El deporte de soñar a lo grande

Los españoles se miran en el espejo de sus deportistas, pero esto no es la Roma clásica, no es el opio del pueblo dopando el imaginario colectivo, el pan y fútbol, como aquel pan y toros del circo mediático para adormecer el sentido crítico del ciudadano de a pie. Se trata de frecuentar más los sueños y logros que depara la vida, porque la política se ha vuelto apática y tediosa, y la gente demanda la dosis deportiva de adrenalina con que alimentar las pasiones y un cupo mínimo de felicidad. Un estudio europeo de valores realizado este año por la Fundación BBVA revela que el español es un pueblo -el segundo de Europa- que más se siente idenfiticado con sus deportistas.

El resultado trasciende ahora, pero no cabe achacarle oportunismo, pues España se proclamó campeona del mundo de la canasta este mismo domingo, y Nadal ganó en heroica hazaña el Open de EE.UU. la semana pasada. La foto del sondeo se obtuvo entre abril y julio. Solo Italia supera a España por escaso margen su elevada simpatía hacia sus equipos y deportistas nacionales, que gozan de una credibilidad sustentada en una incesante cascada de victorias y conquistas, fruto de valores tan edificantes como el esfuerzo, el talento y la constancia.

La corona mundial en baloncesto en China restablece un sentimiento de orgullo y autoestima que ni la economía ni la política contribuyen a fomentar. Porque el deporte (o la ciencia, la literatura, el cine, la música y las artes) salva el estado de ánimo de todo un país cuando regresan las noticias de una crisis latente y los dirigentes se emplazan a nuevas elecciones por agotamiento (salvo que Rivera no vaya de farol en su volantazo de ayer y se abstenga antes de caer por el precipicio de las urnas).

Como en el último tercio del siglo pasado, cuando Francisco Sánchez se desgañitaba abogando por los cielos canarios y consiguió crear uno de los observatorios más importantes del mundo, ahora nos sorprende la escasa dotación de grandes soñadores en nuestra sociedad. TMT al margen, la ciencia y la cultura se han vuelto conformistas. Por estos lares no se prodiga ni un premio Planeta, y cuesta creer que sea por falta de escritores competentes; tiene, acaso, más que ver con la falta de costumbre, de marketing y promoción, de tramoyistas de la cosa que nos pongan en el cartel. Jorge Valdano tenía la proporción necesaria de encantador de serpientes y se encontró con otro ilusionista, Javier Pérez; juntos parieron algunas utopías futbolísticas que volcamos en un libro, Sueños de Fútbol, del que en breve se cumplen 25 años. No era por falta de visionarios y de algún modo entonces crearon la atmósfera y los sueños se prodigaban.

Hace tiempo que, salvo odiseas deportivas, no tenemos sueños que echarnos a la boca. Venimos de un etapa de pesimismo malencarado, de buenos profetas de malos augurios. Y nos vuelven a hacer falta líderes contagiosos. A su manera, Saavedra y Hermoso tenían la virtud de movilizar sueños, a veces antagónicos, pero eran motivadores natos. Retornamos la mirada al deporte, al oro del baloncesto, al tenista que gana sin endiosarse… Por alguna extraña razón, en Canarias y en España hemos dejado de soñar. No son óptimas las condiciones, los brexits y la recesión, el clima de deterioro y el deterioro del clima, y, en fin, el mal ambiente político nacional e internacional que anula los resortes del entusiasmo colectivo. Pero si uno mira hacia atrás, tampoco entonces era Jauja y sin embargo nos ilusionábamos a la primera de cambio y éramos, al menos, maestros en soñar a lo grande.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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