Carmelo Rivero - El blog de Carmelo Rivero

Michelle Alonso, la sonrisa sin barreras

La sonrisa inagotable de Michelle Alonso contrasta continuamente con esa pesadumbre general que teje casi toda la restante mirada cotidiana que obtenemos de la foto fija del mundo. Es un grito inverso de Munch que se agradece bajo la ceniza que cubre otros muchos acontecimientos; nos congratula su espíritu de alegría perenne y el éxito que persevera detrás de ese talante porque no es fruto solo de un don, sino de la disciplina y el coraje de una canaria curtida en retos. La odisea de esta joven trasciende su discapacidad intelectual -por cierto casi imperceptible a quienes estén ajenos a la misma-, y no cabe en este caso que se le preste un trato paternalista tan al uso, por ignorancia, ante quienes sufren cualesquiera disfunción. Las personas invidentes, por ejemplo, no soportan que se les aborde con un tono de voz forzado como si su déficit de visión les convirtiera en seres extraños. Venimos de celebrar el día internacional de los derechos de quienes padecen alguna discapacidad física o psíquica. Y es evidente que la joven nadadora recién coronada campeona del mundo en México en su especialidad favorita de cien metros braza merece una admiración acorde a su proeza, pero nunca el más mínimo asomo de compasión. Estamos ante una campeona de primer nivel mundial, que ha trazado una trayectoria de éxitos en las competiciones más exigentes que demuestra que ya se trata de una de las grandes deportistas canarias de todos los tiempos.

Seguramente, el caso de esta excepcional nadadora tendría un tratamiento más épico en otras culturas menos indiferentes a los logros locales como la nuestra. Pero aquí digo que, en medio de la grisura y la mediocridad dominantes, Michelle Alonso, la gran embajadora de nuestra afabilidad, se ha ganado ya su trono en lo que mejor hace, nadar sin complejos, fiel a su rol de superación. Ha habido deportistas, como hay científicos, artistas y escritores, que sobresalen pese a una determinada discapacidad. El caso de Stephen Hawking, devastado por una esclerosis lateral amiotrófica que condiciona su vida y trabajo hasta extremos inauditos, es un hito de la humanidad discapacitada. Nunca nos cansaremos de reconocer la batalla sin límite del físico teórico contra las adversidades de su enfermedad imparable. Ser número uno en la ciencia en tales circunstancias exige una fuerza de voluntad sobrehumana. En otra oportunidad contaré qué diminutos se vuelven todos nuestros desalientos cuando se siguen los pasos de cerca de este personaje irrepetible capaz de sonreír con vehemencia ante un comentario jocoso. Michelle Alonso nos conquista por sus hazañas y sonrisas en un contexto a menudo mustio en todos esos frentes económicos, políticos y sociales que engrosan la actualidad con una tristura que se ha vuelto pandémica. Esa hilaridad desinhibida es un regalo que nos depara esta paisana habituada a competir en la élite sin achicarse, como si en su estado de aparente complacencia estuviera mostrándonos el camino para ser más eficaces y felices, o sea, otra suerte de canarios sin cortapisas.

Con motivo de la efeméride de la discapacidad hemos conocido la dimensión de un colectivo que representa el 15% de nuestra sociedad, centenares de miles de paisanos, cada uno con su portfolio de demandas, con sus conquistas y sus desafíos. Hemos sabido que ayer era el último día de plazo para que nuestras ciudades derribaran sus barrreras arquitectónicas y que pronto los afectados comenzarán a acudir a los tribunales tras el desdén de la Administración. Nos adornamos con las plumas de Michelle Alonso. Pero a la foto oficial de las autoridades que posan junto a ella se opone la foto de quienes, sin preseas, sintiéndose representados por Michelle, demandan una respuesta día a día.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Cinco minutos con Manolo Blahnik

Hay un tipo de canario que se come el mundo y que define a la perfección el perfil de una cierta manera de ser isleño sin concesiones al victimismo. Manolo Blahnik está en la élite de esa estirpe local-universal. Venía de recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de La Laguna y yo tenía asignados solo cinco minutos para hablar con él, según prescribió su oficina en Londres, la capital de la otra isla donde vive. ¡Cinco minutos!, me advirtió enseñándome la mano sana sin dejar de sonreír y dar saltos sobre la pierna buena. Luego entramos en un despacho de la universidad y conversamos rodeados de un grupo de espectadores que habían logrado colarse atraídos por el carisma de la celebridad , que se abstrajo de todos mientras se concentraba en las preguntas que yo le formulaba contrarreloj.

Si hiciéramos recuento de canarios ilustres que cortaron el cordón umbilical con la isla y se dejaron llevar, hallaríamos un muestrario de personajes insignes que descollaron en las distintas facetas humanas y que estarían acreditados para figurar en una hipotética selección internacional de números uno. Blahnik tiene una plaza asegurada en ese combinado de estrellas. Sin embargo, me dijo que no se consideraba uno de los artistas más influyentes de su época. Lo enigmático de Blahnik, al margen de ser fruto del azar del encuentro de un extranjero y una isleña a través de una celosía, es la fuerza de un genio creador desconocida hasta que la editora de Vogue, Diana Vreeland, descubre su talento mirando sus dibujos al revés, en lugar de los rostros, las extremidades inferiores de sus modelos. Blahnik era hijo de una mujer que adoraba los vestidos y las bellas cosas, me dijo, y que confeccionaba zapatos con ayuda de brocados antiguos en una isla postrada en la escasez tras las guerras de España y del mundo. Pero no sabía que era, también él, un zapatero único hasta que la gran ama del oráculo de la moda prestó interés en cómo retrataba los pies. Me contó que doña Manuela, su madre, aprendió con don Cristino, zapatero de Santa Cruz de La Palma, y que él se quedaba con todo; que era una infancia sin coches ni televisión, de tertulias y meriendas en casa de la abuela. Estaban lejos del gran teatro convulso de Europa, como unos anacoretas, esperando que llegara algún barco con lo poco que la isla podía recibir para ir tirando. Había aprendido un oficio que desconocía cuando llevó los bocetos a aquella mujer poderosa en Nueva York. Quería hacer figuraciones y lo suyo era hacer zapatos. Era un fotógrafo de moda freelance, del Sunday Times, que de pronto conoció a Helmut Newton y la crème de la crème. Pero no estaba llamado a hacer diseños de teatro. Sino zapatos.
Cuando uno de estos canarios desprejuiciados que ha sido capaz de saltarse la regla de la endogamia y buscarse la vida fuera viene y nos cuenta sus avatares, confirma la tesis del isleño expatriado, que es muy propia de los canarios a lo largo de la historia y no creo que sea común a la condición genérica de insular. Quiero decir que Manolo Blahnik es ese paradigma; de haber permanecido en La Palma habría sido un tipo genial, pero no habría sido Manolo Blahnik. Él mismo ratificó esta conjetura. Me comentó que sus padres en los años 50 lo enviaron a la Universidad de La Laguna y el centro no lo admitió (que ese día que me lo contaba lo acababa de hacer doctor honoris causa).

