Carmelo Rivero - El blog de Carmelo Rivero

La tía Carmita

Mi tía Carmita no era una mujer de letras; estaba casada con un librero, pero no leía libros. Había sido, como las hermanas, educada en las labores del hogar y el oficio de costurera, que me parece que tampoco fuera lo suyo. Saludaba a las plantas, aprehendida de olores en la azotea, y hacía encaje de bolillos para que les diera el sol adecuado, con el mimo de quien no trajo hijos al mundo. Poca mano culinaria, no acertaba con la dosis de sal en las sopas que almorzábamos sin rechistar con mi tío Paquito, que era el librero y se leía todos los libros que caían en sus manos.

Formaban una pareja de disímiles. Tan ajeno el uno al otro en gustos y preferencias, pasaron la vida juntos hasta que la muerte los acabó separando sin querer evitar que ninguno de los dos se quedara solo. Un matrimonio sin descendencia se deja llevar por la corriente, libre de ataduras domésticas, hasta que termina varado en la orilla con los achaques de salud y el implacable azote de la edad. Mi tía era fuerte y de hecho ha vivido 93 años. Sobrevivió al marido librero y desmintió los cánones: él, que se bebió una biblioteca entera, terminó padeciendo alzhéimer; ella, en cambio, si acaso lectora pasiva como las mujeres de maridos fumadores, no se dejó picar por ese aguijón y nunca se desmemorió. Con los ojos cerrados, exhausta y ciega, recordaba por la voz la identidad de su hermana menor y se adornaba con recuerdos precisos que dieran coherencia a sus palabras. Carmita había sido, como Paquito, jacarandosa y, por tanto, carnavalera. Mi tío tenía buen timbre de barítono del Tronco Verde; ella seguramente se enamoró de su voz, como tantos idilios de la época, contraídos gracias a la radio y las rondallas. Solamente se le reconocía -en las fotos del álbum familiar- una debilidad: lucir el talle sin medias tintas, vestir para que los hombres la miraran, y así ejercía una suerte políticamente incorrecta de feminismo machista, pues tenía carácter y no toleraba que nadie se le propasara.

En el ocaso de un matrimonio seguramente feliz, perdió los estribos de su vida. Ya sin el apoyo de mi tío enfermo, acogido por el padre Antonio en una fase terminal, Carmita saltaba a la calle, casi sin autonomía física, y obligaba a parientes y familiares a seguirle el rastro antes de que se hiciera de noche. Su casa era una fortaleza inexpugnable que con mis hermanos frecuentaba de niño aficionándome a los libros de mi tío Paquito y las sopas saladas de mi tía Carmita. En aquella casa se oía música clásica y se leía a los clásicos. Era un sitio culto. Mi tío nos decía: “¡Vayan al teatro aunque se duerman!”. Entre aquellas paredes se habían escrito dos libros de cierta relevancia: El antiguo Santa Cruz y Anales del Teatro en Tenerife, de Francisco Martínez Viera, el fundador de la librería La Prensa (Calle del Castillo esquina a Suárez Guerra), que heredó su hijo. Era un hombre bajo y enjuto que parecía firme y conciliador, a la vez. Fue alcalde de Santa Cruz y masón. Mi tía lo cuidó desde que se casó con el hijo; en la habitación de Viera había documentos importantes, libros singulares y manuscritos, o los recortes de sus críticas teatrales del Guimerá y sus crónicas santacruceras en La Tarde, el periódico que ayudó a promover con fines claramente políticos.

En ese ambiente de aislamiento progresista, que hacía de la casa de San Martín y la librería de la calle del Castillo dos refugios contestatarios, mi tía se desenvolvía con dominio de sí misma. Eran célebres sus prontos. La tía Carmita tenía siempre a mano un espantón. Ahora se nos ha ido como una de sus flores marchitas, tierna y apaisada, casi como una hoja de papel. El diácono apretó un botón y ascendió el ataúd, que me trajo recuerdos precedentes de mi madre. Uno se empeña en querer creer que los hermanos -Carmita, Zaida, Juanito- se han reunido. Y Olga dice quitándose presión que por ella que esperen. La familia.

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Las ‘guerras’ africanas de Canarias

Si algo da sentido a todo cuanto nos sucede es la posibilidad de superar el bostezo y que se nos agite la conciencia, como si todo lo que ocurre ahí afuera se acomodara en el cóctel interior de nuestras cabezas. Y así van pasando los días, entre altibajos, creyendo siempre que lo último es lo concluyente, pues nada nos impele tanto como un desenlace inminente. Esa sensación de vértigo que nos apasiona. Sin embargo -para algo están la historia modesta de unas islas y la historia no tan modesta en su conjunto- todo eso es una soberana mentira. Nada nunca es definitivo. Cataluña hoy, como Canarias ayer,está en esa tesitura y ya nadie -salvo unos pocos añosos- se acuerda. Pasamos temporadas como esta de auténtico frenesí y nos resulta cómoda la adaptación al rojo vivo entre todos los colores. Así que cuando llega el puente del Pilar y se suspende el tiempo -que es nuestra mayor falta de autonomía- sentimos mono de acción como los marines tras la guerra.

Cuando nada verdaderamente interesante nos pasa, nos pasa eso. En circunstancias de soñarrera y holganza echamos en falta, claro, un revulsivo. Santa Cruz, la eterna ciudad muerta que rebate semejante latiguillo con sus plenilunios y aquelarres comerciales, concilia misantropía y carnestolendas como las dos caras de su moneda de curso legal. Pero no es solo Santa Cruz, es Canarias en su doble vertiente, es Canarias a la chita callando y saltando por los aires como un caballo desbocado, que no había sino que verla cuando mataron a Bartolomé García Lorenzo y etcétera. En tiempos que yo viví en primera línea de fuego informativo, de esto, de Canarias, hablaban con esta ansiedad catalana los periódicos de España.

