Carmelo Rivero - El blog de Carmelo Rivero

Supersánchez en superdomingo

La semana viene dada como una mascletá. Esta es la madre de todas las batallas. De mañana no pasa. Los augures del Gobierno filtran fechas hipotéticas para las elecciones anticipadas. Pero una vez tirada la piedra -la agencia Efe difundió ayer la probable cita del 14 de abril-, en la Moncloa esconden la mano. No hay fecha aún, todo está por decidir, según fuentes de palacio. El presidente, que es el único que guarda el secreto, digiere el mal trago del 10F, el domingo de la plaza de Colón, y se parapeta en el debate a la totalidad de los Presupuestos, que es como saltar la valla de Ceuta y Melilla sin concertinas. Si el Gobierno pasa al otro lado de la frontera tiene dos opciones: o tira con los Presupuestos a ver si el viento sopla a favor, o llama a las urnas con las cuentas en el haber, como si ese triunfo en la mano fuera su mejor campaña electoral. Nada se sabe de lo que se cuece en las calderas de la Moncloa. Son una tumba. El viernes, el Consejo de Ministros piensa decretar la exhumación de Franco, y de paso, cabe suponer, que saldrá a la luz la fecha del adelanto electoral. Todos los secretos, como los muertos, deben su condición a que permanecen ocultos, hasta que alguien levanta la losa. Este es un momento de silencios oficiales y velatorios. Todos dan la legislatura por finiquitada, y se avecina una tormenta perfecta. Desde hoy, la foto de España es el Tribunal Supremo. El juicio del siglo al procés va para rato y no se hablará de otra cosa. La política es de rachas, y esta es una oportunidad inigualable: el juicio al separatismo cae en precampaña, y no se conoce otra alineación astral de tal calado. Un debate de togas sobre la unidad de España en vísperas de elecciones, juzgar a los enemigos de la patria por los magistrados del alto tribunal no tiene precio para los partidos de derechas. Es como hacerle gratis la campaña al PP y Vox. Tanto el PSOE como Ciudadanos tienen en común la misma urticaria al contacto con el partido de Santiago Abascal. El PP lo lleva mejor, es un hijo pródigo que anda emancipado por ahora, y la confluencia de sus márgenes es cuestión de tiempo. En cambio, socialistas y Ciudadanos anhelan hacerse con el espacio de centro. Mañana sabremos si Sánchez inicia ese viaje a la demarcación que los expertos bautizan como el 5, el dígito zonal de los consensos moderados. Si los Presupuestos decaen con la mayoría de las enmiendas a la totalidad, el Gobierno convocará elecciones anticipadas, guardará la indumentaria radical y lucirá las mejores galas para esta fiesta en el centro de todas las miradas. Al Gobierno le queda una bala en la recámara, en mitad del fuego cruzado por el juicio, los Presupuestos y las manifestaciones habidas y por haber en Madrid, Barcelona y demás capitales. Sánchez no puede errar ese último disparo y ha decidir qué hace: si convoca en abril u otoño o monta un superdomingo el 26M uniendo todas las elecciones en una urna multitudinaria. Al adanista Sánchez le gusta inventar. Por eso temen los barones del PSOE que rompa todas las convenciones una vez más. Pero, a fecha de hoy, la fecha de mañana está en el aire.

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El relator que alteró la historia

A Sánchez los allegados lo describen como un político impertérrito, que es capaz de gestionar el día al día sin que le superen los acontecimientos. En cambio, Borrell, el ministro de Exteriores, por poner otro ejemplo, siendo un viejo lobo estepario de la política española socialista, llegaba conturbado a las reuniones dando vueltas al monotema de su multa por vender acciones de Abengoa. Sánchez sobrenada con desparpajo ajeno a las suspicacias sobre su tesis; publica un libro sobre su acceso al poder sin esperar a jubilarse según una de esasnormas no escritas; se desconecta de la derrota andaluza y hace oídos sordos a quienes le señalan; hace entretanto giras internacionales por Europa, África y América, y da un ultimátum a Maduro sin ningún cargo de conciencia por su propia interinidad. Lo único que le ha ocupado a Sánchez es mantenerse en el Gobierno, es cortejar a sus consortes de la huraña Cataluña para conservar la Moncloa el mayor tiempo posible, pues en esencia no hay político que renuncie a permanecer en el poder. Podemos cuestionar a Sánchez por no tener quién le escriba y buscar un relator o mediador (con tan poca fortuna, siendo una vieja figura encarnada por Urkullu, entre otros, en tiempos de Rajoy). Pero no que haga ímprobos esfuerzos por no dejar caer la corona, el trono y hasta los jaeces de su caballería. En este debate con uñas y dientes, Casado y Rivera usan las mismas armas que Sánchez pero en sentido inverso; ambos quieren lo que él ya tiene, y de ahí que se ponga reluctante. En España quien resiste gana, decía Cela. Luis, resiste, dijo Rajoy. Sánchez, el resistente, ha descrito su propio mito en un libro, Manual de resistencia, narrado con ayuda de su leal Irene Lozano. “A diferencia de otros, este libro lo he escrito yo”, fue lo primero que dijo, a propósito, Alfonso Guerra el miércoles en el Congreso al presentar su ensayo La España en la que creo.