Me confesó que era mal estudiante y tenía problemas de salud. Me pareció que no guardaba ningún asomo de resentimiento por aquel rechazo. Todo lo contrario -Blahnik me dijo como si desvelara un secreto-, gracias a que La Laguna le dio calabazas, sus padres lo enviaron a Ginebra y allí se le abrieron las puertas del mundo. No iba a ser profesor de literatura, por más que la estudió, ni diplomático, que era la consigna familiar, ni siquiera arquitecto, que era lo que quería ser, sino zapatero. Pero esta odisea de muchos canarios que encuentran su papel en la representación de su vida cuando el destino los expulsa de la isla no es, como digo, ningún dogma de la insularidad. Es un arquetipo isleño en cierta forma genuinamente canario y, a buen seguro, de ciertas latitudes no necesariamente insulares, sino que les incita salir por tierra, mar o aire, para manifestarse en toda su plenitud. Supongo que un sueco no tiene esa carencia. Ni un inglés. Ni muchos africanos, en contra de lo que se cree por el flujo de cayucos y pateras. Hablo de otro éxodo, el talento, al margen de la diáspora por motivos económicos. El canario también emigró por esta causa. Pero Youssou N’Dour me pareció un cantante senegalés muy contento de serlo en su país, desde donde goza de una gran influencia exterior. Y en la Cuba inamovible de Lezama Lima, él era Lezama Lima sin moverse del sitio, y todos tenían que ver con él. Siempre tuve la sensación de que Cabrera Infante no fue nunca del todo Cabrera Infante porque le faltaba Cuba, por mucho que Londres fuera Londres. Ya digo que este síndrome no es necesariamente isleño. Pero sí es un rasgo del canario creativo. Requiere de su audacia viajera para explotar. Si se queda, nunca sabrá cuál era su techo. Así que Blahnik lo supo gracias a que no se quedó imantado por la isla para siempre. Lo cual no excluye excepciones a la regla.

Le pregunté cómo hizo su padre el viaje inverso, de Europa a La Palma para quedarse. Y me hizo un relato que se cuenta en el filme de su vida estrenado en Venecia a la par que itineraba esa muestra antológica de su obra que acaba de arribar a Madrid. Según la versión romántica de los hechos que me hizo del flechazo del chico checo , el huésped paseaba por la calle Real y se enamoró de la joven que lo contemplaba detrás de la ventana. Por eso me dijo, de vuelta de todo, que su identidad está aquí, en la tierra que habitan los días de su niñez, donde creció entre plataneras y paisajes volcánicos, y adonde regresa continuamente como Ulises a recargar las baterías para volverse a Bath y seguir trabajando sin pausa ni vacaciones. Me llamó la atención su fiebre de artesano cosmopolita. Esperaba conocer a un genio endiosado. Blahnik es el Picasso del zapato, autor de 30.000 manolos hechos con sus manos. Supongo que es un don extraordinario hacer obras de arte que no sólo se gozan con la vista sino con los pies, obras que se llevan puestas y que agradan porque gustan y porque hacen la vida confortable usándolas. Los stilettos de Blahnik. Y, sin embargo, me impartió una lección de sus genes, no se fue por las ramas, sino por las raíces. Mis raíces -dijo- están aquí, en La Palma, y por eso vengo a caerme en sus brazos o en su suelo y hacerme daño sin rechistar. Ella es mi madre. Mostró la férula del brazo y daba saltos porque cojeaba de una pierna también lesionada la noche anterior jugando con su perro. ¡Se nos fue el tiempo hablando! No fueron cinco minutos, sino once y cupo todo en ellos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

La calistenia de Cerpa

Justo Cerpa es un atleta añejo que no pisa el gimnasio. Un atleta tardío que probó la maratón y se aficionó a trotar por el mundo como un campeón. Tiene títulos europeos por partida doble y varios nacionales y regionales; este provecto correcaminos no tiene más secreto que una dieta de potaje y gofio como Dios manda. Martín-Travieso, el periodista de DIARIO DE AVISOS que narra su heterodoxia deportiva, subraya esa vertiente del héroe de andar por casa que no sabe de doping ni de pesas ni de más calistenia que el puro ejercicio y el puro yantar que recetan las madres y abuelas a la más antigua usanza.

Cerpa me ha traído recuerdos culinarios de la adolescencia, cuando uno de pibe corría por laderas empinadas de Anaga desafiando el vértigo dueño de una forma física que no era fruto de otro milagro que los platos de potaje y gofio de Juana en El Lomo de Taganana. Hay atletas longevos hechos de una madera especial, capaces de echarse a la espalda kilómetros de montaña o de asfalto contraponiendo a la vejez de los años una insólita lozanía que desmiente a la ciencia y al tiempo. Conocí a un ciclista octogenario que cruzaba por Santa Cruz enfundado en su equipación transpirable con la mochila y el botiquín, y era todo un espectáculo verle dando un recital de resistencia envidiable con las canas y arrugas ocultas bajo el casco.

El footing de Rajoy no nos resulta novedoso desde que se ha generalizado entre los políticos españoles, pero no hace tanto que era una práctica importada de líderes europeos y yanquis, que, dada la falta de costumbre y la ignorancia, provocaba cierta mofa en los viandantes. Luego, se convirtió en un alarde del buen estado de forma del líder de turno y en una baza electoral. En Estados Unidos se preguntan cuál es la salud de sus candidatos, por lo que Hillary Clinton tuvo que acreditar que no estaba enferma cuando sufrió una descompensación y debió suspender algunos actos de la campaña frente a Trump, que ahora que lo pienso no tiene pinta de runner. Hillary era una fácil presa, pues había padecido en tiempos de Obama una conmoción cerebral.Ahora bien, esto de pasarse la vida corriendo como Forrest Gump tiene sus riesgos y sus contraindicaciones. La adicción del corredor se vuelve una amenaza. Sir ir tan lejos como don Justo Cerpa, que es un atleta que compite en europeos y mundiales a base de potaje y gofio, se ha generado el complejo del político que no corre, que es como ahora la del que no lleva mochila como Fernando Clavijo. Porque los presidentes crean tendencia. Paulino Rivero inspiró toda una manía de galgos en su partido, y esa faceta le sobrevive, pues Clavijo también corre con el TSJC pisándole los talones. Suerte que de este hábito se libraron Saavedra y Olarte. No me los imagino trotando con el vientre en los pies. A Román Rodríguez sí le encaja, de pública afición por el boxeo, que es herencia de padre.

