El baile de la investidura

En las elecciones, a veces, las urnas las carga el diablo. Este 10-N era una salida de pata de banco por el bloqueo empecinado de la oposición, que hacía cálculos interesados con el tracking interno de cada partido por si otra consulta le venía bien. El propio Sánchez, en el callejón sin salida en que se metió, tuvo la sospecha de que repetir comicios le iba a convenir fecundamente. Nadie cayó en la cuenta de que el beneficiario fuera a ser Vox. Como en la novela de Vargas Llosa La fiesta del Chivo, Abascal hacía de Balaguer, un hombre discreto al que nadie veía como rival. Todos hablaban como si él no estuviera presente, haciendo planes para el día después de las elecciones, y, cuando la situación se prestó, alzó la voz. Balaguer era calladito. Abascal tiene cara de niño bueno y cae bien a las madres televidentes.

En el debate a cinco había un cadáver político. Todos vieron que Albert Rivera no era él, como si ya no estuviera disputándose nada y aquello fuera su testamento electoral. Ya en los prolegómenos de la pequeña campaña, Rivera se desnudó y dijo que si tenía que irse, se iría, y avanzó el mismo argumento que ha repetido con motivo de su dimisión, formalizada en el día de ayer ante la Ejecutiva de su partido: aquello de los futbolistas que se retiran y afirman que fuera del fútbol también hay vida. Lo de ser mejor hijo, mejor padre y mejor pareja no está nada mal, pero Rivera olvida que, además de ello, se puede ser buen político o buen abogado sin menoscabo de los demás roles. Su marcha no se debe al abandono de los deberes familiares, sino a los errores de bulto cometidos como dirigente de un partido nacional, al sentirse tentado a dar el sorpasso a Casado tras verse con más de medio centenar de diputados obtenidos el 28 de abril, y obstinarse en no facilitar la investidura de Sánchez. Habría sido ministro de Exteriores, sin necesidad de mancharse las manos en la antropofagia diaria de la política caníbal nacional de puertas adentro que tanto temen los partidos de centro. Y habría colocado a quienes ahora no tienen ni escaño donde sentarse. Y habría mirado al PP por encima del hombro, si eso es lo que quería. Y habría… Pero hemos visto cómo se las gasta Cs en Canarias y un partido así no tiene remedio.

La gran lección del éxito y fracaso vertiginosos de Rivera es lo volátil del poder que depende de los votos de la gente de a pie, que no es patrimonio de nadie. La gente quita y pone, eleva a los altares o manda al infierno al líder según sus actos. Creyó el votante de centro que Rivera había dilapidado su confianza, le había traicionado, y el domingo se la otorgó a otros partidos, incluso con rabia y desdén: al PP, a Vox y quién sabe a cuántos más. El voto de centro aporta una liquidez a la democracia que no tienen otros con mayor fijación ideológica. Por eso el PSOE ha mantenido sus dominios, con 120 escaños donde tenía 123, y Unidas Podemos, otro tanto, con la caída del desgaste del callejón sin salida que ha castigado a todos, menos a Casado y Abascal, que son los hombres del frac, los recaudadores tras la subasta de los bienes de Rivera. Ahora la cosa está más clara, como en un baile de Carnaval sin caretas. El que quiera, que elija pareja y siga bailando. Pero ya no engaña a nadie, ni siquiera a sí mismo.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario