Repitamos todos: es la economía, estúpidos

Trump quiere comprar Groenlandia. Como cuando alguien en el pasado preguntara cuánto vale La Graciosa. O El Hierro, o esos islotes chinijos. Trump es un peligro exterior. Que no pregunte por nosotros, que no hemos calculado el precio. Y no está el horno para bollos. No va esto de Trump, no al menos específicamente. Sino de los miedos y del temor por antonomasia ahora mismo, que es la economía.

Todos los miedos son malos, pero el canario es verdad que tiene miedo atávico a las amenazas de fuera. Y esa pulsión ancestral, que acaso se remonte a la llegada de los primeros forasteros con ánimo de apropiación y a la posterior guerra de cien años -en sus plazos literales de principio a fin- de la célebre Conquista, se reprodujo más tarde en las invasiones de langostas, riadas y Deltas, hasta hoy en que asoman enemigos, ya no solo de rango máximo como el cambio climático, sino también de índole, como digo, económica. Tememos a un mal viento de la economía, bajo el flagelo de traumas recientes y dolorosos como la Gran Recesión. Cuando Merkel tiembla, tiembla Alemania, tiembla Europa y nuestra economía doméstica en Fuerteventura, Gran Canaria y, por extensión, en todas las islas. Hasta los incendios reincidentes de la última semana y ayer son malos augurios. Porque está la cosa que arde.

No conseguiremos hacernos con un margen de tranquilidad. El déficit del último Gobierno de Clavijo ya puso hierro a la mística del cambio, y al nuevo Gobierno no le quedó otra que empezar el relato por la palabra austeridad. Son esos prefacios que preceden al canon. La rigorista Alemania ha confirmado las sospechas: su economía se contrajo después de un largo decenio de salud encomiable de la locomotora de Europa.

¿Entonces, vienen curvas? Ya decíamos ayer en estas páginas que la confianza del empresario canario retrocede ante la incertidumbre económica (según los test de oráculos como la Cámara de Comercio). Es curiosa la distinta expresión de la cara de cada isla. Tenerife y El Hierro muestran la sonrisa cauta de los escarmentados. La cosa puede ir bien, pero si ves las barbas de tu vecino arder (nunca mejor dicho), pon las tuyas a remojar. El tono general del Archipiélago es de preocupación. Esta palabra fue la primera que mencionó el presidente, Ángel Víctor Torres, en la Basílica de Candelaria cuando el periodista Juan Carlos Mateu le colocó en el escenario de las dos amenazas externas que desafían ahora mismo las prioridades de su Gobierno para revertir la desigualdad y exclusión social en las Islas que se apellidan Afortunadas. Preocupación por Alemania y el brexit.

Decía Michael O’Leary en Israel que los europeos “están hartos de Canarias” y cuando midió la repercusión de su metedura de pata envió una carta a Clavijo pidiéndole perdón de un modo encubierto con el recurso de donde dije digo, digo diego. “Como otras muchas personas, mi familia y yo visitamos repetidamente Canarias y pensamos seguir haciéndolo”, sollozó, desdiciéndose tras lanzar el barreno en Tel Aviv. ¿Por qué ahora Ryanair ha vuelto a agitar el fantasma del desmantelamiento de sus bases en Canarias, como hace cada vez que se resiente su cuenta de resultados y pasa el cepillo en el ofertorio? Cierto que Turquía y Egipto remontan la crisis de sus destinos indómitos, y que las primaveras árabes que nos prestaron dos millones de turistas reclaman lo suyo y el león de low cost corre raudo a la caza de su presa. Si Canarias no quiere seguir temiendo a los peligros que provienen de fuera, al chantaje lapidario de las aerolíneas que desplazan en masa a los turistas según su tasa y conveniencia, no va a tener otra que mojarse y arriesgar. Si quieres tener el control de la situación, crea tus propias compañías de transporte aéreo, usa y potencia las que ya existen y dobla el brazo a Michael O’Leary, que hace méritos de cómico de cine y se ahorca en sus propias pantomimas.

Porque si viene una crisis, será turística. Al contrario de la Gran Recesión, que fue de todos los sectores, menos de la vaca que da la leche de esta economía. Y estamos en el único país de Europa que crece de verdad, pese a la inestabilidad política de líderes que se fingen jugadores de casino. España no es Alemania ni Reino Unido ni Italia, donde el zascandil de Salvini se ha echado al monte, ciego de ansias de poder y de inmisericordia con los náufragos del tercer mundo.

La suerte de España es que avanza, mientras Europa encalla con la desaceleración germana y el desacreditado brexit. La crisis pegó duro en la España de Rajoy, que era una suerte de Grecia mayor a ojos de aquel ministro de Finanzas alemán en silla de ruedas, Wolfgang Schäuble, la mano de hierro de Merkel en los años de fuego de la crisis, cuando salías a la calle y no había un euro en circulación. Y no fue hace cien años. Fue ayer. Ahora, tras el austericidio de aquel decenio que nos dejó en los huesos, viene este nuevo enemigo exterior: la crisis internacional. Se han alineado algunos planetas. La guerra comercial de chinos y americanos crea las condiciones, la tramoya y el trampantojo de lo que tanto agrada ahora a los líderes de las potencias en su litigio de armas nucleares y bombas fétidas de economía atómica de aranceles por la espalda. Es posible que todo quede en amagos y fuegos de artificio, como los cohetes del ninot norcoreano, pero las Bolsas se tiñeron de rojo el miércoles y en Canarias repasamos el arcón de las señales de 2008. Nuestros propios gurús locales dudan de elogios y moderan el lenguaje para no asustar. Si hay brexit sin acuerdo dentro de poco más de dos meses (la fecha es el 31 de octubre), ya sabemos que vendrán menos ingleses y tendremos problemas con algunas exportaciones agrícolas. Si Alemania reincide en crecimiento negativo este tercer trimestre,seguirá viajando en menor medida uno de nuestros mejores clientes. Si Italia se muerde la cola como la pescadilla y abunda en su recesión, algo nos va a salpicar en la piel de cocodrilo. Haya o no elecciones, haya o no Gobierno, haya o no por enésima vez dirigentes en este país sin atisbo de rencor, conviene pensar en voz alta que es la economía, estúpidos.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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