Lo de Cerpa es un mensaje a la sociedad. Conviene darse un garbeo por el monte o la Avenida de Anaga y soltar lastre sin mayores pretensiones. Hacer deporte como quien no quiere la cosa. Porque lo malo del atleta sobrevenido es que luego se quiere comer el mundo y no para de correr, de ejercitarse como un poseso y de someterse a ayunos que están fuera de lugar. En privado, le pregunté a Iñaki Gabilondo cómo se las arreglaba para no engordar y mantenerse joven. Su respuesta, sin ser la de Cerpa, me hizo gracia: “Nada, comer sano, eso es todo”, porque luego añadió: “¡Ah!, y no hacer deporte como un obseso”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

¿En qué momento se jodió Canarias?

Si hace cuarenta años España hubiera tenido la mala leche que tiene hoy, habría sido incapaz de aprobar la Constitución y abrir paso a la democracia. Fueron fruto de un consenso a machetazos para desbrozar la mala hierba, pero, al fin y al cabo, consenso, que es palabra maldita en los días protervos de guadaña que corren hoy. En cuanto a Canarias, el problema es aún mayor, con un déficit de pluralismo inaudito, donde hay fuerzas que invocan a algún ombudsman imparcial que se apiade y les libere del embudo de las barreras electorales, como corresponde a cualquier democracia decente. ¿Por qué aquí el panorama es peor? Porque asentimos, consentimos… y apenas disentimos, aquejados de una conformidad patológica, convertidos en abuelos prematuros de los nietos de la democracia paseando cuarenta años después con la Constitución descolorida bajo el brazo sin hacernos preguntas, sin hacernos ironías, sin hacernos caso.

España y Canarias están airadas, pero con distinta intensidad. En Canarias hay más retranca y ensañamiento, la envidia se reproduce como el maracuyá, pero tiene sabor amargo. Lo áspero de la isla no es su orografía, sino algunas gentes. Y estamos en un punto de inflexión. Si nos hiciéramos la pregunta de cuánta es la calidad humana de quienes rigen nuestros destinos, tendríamos materia para hacer un tratado de psicología política sobre un territorio isleño que no rinde cuentas a nadie. España no se entera de lo que está pasando aquí abajo. Y desconcierta pensar esto con disgusto. Un exministro español mostró en un hotel de Santa Cruz su pasaporte entendiendo, de buena fe, que esto no era España, hasta que, abochornado, se excusó por el lapsus.

Asuntos elementales como la alternancia están resueltos en la España peninsular y las adendas baleares. Aquí aún no, y esta es causa mayor de males menores que se enquistan con el tiempo y abultan. El caso Grúas es paradigmático para entender el laboratorio político canario. Un partido le hace daño a su tierra si pretende mimetizarse con ella, como si fueran indisociables. En su origen, Coalición Canaria asestó un golpe de efecto certero al paisaje político dominado por los grandes partidos estatales y se plantó en medio con arrogancia calculada. Ganó adeptos, elecciones y poder, y se hizo visible y necesaria en la política de Estado. Eso está en su haber. En abril, esta formación política, sin la que no se entenderían avances innegables en una sociedad atrasada por los decenios de franquismo, cumplirá 25 años de monopolio. Un cuarto de siglo. Su prueba de fuego es superar el bacilo de la oposición y regresar vacunado al poder. En la España democrática ese test forma parte del historial clínico de todo partido de gobierno que se precie. En Estados Unidos, Francia, Alemania…, en Cataluña o el País Vasco. En Canarias aterra perder un cuarto de hora el poder. ¿Pero cómo, si no, reivindicarse como partido político con futuro?

Hoy España -y, por ende, Canarias- se ha vuelto una sociedad hostil y rencorosa que se refocila en sus talones de Aquiles, con un frágil andamiaje de país que amenaza venirse abajo aun con desgracias acaso efímeras como el procés. Canarias se toma su tiempo; es el reloj de los reinos de taifas. La pólvora de esta nación de caínes contra abeles es la mítica de dos Españas irreconciliables, lo que, traído a estas ínsulas baratarias, se traduce en pleitos y zascas, como ahora se dice, sin solución de continuidad. Hay una guerra civil de intereses por arriba y el pueblo permanece abajo ajeno. En esas élites desatadas se juega con gas sarín, se difama y aniquila. Que parezca un accidente. En Canarias están pasando cosas…

Esta es una tierra de puñaladas traperas. Tomás Padrón le regaló un naife a Olarte en su investidura para que se cuidara de los abrazos de Vergara. Ha arraigado como una seña secreta de identidad. Hay que ser de aquí para estar persuadido; afuera nos conocen por la amabilidad y el acento que ahora reconsideramos. El odio tribal es anterior a la autonomía. El dicho aseguraba que para sentirse canario había que estar lejos. Canarios los de Madrid o Venezuela; el de adentro es su peor enemigo, lo que perfecciona el axioma de Churchill. Hoy el think tank -antes sanedrín o grupo de presión- son los cuatro listos con los bolsillos llenos amos de un poder que ignoran que no es suyo ni para siempre. Y esto no es lo que queríamos hace cuarenta, ni treinta, ni veinticinco años. Esto no.

El peninsular tiene el AVE; el canario se mama el odio del vecino desde que nace hasta que muere, salvo unos cuantos jóvenes cosmopolitas que van saliéndose del tiesto. En los áticos de la sociedad se han ido formando capillas medievales, y es evidente la pérdida de libertad en el sentido constitucional de la palabra que celebraremos el 6 de diciembre, donde un nuevo vasallaje tutela a empresarios, partidos seducibles, escribanos, correveidiles y cabeceras respetables. 35 años de autonomía. Si Adán Martín levantara la cabeza…

