La paradoja de Salvini

Las próximas horas serán decisivas para saber si entramos en una pandemia sanitaria, económica y psicológica. El drama de Italia no es impedir esta vez, como espoleaba Salvini en tiempos de ministro de Interior, que entren los foráneos al país; son los propios italianos los que, en una gran proporción, no pueden salir, mientras los extranjeros estigmatizan la patria con forma de bota que el líder de Liga quiso amurallar en un arrebato xenófobo y renuncian a cruzar su fronteras como si de una leprosería se tratara. Tan desmedida era la cerrazón cuartelaria de Salvini ante los barcos atestados de inmigrantes exhaustos, como esta cuarentena y condena que recorre Europa contra todo lo transalpino, romano y apostólico. Lo cierto es que Italia maneja la crisis del agente infeccioso con mentalidad china, a base de medidas de brocha gorda, precintando no solo teatros, escuelas y museos, sinos barrios y regiones enteras como una extrapolación de Wuhan. Italia es un país confinado y deprimido, como refleja el reportaje de Jorge Berástegui de este lunes, cuya sola lectura pone los pelos de punta, pues el protagonista puede ser cualquiera de nosotros y su enclaustramiento pudiera ser extensible tarde o temprano a toda Europa, Canarias incluida.

Italia se ha autoimpuesto un régimen de reclusión estricto contrariando el carácter excéntrico de su pueblo, y el resultado es un manicomio en ciernes. En la crisis del SARS de 2003 los psiquiatras temieron lo peor cuando un taiwanés, sometido a aislamiento forzoso, se suicidó. Este internamiento obligado de barrios y provincias no se limita al país de más muertos de Europa; también en España se imita la receta, como ya pasa en La Rioja.

Se da la circunstancia de que Canarias fue la vanguardia de la enfermedad, con aquel solitario positivo alemán de Hermigua. Y también se adelantó a la moda conventual de clausura imponiendo el cierrre a cal y canto de un hotel. Alguien dijo que era un caso pionero. A la vista del giro que han dado los acontecimientos, no somos La Rioja, ni País Vasco, ni Madrid, donde las cifras de muertos y hospitalizados se han disparado exponencialmente. Resulta que el contador de evacuaciones de turistas del H10 de regreso a casa estaba ayer próximo a cero y alcanzaba su fecha límite por prescripción sanitaria; el parte de positivos continúa por debajo de la veintena. Cierto que la Isla acoge a una de las colonias de italianos más pobladas de nuestro entorno y que seguramente el flujo de visitantes de ese país se detuvo bruscamente por la crisis del coronavirus. El testimonio de un mujer atrapada en su casa de Lombardía por orden del Gobierno, que pensaba trasladarse a Tenerife por estas fechas, ilustra el percance de millones de italianos y, de paso, sirve de referencia para medir cuál ha sido nuestra capacidad de respuesta. Si hasta el papa, envuelto en conjeturas por la naturaleza de su catarro, suspende el rezo del Ángelus en público y lo transmite por streaming parapetado en la biblioteca del Vaticano dando plantón a los fieles concentrados en la Plaza de San Pedro, nuestra libertad de movimientos en los carnavales del interior de la Isla y las gradas del estadio repletas vitoreando al Tenerife mientras italia y buena parte de Europa renuncian a pisar la calle por temor al coronavirus, es algo providencial o temerario, pronto lo sabremos. No cabe tirar las campanas al vuelo, porque estamos ante un virus meticuloso que se contagia con la mirada, valga la exageración, y carece de vacuna. Sin embargo, la normalidad que reina en Canarias, donde el mal debutó en España, es sorprendente y lo que nos pareció una desmesura, aquel cerrojazo a un hotel con mil turistas dentro, hoy, al final de la cuarentena, representa un caso de éxito. Seguimos librando batallas contra los molinos. Y a fuer de quijotes (valga por Güímar cervantina) es como podemos darnos con un canto en el pecho.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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