Lo que arde detrás de las llamas

A la vuelta de apenas días, semanas, nos veremos atrapados por episodios de enorme impacto, que sin duda imprimirán cambios en nuestras vidas o nos harán modificar la hoja de ruta.

No es moco de pavo lo que trama el paquidermo de tupé pajizo que dirige a su país como si pilotara en sueños, dando bandazos, la isla de San Borondón fingiéndose un monje irlandés a bordo de la Non Trubada, una patria imposible sobre una ballena, que de un sobresalto hiciera saltar por los aires al pueblo inglés, hechizado por las promesas de su profeta sin tener los pies sobre la tierra, sino a lomos del rorcual. Esa fábula y ese fantasma.

Ni Boris Johnson ni Trump encuentran sitio a su empanada mental. Gemelos como dos clones se han idiotizado en Biarritz mirándose a los ojos en la cumbre del G7 como dos enamorados en mitad del despropósito de sus locos ideales. Johnson mintió cuando animó al brexit a su pueblo, dijo aquello de que su país se ahorraría una fortuna diaria desligándose de Europa. Es cierto que las islas son un lujo del continente al que pertenecen (¿fue un ingles, Bertrand Russell, el que lo dijo?), pero los británicos no se pueden quejar. Su estatus en la UE ha sido una excepcionalidad continua y consentida, con moneda propia y trato de favor. Del mismo modo que los canarios logramos un traje a la medida cuando entramos en el club para defender nuestros fueros y pruritos ultraperiféricos. Este régimen singular es el que tendría Irlanda del Norte (la llamada salvaguarda irlandesa) si el gorila rubiales no se empecina en abortarlo. Ahora bien, que estos se van es un hecho. Que Boris Johnson no es Theresa May y tiene más de bestia parda que de Churchill o Tony Blair, nadie lo discute. En la boca del lobo se desenvuelve en su medio natural, la selva, este muere matando, se le ve en los modales de mamut, por más que imite al noble Quasimodo.

Así que el 31 de octubre los ingleses se mandan a mudar. Y ese movimiento traerá consecuencias en nuestro ecosistema económico. Perderemos turistas y exportaciones hortofruticolas, y los paisanos que viven allí serán de la noche a la mañana unos cuasi refugiados, expuestos a que el premier imite al original que ordena redadas desde La Casa Blanca y amenaza con detener sine die a los hijos de los latinos encarcelados por no tener documentación. Los canarios sin papeles de Johnson se las van a ver y desear. Y estoy seguro de que Nelson no tiene nada que ver con esta venganza histórica.

Nos toca despedir agosto con sofocos preventivos. Porque vienen calenturas mayores. La improbable investidura de Sánchez y el déjà vu de otra campaña electoral que nos remonta a 2016 con Rajoy fumando y leyendo el porvenir en las volutas de humo. En el horizonte hay otras señales de humo, que asomarán allá por septiembre. La desaceleración o la dichosa crisis, que nos resistimos a llamar por su nombre con tan solo recordar aquel 2008 que nos jodió vivos. Y dicen los peores agoreros que Macron, además de Merkel y la plana mayor de la UE, está de retirada tarde o temprano. Si lo que viene es esta tropa de energúmenos, acudamos al inefable Pepe Monagas, cuando sentenció: “Si son islas nos salvemos, pero si son cagarrutas de moscas, Dios nos coja confesados”. Amén.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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