¿En que momento se jodió Canarias? La pregunta peruana de Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, es pertinente. Toda una generación de paisanos no ha conocido sino un único modelo de gobierno en casi tres decenios. Los sistemas políticos que se perpetúan comparten un mismo fenotipo, propenden a tejer redes clientelares y a confundir lo público con lo privado. ¿En que momento se jodió Canarias? No echemos la culpa al pleito insular, mientras se han ido por el sumidero las relaciones humanas infectadas en el corto espacio de una isla dividida entre filias y fobias, tirios y troyanos a ojos del poder hasta hacer irrespirable el falansterio. El caso Grúas es un flemón en la máscara de lo público disfrazada de gobierno que va dejando su rastro. A los efectos de la regeneración, la ola no ha llegado aún a esta república independiente, donde los escándalos locales no suenan en las tertulias nacionales. No va a ser fácil que Canarias, roída por el comején de un trapicheo sistémico, se desintoxique de la noche a la mañana. La historia está cambiando, reza un lema de este periódico, pero no sin sus imponderables, entre ellos, una resignación ciudadana crónica. En los setenta, citando a Frantz Fanon, era el síndrome del colonizado; hoy sería del despolitizado. Informar no es fácil en Canarias tras cuarenta años de democracia y veinticinco de gobierno hegemónico. Es ella, la libertad de expresión, la que está en tela de juicio bajo el nuevo diktat que determina la política, la economía, la comunicación… en nuestro estrecho perímetro de convivencia. Canarias como caso aparte es un chollo para este modelo de imperio de poder en miniatura que fagocita las voces contrarias. Claro, preguntaron por el caso Grúas al presidente en Madrid. Es posible que la historia esté cambiando.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Charles Manson y el mundo que abortó hace medio siglo

La vida de los 60 era pacíficamente violenta. Los muertos del Vietnam regresaban en ataúdes envueltos en la bandera yanqui. Las víctimas procedían del infierno. Mi ídolo Cassius Clay/Muhammad Ali desafiaba al establishment dispuesto a pagar con la cárcel su objeción. “No tengo nada contra esos Vietcong”, proclamaba a los cuatro vientos, y su estampa impertérrita ante la condena a un lustro de cárcel, a la humillación de ser despojado de la corona de campeón del mundo y a las vejaciones de medio país por no alistarse en la ignominiosa guerra asiática, generó una suerte de mito que trascendía los límites de un ring. Me sentía incómodo admirando tanto a un personaje consumadamente fanfarrón, que enarbolaba la fiereza de sus genes vehementes contra todo el poder supremacista blanco implantado en la primera potencia del mundo. Pero es que me caía bien, y frente a un racismo abyecto sobresalía como un ángel negro valiente y justo en un poema de Rilke.

Lo peor estaba por suceder en las tripas de los Estados Unidos de América. Bajo aquella sociedad hippy, solidaria, pacifista y psicodélica subyacía una fascinación por el odio y la violencia que, con el tiempo, han arraigado en el inconsciente colectivo de ese país que ya en 1966 quedaba descrito en las páginas de Truman Capote, A sangre fría, la novela del asesinato de una familia rural sin venir a cuento.

Por eso, cuando Charles Manson dictó sentencia de muerte contra Sharon Tate, el mundo imberbe de entonces supo del atroz destino de los ángeles embarazados. Tate, la joven esposa de Polanski, esperaba un hijo cuando las satánicas seguidoras de Manson irrumpieron en la mansión de Beverly Hills a tiros y puñaladas contra ella y sus huéspedes. Polanski se libró porque estaba en Londres. Sharon Tate era una actriz de seductora belleza, y a los adolescentes nos partió el corazón porque era la muerte de la realidad y el deseo, como diría Cernuda. Fue un crimen intolerable. Eran gente inocente habitando una vivienda ajena, sobre cuyos moradores había recaído aquella orden demoledora de un lunático enano de metro cincuenta, greñudo y barbado, que tocaba la guitarra con el culo para peerse canciones infumables creyéndose el alma de los Beatles vagando por los pasillos del infierno. Manson ha vivido enjaulado toda su vida como un servil delincuente de carrera precoz. Consiguió rodearse de adictas y beatos de su comuna diabólica y un día, tras engañar a una manada de artistas abúlicos con sus mañas de impostor, decidió hacer lo que llevaba metido en la cabeza y mandó matar a una decena de víctimas aleatorias. Era carne de silla eléctrica, pero la ley fue indulgente con él y lo condenó a cadena perpetua, o sea al infierno en la expresión terrenal.

El mundo que secundó los pasos de Manson (muerto el domingo a los 83 años de edad), en el que hemos vivido, no le desmerece. Desde que en la madrugada del 9 al 10 de agosto de 1969, hace la friolera de 48 años, su secta asesinó a mi idolatrada Sharon Tate y compañía, hemos visto horrores oscureciendo progresivamente este medio siglo que presumía de luminoso. Hemos visto la sangre de la luz, que es la sombra, y en ella nos hemos habituado a vivir sin escándalo. Entonces, no; cuando yo tenía 12 años me hizo polvo el crimen perpetrado por Charles Manson y me hice mayor de un salto. Hoy veo de lejos el rostro dulce de Sharon Tate en las últimas fotos antes del óbito, y la imagen sórdida del octogenario rapado con la barba rala y encanecida. Son las fotos del ángel y el diablo y de media centuria de nuestras vidas. Como una trágica rememoración, no olvido los hechos en su precisa, dolorosa secuencia. Entraron de noche y mataron a aquella joven encinta como si asestaran una puñalada mortal al mundo que iba a nacer. Y que era este.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Sergio Ramírez no vendió su alma al diablo

Cuando América tenía intacto todo el carisma, desde estas islas se hablaba de América como si estuviera ahí al lado. No era ninguna exageración colectiva. La gente del pueblo llano lo decía con absoluta cordura, porque ir y venir entre las dos orillas formaba parte de una noción consuetudinaria de vecinos y siglos. Ahora se ha abierto una brecha y la distancia, por desgracia, comienza a parecerse a la real, las millas son millas, los kilómetros, kilómetros, y se nos viene abajo aquella ilusión de cercanía, con lo que supone de shock en el esquema mental de los canarios de cierta edad. ¿Entonces, América estaba tan lejos? Nos va a costar trabajo acostumbrarnos al mapa real de nuestra vocación americanista, por culpa de los lazos rotos. Y, en cambio, últimamente, la que está cerca es África (pronto un ferry nos llevará a Tarfaya). La paradoja es que veamos lejana a América cuando nos desplazamos en avión y nos resultara tan a mano cuando lo hacíamos en barco.