Todo ese clima histérico, histriónico, apenas histórico -pues todo ya se disipa en un santiamén- no impedirá que Barcelona siga siendo la que Lorca (y Vargas Llosa hace apenas una semana) describía como una ciudad divertida. Canarias, que rezuma Carnaval, también fue en su día una tierra amargada con Madrid. Como en los seres vivos, estas mutaciones se dan, son estados de ánimo. A Barcelona la ha mirado un tuerto. En la Transición nadie se habría imaginado a la ciudad más europea que tuteaba a París emparentándose con el Kurdistán. Era la suite de España cuando yo desempeñaba con Martín la corresponsalía del Diario de Barcelona, el periódico más antiguo de Europa, y Santiago Vilanova y Lluis Bassets nos demandaban desde el palco de la capital política más avanzada de las Españas ciertas crónicas africanas sobre los conflictos que se libraban aquí abajo entre saharauis y marroquíes, y, en apariencia, entre Canarias y España. La OUA envió una delegación a las islas para testar qué, además, de la calima se podía considerar aquí legítimamente africano. Aquellos años -va camino de medio siglo- en nada tenían que ver con la dulce modorra insular. Todo lo que nos pedían nuestros jefes del Diario de Barcelona -y de Triunfo- eran noticias de las confrontaciones magrebíes bajo el balcón de las islas y de nuestras vicisitudes con Madrid . De ahí que pronto cultivamos una adolescencia periodística en la rama insólita de corresponsales de guerra y no solo de corresponsales a secas. En Madrid y Barcelona se preguntaban todo el tiempo, durante años, cómo iban nuestras cuitas africanas con España y con Marruecos por tierra y por mar, con los petardos de Cubillo y nuestros rehenes del Polisario. En las calles de Las Palmas cubríamos secuestros de saharauis por la policía marroquí y a veces había secuencias de zulos con armas para una inminente invasión, todo ello amenizado con planes secretos de espías de África y Europa en una continua beligerancia insular. Eran guerras paralelas que se entrecruzaban: de una parte, los independentistas progresaban en alianzas con Gadafi, con Bumedián o con el propio Mohamed VI,como si en verdad fuera a ocurrir algo gordo, la invocada descolonización. Y de otra, Marruecos y el Polisario proseguían con sus diatribas, inconciliables, en una guerra con muertos de verdad y Canarias en medio de ese tablero. Eran historias de una guerra de nervios. Viajábamos a Tinduf porque formaba parte indisociable de la crónica africana de Canarias. Ahora todo parece en orden en este solar comparando con Cataluña, que entonces era el Nirvana de todos los sueños cultos de Europa, una tierra de alta alcurnia.

Cuando aún no habían sido depuestos del todo los viejos dioses penates de la dictadura española, ni habían llegado todavía los nuevos dioses de la democracia a hacer de esto un país decente, Canarias era, en efecto, un volcán. Y las miradas y los ministros de Madrid se posaban sobre las islas como ahora no quitan ojo de las Ramblas y aledaños. Cuando el 1-O la policía repartió estopa en Barcelona, le recordé al teléfono a Román Rodríguez, que era un estudiante de medicina, la trágica jornada en que un agente disparó a dar y mató a Javier Fernández Quesada, a las puertas de la Universidad de La Laguna, en su presencia. Román socorrió, entre otros, a la víctima bajo el fragor de una represión de balas de fuego. Nada de lo que hemos visto ahora nos coge de nuevo a quienes calzamos cierta edad. La idiosincrasia del canario, con su cachaza y sus prontos, desafió al Estado antes que Cataluña -sin ponernos a rivalizar en disgustos-. Cuando estas aguas parecían calmarse, a Olarte -que le afeaba la conducta al centralismo con frases como: “Madrid va a saber lo que vale un peine”- se le metió entre ceja y ceja que no bajaba los impuestos de los Cabildos si el Estado no compensaba, dijera lo que dijera Bruselas, y encerró en un laberinto impensable al Gobierno de Felipe González a poco de entrar en la Euorpa comunitaria. El episodio se lo recordé a Carlos Solchaga, que era el ministro de Economía y Hacienda, en su visita al Foro Premium. González era más impulsivo que el flemático Rajoy, y Solchaga tenía más poder que un ministro. Ambos amenazaron a Olarte con aplicarle a Canarias el artículo 155, que ahora acojona tanto en Cataluña. Nos habrían suspendido la autonomía. “Nos quieren mandar los tanques”, me dijo entonces Olarte para El País. Y si la sangre no llegó al río fue porque el secretario de Estado era José Borrell, y el consejero de Hacienda, José Miguel González. El mismo Borrell que vino a pacificarnos a los canarios y que, casi treinta años después, fue el domingo pasado a Barcelona a reconducir a los catalanes.
Las rabietas de Canarias con el Estado dejan chiquita a Cataluña. Pero las islas nunca se dieron importancia.

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Vargas Llosa, Borrell y Borja de Riquer, tres cabezas con dos dedos de frente

Cuando el nacionalismo catalán se desbarrancó por los despeñaderos del separatismo-dicen que ventajosamente durante la crisis económica que debilitó al Gobierno central y ofreció la cara antipática de Europa- sorprendió a España cogiendo lapas. Hoy, 10-O, es una fecha tan icónica en el labrantío de la independencia como aquel 1-O, de la consulta en urnas chinas que dio la vuelta al mundo como Chechenia en su día o Crimea por idénticos motivos. Los oradores del domingo en el contragolpe popular de Barcelona (un millón de almas según los promotores, 350.000, según la Guardia Urbana) hicieron algo que se echaba en falta: se subieron al tanque como Yeltsin hace un cuarto de siglo contra el golpe de Estado a Gorbachov a cargo de algunos de los más recalcitrantes comunistas de sus propios colaboradores, reacios a la perestroika y la glasnost.

Volví a escuchar al político Vargas Llosa que en 1990 arengaba a sus paisanos peruanos frente a la amenaza del Chino Alberto Fujimori, el candidato irrelevante que le arrebató la esperanza de ser presidente de su país y que no tardó en revelarase como un dictador. Vargas Llosa tiene la querencia política inyectada en vena como buena parte de la letras latinoamericanas. Este domingo, en su mitin en el colofón de la masiva respuesta española al procés, brilló el Nobel de las verdades verbales (él que escribió de La verdad de las mentiras) con cuyo léxico, como buen peruano, sabe ser estilete tan exacto, punzante y mordaz contra el adversario. En una cena tinerfeña, comentó que la La fiesta del chivo sobre Trujillo, el dictador dominicano, era la declaración novelada de su aversión a la tiranía. Con esa pauta entrelazó, como si improvisara unas palabras bien arraigadas en su memoria, el encendido alegato de Barcelona (la ciudad en la que vivió en los 70 y escribió Pantaleón y las visitadoras, mientras su amigo y vecino García Márquez se afanaba en parir El otoño del patriarca, tras concebir nada menos que Cien años de soledad). Confieso que, sin necesidad de comulgar con todo el credo político de Vargas Llosa, conmueve escucharle dirigiéndose a las masas como el último guardián -por edad y por méritos propios- de la defensa de la convivencia en un mundo que se quedó sin valores. ¿Por qué emociona en Vargas Llosa, verle con la cresta cana y juvenil de un voluntario miliciano de esa ideas seguramente tan tontas para muchos catalanes refractarios del 1-O: la democracia, el mestizaje, la solidaridad? Porque nadie le empujó a meterse en el fregado, sino un sentido del deber, que ya está, por cierto, pasado de moda. Habló con la añoranza de cuando Barcelona era París.

