Una nueva era sin turismo después de Xi Jinping

El presidente chino hoy no podría venir a visitar el Teide como hizo en noviembre después de participar en la cumbre de los BRICS en Brasil.

El mundo ha dado un volantazo en estos cuatro meses desde que pasó por aquí Xi Jinping. Desde que su país sufrió el brote de coronavirus (del que nunca vamos a poder olvidarnos) nada ha sido igual y hoy Canarias, en plena escalada de autolesión, desiste de recibir turistas para evitar el contagio. ¡Qué tiempos aquellos en que podíamos celebrar la llegada del poderoso huésped de Pekín y soñar con millones de chinos entrando por nuestros aeropuertos! Hoy esa posibilidad nos aterrorizaría…

Canarias cierra sus hoteles y España y Europa cierran sus fronteras. A la par, el Archipiélago decide autoaislarse. España también respecto al mundo. Y Europa enmienda su espacio Schengen, blinda en compartimentos estancos su heterogénea conformación y afronta, en la práctica, una estrategia militar de choque frente al coronavirus, el enemigo público número uno en la actualidad. Como si de un asesino en serie se tratara, regiones, países y continentes dictan una orden de busca y captura contra el prófugo invisible. Pero ese fantasma cuyo rostro esférico y averrugado empapela todas las ciudades del mundo ha conseguido desatar una pandemia económica sin precedentes, que ya va ganando a la de índole sanitario en esta carrera de estragos y efectos destructivos. Pronosticar un crac del 20 parece lo más natural, pues por menos se vino abajo la economía y se vampirizó el mundo laboral convirtiendo la condición de trabajador en una categoría privilegiada, a la que aún no han conseguido retornar muchos de los damnificados en la crisis de 2008. Tenemos, por tanto, la memoria fresca de la Gran Recesión que duró una década y remitió hace tan solo un par de años. Con la decisión que Canarias acaba de asumir, un periodo impreciso de turismo cero, con hoteles vacíos y restaurantes cerrados bajo el estado de alarma, la crisis económica será de caballo y toca preguntarnos por el día después. Dados los elogios de ayer por parte de la OMS a España por su valiente contribución a la onda sísmica del autoaislamiento, solo cabe hablar de los hechos consumados.

Los ingleses han optado por una estrategia acaso suicida o más lúcida que nadie, esto solo lo sabremos con el tiempo. Mr. Johnson no actúa por desconocimiento (algunas informaciones que hoy publicamos aseguran que, incluso, dispone de un dosier secreto según el cual esta enfermedad durará hasta la primavera de 2021 y afectará al 80% de la población), pero su receta no es el estado de alarma ni el confinamiento en casa, sino todo lo contrario, la inmunidad en grupo. Hemos visto a Bolsonaro dando la mano en Brasil a la gente, y a López Obrador besando a los niños de México. Que cada palo aguante su vela. Pero, dicho todo esto, no deja de impresionarnos con qué facilidad hemos hecho la transición del siglo XXI a comienzos del XX, de un salto, para volver a hablar con el vecino de ventana a ventana, devolver todo el sentido a la azotea y el balcón y, por último, sellar nuestros hoteles que han sido nuestras gallinas de los huevos de oro, y renunciar al turismo con admirable abnegación. España se cierra a cal y canto, como cuando la piel de toro acababa en los Pirineos. Nos hemos designado una vuelta atrás sin tituveos, y por primera vez no sufriremos una crisis impuesta; esta la hemos desencadenado nosotros mismos con la fe ciega de creer estar haciendo lo más correcto. Y que la historia nos juzgue.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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