La primera vez que saludé a Sergio Ramírez fue en un hotel de Madrid y hablamos de la complicidad entre Canarias y América. Él mismo, siendo de la América central, menos frecuentada por nosotros, compartía esa proximidad que parecía una fábula geográfica propia del realismo mágico. Ojalá recobremos el hilo de Ariadna de ese atajo de agujero de gusano que nos comunicaba en su laberinto a canarios y americanos en un santiamén. Ramírez estaba de espalda en el hotel hace muchos años, cuando era un completo desconocido en España, donde supongo que no había publicado ninguna obra todavía y acababa de dejar el poder. Hace más de un cuarto de siglo de esto. En la Nicaragua que gobernaron los sandinistas tras derrotar a Somoza, como si remudaran el vino a un odre (y un orden) nuevo, Sergio Ramírez era un revolucionario intelectual, que no había disparado un tiro durante la guerra contra el dictador pero sí se había implicado hasta el tuétano en la clandestinidad. Y en el gobierno de Daniel Ortega fue designado vicepresidente. Era toda una autoridad moral, intelectual, literaria y política. En España, sin embargo, pasaba desapercibido. Pero yo lo calé por la espalda, con la habilidad que he ido perdiendo y que me propició tantos encuentros inesperados en los lugares más variopintos. No lo había visto antes en mi vida, salvo en periódicos y revistas. Y hablamos de América y Canarias tomando un café cuando era un revolucionario de referencia y un autor sin obra en este país. En Caracas, en la torre de Carlos Andrés Pérez, el todopoderoso CAP -las iniciales de un capo político indestructible-, a comienzos de los 80, me propuso al cabo de una entrevista que prolongara mi estancia para cubrir una noticia internacional. No era nada consistente y regresé. Pero supe más tarde de qué se trataba: CAP iba a ser el anfitrión de Edén Pastora, el mítico Comandante Cero, que por aquellas fechas desertó del Frente Sandinista y se exilió en Costa Rica. Siempre se sospechó que el Gocho, el apelativo familiar de Carlos Andrés, colaboraba con la CIA y aquella podía ser una prueba más del contubernio. El Comandante Cero había protagonizado un hecho que resultó determinante para Ramírez y sus compañeros de viaje: asaltó el Parlamento con un grupo de leales y tomó de rehenes a los congresistas de Somoza, en una acción que precipitó la caída del dictador. Ramírez guarda un recuerdo encontrado de aquella experiencia revolucionaria de “flores apétalas”. Fue un dirigente comprometido con la transformación de su pequeño país atrasado, coadyuvó a su allfabetización en los primeros años de mandato, generalizaron la sanidad, hicieron lo que pudieron hasta que empezaron las rivalidades y los manejos oscuros. Lo del Comandante Cero pertenecía a la liturgia de los guerrilleros legendarios del siglo XX. Si no se asaltaba un cuartel o un Parlamento retrógrado no había ortodoxia revolucionaria. Aquel hombre recio de baja estatura perpetró su tejerazo con éxito y se hizo célebre dentro y fuera de América. Nunca se supo si su evasión -ahora que por razones distintas hablamos de la diáspora de Puigdemont, de Hariri o de Ledezma- fue concertada con los sandinistas como una treta de contraespionaje o, en realidad, Pastora simplemente desertó. Pero el opositor converso, que acabó dedicándose a la pesca como un desterrado envuelto en su propio enigma, regresó más tarde a Nicaragua cargando con la nostalgia, hizo las paces con los sandinistas y el réprobo trabaja hoy para él gobierno. Ortega sigue siendo presidente, erigido en una especie de Mugabe septuagenario, ya sin las creencias originarias de cuando militaba con Ramírez contra el yugo del yanqui en el istmo: Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Panamá.

Cuando recibió el premio Alfaguara (por la novela Margarita, está linda la mar, el hermoso título del verso a la musa de Rubén Darío), ex aequo con el cubano Eliseo Alberto, muerto en 2011, Ramírez nos contó que la revolución nicaragüense se había ido al carajo por culpa de la corrupción. La maldita ignominia. Nicaragua hacía aguas. Entonces Sergio Ramírez empezaba a ser un escritor conocido y reconocido en España tras el desamor de la política. Su desafío era llegar, a destiempo de la lumbrarada del boom, como un producto de ese árbol filogenético, y consagrarse entre los grandes contenidos de un continente hecho para las letras. Vargas Llosa, tras dejar la política, ganó el Nobel. Ramírez no las tenía todas consigo. En la periferia de Nicaragua era como un canario en la ultraperiferia de Europa.

¿Al periodista Ramírez qué temas le interesan que interesen también al Ramírez escritor? Me parece estar hablando con un canario a la sombra de la misma piedra. Nos dice: la corrupción, el abuso de poder… Durante una cena privada en el Mencey, nos contó a unos pocos testigos su entrevista con Gadafi, cuando el líder libio le ofreció ayuda a su país siendo él vicepresidente. Fue en una jaima, en el desierto, y Ramírez olió que el intermediario quería su parte. Ahora cuenta que la trama de Odebrecht, la compañía brasileña que contaminó de sobornos a casi toda América, es el gran asunto literario en esta lengua en aquellas tierras. No hace tanto estuvo por aquí con sus crónicas gastronómicas de Rubén Darío en la mochila y nos anunció la novela de la Nicaragua actual del desencanto. Ya está en las librerías Ya nadie llora por mí. Y Ramírez lo consiguió. Hace veinticinco años que lo reconocí de espaldas sin conocerlo en un hotel de Madrid, cuando le quedaban por parir las dos terceras partes de medio centenar de libros, Sergio Ramirez acaba de obtener el premio Cervantes, como Borges, Alejo Carpentier o Carlos Fuentes, que es como si tocara el techo agradecido de esos pilares. La noticia lo cogió saliendo de la ducha. Buena señal. Este premio es un remojón de libertad como el Reina Sofía dio alas al poeta Ernesto Cardenal, el exministro de Cultura sandinista que en Tenerife me contó con voz entrecortada su arresto domiciliario en la isla de Solentiname. Ramírez, Cardenal… América, está linda la mar. Vuelve.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Somos nombres, denominaciones, y de hecho existe una empresa que se llama El nombre de las cosas. Otra cosa son los nombres de las personas, que evolucionan por corrientes y modas, y así, padres sin escrúpulos acribillan a bebés indefensos con nombres propios infumables, deleznables o simplemente chorras. ¿Existe algún canario que se llame Canario? Tengo entendido que no, pero no lo descarto. Acaso de apelativo, sobrenombre o apellido más o menos camuflado. Pero en cierta ocasión cotejé el asunto y, a falta de una respuesta irrefutable, guardé el tema en la neurona de los casos pendientes. Esto del nombre es un caso de juzgado de guardia. Unos padres quisieron una vez llamar a su hijo Lobo y se lo denegaron. Alguien se quejó, a su vez, de que no le autorizaran a llamar a su vástago Lenin, y conviene saberlo en el año del centenario de la revolución de este personaje que inspiró a tantos padres en la España franquista, dispuestos a vengarse del dictador con argucias de ingeniería onomástica. Los padres de Wladimiro Rodríguez Brito rindieron tributo a Vladimir Ilich Ulianov (Lenin). Pero el Gobierno, ya con Rajoy, advirtió hace unos años que de poner a los niños Lenin, ni hablar, con esta argucia: induce a confusión porque suena, más que a nombre, a apellido. Así que a hacer proselitismo a otra parte. Los padres de Pablo Iglesias tuvieron más suerte respecto al fundador del PSOE. Pero llamarse Stalin o Marx choca con la pega del burócrata del Registro Civil: actúan como apellidos, no son aptos. Tampoco Caín o Judas; ya está bien de bromas de mal gusto a costa de un inocente, en virtud de la ley que “protege el interés superior del menor”. Lo de los nombres está atado y bien atado. Trump y Putin son apellidos y quedan excluidos, amén del juego de palabras con la futura descendencia: el hijo de Putin. Hay algunos nombres de risa: Armando Bronca Segura, Carmina Carmena Carmona, Clara Luz de Luna o Dolores del Ano Prieto. Pero Canario, como tal, salvo de gentilicio o nombrete, no me suena. Tampoco sé si la ley lo consiente. Me consta que no se aceptan más de dos nombres simples o uno compuesto, que se preste a confusión o que sea contrario a la dignidad de la persona. Llamarse Catalán, por ejemplo, tendría indudables connotaciones en este contexto concreto; ya no tanto Andaluz o Vasco. Pero si a unos progenitores les da la gana, pueden llamar a su hijo Gustavo Adolfo, siempre que se apelliden Bécquer y hacerle cargar con el sambenito de poeta para toda la vida. Esta matraquilla de los nombres se rige por lo que decía: ciclos o majaderías. La tele influye mucho; el deporte y la música marcan tendencia y son frecuentes nombres de ídolos que pasan de padres a hijos. Con Mayer Trujillo, el compañero periodista de la Cope, sus padres quisieron homenajear al célebre guardameta del Bayern Josef Dieter Sepp Maier. Dice el organismo competente (el INE) que el españolito llama preferentemente a sus hijos varones Daniel (Hugo en Canarias) y a las niñas, Lucía (ídem). En Tenerife se impone Manuel y en Las Palmas, Antonio, lo cual no es nada original, una vez superada la fiebre de los ochenta de poner nombres guanches: Beneharo, Romén, Yoné, Tamait, Dácil o Chaxiraxi. El ranking de los nombres en las islas es una caja de sorpresas: en Lanzarote, el segundo preferido es Mohamed, que figura entre los 50 más habituales en las islas. Hoy me dio por ahí. Me han dicho alguna vez que Carmelo es un nombre feo y el nombre hace al monje, lo cual doy fe de que en mi caso me lo contagió. En el Registro prefieren el santoral. Pero si alguien quiere llamarse Canario, que se llame y san se acabó.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Mi hijo de siete años emite buenas señales