Tampoco soy devoto a pie juntillas de Borrell -el enfant terrible del PSOE de Felipe González-, pero sí un admirador de su contrafigura premonitoria de Pedro Sánchez -que ha vuelto a leer mal el partido de estos tiempos de España, arrimado al arcén del derrubio catalán-. En el mitin de Barcelona, Borrell -el pacificador de la guerra del descreste de Olarte, cuando el consejero de Hacienda era José Miguel González, y eso eran palabras mayores- parecía el líder socialista que se opondrá a Rajoy en las elecciones generales inevitables a la vuelta de la esquina. Lúcido y elocuente, habló con dominio y autoridad de dos países en uno que es una especie de estado bivitelino.

Antes de esta pareja de estadistas, habló en El Español el historiador Borja de Riquer, convertido al separatismo, para alertar de que si hoy Puigdemont declara la independencia comete un craso error. Hay políticos que leen y políticos ágrafos, hay dirigentes que se dejan aconsejar y dirigentes que se inmolan en sus piras funerarias. Vargas Llosa, Borrell y Borja de Riquer formarían una estupenda mesa de tres patas si alguien busca, ya no mediadores, sino tres cabezas con dos dedos de frente.

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El martes es el big bang

Lo que estamos viviendo, sin dar crédito a cuanto acontece desde el 1-O, es como un ejercicio de fabulación que se cuece en las cabezas de una brigada de guionistas de la realidad impuesta, todo un género ciertamente en auge. La historia -en la presunta maquinación- reúne los ingredientes del formato para provocar el impacto emocional que se requiere. Es una manera de guiar los nuevos acontecimientos que se está adueñando de nuestras sociedades en una suerte de literatura inverosímil y al mismo tiempo real. Con esa lógica, la independencia de Cataluña, como argumento y trama, está cosechando un indudable éxito que guarda parentesco con el brexit, Mr. Trump y la ola de populismo en Europa, bajo la sombra intrigante de los rusos como mecenas tutelares de toda esta desestabilización. Nos hemos vuelto paranoicos o nos estamos adaptando a una irracionalidad moderna que quisiéramos pasajera.
La atribulada Cataluña de estos días es una contribución al género. Trapero, Forcadell, la pareja de Jordis traviesos de ANC y Òmnium, Junqueras, Puigdemont, Anna Gabriel… son como avatares que alguien puso ahí a pulular para que desencadenaran este monumental lío, y ahora se fugan las empresas -que no participan de la posverdad del procés- y los guionistas llevan 72 horas viendo la manera de recomponer el puzle para que este imprevisto no traiga consigo la ruina de toda la narrativa, una vez colocada en el mercado, que es su mayor aliciente y precio.

¿Ahora qué? Estamos todos ansiosos por conocer los siguientes pasos de los actores en las nuevas escenas programadas. Sabemos -tanto como los supuestos guionistas- que el serial ha calado en la opinión pública y a estas alturas -gracias a las imágenes de la represión, con su efecto deseado- ya ha dado el salto al plano internacional y es objeto de consumo en todas las esquinas del mundo. Lo cual es una evidencia que desata pasiones y ahora el problema es cuánto le queda de vida a esta historia-producto. La tendencia conspiranoica que se ha apoderado de los resortes de los grandes asuntos que nos preocupan invita a mantenernos atentos a lo que pueda ocurrir en las próximas horas. Si los rusos y su maquinaria cibernética disponen a su antojo gran parte de la evolución de los hechos que vemos desfilar delante de nuestras narices -hoy Cataluña, ayer el referéndum de independencia del Kurdistán, mañana…-, mantengamos los ojos en estado de alerta. Cataluña era un caso de estudio en una probeta de ensayos, pero, como tantos otros virus en otras tantas historias, se escapó del laboratorio y ahora no lo controla ni Artur Mas, que anda predicando en sus desiertos contra los riesgos de una soberanía prematura.

En sí misma, esta revolución no es tal; lo dijimos aquí la semana pasada y lo ratifica Almudena Grandes a su paso por el sur de la isla, basada en el déficit de verdad que padece: no procede de abajo arriba, sino al revés, porque en su génesis cuenta con la semilla de un sentimiento remoto de pertenencia, pero en la eclosión de estos días el pueblo ha sido el instrumento. Los guionistas del docudrama le confieren el protagonismo del domingo, la algarada, pero se reservan la parte mollar de la ficción, la pasarela y el éxito en la pequeña pantalla jugando a jefe de Estado: el reyezuelo. Han llegado los bancos y las empresas estelares al punto de hartarse, y haciendo mutis por el foro dejan la historia en punto muerto y el escenario vacío de discursos y denuedos. El pueblo queda in albis, teme que estos líderes no tuvieran las cuentas hechas y ahora les puedan empobrecer. Los guionistas nunca lo tienen todo previsto. Ernesto Sabato contó una vez en La Laguna que un personaje al que le encomendó suicidarse decidió por su cuenta salvarse. Así que ahora Cataluña está en manos del azar, la obra se escribe a estas horas contra reloj en esa brigada de guionistas capitulares. Porque el martes puede pasar de todo o de nada en la comparecencia de Puigdemont: que Cataluña se declare independiente o que Puigdemont llame de nuevo a las urnas, pero no a las urnas chinas, sino a las de verdad. La experiencia del procés en directo es como aquella erupción submarina del volcán herreño que deslumbró a la ciencia, por ser testigo en vivo.