No es la pose, sino son los hechos. La fama de ave fénix le viene del destierro y resurrección en Ferraz. Y abona esa suerte de mitología de la que siempre alardeó el PSOE de sus líderes: de ahí el caso de Felipe González, dios, el primero de los dioses socialistas desde la Transición.

La oposición toma hoy la calle en la Plaza de Colón, en Madrid, donde antes pastoreó contra la ley del matrimonio homosexual de Zapatero, y lo hace con un tic venezolano que estos días está en boga. Salir al ruedo para lancear al Toro de la Vega con el símil inconsciente de hacer de Sánchez nuestro Maduro, mientras sus rivales se disputan quién de ellos es Guaidó. Los patriarcas tienen su otoño y sus retoños, y en el mejor de los casos terminan sus días en exilios y retiros, pero ni esto es Venezuela ni Sánchez es Maduro. Habíamos quedado en 1994 con “váyase, señor González”, y ahora el hijo de Aznar -que acuñó aquel eslogan- se lo profiere a Sánchez. La historia se repite 25 años después en boca de Pablo Casado. Mucho antes, en 1980, Felipe González censuró a Suárez, y fue cuando Alfonso Guerra le dio caña al presidente de UCD hasta en el carnet de identidad. Si Suárez hoy se reencarnara, lo haría en Albert Rivera, quien 40 años después sacude a Sánchez sin tregua como si vengara la memoria del centrismo vituperado por los socialistas cuando Guerra llamaba al padre de la Transición tahúr del Misisipi. Si bien la censura de González fracasó, la de Sánchez salió adelante. En este juego de espejos, los personajes se reemplazan por acólitos e imitadores. La política española es un tiovivo, los mismos caballos y casi los mismos jinetes dando vueltas con el rostro cambiado. Faltaba Blas Piñar y ya llegó Vox.

A lo que se reduce el gravísimo momento político que atraviesa este país esta semana -tras el 15M de la derecha en la Plaza de Colón-, con el juicio del procés desde el martes día 12 -la guinda tras Gurtel, Bárcenas y tarjetas black- y la votación el miércoles en el Congreso de las enmiendas a la totalidad de los primeros Presupuestos del PSOE, es a la inveterada lucha por el poder, tanto para conquistarlo por las malas como para no soltarlo por las buenas. ¿Qué pinta aquí un relator? , se preguntaba Guerra, al presentar su libro sobre España. ¿Acaso esto es Yemen?, ironizó sobre el traumático mediador codiciado por Torra para moldear lo catalán de conflicto internacional. Es cierto que Sánchez mandó parar el viernes a la vista de la rebelión a bordo por el relator -Page, Lambán, Soraya, Vara, Rodríguez Ibarra, Guerra y González- y de la venezolanización del centroderecha para pedir elecciones en la calle ya. Sánchez, el sicofante, que decía Gustavo Bueno, sufrió los insultos de Casado -“traidor”, “felón”- y logró que una legión de fuerzas -incluida CC- totalizaran la mayoría para devolverle los Presupuestos. A las puertas de las urnas, por tanto, ordenó a Carmen Calvo poner tierra de por medio con los separatistas y cambiar el relato. De manera que en las factorías del PSOE han de reescribir la biografía de Sánchez a toda pastilla. ¿Cabe una reconversión del presidente más a la izquierda hacia el centro, la gran parcela que todos quisieran urbanizar? Está el superviviente que llegó a la Moncloa, su periplo retorcido y zigzagueante. Casado y Rivera no han pasado aún ese Rubicón. Este renacido vuelve de sus doce trabajos hercúleos con la sombra de Felipe González alargada pero estéril en cuanto a él.