Yo he vivido 60 años y ya sé que se vive contra todo pronóstico. Y más allá de toda lógica. Es la astucia bicorne del tiempo y la muerte, que decía Luis Cernuda. Se tiene suerte de seguir vivos habiendo sorteado innumerables contingencias que nos acechan desde el instante en que ponemos un pie en la calle. Todos los días sobrevivimos. Pero, ¿nos alegramos acaso por ello?, ¿somos conscientes de tal cosa?, ¿celebramos el regreso a casa del héroe tras vencer los escollos? No, siendo altamente probable quedar fuera de combate en cualquier casilla de esa ruleta. Si el héroe cae, su ocaso sí recibe una celebración, la correspondiente ceremonia funeraria. Fascinados por la muerte, le rendimos tributo; en cambio, la vida, la victoria cotidiana de la vida, carece de interés: el transcurso de los días es una de las más groseras banalidades del ser humano. No nos merecemos el premio, ya que lo desdeñamos.

Si repaso el catálogo de veces que crucé la frontera y el azar me retuvo, me recuerdo en una carretera lejos de mi isla, en otra isla, cuando la moto se negó a obedecerme y me provoqué un accidente mortal para seguir vivo, arrojándome a la cuneta entre piedras y árboles. También diré que la sensación posterior fue grata, tras segundos de inconsciencia, hasta que Porfirio, que me seguía al rebufo en otra moto de alquiler, se acercó corriendo y rompió aquella seudología fantástica.

Así que sé muy bien que uno está vivo de milagro. De la misma manera que somos producto aleatorio de una probabilidad remota de fusión entre dos gametos inconcebibles. Pero rara vez nos decimos que hemos ganado la lotería en el sorteo de la procreación, que tuvimos la suerte de conseguir plaza entre los pasajeros de esta nave exclusiva. Y que todo el monte no es orégano. “Cada mañana me digo: sabes que hoy puede ser tu último día”, me contó un buen amigo cuando rondaba estas edades que ya acumulo, y añadió a su mantra agorero: “Desde que hago este ejercicio me va fenomenal”. Su tesis se basa en convertir cada jornada en un día de riguroso estreno. No es receta para optimistas, pero encierra una filosofía infalible que hace bien a la cronobiología particular y nos reconcilia con la idea de salvación.

No hace falta correr un riesgo evidente para salvarse; puede funcionar como terapia preventiva: una especie de plan de choque basado en el tópico de Horacio del carpe diem. A menudo lo que más nos cuesta trabajo, abundando en lo dicho, es la disciplina de recordarnos como una muletilla que consumimos tiempo, agotamos energías y nos hacemos viejos sin aprovechar ese tiempo de oro, esas energías y las ventajas inherentes a la edad -la impagable experiencia- en beneficio propio. Hemos atrofiado el sentido de la complacencia, que es subjetivo, a fin de que el tiempo fluya a nuestro favor, en mejora de la calidad de vida y de nuestra libertad.

Quizá sea el menos hedonista de los mortales -el que suscribe- quien admita el error de haber vivido de espaldas a la vida 60 años con sus ondas gravitacionales en el espacio-tiempo. Fuimos niños de la dictadura y los percances económicos, bajo la influencia de la religión y los sucesos particulares. Ante cada hijo de vecino proclamo el derecho a disfrutar de la vida en nombre de todos ellos, cada uno con su lastre, que es como hablaba Walt Whitman, ecuménico y solitario, siendo yo el menos indicado. Conozco a alguien de siete años que, fruto de un mundo y entorno distintos al de su padre, parece más proclive por suerte a estas nociones que predico sin conocimiento de causa. Confío en que dé con la fórmula de ser feliz sin las fallebas echadas, con las puertas abiertas, sin las retrancas locales. Nosotros -me dirijo a los de mi quinta contravenida que llegó tarde al mundo analógico y demasiado pronto al virtual- debemos hacer un último esfuerzo para lograr un nuevo albedrío, que no sea políticamente correcto. Algunas personas me confiesan: “Cierto, me he portado bien. He hecho todo lo que esperaban los demás que hiciera, pero no sé si era eso también lo que yo esperaba de mí”. Gente admirable que lamenta no haber cometido alguna que otra travesura; habrían roto el jarrón, más no el corazón, que es lo que nos determina; sí la imagen perfecta, pero no la personalidad. Son legión los rehenes de su propio cliché, y esa generación de personajes fieles a la imagen que otros les endosaron es una generación frustrada. El citado Whitman tenía esto muy claro: “Yo me celebro y yo me canto”. Sin pecar de vanidosos, habríamos sido más libres, audaces, saturnales y complacientes en armonía con los demás. El poeta añade: “Todo cuanto es mío también es tuyo,/porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”. Al príncipe de siete años le hablé el jueves de su aniversario de la ética, le expliqué el laurel de esa palabra que debería coronarnos a todos los hombres y mujeres, pero añadí que cada cual administramos la ética en nuestras vidas. Él, la suya.