La aparición del rey Felipe VI en la pequeña pantalla la noche del martes, en un discurso cívico-militar, nos recordó, con evidente paralelismo, a la de su padre Juan Carlos hace 36 años, en aquella alocución nocturna contra el intento de golpe de Tejero. En el diario de los avisos de esta crisis hacemos un periódico que lee la gente como una novela por entregas, estamos tratando a personajes de la vida real disfrazados de personajes de Javier Cercas. La actuación policial del día del referéndum, que Max Weber habría abarcado en su paraguas de violencia legítima de Estado, fue, sin duda, el hallazgo más afortunado de los guionistas del separatismo, todo un momentazo que el previsible Rajoy no previó. Hemos retrocedido de golpe 500 años en la historia de la génesis de España. Los hechos vuelan en una regresión al futuro poblada de internautas. Y la letra y la música las ponen unos y otros, como en las manifestaciones de ayer y las que les precedieron. Lluís Llach, el irredento compositor e intérprete, llevó siempre la rebeldía en las venas, y vino en los años 70 a Tenerife para no poder cantar, prohibido por la autoridad, y dar sentido a su canción más conocida, L’estaca: “¿No ves la estaca a la que estamos todos atados? Si no conseguimos deshacernos de ella nunca podremos caminar”. De esa guisa transitaba por las Españas de Franco, de la Transición, del Estatut… hasta llegar a Puigdemont, en las barranqueras por donde se irán CaixaBank y Freixenet. No todos cantan lo mismo: al que pregunta a Serrat, otro gallo cantaría. Nuestra posición es privilegiada.

Nos levantamos cada mañana ansiosos de conocer el siguiente capítulo. Hoy escribirá sus párrafos, en las calles de Barcelona, Mario Vargas Llosa. No faltan autores subidos al carro de España por las Ramblas, como Eduardo Mendoza o Juan Marsé, que recrudecen las diatribas de los secesionistas hacia quienes españolean con el paño cambiado, como antes Espriu o Pla. ¿Es esto, entonces, un golpe de Estado? ¿Y la Bolsa ha hablado? ¿Y es por eso que los bancos y las empresas han dado el contragolpe, con las herramientas de la política de los mercados? En este punto estamos, a las puertas del desenlace inminente con el que titulamos en portada. Seguimos levantándonos con la avidez del lector enganchado a su historia de cabecera. Esperando a Rajoy…, como un personaje de Beckett. Atrapados a la acción y la inacción de unos y otros. Cataluña, nuestro bestseller, nuestro Código Da Vinci.

Alguien copuló con la historia y procrea otras historias a su antojo y se compara con dios a la hora de los discursos televisados como si moviera los hilos en la cúpula de su mundo, y el martes es el big bang .

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El mal sueño

Como en un mal sueño. Esta deconstrucción de España, a tenor de los espasmos de Cataluña, tiene toda la apariencia de una pesadilla. Y el incidente, sin duda excepcional en la previsible trama política de un país que no se ha inmutado en 500 años, precede a sobresaltos aún mayores, que no tardarán en suceder: es cuestión de días, acaso horas. Blas Piñar se estremece en la tumba, después de que la muerte le hurte este mal sueño. Se pasó toda la vida alentando la máxima España, una y no cincuenta y una, como si predicara en el desierto, pues ni las balas de ETA, ni las arengas en catalán de Tarradellas (ja sóc aquí), ni la pela es la pela de Pujol dejaban resquicio a sus temores. Y van ahora los inmoderados rufianes de la hornada secesionista del procés y montan una guerra de guerrillas, como le gustaba al Che, y sorprenden al decano Rajoy con un trampantojo perfecto de referéndum, que pone a España, por primera vez de verdad, al borde de la escisión.
El mal sueño es el argumento, por cierto, del premio Nobel de Medicina que ayer merecieron tres científicos estadounidenses. Esto va del ritmo circadiano. La Tierra ha dejado de girar a la velocidad que lo hacía antes, y de ahí -lanzo la teoría sin ánimo de recompensa de tal naturaleza- este descontrol de los últimos acontecimientos. Extraña casualidad la de tal cúmulo de erratas en la narrativa actual del mundo. Y ahora, España, con su Cataluña en pie de guerra (de guerrillas) y Puigdemont invocando desde su franja la mediación internacional como Arafat en los buenos tiempos. Y esa mirada atónita desde el País Vasco, sin dar crédito a la eficacia y rapidez del proceso catalán sin disparar un tiro y victimizado por los mamporros de la Policía y la Guardia Civil.
Tan deprisa se precipitan los acontecimientos que un día de estos (de esta semana) nos acostamos con Cataluña siendo española y nos despertamos con España sin Cataluña, lo cual tiene algo de aquel film de Spielberg, La terminal, en el que Viktor Navorski (Tom Hanks) se quedó sin patria mientras volaba a Estados Unidos, por un golpe de Estado, y permaneció bloqueado en el aeropuerto porque los yanquis no reconocían al nuevo país. Bloqueado aparenta estar Rajoy en una patria sin patria, como en un vivir sin vivir, “y de tal manera espero,/vida, no me seas molesta;/mira que solo te resta,/para ganarte, perderte”, como se dolía Teresa de Ávila.
Este es el peor sueño de España en los últimos 40 años de democracia si alargamos la vista hasta don Juan Carlos y doña Sofía, y en los últimos 500 años, si nos remontamos a los Reyes Católicos. El Suárez que todos queremos y que hizo frente al golpe de Estado de Tejero tiene parte de culpa de esta zozobra o mal sueño. No quedaron rematadas las junturas de las cuadernas de este Estado de las autonomías, y ahora hay que buscar los mejores calafateadores del reino para acertar en tiempo récord, con estopa y brea, en la reconstrucción de la nave que está a punto de quebrar por la borda catalana.
Y en esas están los sabios del PP y los del PSOE y los de Ciudadanos, cada uno con su receta, y el mistérico Rajoy guarda silencio, con su as bajo la manga, su 155 o sus buenos oficios ante los jueces y fiscales, que han hecho de gobernantes togados frente a la turba y los Mossos d’Esquadra. Pero algo flota en el ambiente como en las películas de Hitchcock, un suspense meticuloso que se aproxima inexorable a zanjar la cuestión. Y algo inquieta que no es menor: la gente en la calle ha empezado a decir que si en Cataluña el tricornio ni la nacional mandan un carajo, esto se va a convertir en un país sin ley.

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Cataluña, una china en el zapato de España

Si hoy es el 1-O, quiere decir que este es un domingo seudoescocés sirocado en la tramontana pirenaica y que Europa se la juega en el brexit de Cataluña que sueña con David Cameron y cree que la Moncloa es Downing Street. Pero Rajoy no es el premier que bajó a bañarse a Lanzarote cuando Europa y España eran una y no cincuenta y una, ni tampoco es Trump, que llamó tontos a Puigdemont y los soberanistas de la urna china. Rajoy es de hielo y congela las decisiones.

