¿Verdad que 2020, pese a todo, suena requetebién?

Nuestra galería de portadas de 2019 no deja lugar a dudas. Fue el año del cambio. De todas, esa noticia, a mediados del ejercicio, marcó un antes y un después. Y el castillo de naipes de Coalición Canaria se cayó tras más de un cuarto de siglo en la cima del poder regional, en la más absoluta hegemonía de casi cuatro décadas en islas y municipios. No fue un acto repentino, de la noche a la mañana, sino la consecuencia procesal de una legislatura endiablada, que hacía posible ese vaticinio, pero lo convertía, a su vez, en algo remoto. En las campañas electorales, aun en los peores momentos de desgaste, CC, fruto de un instinto de perpetuidad, obtenía buenas cosechas en las urnas. Esta vez, en mayo, no le fue peor, incluso le sonrió la resaca del PP (su partido de referencia, de una vida anexa al poder) que iniciaba con Casado una travesía en el desierto tras la censura de Sánchez a Rajoy.

Así que el cambio de tercio en Canarias no era fácil y se debió no solo a los aciertos de la izquierda (la victoria inapelable del PSOE, la cohesión de NC, la resiliencia, si cabe, de Podemos), sino también a los errores de CC y a la imputación de su líder, Fernando Clavijo, o, mejor, a los errores cometidos tras la imputación. Esta última circunstancia, de la que estuvieron al tanto los lectores de DIARIO DE AVISOS (de eso pueden alardear), fue, sin duda, la causa desencadenante de una serie de impericias que acabó con CC en la oposición. La intrahistoria del cambio político en Canarias se presta a interpretaciones. Los testigos imparciales del germen y desenlace de la caída de CC en 2019 aludirán, sin dudarlo, al caso Grúas como la dinamo de todos los demás acontecimientos. CC había logrado asentar una sensación apodíctica de que gobernaría para siempre. Y esa idea se fracturó con el caso Grúas. En contraste con lo que iba a suponer, la mayoría de los medios de comunicación, todo aquel aplastante volumen de opinión oficial publicada, lo trataba como un caso inane, y resultó ser el factor determinante. Imputado Fernando Clavijo durante la campaña electoral, al cierre de las urnas en la noche del 26 de mayo CC se planteó una disyuntiva que no supo resolver: renunciar al candidato (dado el veto de Cs) para facilitar un Gobierno de centro-derecha o apurar hasta el final la opción de que fuera vicepresidente y presidente en la sombra. CC, entonces, se reveló desmañada para esa labor, hábil como había sido durante años en la negociación de pactos bajo su batuta, y empezó a meter la pata ofreciendo el timón de títere al popular Antona, y por último, pretendiendo un golpe de salón en el PP, suplantando a aquél por Australia Navarro, en un ardid de principiante, pues sembraba la discordia en casa ajena y no le salían las cuentas. Quien alentó esa artimaña en CC se suicidaba con la misma cuerda con la que ahorcaba a Antona en la plaza pública. La jugada no resultó, en una insuperable torpeza. Estos recuerdos de inventario dibujan en la distancia la figura de un Casimiro Curbelo, en horas de incienso y mirra, obsequiando su almogrote, un ya famoso jueves 20 de junio, al Pacto de Progreso con el PSOE, Nueva Canarias y Podemos (37 de 70 diputados). Lo sellaron en un cuarto pequeño del Parlamento donde estaban como sardinas en lata.

Fuera que Curbelo no se fiara de los juegos malabares del centro-derecha, fuera que Albert Rivera desactivara el experimento por los escándalos de CC o fuera, simplemente, que Clavijo no se fue a tiempo y arrastró en su caída a todo su partido, lo cierto es que el cambio se consumó en 2019, veintiséis años después de que Manuel Hermoso tomara el poder en 1993 en la censura a Saavedra. Una sociedad se transforma por completo en 25 o 30 años. Es mucho tiempo. En Canarias parecía que no pasaba nada, porque las piezas seguían colocadas en el mismo sitio, Coalición continuaba gobernando inasequible al desaliento, en la más absoluta minoría. Pero había perdido la impronta de sus fundadores, los reflejos y la cintura de derecha a izquierda que definían su populismo de clases altas y bajas. Habían ido aumentando, sin que se percatara, los índices de pobreza y paro, de dependencia y espera sanitaria, el déficit de viviendas, la desigualdad de rentas, el fracaso educativo, y otras falsas condenas bíblicas: los bajos salarios, las pensiones exiguas, la violencia de género, los ninis, los pares y los nones. Y los célebres atascos que, para más inri, ilustraban cada mañana en las autopistas el colapso de la sociedad. Los pecados se multiplicaban mientras CC oficiaba misa.

La radiografía social no invitaba a la complacencia. El cambio asomó como una idea fuerza porque la alternancia es la única solución democrática en momentos tales. Pero por mucho que este periódico abogara por el cambio parecía una de esas predicciones descabelladas sobre la marcha del mundo que hacen cada año por estas fechas los analistas del Saxo Bank danés, conscientes de su improbable éxito. Los hechos finalmente sucedieron. Y el acierto fue pleno.

Entre tanto, España ha vivido en un bucle inestable de elecciones en vano. Más allá de nuestra concavidad insular, pocas cosas afuera resultaban confortantes: manifestaciones masivas en todas las latitudes, guerras comerciales y un mundo sin líderes. Brexits y cataluñas se erigen en el nuevo estigma, y un caótico sinsentido del desgobierno queda reflejado en el impeachment a Trump. La descomposición de un país como Venezuela expresa el peor colofón de una década que termina dentro de 48 horas y que ha sido incapaz en Madrid de un acuerdo para salvar el planeta. Dejar hacer a los deshacedores, esa ha sido la tónica en las urnas, y de ahí el auge de la peor calaña de gobernantes que se recuerda. La caída de la aguja flameante de Notre Dame resumía todo este estado de cosas. Algunas muertes dolieron en especial, como nuestro Chirino. Hemos vuelto a ver llegar cayucos y pateras con seres vivos y muertos a nuestras costas. Y nos vamos de este año rumbo a otro con un malestar en el cuerpo. Nada bueno barrunta ese déjà vu del expansionismo marroquí. A vueltas con el mismo siroco. Nos vale que se llama 2020. Y no puede sonar mejor al oído ni ser más bella la palabra de esos dígitos. Que nos transporta y eleva como si fuera, en verdad, el inicio de una era superior. Pero qué poco ayudan los indicios.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

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