Vientos, mares, suspicacias…

África está tan cerca que le evitamos la mirada y le damos la espalda, como se quejaba Pepe Dámaso en los años 60 cuando era el único representante español en el festival de artes plásticas de Dakar y lo fue a ver Marpessa Dawn, la bella Eurídice de Orfeo Negro. Llevamos casi medio siglo haciendo caso omiso de África, hasta que vinieron las primeras pateras y rompieron el velo que nos separaba como una cortina de humo. Crucé una vez esa tela como el espectador que atraviesa la pantalla y entra en la película. De noche, Argel, por cuya batalla éramos fans de Gillo Pontecorvo y conocíamos las guerrillas del FLN en la mítica Casbah, se confunde con Canarias, las calles resultan familiares y en las ventanas se adivina el mismo fisgoneo de los vecinos de nuestros barrios. De día supongo que se agudizan las diferencias con sus avenidas coloniales francesas. Pero yo pernocté en el continente la primera vez, era de noche, y al día siguiente me encontré metido de lleno en el desierto, como en una escena de Vázquez Figueroa, y también me agradó, como si estuviera en las estepas de Fuerteventura, lo mismo aquí que allá. Dámaso ha hablado siempre de ciertas facciones de indigenismo negroide en algunas plazas de Canarias, como en el Santa Catalina. Ahora vuelve ese color a nuestro entorno con los pasajeros supervivientes de las nuevas pateras. En agosto del 94 abrieron esa ruta dos jóvenes saharauis que siguieron la luz del Faro de la Entallada. En la siguiente década, irrumpieron los cayucos, que son más grandes, vienen de más lejos y transportan a más inmigrantes. De tal modo que Canarias es como Lampedusa o Lesbos.

Para un isleño, el África bereber es un reencuentro con un territorio congelado en la memoria ancestral. Tenemos la huella de ese útero desértico, acaso alberguemos recuerdos primitivos de aborígenes parientes del tuareg que procedieron en los tiempos remotos a poblar las islas en las primeras oleadas de migrantes. Toda esta analepsis de antecedentes no nos ha de extrañar, pero la realidad en que vivimos ahora, en 2020, es otra. Nos hemos atribuido una identidad nueva, postiza y ajena por completo a África, primero para alardear solo de América y, después, para ejercer cierta impostura europea. Las tres caras, siendo auténticas, nunca hemos logrado conciliarlas.

El siroco rompe todo simulacro, con su llegada impetuosa de vientos del desierto y sus nubes asfixiantes de polvo en suspensión. O sea que es la calima una matraquilla africana que afila los dientes y nos muerde la memoria. Estos canarios qué se habrán creído. Desde Juba II, el rey de los mauritanos en los albores de la era, estamos en ese punto de mira, por más que hagamos renuncia de historias y prehistorias; los arcanos son los arcanos, el relato de los clásicos y las mitologías nos devuelven a nuestro origen y emplazamiento. Canarias borró las huellas y desconoció sus propios portulanos. Pero las olas nos devuelven en la orilla la imagen de quiénes somos.

España había perdido sus últimas colonias, tras 400 años de tradición expansionista (1492-1898), constreñida por los duelos de británicos y franceses, nuevos amos, y se había refugiado en sus posesiones en África. Ahí nació el africanismo español, con su visión holística del continente, como el último residuo imperial. Eso explica que Franco creara su Instituto de Estudios Africanos. Después, cuando Marruecos ocupó el Sahara y retornaron los últimos paisanos de Fos Bucraa, hicimos borrón y cuenta nueva. Pronto hará cincuenta años que le quitamos el saludo a África, en gran parte por reticencias respecto a Rabat. Por ese motivo se dio un giro inconfesable en la opinión pública de las Islas sobre la OTAN. Remisos como éramos sobre bases militares de cualquier procedencia, pacifistas a carta cabal, tras la muerte de Franco y el abrazo del oso de Marruecos a las jaimas del vecino saharaui, las Islas vieron las orejas al lobo. Y de ahí se pasó a sopesar vivir bajo el paraguas militar de la OTAN (nuestros dirigentes quisieron saber con discreción si quedábamos dentro de esa cobertura y yo mismo se lo volví a preguntar no hace mucho a Javier Solana, que fue secretario general de la Cosa).

En la España peninsular hay ahora una doble preocupación africana, y del mismo modo que en los años 80 Madrid usaba a los canarios para entenderse con América, ahora que Marlaska va y viene siguiendo la estela de pateras y cayucos, y la ministra de Exteriores ya sabe lo que es volar a Rabat para sofocar la marcha azul de sus leyes inamistosas, nos toca a los canarios girar la cabeza y mirar de frente a África sin vanidad ni dejación de nuestro deber. Canarias haría bien en tomarse en serio su lugar en el mapa. Conviene repasar la historia, el informe de Juba II sobre las Islae Fortunatae, su interés por fijar el primer meridiano del Orbis Terrarum, nuestras primeras noticias en Plinio el Viejo; leer y estudiar los problemas del mar, de las pesquerías (cuando el banco se llamaba canario sahariano); los antecedentes políticos y económicos; las espirales de Chirino y su cabeza africana en la trasera de CajaCanarias; los lazos de Sedar Senghor y García Cabrera; la cultura prehispánica de nuestros museos con sus momias guanches, y ponerse al día.

Los cayucos y las pateras con bebés y mujeres embarazadas han forzado una cumbre migratoria en Gran Canaria este jueves, tras oír cómo un juez comparaba los CIE con las cárceles de la dictadura. Y el diferendo sobre las fronteras marítimas con Marruecos, con los tesoros minerales en disputa, tensaron el debate parlamentario en Tenerife esta semana. Todo esto aconseja reajustar las prioridades de Canarias, para colocar donde corresponde en la agenda a África. Que no sea por la calima que caigamos en la cuenta de dónde estamos. En tiempos, Felipe González, por espadas menos filosas y desafiantes, erigió al delegado del Gobierno Eligio Hernández en lo más parecido a un ministro para África. Aún sin esa encomienda expresa, el palmero Anselmo Pestana, que acaba con el turnismo de tinerfeños y grancanarios en ese mismo puesto, recibe una herencia de guiños y políticas gestuales entre las dos orillas que invita a estar sobre aviso. El cielo que nos cubre, a veces a riesgo de cegarnos, sabe de las dudas que sobrevuelan la convivencia con quienes compartimos el aire, el mar y, cómo no, las suspicacias.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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