Los que están en todas partes, en Escocia, en el brexit, en el correo de Hillary Clinton y, obviamente, en Catalonia son los hackers rusos, que designan a la Guardia Civil como un cuerpo paramilitar y comparan la primavera catalana con la Península de Crimea. Según la maquinaria rusa de intoxicación, Puigdemont pedirá al día siguiente el reconocimiento de Abjasia y Osetia del Sur, que se independizaron de Georgia en los años noventa y permanecen como espectros sin embajadas oficiales en las grandes capitales, pues el mundo no se dio por enterado de su nuevo status de nación, que es la matraquilla española con más visitas, como ahora se dice de todo aquello que adquiere notoriedad en las redes sociales. El ejemplo que Cataluña prefiere es el de Kosovo, que es un estado con menos habitantes que Canarias en la península balcánica, surgido de las cenizas de una guerra y para salir del paso, cosa que España nunca apadrinó escaldada por sus kosovos domésticos, como viene al caso el kosovo catalán.
Cataluña se mira en el símil que más le conviene y por ese camino aspira a ser como las repúblicas exsoviéticas, una suerte de primera república exhispana, que es un modo de abrir el melón a la chita y la china callando. En Europa están en cola esperando que Cataluña rompa filas la Córcega, la Padania y hasta la Serenísima República de Venecia, con mil años de antigüedad que se dice pronto. Y los europeos no han calibrado el riesgo de las secesiones de a bordo, todo un caramelo envenenado en boca de eurófobos que no están tan vencidos como se nos quiere hacer creer. A los piratas informáticos de Putin lo que les importa hoy es pisarle todos los callos posibles a Europa y tumbarla cogiéndole por la corva como en la lucha canaria; no pudieron con Merkel, pero le colaron una ración de ultras en el Bundestag.

Cataluña anhela ser la Escocia de España con acento charnego. Pero una cosa es la Mona Lisa y otra la Mona Vanna al carboncillo; una está vestida y la otra desnuda. Este referéndum es chino y ruso, pero no es español ni es europeo, ni es referéndum, sin censo, papeletas y urnas de verdad que no parezcan papeleras de plástico con pinta de tupperware. Votar es algo más serio, como lo eran los procesos de independencia cuando se hacían de abajo arriba y no esta chapuza del 3% de élites fecundas que tienen pleitos pendientes por un tubo. Es un insulto a Maceo y Martí y a todos los románticos emancipadores que cambiaron los esquemas del mundo cuando aún no existían Internet, ni siquiera Europa era un destino común y España se recogía las faldas del barro de las colonias. Toda esa lectura tiene hoy otro relato y otro contexto, en la moderna modalidad de sociedades que hemos alcanzado en el progreso de derechos que eran desconocidos por entonces y que hoy nos unen de forma global. Queda el constructo y el ensueño de los mitos colectivos. Pero la pela es la pela, que dirían los catalanes, y ninguna utopía se merece que la malbaraten votando en las urnas de seis euros que han comprado a los chinos. En su limbo, Cataluña vendría a ser una especie de patria literaria en busca de autor, como Sinera lo fue para Espriu en la comarca del Maresme o Yoknapatawpha para Faulkner al noroeste de Misisipi. Este referéndum que avala la Iglesia se lo va a perder Vázquez Montalbán, que habría escrito la crónica de un polaco en la corte del rey Felipe VI, y acaso Pepe Carvalho hubiera dado con las táper-urnas antes de que las sacara del escondite el Govern.

“Parece una película de Berlanga”, sentenció Antonio Banderas dando en la diana. Toda la tramoya del show confirma la comparación. Pero si es cine y esto va de ocho apellidos catalanes, hay comedia para rato. Todo está en los memes y en las banderas rojigualdas de los balcones de la España resentida. Una vuelta a los orígenes del cinema verité patriótico sin Franco, porque esto es otra cosa, es la política con toga y la impostura de los mossos d´Esquadra simulando cumplir la ley como si tal cosa. Puro teatro y cine del docudrama. Si es que en lugar de tanto antisistema acudiendo al panal del procés como aquel cojo Manteca de los 80 rompiendo farolas en las revueltas de Madrid, hoy deberían arribar a las calles de Barcelona los directores de cine amateur a hacer pinitos en una guerra de mentiras como corresponde a una era de fakes, donde nada es lo que aparenta, ni un referéndum es un referéndum ni cosa por el estilo. Los 300 espartanos de la Guardia Civil van a esa guerra de Gila como fueron antes a Afganistán o al Sahel, porque nos hemos vuelto locos. Cataluña ahora es una franja como Gaza, gobernada por la Autoridad Nacional Catalana, que es parte del imaginario como si aquí montáramos una república en San Borondón o Javier Marías ejerciera de rey de la ficticia isla de Redonda.

Tal es el desvarío que hasta el Gobierno canario monta un gabinete de crisis por si pasa algo en Cataluña. Hace tiempo que la histriónica política insular se afilia a la cancaburrada. En la arcadia inexpugnable de Taganana (así como Tazacorte se independizó tres días en 1911), enarbolaban en mi niñez la segregación de Santa Cruz, y yo me recuerdo amotinado en las tesis ensimismadas de la escisión municipal, porque el barrio había tenido Ayuntamiento y alcalde, y añoraba su libertad. Los culés independentistas se suman a la ola por si Piqué acaba jugando con Neymar la liga franchute. Cuando Tenerife era la bestia negra del Madrid por el doblete de las ligas que palmó Ramón Mendoza en la calle San Sebastián, el chicharrero se fingió blaugrana, trabó lazos y ganó el Gamper y aquello tenía la pinta de una filial catalana por obra de la maldición de los títulos perdidos que cayeron en la Casa Blanca como dos misiles del coreano en el despacho oval. Cruyff tenía la misma flor que Zidane que ahora litiga con los gafes de la liga. Un día Javier Pérez se liberó de la tutela del Barcelona y volvió a las aguas neutrales como Austria del fútbol español. Y ahora nos jugamos la Copa con el Español.

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¿Elecciones anticipadas? ¡Que viene el coco!

Las quinielas para este domingo incluyen desde ayer (ver DIARIO DE AVISOS, que en portada adelantó la noticia) la posibilidad en absoluto remota de un adelanto electoral en España tras el gatillazo del referéndum catalán. Ahora, algunas cosas comienzan a tener sentido. Desde que la carta que guarda bajo la manga Rajoy saltó el lunes a la luz casi como una confidencia, el ejército de exégetas que presume de conocer las claves del Estado en el momento más crítico desde la Transición, ha arruinado todo su crédito. Pero si Rajoy, como parece, piensa anticipar los comicios tras el 1-0 para hacerlos coincidir con las elecciones catalanas consiguientes, el seísmo está servido. Y hasta en los pasillos del Gobierno de Canarias se preguntan, sin disimular la contrariedad: ¿Ahora, qué?