Jamás había prosperado una moción de censura en España ni había sido elegido presidente un no diputado, ni las primarias del PSOE las había ganado alguien procedente del infierno sin ser devorado por el aparato, ni nadie había gobernado con la alianza de los bárbaros. El instinto nos dice como a Rivera que el partido se juega en el centro del campo. En esa demarcación. La del ave fenix de la zona cero donde están cayendo las bombas del sanchismo y el antisanchismo como un rapto maniqueo del chavismo y el antichavismo. Sánchez vuelve a regresar de las tinieblas, fiel al guion. Un viaje al centro no es moco de pavo si se ha estado de donde él viene. Pero ese vellocino de oro lo anhelan muchos, tantos…

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Venezuela,otro 58

La puerta de salida ya está abierta. Otra cosa es que Maduro la franquee. Con el reconocimiento explícito de Juan Guaidó por parte de España y una veintena de estados europeos influyentes, la crisis política venezolana, inédita en su concepción y desarrollo, se globaliza como nunca antes otro conflicto semejante. En América las revoluciones socialistas no han acreditado sus bondades entre el pueblo y Estados Unidos se aprovecha de ello y se siente con ánimo para destronarlas, pues tiene el viento a favor en Brasil y Colombia tras los recientes cambios de gobierno. Todos somos conscientes del papel que desempeña el Tío Sam, de las fichas que mueve Trump dentro de un cronograma congénito de injerencia para cambiar un régimen por otro. En la Casa Blanca esto mismo lo hicieron en ocasiones anteriores, pero el método era menos alambicado, provocaban un golpe de Estado o invadían un país. En esta ocasión, el manazas de Trump cuenta con el concurso de democracias consolidadas como la española, la francesa, la alemana y la británica, amén de otros estados europeos que también se han sumado al respaldo internacional del joven ingeniero Juan Guaidó o que lo harán previsiblemente en las próximas horas. De manera que lo que hace singular el caso venezolano es esta alineación de astros no etimológicamente imperialistas. Diríase que Maduro se lo tiene merecido y sus estertores en Miraflores recuerdan a un pez boqueando en la superficie de un acuario con falta de oxígeno. Desde el 23 de enero, en que se proclamó presidente encargado, Guaidó es fácticamente un poder paralelo en constante ebullición,mientras el aparato chavista contempla el reloj de arena sin capacidad de respuesta. Las embajadas de Maduro en los paises que se adhieren a Guaidó pasan a representar a su país en un limbo y, salvo entrevistas y arengas selectivas en regimientos afines megáfono en mano, el presidente chavista es un hombre acorralado que agota sus días en una residencia blindada, asediado por los manifestantes que lo azuzan tras las rejas del aeropuerto de La Carlota, por donde Pérez Jiménez huyó con familia y botín en enero del 58 a bordo de su Skymaster, a las 3 de la madrugada. La historia parece decidida a repetirse. Hace 60 años las movilizaciones echaron al dictador y hubo elecciones tras una Junta de Gobierno que promovió la transición bajo el pacto de Punto Fijo, y el primer presidente del cambio fue el hijo de canario Rómulo Betancourt. Las democracias que se conjuran contra Maduro presienten que el desenlace será próximo y constitucional, al amparo del resquicio de la ley que avala al presidente de la Asamblea Nacional ante la pretendida perpetuación del régimen, que da la espalda al poder legislativo y amaña el resultado en las urnas. A Pérez Jiménez no le funcionó la treta, cuando forzó su continuidad contra el aliento de la calle, y huyó. Ahora Maduro le dice a Jordi Évole que sus seguidores están armados y puede haber una guerra civil, pero ni los bulos le ayudan, pues cuentan que Rusia anda sacando toneladas de oro de Venezuela por aire ante un inminente golpe de Estado promovido por el Pentágono, que esta vez tiene coartada europea, democrática y hasta humanitaria.

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El discurso de Chávez en Tenerife

Juan Guaidó ya es un nombre célebre, con apenas diez días de viralidad en la nomenclatura de líderes mundiales. Ha sido un ascenso meteórico. Desde ayer Venezuela transita un camino cuya incertidumbre ya no es el nombre, ni el hombre, sino el porvenir que aguarda a Maduro y la generación de gobernantes del fogonazo que supuso la llegada de Chávez. El general de división que se alineó junto al presidente interino, abriendo la espita de la disidencia programada, y las manifestaciones multitudinarias, que han hecho de Venezuela una causa común de carácter mundial, revelan a las claras los indicios de un seísmo político. Los acontecimientos se precipitan y hay una alineación de planetas, incluso de diversa ideología, que -en la era de menor consenso entre Europa y Estados Unidos- señala una sola desembocadura. La incógnita es España, llamada a ser, respecto a Venezuela, la avanzadilla, la proa de Europa. Con esta asignatura, la transición venezolana, se ha de fajar el Gobierno también transitorio de Sánchez, que ha de saber jugar sus bazas -las que le entrega en las manos la historia- para hacerse respetar por Estados Unidos y por Europa. España es más América Latina, más Venezuela, que los propios norteamericanos y el resto de los europeos, y tiene ahora el deber de ejercer un papel activo, bajo la experiencia de nuestra propia Transición del 78, de nuestro mestizaje de ida y vuelta, de nuestra cultura y de nuestra lengua. Este es un proceso, en términos idiomáticos y políticos, genuinamente hispánico, al que las Islas Canarias no son ajenas, por insignificante que sea en la actualidad -no siempre fue así- nuestra aportación americanista a la política exterior española. Es quizá el momento de reconducir la historia en sus justos términos. Y Pedro Sánchez no debe ignorar que España también se juega en el envite posicionarse en el país más afín para los retos futuros de América. En esta tarea la figura del canario Héctor Gómez, secretario de Relaciones Internacionales del PSOE, constituye toda una oportunidad.

