A Ana Oramas la harán mártir

El dolor viene después, le dijo el rey como si fuera el Quijote a Sánchez el miércoles tras prometer el cargo en el Salón de Audiencias del Palacio de la Zarzuela como presidente del Gobierno que ha hecho ministra a la paisana Carolina Darias. Este Gobierno nace con pedigrí canario porque es de progreso y porque es coaligado y quizá porque ambas premisas se dieron aquí antes tenemos una de las carteras del Consejo de Administración de este país y a la delegada de la Violencia de Género. Victoria Rosell, como Carolina Darias, procede de la comunidad donde las estadísticas demandan gobernantes que se enchufen en lo social y desigual, y el feminicidio está en esa regleta de problemas.

“Ha sido rápido, simple y sin dolor…”, comentó Felipe VI en una sinopsis irónica de estos días de ira en el incívico debate de investidura. Es la selva en que se ha convertido el hemiciclo; la zoología política, con su fauna más primitiva encaramada a los escaños. Es otra vez El hombre y la tierra, de Rodríguez de la Fuente, cuando Franco salía y aún no había entrado completamente la democracia, en los años 70-80, la década de tira y encoge. Esta crispación viene de un dolor muy antiguo, siguiendo la prosa del rey. Y hurgando en recuerdos, hubo entonces destellos que ahora resultan llamativos. Yo me fijaba en Italia porque llamaba la atención que un comunista como Enrico Berlinguer prohijara un acuerdo con derechas, que llamaban compromiso histórico, entre el PCI y la democracia cristiana, que eran polos opuestos.

El siniestro Andreotti (que el cine bautizó como Il divo) recelaba como haría hoy Casado, pero finalmente cedió al abrazo maldito. Secuestraron a Aldo Moro, lo mataron las Brigadas Rojas, se pelearon las derechas y las izquierdas, volvieron a amistarse comunistas y democristianos, y el invento duró lo que duró. Carrillo importó el eurocomunismo de Berlinguer y ayudó a Suárez a parir la democracia. Años después, cuando lo conocí personalmente, me impactó la pequeña presencia humana de aquel personaje idolatrado por la izquierda como un dios inaccesible, era tierno y cercano, pese a la fama de implacable que le precedía; eran esas mutaciones que produjo la Transición en tantos otros actores principales de este sistema de libertad que cuidamos tan mal en la actualidad, como si fuera definitivo e imperecedero.

Quizá, por todo esto que uno ha vivido modestamente, estando en sitios y hablando con gentes de todas las épocas preliminares, acabas pensando que no hemos avanzado. Porque habría que remontarse a aquellos demócratas en pañales para explicarnos los abrazos antagónicos, la legalización del PCE y el educado Suárez dirigiéndose a La Pasionaria, “disculpe, no nos hemos saludado”, que es una foto en blanco y negro. Como era entonces España.

El populismo es de aciertos y errores. Pienso ahora en Canarias. El de Manuel Hermoso deja algunas lecciones para desterrar el sambenito de las dos Españas irremediables, o la izquierdosa o la derechona, cuando se atrajo a Mauricio y sus comunistas réprobos, a los majoreros nacionalistas indignados contra la Legión y a la moderada UCD devenida en Cds. Pero ya hemos dicho que el precedente canario de la osadía de Sánchez se localiza en 1985. Y es Saavedra el que rompe el molde pactando con el PCE, Asamblea Majorera y el Partido de la Revolución Canaria de Gonzalo Angulo. Lo acusaron de frentepopulista. Saavedra ha sido el socialista que más poder ha tenido en Canarias y que más ha mandado en el PSOE. Montó aquel primer Pacto de Progreso -fue el primer hereje del orden establecido- y el empresariado se le plegó en todo menos en la Ley de Aguas. No eran tiempos de calma en las Islas, ya bullían los independentismos en España, pero con más ahínco aquí, donde había un Cubillo inconsolable en Argel que no tenían ni vascos ni catalanes, y lo que estaba sobre la mesa no era una coña de lazos amarillos y excursiones a Waterloo, sino un plan de descolonización de Canarias a instancias de la Organización para la Unidad Africana ante la ONU. Eran palabras mayores, como recuerdan Inocencio Arias y Marcelino Oreja. Por eso en las cloacas del Gobierno se dio la orden de matar a Cubillo. Matar. No inhabilitar. Porque si viajaba a Nueva York y se aprobaba el dosier, se montaba un cirio. Suárez y González tuvieron que lidiar con ese toro. 35 años después se reeditó hace seis meses el Pacto de Progreso en Canarias, y ahora España se estrena en el mejunje. Saavedra amansó al empresariado con una de cal y otra de arena. Hermoso introdujo un populismo de terciopelo, con secesionistas de alta alcurnia. En las dos orillas de CC, que es el partido a donde todo aquello arribó, siempre hubo un Hilario Rodríguez con siete estrellas verdes y un ala morigerada, como la de Ana Oramas, que se bajó de la guagua del nacionalismo y se subió al autobús de la Castellana. Ahora discuten si multarla con 600 euros y saldar la infracción de tráfico (adelantar por la derecha) por su no a Sánchez en lugar de abstenerse como acordó su partido.

Está la unión hipostática de Ana Oramas y Fernando Clavijo, y pocos se creen que también lo traicionara a él; el tuit de ayer de Barragán (teóricamente, secretario general del partido), acusando a Carlos Alonso, padre de la idea de la multa, de “empeorar la grave situación de Oramas”, agita el pandemónium de CC en sus horas más amargas, haciendo buena la máxima del ya citado Andreotti de que lo que desgasta no es el poder, sino la falta de él. La traición de Judas, el más polémico acontecimiento de la historia del mundo, según Borges, no fue un hecho casual y no prefijado. Si Oramas no improvisó, sabía que abría a su partido en canal en vísperas congresuales: la CC de Tenerife, que sigue admirándose de ATI, y el resto de las Islas, que se suben por las paredes. Abrió la caja de Pandora y donde decía no a Sánchez, decía no a Román Rodríguez y toda su Nueva Canarias, y, de paso, no a Mario Cabrera, que acusa recibo en las páginas que siguen.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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