Greta contra Da Vinci

En una de las películas de Spielberg, el protagonista hace vida en la terminal de un aeropuerto, adonde llegó procedente de un país que, al aterrizar, había sufrido un golpe de Estado, perdiendo hasta su propia identidad. Los aeropuertos tienen una suerte de soberanía de sede de babel de naturaleza virtual que los mitifica como paraísos cosmopolitas. Son la ciudad en la que quisiéramos vivir todo el tiempo, abierta a los pasos de quienes entran y salen, y donde la curiosidad de asomarse al balcón, tan antigua como la niñez, para ver a los que transitan, resulta inagotable y su percepción nos remite a la infancia como en la magdalena evocadora de Proust. En los aeropuertos pasan las historias más secretas, como el polémico encuentro de Ábalos y Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro, a la que Ana Oramas imagina rodeada de lingotes de oro. Pero vengo a hablar de otra cosa.

La semana ha agitado el debate sobre la vergüenza de volar, que alientan líderes adolescentes contra el cambio climático, como Greta Thunberg, el icono precoz de la nueva conciencia nórdica, o Vanessa Nakate, la joven activista de Uganda que aboga por las selvas tropicales del Congo. La paradoja de Canarias es que acaba de declarar la emergencia climática y su Gobierno parece ciertamente comprometido contra las emisiones de CO2, pero aquí una tercera parte de la economía depende del turismo, del transporte aéreo, de nuestro mito aeroportuario y de la familiaridad de volar. Nakate resalta que su país no se entiende sin la agricultura. Un canario, por su parte, se preguntaría qué hacer para confrontar el calentamiento global sin tener que combatir sus yacimientos turísticos y su contacto con el exterior. Sería enfrentar al isleño al dilema de luchar contra el cambio climático o contra el aislamiento. Nadie ignora que el tráfico aéreo experimenta un auge que devora a la atmósfera: el 57% de la movilidad es por aire; eran unos 300 millones de pasajeros en los años 70 y ahora van por cerca de 5.000.

El actual debate se extiende por las grandes capitales, pero ya despunta, bajo la primera piel de esta controversia, una doble mirada incompatible: la de las islas respecto a la de los continentes. Lo que en la Europa continental tiene encaje, en las regiones insulares se convierte en una amenaza, que hostiga aún más su mayor inferioridad: la distancia. El flygskam, o vergüenza de volar, es una bienintencionada propuesta, devenida en movimiento internacional, de la citada Greta Thunberg, que alerta de la polución de los aviones, por encima de otros medios de transporte, como coches y trenes, y que ha logrado sembrar en los gobiernos la idea de legislar contra Ícaro mediante un impuesto al queroseno e ir más allá: prohibir, llegado el caso, los vuelos cortos, de una hora para empezar a hablar.

Las islas se han llevado las manos a la cabeza, porque en los manifiestos al uso se declara que volar lejos en unas pocas horas “es un sueño que pertenece al pasado”. En ese pasado soñaba eso mismo Leonardo da Vinci: en el hombre pájaro. Y en el siglo XVIII se hicieron realidad los globos aerostáticos. Los canarios vamos por un carril retrospectivo: presionamos para que nos bajen el billete aéreo y afuera piden lo contrario, incluso abolirnos volar. En la cumbre de presidentes de regiones ultraperiféricas de San Martin han acordado solicitar a la UE, a iniciativa de Canarias, la salvedad de las islas para que se module en nuestros territorios el gravamen del queroseno. No es un tema menor, acaso estemos ante el mayor asunto que nos compete, pues nos va en ello la economía, la forma de vida, el porvenir. Mientras la Comisión Europea se lo piensa, algunos países como el neerlandés o el belga anuncian una tasa de siete euros por pasajero. Lo que viene caminando, como digo, es aún más drástico: la prohibición de volar. El Ámsterdam-Bruselas será el primer vuelo del mundo prohibido por motivos climáticos (el Parlamento holandés y el francés estudian suprimir vuelos internos si el recorrido en avión equivale a tres horas de tren). La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, proyecta eliminar el puente aéreo con Madrid, el de mayor actividad en El Prat y en Barajas. De nuevo conviene asomar la cabeza en esta vorágine, recordando a las ciudades continentales que para tales restricciones gozan de alternativas terrestres; en las islas volar es la única posibilidad para entrar y salir, sí o sí. Aplicar dogmáticamente el nuevo canon de extinguir los vuelos de corto recorrido conduciría al esperpento de derogar las conexiones entre nuestras propias islas y restablecer la peor de nuestras pesadillas: el aislamiento y la incomunicación. Ha de hablarse del derecho a la accesibilidad.

El síntoma ha sido Borrell, el alto representante europeo para la Política Exterior, Mr. Pesc, al tentar este miércoles al diablo cuestionando, con poca fortuna, lo que llamó el síndrome de Greta, para referirse a los jóvenes que se manifiestan contra el cambio climático sin medir las consecuencias. Huelga añadir que le llovieron las críticas en las filas propias y ajenas, pues ya la presidenta de la Comisión, Von der Leyen, auspicia el Pacto Verde Europeo, y hay un consenso general en Europa contra el negacionismo de Trump en esta materia. Borrell ha matizado sus palabras. Pero el síndrome de Greta (que viajó en velero a la cumbre climática de Nueva York y regresó en catamarán a la de Madrid) tiene sentido, como concepto, para hablar de lo que hablamos: de la excepción de las islas que, tarde o temprano, tendrá que irrumpir en su discurso, o estaríamos ante una visión eurocentrípeta, ante un supremacismo continental que nos excluye a las islas en la lucha contra el cambio climático. La ministra española de Transición Ecológica, Teresa Ribera, ignorando esto último, arguyó el impuesto al avión porque “volar es de ricos”. Las autoridades canarias, que elaboran, precisamente, una ley contra el cambio climático, han debido enmendarle la plana. No tenemos trenes para salir al mundo y los viajeros no tienen otra manera fluida de venir. ¿Qué hacemos en tanto no dispongamos de aeronaves eléctricas? Si un pasajero ferroviario emite 14 gramos de dióxido de carbono por kilómetro y otro que use el avión, 285 gramos, es que estamos perdidos. Y entonces solo cabe soñar en seguir volando a contracorriente.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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