Tienen la palabra las urnas

En estos últimos 30 años, tras la caída del muro de Berlín, Europa ha dado pasos de gigante. Pero en este momento de impasse fatalmente histórico se abre un silencio dramático, una incertidumbre de ánimo ante el torrente de calamidades que invita a una atrevida resistencia, como en la duda de Hamlet, el ser o no ser, incluida la esperanza de que los sueños nos rescaten a tiempo en última instancia. Ahora, cuando las muestras de cólera política se trasladan a los parlamentos y calles, en España nos disponemos este domingo a votar en libertad. Pero los fantasmas de la guerra fría han vuelto y las cizañas que siembran las ideologías más aviesas han hecho reverdecer la hojarasca de los años fratricidas que padeció el continente. Domingo, este, que avienta todos los temores a un retroceso social, político y económico. Si de las urnas esperamos por definición la mejor de las salidas a los continuos atascos parlamentarios, esta vez no podríamos perdonarnos un nuevo bloqueo tras el escrutinio de esta noche.
¿Qué hay de cierto sobre la ola de ultraderecha que recorre España, sobre ese voto de castigo y nostalgia que se conjura en torno a Vox? La única certidumbre es que se acabó lo de vanagloriarnos de que éramos la salvedad de Europa donde no prendía la añoranza del dictador. Ahora esta es bien explícita. En España este domingo se habla de Vox. Y no es un día cualquiera, es un día electoral.

Hace 27 años estuve (éramos un reducido grupo de tres compañeros), frente a frente con el hombre que cambió el mundo y acabó con la guerra fría: Mijaíl Gorbachov. Era un flamante jubilado de la política, que ahora me asombro al comprobar su edad entonces, 60 años, dos menos de los que yo tengo en la actualidad. Gorbachov ha sobrevivido a todos los contratiempos de su vida y de la nuestra; murió su esposa, Raísa, de leucemia, y el mundo ha enfermado del clima aceleradamente. Él presidía en aquel momento la Cruz Verde Internacional y acababa de clausurar la Cumbre de la Tierra. Era un Nobel de la Paz comprometido contra el cambio climático, como el sobrino de John F. Kennedy que nos visita mañana en el sur. Pero, además, ha asistido al declive de sus mayores esfuerzos por el desarme, a la vista de los nuevos líderes de los dos bloques extinguidos y vueltos a recomponer: Trump y Putin. A sus 88 años, el viejo patriarca de la nueva Rusia, el último hombre que presidió la Unión Soviética, previene sobre los riesgos del armamentismo rampante, que contradice su famosa cumbre en Malta con Bush padre, semanas después de la caída del muro de Berlín. Allí se fundó este mundo del día después de la Guerra Fría en el que hemos vivido, sin saber cuánto va a durar a partir de ahora, 30 años más tarde.

Mijaíl Gorbachov nos decía en Lanzarote a cuantos le seguíamos a pie por la costa de la isla, “¡adelante!”, la palabra, quizá la única o la favorita de cuantas había aprendido en español. “¡Adelante!”, repetía como un mantra, consciente de que empujaba con sus consignas hacia un nuevo pensamiento internacional de Este a Oeste. No se separaba de ella, la elegante Raísa, desenvuelta y europea en el vestir, con aquella pamela que lucía al caminar una mañana por los alrededores de La Mareta, en Teguise, haciéndose fotos con los turistas, alegre y rutilante, sin acaso adivinar que le quedaban siete años de vida. “Se acabó todo”, iba a decir entonces un marido destrozado, caído de un cielo de estadistas que dieron la vuelta al calcetín del siglo XX, pero un hombre, al fin y al cabo, de carne y hueso, solo y viudo. Era la primera dama que había tenido la Unión Soviética en toda su historia, pues Gorbachov se negó a ocultarla como sus antecesores, y en el extranjero era más celebrada que en su país reacio a aceptar una Nancy Reagan o Hillary Clinton en el búnker del Kremlin.

Nos hicimos amigos en aquellas vacaciones del matrimonio, gracias a su intérprete militar, Wladimir Persov, que me dejaba sumarme a las incursiones matutinas a paso ligero de dos senderistas en plena forma. Venían de soportar un intento de golpe de Estado y de dejar el poder por la precipitación de los acontecimientos provocados por sus dos consignas favoritas: la glásnost y la perestroika, la transparencia y la reconstrucción de una nación enferma. Gorbachov era Suárez en un país de zares, la antítesis de Stalin y todos sus delirios tiránicos. Era un comunista con piel de cordero que fabricó la génesis de una democracia inevitable tras su llegada. El muro cayó tal día como ayer, un 9 de noviembre de 1989, porque Gorbachov abonó el terreno para que eso pasara. Gorbachov tenía un semblante afectuoso en un rostro marcado en la frente por la mancha más famosa de la iconografía política internacional. Un día, me sorprendió dándome un abrazo en público, que me ruborizó. Su mayor virtud era su grandeza sentimental. Nos había abierto las puertas de su casa a Lucas Fernández, a Martín Rivero y a mí. Y nos había mostrado su afecto Le cogimos cariño al instante cuantos le tratamos aquellos días de descanso del guerrero de Goslar de Stávropol.

Ha sobrevido a Kohl, el padre de la reunificación alemana y a Reagan o George Bush, con los que rubricó acuerdos, incluso el de mayor dimensión histórica para la eliminación de misiles de alcance intermedio (INF). No cabe en líderes de esa talla (es uno de los últimos de los grandes políticos del mundo vivos) consentir sin frustración el auge de una ola de simpatía hacia los mitos de la Alemania nazi o la España franquista. No es domingo para andarse con tonterías. Han transcurrido 30 años de la demolición de la tapia de Berlín y Merkel avizora, como una constante electoral, el advenimiento de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), que ya es la tercera fuerza política del país, como auguran en España las encuestas para Vox a partir de hoy, 44 años después de la muerte de Franco y tras escasas semanas de su exhumación y nueva sepultura. En Alemania, los ultras festejan la caída del muro como una victoria contra el comunismo del Este, pero anhelan levantar otros muros contra inmigrantes y refugiados. En España, la campaña electoral se tiñó de Cataluña, que levanta otra clase de muros a su vez. Saldrá de las urnas esta noche un país donde la ultraderecha ya no será testimonial. “Fue una invención de Aznar para desestabilizar a Mariano Rajoy, que se le ha ido de las manos”, dijo el viernes Pedro Sánchez en la entrevista en exclusiva con DIARIO DE AVISOS. La historia nunca se acaba de escribir. Ni 30 años después. Hoy, de nuevo, tienen la palabra las urnas.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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