La economía desafina por los cantamañas

Como quiera que el telón se alza hoy en el Parlamento para hablar del agujero de Clavijo y de economía, de nada vale mirar para otro lado, hacer como que no va con nosotros. Son demasiadas voces a coro alertando. Felipe González, en El País, sostiene que la sociedad no consiente una nueva crisis, no la soportaría. El Banco de España se declara prosélito de Draghi en el BCE y secunda sus medidas de estímulo ante la recesión que se avecina como un Dorian económico. En Estados Unidos le ven las orejas al lobo y ya hablan de una irremediable recesión a la vuelta de la esquina. En la eurozona nade se llama a engaño: la recesión alemana, la italiana, la contracción en casi todo el club predicen que al cambio climático se le suma esta tormenta perfecta en la locomotora y sus vagones. Pero, entonces, ¿qué hacemos en España flirteando con las urnas como si no estuviera cayendo ceniza de ese volcán sobre nuestras cabezas?

Después de 2008 somos de otra pasta. Cuando la Gran Recesión nos mostró las encías de la economía mundial y le vimos las muelas picadas y la pus de su dientes podridos, sentimos qué era eso de meterse en la boca del lobo. Y el shock nos cambió para siempre, nos dejó en estado de alerta en una distopía interminable. No hemos vuelto a ser confiados y manirrotos. En cierta forma, resurgió en nuestro inconsciente el tic menesteroso, la retranca tacaña de todo paria y volvimos al hábito de la abuela: ahorrar en tiempo de vacas gordas para cuando toquen vacas flacas. Esta es la ocasión, en que estando mejor la cosa, sabemos que se va a poner fea.

España crece más que el resto de países europeos, pero la caída de matriculaciones de vehículos, la pérdida de turistas recién constatada y los malos vientos que anuncian un brexit de perros a finales del próximo mes, invitan a tomar precauciones. El Pib nacional creció en 2015 un 3,6%; en 2016, un 3,2%; en 2017, un 3%; en 2018, un 2,6%, y este año lo hará un 2,3%. Pero ya tenemos herramientas para predecir que en 2020 crecerá un 2% raso y en 2021, un 1,8%. Los expertos recuerdan que la desaceleración es inherente a las economías capitalistas. Esta burda verdad la solemos ignorar, como si el hecho de que el PSOE gane las elecciones convirtiera al país en socialista. Tras un ciclo de bonanza viene una desaceleración por narices. Y en esas estamos.

 En la sesión de hoy en Teobaldo Power, que supone el pistoletazo de salida de la legislatura del Pacto de Progreso, se pondrán boca arriba las cartas del estado de cuentas de Canarias. Sabremos cómo, cuándo, cuánto y por qué la comunidad entró en déficit excesivo para este primer semestre e incumplió la draconiana regla de gasto. Este periplo se ha iniciado con sobresaltos. Europa (y de inmediato el resto del mundo a la sombra del pulso comercial Washington-Pekín) entra en estrés económico y Canarias pagará su parte de la factura: turismo, brexit, alquileres, exportaciones, paro… El estribillo no suena bien. Si el 10-N despeja el horizonte y hay gobierno, vendrán las transferencias a cuenta, habrá presupuestos del Estado y de Canarias y con nuestros más y nuestros menos buscaremos camino. No creo que esto que viene sea un déjá vu de 2008. Habrá que gestionar los baches. Pero las Islas no van a quedarse en la cuneta otra vez. Sí creo que la política va a reciclarse, en Madrid y en Canarias. Y se quedarán fuera de la foto los cantamañas, los que desafinan. Por pura selección de la especie.
Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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