¿Ahora, qué? Ahora a ponerse a rezar. Todos tenían la mente puesta en 2019 y se las prometían más o menos felices, confiando en tener las piezas colocadas en el puzle hasta más ver. Pero si hay elecciones en España antes de lo previsto, el que más y el que menos tiene qué perder y qué ganar en esa ruleta. De ahí que ahora cobre sentido el margen de infidencia concedido por Rajoy a sus tropas insulares en el -¿recuerdan?- grave desencuentro en Icod. Si ya tenía previsto saltarse los plazos y mover ficha convocando a las urnas antes de tiempo, se entiende que dijera a los suyos, “¡adelante!”, en la toma de la alcaldía de la Ciudad de los Dragos cuando la censura de la oposición al nuevo director general de Patrimonio y Contratación (nombrado ayer antes de comenzar a cobrar el paro). Quizá en diciembre, o poco antes, o poco después, las huestes de Antona tengan manos libres para hacer ruindades a la carta, pues quién sabe si para entonces el equilibrio actual salte por los aires, se disuelvan las Cortes y todos se echen al monte a ganarse el pan con papeletas.

Era un secreto a voces. Cuando la alcaldía de Icod de los Vinos estuvo en almoneda como asunto de Estado y las presiones ejercidas desde CC, vía Cospedal, no surtían efecto, más de uno intuyó que en Génova se mascaba algo. No era normal. El referéndum catalán, que ahora justificaría unas elecciones exprés, era todavía una amenaza navajera, cosa que ya es una colisión de horas, un choque de trenes inminente, y Trapero recuerda al maquinista del Alvia. En efecto, Génova (por Rajoy) ya mascullaba este sopetón electoral, que el fin de semana pasado en Palma de Mallorca -en una cumbre de presidentes provinciales del partido- el jefe admitió entre dientes a los más allegados.

Pero en aquel entonces, en tiempos de la censura de Icod, lo más que alcanzaba a prever el estoico líder de piel de elefante era una prórroga del presupuesto de 2018 para no interferir en 2019, que sería año electoral en municipios, autonomías y Parlamento Europeo. Colegía Rajoy con lógica galaica que ningún partido se aprestaría a apoyarle las cuentas en mitad de esa contienda. De ahí que cobrara cuerpo en los mentideros la maldad de que Rajoy haría en diciembre esa llamada tan temida en Canarias en los círculos del poder, para decir a los suyos, “¡adelante!”, libre de corsés. Sin necesidad de los nacionalistas ni de Cs, el PP tendría libertad de voto para censurar, quitar y poner a quienes tuviera a bien o a mal. Ahora se precipitan los acontecimientos. El PNV encarece su apoyo a Montoro con demandas innegociables para la Moncloa a estas alturas de la patria (prisiones, haciendas y otras competencias intransferibles). Y si el domingo se pone fea la cosa y el Gobierno saca el artículo 155 a pasear, nos vamos a elecciones. O sea a negro.

 

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Microalgas, vertidos…¡Que venga César y lo vea!

Cuánta vehemencia habría puesto César Manrique, en pie de guerra, frente a la costa plagada de microalgas si hubiera vivido para verlo, con el ardor guerrero del que solo él era capaz, irredento y justiciero ante cualquier barbaridad o desafuero que se le cruzaran en el camino? ¿Cuánta? ¿Cuál habría sido su discurso, su desplante, su alegato inflamado, su soflama, megáfono en ristre, ante la arrogancia de quienes retaran la insoportable verdad desde sus poltronas con reproches y mentiras contra la gente cabreada y el altavoz de unos pocos medios haciéndonos eco de las denuncias del pueblo? Habría puesto el grito en el cielo, a buen seguro, sin consentir que autoridad alguna le llevara la contraria con adornos florales para tapar las vergüenzas de las aguas fecales con nenúfares titulando la prensa amiga. César Manrique es alguien a quien echamos en falta, cuya muerte hace 25 años (mañana se cumplen) nos dejó huérfanos del líder natural de las trincheras ecologistas de las islas. Él no habría dado crédito a lo que sus ojos hubieran visto, pero mucho menos a lo que sus oídos habrían escuchado en el Parlamento de Teobaldo Power y en los parlamentos de las ondas oficialistas por boca de cargos públicos y mensajeros adocenados con cara de cemento. Se ponía como una fiera, lo llamaban basilisco, pero era dueño de sus instintos y domaba a las autoridades con argumentos incontestables. Alguien tenía que hablar alto y claro sin miedo a perder la canonjía. Alguien con aquella autoridad moral, artística, urbanística, social y política, que hacía de él un referente de la voluntad popular.

Cuando las autoridades le tomaban el pelo desafiando su lógica animal de profeta insurrecto en tierra de fuego soltaba chispas. Y entonces le hacían caso. De aquella manera de ser nació una suerte de cacicato espontáneo comúnmente asumido, que fue otorgándole galones y empoderando al conjunto de los canarios excluidos de los círculos de la Administración, como si César Manrique fuera el jefe de una tribu. Así que lo recordamos envuelto en ese misticismo de hombre bueno y colérico cuando las causas eran justas. Le temían desde el poder y él tenía el poder de hacerse respetar por los poderosos. Por eso hoy nos preguntamos qué piensa César de todo esto, en qué términos habría explotado viendo a otros lavando la imagen, borrando la caca de las algas para dar lustre a las nalgas del Gobierno. ¡Qué líderes tenemos, que no ven ni la mierda delante de sus narices! “A veces los líderes son el cementerio de la democracia”. La sentencia es lapidaria. Y de Sami Naïr, que la usó el jueves en Tenerife para abogar por los proyectos ciudadanos al margen de los nefastos dirigentes individuales, como si intuyera o supiera bien qué terreno pisaba nada más llegar para acompañarnos todo un trimestre, gracias a la feliz iniciativa de la Universidad de La Laguna, pues nos vienen en buena hora visitas como la suya para hacernos pensar.