Es verdad, como dijimos al comienzo, que deberíamos tener la capacidad de festejar la vida que nos es dada, y por lo general no es así. Darle relevancia al hecho de estar vivos no es ninguna tontería. Lamentar esporádicamente qué rápido se va la vida es ir perdiendo el partido. Se vive mejor persuadidos que haciendo caso omiso. Entonces surgen los psicólogos y la autoayuda y, de un tiempo a esta parte, la necesidad de hacer cosas que empiezan a ser habituales: yoga, dieta sana, descanso, humor. Me remiten a un libro de este género, Reinventarse, y me guardo una breve enseñanza del autor, Mario Alonso Puig: las bondades de la risa. Las conozco por Pedro Hernández Guanir. La risa es mano de santo.

Cuando tenía tantas vidas como un gato, solía desriscarme por las laderas de Taganana, cuando no era en el Lomo, era en La Fajaneta, o en Asano o Afur. En un estado inexpugnable de completa ataraxia, uno estaba curado de espanto y le daba a toda amenaza un aire de naturalidad. La infancia es el periodo más útil de la vida, porque todo entraña un continuo descubrimiento. Lo que me apenó más tarde fue comprobar el lado oscuro del hombre, su malignidad, y no me he repuesto aún. Intento algunas estrategias: desde el ritornelo del axioma de mi amigo sabio delante del espejo hasta la visión del mar en que me recreo desde el belvedere de mi casa…, pero no consigo exprimir los instantes, cada día con sus tardes y noches, como debiera. No les engaño, soy un incurable aspirante imposible al gozo de la buena vida. Hay mejores candidatos que yo, felices y eficaces, que viven intensamente, son capaces de rendir y redimirse, son pragmáticos y epicúreos a la vez.

Envidiables. Yo he tenido siempre un perfil más estajanovista, como me reprochan quienes me conocen, aprecian y descreen. No aprendo. Mi hijo de siete años, en cambio, emite buenas señales.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Siete años de columna

Esta columna cumple siete años, como las siete vidas de un gato, como las siete palabras en la cruz, como las siete llaves, como siete capas y un sombrero, como las siete colinas, como los días de la semana. Cinco no son montón, pero siete ya lo son. Nació con el parto de mi hijo, Ángel Benza, y, por tanto, tiene su misma edad y el mismo padre. Pero una columna periodística posee vida propia, elige sus temas y marca el guion de su deambular. Una columna no basta para mantener en pie una sola idea, acaso para levantar el dedo y que nadie te haga caso. Porque una columna es un acto de despecho en medio de una gran indiferencia, del ruido y los aplausos de la claque del poder, en medio de muchas mentiras y ninguna verdad que valga la pena.

Se escribe contra la injusticia sistemática, contra las continuas máscaras de los Gobiernos, contra la influencia asentada y aceptada de los grupos de presión y contra el cainismo atávico y rancio, que, mañana, tarde y noche, envilece a la gente de mal contra la gente de bien desde que se inventaron las capillas, los lobbies y las redes clientelares. Se escribe contra las élites que nos mangonean y creen que somos imbéciles. Pero la realidad es que todo es un enjuague entre cuatro, que a nuestras espaldas hablan constantemente de sus trapicheos. De no ser por la prensa -cada vez en menor medida- los ciudadanos vivirían ajenos al trasfondo, hechizados por las luces de la gran representación.

¿Una columna en un periódico para qué sirve? Tímidamente, para desviar los ojos encandilados por los focos y descubrir el polvo y las pisadas sobre el escenario, acaso. Y otras manchas que pasan desapercibidas, porque la mierda en todas sus acepciones se esparce y desvanece bajo la iluminación y el clown de la gran comedia. Una columna se mete en el fango y sale enfangada. ¿De qué sirve decir qué se piensa? En la era que vivimos, este oficio ya no es de periodistas. Lo invadieron los extraterrestres de las redes. Y en el ciberespacio se trafica con la verdad, se despieza y difumina. Cada cosa que se dice tiene apenas un ápice de veracidad lúgubre; las luces son para las mentiras. Pero el constructo del periodismo ya no es la verdad, sino la posverdad. ¿Y qué es la posverdad?

La posverdad también cumple siete años. Irrumpió, asimismo, en la columna de un bloguero inteligente. La posverdad es la mentira que conmueve y emociona. La posverdad forma parte de la dramaturgia del poder, de la farsa de los sentimientos; es falaz e infundada, reconstruye los hechos y se convierte en la verdad oficial. Estamos llenos de posverdades en los periódicos, en los medios audiovisuales y en las redes donde germina y crece.

Quien se restriegue los ojos y se fije en la suela de los zapatos, en los que van pisando a los demás, será capaz de librarse de los cantos de sirena de cuantos cuentan cuentos sin cuento y mienten más que hablan. Una columna apenas pellizca al lector hipnotizado por las verdades manipuladas en las grandes redes de la comunicación. Hace siete años nació mi hijo en medio de una crisis, que no era solo una crisis económica, sino una crisis de verdad. ¡En siete años he visto falsificar tantas cosas! Caímos en la era de Trump y todo lo siguiente ha sido una montaña rusa de embustes.

