, que fueron su primera inversión: compró una revista científica para divulgar informes censurados, hasta hacerse con el Daily Mirror y todo su mítico grupo. De aquella época militar en la II Guerra Mundial heredó el apodo de Capitán Bob. Al parecer, consintió la muerte de civiles alemanes desarmados, y le iban a acusar de ello cuando viajaba por última vez a bordo del yate que dedicó a su hija Ghislaine.

Pidió dirigirse a Los Cristianos, pero por alguna extraña razón la nave se desvió hacia Gran Canaria antes de llegar a su destino, ya sin él a bordo. Había desaparecido en el transcurso de esa última travesía y el cadáver flotando boca arriba que izó un helicóptero del SAR apenas tenía agua en su solitario pulmón. Una muerte que nunca iba a quedar definitivamente esclarecida entre los archivos secretos de Scotland Yard. Y tras la que solo resta el apellido, pues el imperio de Maxwell se desvaneció y hoy la niña de sus ojos vive su calvario particular. Marca de la casa.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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