He imaginado estos meses a César endemoniado con los vertidos y las playas inhóspitas en un verano fecal, entrando por este periódico como Pedro por su casa. Tenía hambre de causas para hacer frente a la modorra de las instituciones, y cuando se le cruzaban los cables cortaba por lo sano, armaba la de San Quintín a pie de obra, a pie de calle, a pie de playa, en pie de guerra. Lo fabuloso de aquel conejero de armas tomar es que tenía la fuerza épica de un ejército entero y ganaba las batallas poniendo el dedo en la llaga. Al pan, pan y al vino, vino. Habría sido unos de los cincomil del día 9 manifestándose por Santa Cruz en defensa de un mar limpio. Habría leído el manifiesto hasta desgañitarse y habría puesto a caer de un burro al desgobierno fanfarrón que niega los hechos. Por eso más de uno lamentamos su ausencia por fuerza mayor, era una voz necesaria. Cuando el artista más popular y consensuado de este archipiélago se bajaba del andamio y cogía el megáfono, era evidente el respaldo con que hablaba, el voto colectivo que le autorizaba a erigirse en la voz cantante de cualquier conflicto social hasta las últimas consecuencias. Tenemos las islas más hermosas del planeta -decía-, y nos las vamos a cargar nosotros mismos. Esta semana, Juan Luis Arsuaga, el paleontólogo de Atapuerca, nos ha dedicado un piropo con la rotundidad de los elogios de César: “El Teide es el lugar más bello de la Tierra”. Muchos visitantes, a veces, hablan como si lo hicieran poseídos por el espíritu de César, que se les cuela por la garganta con su dogmatismo sin complejos. Así que acaso hoy se haya convertido en nuestro fantasma imprescindible en esta movilización que acaba de iniciarse contra lo que más odiaba aquel guardián de las islas: los vertidos. César no toleraba que se tiraran papeles a la calle ni aguas sucias al mar. Nos subleva la contaminación marina porque entraña el mayor desacato de un isleño hacia su isla. Es expresión de la falta de higiene en toda isla que se debe al mar. Y no cabe aplazar más la indignación, por cuanto los vertidos son como aquellas verdades incómodas de Al Gore, que no admiten excusas. De ahí esta defensa sin atajos del medio ambiente que empezó como una fiebre de verano y se ha convertido en un malestar crónico. Arsuaga comentó también la trascendencia del concepto de sostenibilidad como una de las irrupciones de los retos humanos más recientes. Arsuaga me recordaba a César, que adelantó ideas como esa y se propuso llevarlas a cabo, bajar de la nube a la tierra y hacerse hombre y pasear con los pies descalzos, bajo el mono azul , por las orillas transparentes. ¡Cuánto le habría dolido toparse con los excrementos del mar como si tal cosa una tarde de verano de 2017 con 98 años de edad! Tenemos que limpiarnos los bajos fondos antes de que llegue César a celebrar su centenario. Canarios sin cesar, pero sin César no somos los mismos. Estábamos mal acostumbrados a su compañía preceptiva. Cuando murió, la multitud arrojaba flores en la carretera al paso de su féretro. No ha sido posible olvidarle. Este verano, la crisis de las microalgas resucitaron a César en nuestra conciencia. Y quién sabe si en verdad resucitó y nos vendrá a visitar un día de estos bajo cualquier otra apariencia.

¿Qué le habría contestado a la carta de Ashotel dirigida a este periódico para quejarse por la portada de las microalgas y los vertidos, bajo la maldición de que seríamos, en última instancia, responsables de ahuyentar al turismo? Intuyo que César les habría mandado este recado: hagan sus deberes y, en lugar de reconvenir al periodista, que cumple con su oficio, dirijan sus dardos al Gobierno para que ponga remedio al muladar en que se han convertido nuestros litorales. O, de lo contrario, sí que dejarán de venir los turistas. ¡Que venga César y lo vea!

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Merkel y el ‘land’ catalán

El 24-S alemán es una fecha que deslumbra esta semana en Europa. Si Merkel -como pronostican todos los sondeos tras el reasfaltado electoral de Austria, Holanda y Francia en lo que va de año- vence con holgada mayoría al socialista Martin Schulz y se sube al andamio del Bundeskabinett por cuarta vez consecutiva, su trono empezará a competir con el de Isabel II y será, sin duda, la monarca de Europa. Merkel trae avales para serlo. No se arrugó cuando el tsunami de los refugiados reavivó la llama nazi y euroescéptica en su país y el continente, y ha tenido lo que le envidió a Rajoy, piel de elefante, para soportar el desgaste y doblar el brazo al enemigo. Así que Angela Merkel, nuestra senderista del Garajonay, endereza el rumbo de Europa por la senda de siempre cuando todo parecía amenazar esa hoja de ruta (la muletilla manida que ya nadie utiliza, pero que viene como anillo al dedo).

Esa es la fecha faro esta semana para el Viejo Mundo que, tras una temporada con la cabeza gacha temiendo el apocalipsis a raíz del brexit y el fenómeno Le Pen, recompone la figura y lanza un discurso plenario sobre el Estado de la Unión, por boca del Juncker más eufórico que se recuerda y, por lo que se ve, con los problemas de salud superados. Cuando cayó Londres y ganó el no a Europa en el referéndum que estimula al secesionismo catalán, Juncker tenía la mala leche del animal herido y le espetó a Farage -eurodiputado separatista- cuando se lo tropezó en el Parlamento europeo: “¿Por qué está usted aquí?” Ahora le augura lo mismo a los catalanes. Si se van, se van, dice.

A Merkel y a Juncker no les hace ninguna gracia que, en medio de la buena racha de las urnas y las encuestas, justo cuando ya es historia la crisis que engendró toda aquella jerga que nos aprendimos de memoria (de las primas de riesgo a la austeridad) y Europa crece con brío, que precisamente el motor de esa recuperación, España, se vea intimidado por el referéndum de Cataluña, dentro de nada, el 1 de octubre.

Europa vive una primavera que nadie podía sospechar en 2012 cuando Rajoy decía no al rescate (otra de las palabras que estaban entonces de moda). ¡Europa mía, cuánto ha llovido! Éramos el vertedero de los improperios y los oprobios de aquella Europa ufana -Merkel incluida- que designaba a España como la mayor deformación de las economías de su entorno. Al unísono, Francia, Alemania y todo el coro nórdico narcisista del euroclub componían una imagen de España, humillada y preterida, que hacía albergar toda suerte de infortunios para su gobierno y habitantes. De tal manera que se ha probado una vez más la máxima de Cela, “en España quien resiste gana”, que el Nobel gallego extrajo de la sentencia latina del poeta Aulo Persio Flaco que no podía ver en pinta a Nerón: “Vincit qui patitur”, “vence el que persevera”.

Es por ello, dado el giro de los acontecimientos, que a Merkel, a Macron, a Juncker, a la Europa que sale del túnel y ve la luz le tiene sin vivir lo que pueda pasar en Cataluña dentro de doce días, el primer domingo de octubre. El pequeño brexit catalán no tambalea ninguna estructura del complejo comunitario, pero jode. Es un precedente sismíco que desata el pánico a las réplicas. No están los estados europeos, en su megalítica concepción, para este tipo de bromas. Ya tuvo bastante Italia con lo suyo, La Padania de Umberto Bossi, que no hace tanto, en 2014, se plantó un tanque de fabricación casera en la plaza de San Marcos para reivindicar la independencia de la región del Véneto, la Serenísima República de Venecia, que existió hace mil años. Así que ni de coña.

