La medicación

La pandemia del miedo nos puede paralizar. La del coronavirus, en cambio, nos moviliza hacia dentro. Simbólicamente, le cerramos la puerta al virus y nos acuartelamos en casa. No es baladí la terminología, puesto esto, desde el primer día, quedó claro que era una guerra. Las imágenes de Nueva York en estado de conmoción al verle las orejas al lobo explicitan el alcance de este duelo entre el hombre y el virus, una lucha que dista de la de David y Goliat, pues nada parecido se le asemeja en la historia de las confrontaciones humanas. Con tal de vencer somos capaces de dar la vida. De ahí que un deportista como el italiano Fausto Russo no dudó en prestarse, bajo los efectos de las fiebres altas de esta enfermedad, a un ensayo clínico para comprobar las bondades de un fármaco que ya está en el mercado y se había indicado hasta ahora contra la artritis: el tocilizumab. Se recuperó en horas.

Cuando telefoneé al doctor Sierra, que se formó de becario en la OMS en sus inicios en la materia, me dio la disertación de los medicamentos llamados a salvar las vidas de esta plaga. Antonio Sierra es instructivo sobre los confinamientos, asume que a estas alturas de un coronovirus altamente contagioso como este SARS-CoV-2 la medida coadyuva a frenar el avance del ejército enemigo. Y está surtiendo un efecto vertiginoso. En las horas casi de cierre del pasado domingo indagamos en los comentarios entre líneas de Fernando Simón, el director del Centro de Alertas, que deslizaban los primeros síntomas positivos de control de la enfermedad: el número de pacientes en las UCI se reduce progresivamente frente al total de hospitalizados (ayer lo ratificó). Paralelamente, el médico Ricardo Cubero, del Hospital Puerta de Hierro, anunciaba con satisfacción la “reducción de la velocidad del ritmo de contagio”. La primera buena noticia de la tragedia la llevamos a la página 8 (levantamos su anterior contenido casi con entusiasmo), que desde entonces será para nosotros un numeral feliz en la crónica cronológica de este infierno que vivimos como si estuviéramos en la Tercera Guerra Mundial.

Un país aterrorizado por el hambre y la histeria de este virus, como Venezuela, no ha dudado en tirar de la cloroquina, un antipalúdico prácticamente en desuso. El ministro de Comunicación, Jorge Rodríguez, puso nombre al tratamiento que dispensarán a infectados y personal sanitario, con tal de reducir al mínimo la onda expansiva de un agente corrosivo que constituye una amenaza para todo el planeta.

Me aseguró el doctor Sierra, desde ayer miembro del comité de sabios de emergencias de Canarias, que hay dos carreras en cuadrigas en paralelo: una para la vacuna y otra para el tratamiento. La primera protegerá preventivamente dentro de unos meses (pues, a su juicio, hay que rearmarse para la segunda ola del virus en diciembre) y el fármaco salvará vidas desde mañana mismo. Los medicamentos que se aplican en los ensayos clínicos, puestos en marcha contra reloj, permitirán elegir el más eficaz en breve y asestar, de ese modo, un golpe definitivo al Covid-19. De manera que las buenas noticias han empezado a llegar por fin. Seguiremos en cuarentena. Mantendremos la guardia en alto. De acuerdo, aplicaremos medidas de distanciamiento social con estricta obediencia. No saldremos a la calle sin mascarilla, nuestro casco de combate. Seremos buenos y disciplinados soldados de este batallón mundial. Y que el Gobierno anuncie pronto la medicación.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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