Memoria del fuego

La prueba que la naturaleza nos pone ahora en Gran Canaria, en Canarias, no es nueva, pero sí mayor que otras veces. En 2007 la misma isla se quemaba sin remedio y son las mismas montañas, laderas y paredes de la geografía que ahora se confiesa fuera de toda capacidad de extinción.

Los incendios que se salen de control son monstruos que buscan camino, devoran todo a su paso y expulsan a las poblaciones, que huyen del demonio. Es la antigua, cíclica batalla humana contra los elementos naturales adversos: las olas de fuego que ascienden hasta el cielo y las que del mar inundan con vastos tsunamis las costas más expuestas a sus embates; las lluvias torrenciales, las infaustas tormentas, el viento indomable que abate los árboles y torretas, como vimos aquel año espectral de 2005 bajo la furia del Delta; las sequías cada vez más contumaces, el abrasivo calor, las oleadas de calimas del desierto, y en lo hondo, la suma de siglos de nuestras calderas candentes, el urente sigilo del volcán…

Estamos hechos de esta condensación de miedos atávicos, tenemos desde que nacemos la herencia de los peligros naturales congénitos de la isla, somos parte de esta predisposición telúrica que la geografía conoce bien en su memoria geológica; de ella es producto. Esta tierra se ha caído y se ha vuelto a levantar entre catástrofes y leviatanes, tal es nuestra génesis común. Pero se nos tuerce el gesto, nos incomoda y araña el alma ver los montes de Gran Canaria ardiendo en llama viva. No estamos acostumbrados, así pasen milenios, a un ataque masivo de incendios en una misma semana.

“El ser humano no es capaz de enfrentarse a tormentas de fuego como esta”. El director técnico de Emergencias del Cabildo de Gran Canaria, Federico Grillo, resumió así en la noche del domingo las condiciones desiguales de este duelo desproporcionado entre los medios humanos y las garras de Vulcano. Y estas circunstancias no desmoralizan, muestran la única manera de afrontar las desgracias descomunales: la resistencia de ánimo, el valor de la espera de Penélope, viendo que la noche nos desteje lo que habíamos tejido de día. Hasta que la tierra arregle sus desavenencias y nos devuelva el saludo. Entre tanto, sobrevuelan el cielo los aviones de refresco, se adentran en el bosque los ángeles ignífugos, y el demonio se resigna a perder otra batalla. ¡Cuántas veces las Islas le han visto el rostro al infierno y no han bajado la mirada hasta el último minuto triunfal! Nos ha vuelto a suceder, y es parte del destino de los héroes que regresan a la cita con el fuego una vez más.

Tenemos memoria del fuego, como el célebre título de Eduardo Galeano. Son las llamas del recuerdo. Pero a veces el monte se suicida de este modo, o la mano del hombre le arranca las entrañas y arde hasta hartarse de quemar todo cuanto muerde a su paso. Somos en esencia una buena muestra cuando el auge de la ira de los cuatro elementos naturales se manifiesta en toda su magnitud. Somos aire, tierra, agua y fuego. Y un incendio tan devastador nos devuelve la humildad, estamos en inferioridad de condiciones, en manos del dragón que ha abierto la boca y nos abrasa. Es por ello tan admirable y extraodinaria la labor de esos ángeles forestales que hemos visto en vídeos, que son capaces de ir al encuentro del dragón, cara a cara, y desafiarle. Les debemos una enorme gratitud por jugarse la vida en nuestro nombre.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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