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El follón de Zebenzuí

¡Y se armó la de Zebenzuí! Con la que estaba cayendo –misiles y microalgas-, este nuevo episodio es todo un filón, que inspira a Buenafuente –“en Canarias hay un cerebro menos”- y al guionista anónimo de la red –“no es lo mismo montar un follón que follar un montón”-. La pregunta ahora mismo en España es quién no se ha enterado del wasap de Zebenzuí. De Rajoy a Puigdemont y de Sánchez a Pablo Iglesias, todos hablan del espécimen y le dan cuero al estafermo, pero de puertas adentro hacen chascarrillos en los corrillos y echan lastre de la tensión por el proceso catalán.

Zebenzuí ha alterado los planes de los letristas de murgas, que ya andaban entre musas haciendo sus canciones. Y ha sido, sin duda, el gran estilete del inicio de curso, el Casanova deslenguado que farda de aventuras sin pudor por exhibir tales mañas con subordinadas. Una especie de Torbe del wasap, que habría dado mucho juego a Cela o Berlanga. Y que inevitablemente trae al recuerdo el pasaje inolvidable de la garrapata de Trump, fardando en la guagua con el presentador de televisión de que “me lancé a por ella como a una perra…, cuando eres una celebridad te dejan hacer lo que quieras…, agarrarlas por el coño, puedes hacer de todo”, ante de ser elegido presidente. Así que Zebenzuí –en la natural desolación por el renuncio de su vida- tiene ese referente y otros, y quién sabe lo que le depare el futuro.

Cuando corresponda –a la vuelta de la esquina ya restará el último trimestre- hablaremos de 2017 como cada año que pasa. De sus virtudes y defectos, de sus héroes y villanos. Sabremos si la escalada bélico-verbal del coreano hizo calentar definitivamente a los americanos, o si, por el contrario, se impuso la cordura, que es un néctar que rara vez liban estos insectos. Estamos haciendo este año de malos presagios y el cuerpo nos pide averiguar, desentrañar el desenlace que van a tener determinados fenómenos, pero a nadie se le oculta que es un mero deseo de supervivencia. No está el horno para bollos, ya abrieron la caja de Pándora, nos miró un tuerto… En los libros de autoayuda se refugia toda esa clientela a la que vapulean jefes de Estado, líderes de hordas maquiavélicas, portavoces del desastre y toda una ralea de la misma laya que está dándole a este ejercicio fama de año funesto. Están los poetas en retirada. John Ashbery, la voz de 90 años que acaba de irse siguiendo los pasos de Whitman, que era su abuelo literario, dejó versos como este, “pasa un halcón volando./Haced que todo el mundo regrese a la ciudad”, que parece escrito este jueves, cuando cruzó el cielo de Japón otro misil tocapelotas de Kim Jong-un. Por estos derroteros vamos leyendo recetas de autoestima y versos de poetas muertos. Están los cines y teatros como recurso y hacemos gala de un furiosa esperanza contra los males que nos aquejan. Vamos en fila al búnker a la ver la película o la comedia, a abstraernos del círculo vicioso y la penosa realidad. En este clima de desasosiego estamos ante un mundo que es más caldo de cultivo para Pessoa que para vates contentos. Es la tormenta perfecta que estimula al periodismo, que siempre fue un oficio de malas noticias. Si el trimestre que arranca en breve no lo arregla, prefiero no imaginarme el inventario de este año cuando toque. Ahora, bien, aquí solo se aburre el que quiere. Estamos viendo cine de verdad, historias cruzadas que están sucediendo…, como en un documental al estilo de Human, de Yan Arthus-Bertrand, que contó dos mil historias que van de la guerra al amor.

Ahora mismo, nos atrapa en la isla esta historia local de mensajes de wasap, que es como un arma que carga el diablo, y de ese hilo están tirando los cómicos nacionales y los tirios y troyanos del Congreso. La frase tórrida de Zebenzuí Hernández, “yo a follar con empleadas que enchufo en el Ayuntamiento”, ha sido como una válvula de escape, una salida de tono suficientemente insultante y políticamente incorrecta como para encender todas las alarmas y hacer del autor un híbrido explosivo entre Torrente y Arturo Pérez Reverte, amén de diana inmejorable para el desahogo de las redes y, ojo, como tema y anatema para una clase política nacional ensoberbecida, ensopada y ensimismada en el referéndum catalán.

A Zebenzuí González le va a costar la carrera municipal, sin duda, con las consecuencias colaterales de todos conocidas si se incorpora en su lugar una edil censurante, como parece, que es a estas horas la mayor preocupación del alcalde y su partido. Pero el mismo autor del proverbio sicalíptico que ha sobrevolado el país desde esta isla como si de un misil dirigido a Ferraz se tratara, tiene –si quiere- futuro en cualquiera de las tertulias mañaneras y vespertinas de la telerrealidad española especializada en levantar las faldas y los bajos fondos y airear los trapos sucios sin remilgos por la catadura moral de quienes forman su farándaula mediática. Zebenzuí puede convertirse en un influencer después de la que ha armado en vísperas del congreso regional del su partido. La sordidez del caso nos ha permitido asistir a una rocambolesca floración de las microalgas de ese pacto que nadie entiende ni se explica en La Laguna, del que ahora se está hablando con estupor en los cuarteles de Pedro Sánchez y –supongo- que en los de Ángel Víctor Torres. Incapaces de entender las claves que justifican este descenso a los infiernos en las grandes capitales del mundo, qué duda cabe de que ya todos han empezado a hacer preguntas –discretas e indiscretas- sobre la caverna de La Laguna.

Justo ahora que los coristas del espectáculo –y diputados y diputadas- en claro retroceso, alarmados por las informaciones de este periódico sobre las cianobacterias, acudían a Göebbels, removiendo tumbas que se les vuelven en contra, qué mejor oportunidad que esta –la del petardazo del axioma de Zebenzuí en el seno del pacto entre CC y PSOE en La Laguna- para devolverles el tópico a los admiradores del ingenio del jefe de campaña de Adolf Hitler, con una leve variante alusiva a lo incongruente de esta alianza política tan poco sanchista: “una mentira repetida mil veces no se convierte en una verdad”.

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