La verdad es que un hijo nos reconcilia con lo más auténtico. Deseo que crezca y viva y sepa deshacerse de los enredos y añagazas del mundo que viene. Me aterra el porvenir que le espera. ¿Qué nos queda que esté libre de engaño y trampa? Nada.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Jesús Quintero, el ‘Loco de la Colina’ y las puertas del desierto

Ya no hay locos en España, decía León Felipe, desde que “se murió aquel manchego”. Jesús Quintero, el loco de la colina, lleva tiempo enterrado en su fosa favorita, el silencio. Las deudas, los embargos, la amenaza de desahucio lo cercan y su estrella se apaga, sin que le ofrezcan trabajo con 77 años, cuando en Estados Unidos, con esa edad, triunfaba el maestro de la distancia corta, de la entrevista directa, en la CNN, Larry King, que tiene en común con Quintero la marca de una voz penetrante y un origen humilde, y aun mas, algunas sombras detrás de las cámaras y los micrófonos, por sus andanzas en la vida, su mala cabeza con las finanzas y el karma que persigue a cierta raza de comunicadores: la gloria y el drama personal. King arrastra una cardiopatía congénita; Quintero, una depresión voraz. “Me estoy volviendo loco de verdad”, dijo entre amigos, desesperado por el miedo a perder su último reducto, el Teatro Quintero, en la calle Cuna de Sevilla. Y, sin embargo, creo que el loco de la colina está más cuerdo que nunca, esperando otra oportunidad para regresar. Echamos de menos al profeta, el almuédano en su minarete.

Quintero creaba la atmósfera y la escenografía. Y ponía la voz, que lo era todo, en la radio y más tarde en la televisión. Quedó el sobrenombre, el loco de la colina, pero se transformó en el perro verde, el vagamundo o el hombre de la roulot. Inventó, con ayuda de escritores inspirados en el marcapasos de su voz, un lenguaje irrepetible, como si nada fuera igual sin aquella música ni significara lo mismo sin la ceremonia de su entonación. Así cambió la faz de ese medio y en los primeros años 80 ya era dios, dominaba el timón de una manera de navegar en las ondas entre tinieblas. Era pulcro y grave, solemne, distinto y puro, tenía una formalidad de donjuán mayestático; acaso porque era tímido y distante parecía una especie de predicador en un confesionario halagándonos el oído, y, ya consagrado en las emisoras de su vida, RNE, Cadena SER y Canal Sur, terminó convirtiéndose en un auténtico mito. “El loco lo pierde todo, menos la razón”, cita Quintero a Chesterton para disuadir a los malos entendidos. Él descubrió a Beni de Cádiz, al Risitas y al Cuñao, pero nunca se rio de ellos, sino con ellos, insisitía en su defensa cuando se lo reprochaban los andaluces más suspicaces, así como nosotros con nuestro mago y su dialecto y desconfianza. Dios de la radio y de la pequeña pantalla, el loco de la colina tenía detractores, porque todas las palabras no eran suyas, y le echaban en cara que utilizaba negros a sueldo, poetas como Javier Salvado y plumas de lujo como las de Raúl del Pozo o mi amigo Javier Rioyo. Eran escritores de la radio, y sus monólogos -escritos en el aire- calaban hondo en la audiencia; nos estremecía con su voz enfática, pero sin ella las palabras no habrían sido lo mismo. Todavía pongo grabaciones con la voz pausada y profunda de Quintero alertando contra el miedo que genera el poder, y revivo los años célebres del género y mis años de oyente beato de un loco sentimental. Cierto, Quintero hablaba con palabras prestadas, pero entrevistaba con malabares que no eran de nadie, sino de él. Nadie como él entrevistó en prisión a Rafael Escobedo (el caso de los marqueses de Urquijo), que terminó suicidándose. Cuando entró en las cárceles a hablar con asesinos, violadores, narcotraficantes y estafadores no estaban los guionistas cara a cara con la cruda realidad. Miraba a los ojos al entrevistado y lo enfrentaba con sus adentros. El mendigo asesino le confesó que no llevaba la cuenta de las personas que había aniquilado. “¿Le atrae la muerte?”, preguntó. “Sí, me gustaría morirme”, fue la respuesta del hombre que dormía borracho de roinol y coñac para vencer las angustias psicóticas. Matar es fácil, le dijo un albanés que asesinaba entre risas y no salía a la calle sin dos granadas en los bolsillos. El espectador se sobresalta cuando presencia la entrevista de Quintero al empresario que mira a la cámara con rabia, crispa el puño y golpea la mesa hasta sangrar, a pocos centímetros del periodista, que en calma le pregunta si se ha hecho daño. El hombre, entonces, grita algo sin sentido: “Estoy pagando la llave del cine moderno”. Y Quintero nos dirá que, una vez libre, un desconocido le descerrajó dos tiros en un ascensor. No estaban los guionistas para adornar la escena. Mario Conde le reconoció que la cárcel enseña, pues “si se conoce el cielo y se conoce el infierno, se conoce mejor al ser humano”. Personajes de ética negra desfilaban por aquellos programas que establecen el canon de la entrevista en estado puro.

Ha muerto Daniel Viglietti, el cantautor uruguayo, al que Quintero conoció y entrevistó, como a Galeano y Onetti. No solo a presos y a frikis convocó a su lado, también a Borges y a la Pasionaria, que fueron, a su juicio, sus mejores entregas. Ya no hay locos en España, decimos con León Felipe, desde que enmudeció el loco de la colina. ¿Dónde está?, ¿qué hace?, ¿qué no hace que no está ante el micrófono y las cámaras? Está en la ruina, dicen, con el patrimonio que tenía, entre casas, coches y bufandas. Hay mucha impiedad y poco humanismo. Esta es una frase suya. Nos hemos portado mal con el loco de la colina, olvidándolo tan pronto completamente.

La actualidad de Jesús Quintero es una amenaza de desahucio por medio millón de euros. Como tantos mitos familiares, nos sentimos concernidos por el derrotero de sus vidas. Una amiga común me puso al corriente estos días del declive económico del loco de la colina. Luis del Olmo lo citó en Tenerife, en la sobremesa del Mencey, como un animal del bestiario de este oficio. A los impares, los indignados, los locos egregios les dio el mismo tratamiento que a un ministro, consciente de que Cervantes habría hecho lo mismo. Y con ellos introdujo el silencio, su gran aportación al género. El primer mandamiento del periodista es escuchar, en la escuela de Quintero, para que fluyan los secretos del entrevistado. Ahora el autodidacta onubense que soñaba con ser actor es el que calla, abatido en el paro forzoso, con cuentas pendientes. “No tengo trabajo”, se queja. Si Jesús Quintero bajara de la colina y se viniera una temporada a la isla a hacer programas a las puertas del desierto, quién sabe… Cuando lo vi la última vez, algo delgado y triste, deambulaba serio entre los invitados a la fiesta en Ibiza del productor italiano Pino Sagliocco. Hay que traer a Quintero a Tenerife, a la residencia temporal de los genios desocupados. ¡Qué vengan y dejen su huella como los dioses de antaño! Que venga y termine bajo el volcán las memorias proscritas que escribe al rojo vivo bajo el título inequívoco de Mis queridos hijos de puta. Amén.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 ... 83 84   Siguiente »