La situación es inédita. España -como Francia, Alemania y Reino Unido- reconocerá a partir de mañana a Juan Guaidó como presidente legítimo interino de Venezuela llamado a convocar elecciones, y se adentrará en un territorio desconocido. Las multitudinarias manifestaciones desde que el ingeniero treintañero se autoproclamó presidente encargado no han remitido – como comprobamos ayer- y a nadie se le escapa que el cambio obedece a un plan en absoluto espontáneo, donde la mano del Tío Sam no se adivina, se palpa. Era un secreto, a voces. El 15 de octubre de 2018, el periodista venezolano más perseguido por Maduro, Miguel Henrique Otero, propietario y director de El Nacional, dio una primicia preventiva a Juan Carlos Mateu en DIARIO DE AVISOS, cuando se disponía a recibir el Premio Taburiente de este rotativo: “Antes de diciembre publicaremos el titular Venezuela vuelve a la democracia. Guaidó dio el chupinazo el 23 de enero. Otero erró el disparo -respecto al epicentro del seísmo- en apenas un mes.

En esta ocasión la política intervencionista de Washington en su patio trasero cuenta con la cooperación necesaria de Europa. La UE, pese a la cautela de Mrs. Pesc, Federica Mogherini, se decanta por Guaidó tras ser reconocido el jueves por el Parlamento Europeo. Trump previno, en la víspera, a Sánchez de su jugada de ajedrez: Guaidó juraría el cargo en una plaza de Chacao y se acabarían los grupos de diálogo con Maduro, las reuniones en terceros países, Zapatero y su alianza de civilizaciones. Cuando le pregunté a Zapatero en septiembre por su papel de llanero solitario de la entente con Maduro, me respondió: “Mi opinión es que una parte de la comunidad internacional tiene un análisis equivocado sobre el conflicto que vive Venezuela”. Trump, el primer presidente de Estados Unidos que considera a Europa su enemiga,ha conseguido acompasar los pasos de baile con sus contrapartes de Europa para aislar a Maduro, aun pecando de carcelero con la impertinencia de su asesor de seguridad John Bolton, el del mostacho blanco (el mismo que anotó en la libreta: “5.000 militares a Colombia”): “Le deseo [a Maduro] un largo y tranquilo retiro en una bonita playa lejos de Venezuela en lugar de Guantánamo”.

Quizá dando un salto atrás entendamos lo que sucede. En febrero del 2000, Hugo Chávez preguntó a su anfitrión en Tenerife, “¿qué harías tú, Román, con un 80% de pobreza?”, dirigiéndose al entonces presidente canario Román Rodríguez. Veinte años después de chavismo -se cumplían ayer, día 2- su colapso radica en el fracaso de los paradigmas contenidos en el discurso que Chávez pronunció en el Parlamento canario aquel 22 de febrero de hace 19 años, a poco de que las Islas se volcaran en ayudas por unas inundaciones catastróficas. Su sola relectura explica lo de Guaidó y Leopoldo López, a quien este periódico incluyó en la nómina de los Taburiente en 2017.Chávez, un militar campechano dotado de la mejor oratoria de su continente, venía de desayunar con el rey Juan Carlos, que siete años después, en Chile, le dio un espantón en una cumbre iberoamericana que dio la vuelta al mundo: “¿Por qué no te callas?”. Ese fue el dicterio que le marcó. Canarias le trajo recuerdos de su infancia en estado Barinas, de unos vecinos fervientes de la Virgen de las Nieves, de La Palma. Todavía en caliente, sin tiempo para quemarse en las brasas del poder, con tan solo un año en el Gobierno, descorchó sus propósitos que hoy son los despropósitos que llevan a Maduro a este desbarrancamiento. Habló del “fin de un modelo político social y económico”. Úslar Pietri, en Caracas, me explicó su teoría de que Venezuela no había “sembrado el petróleo”: reinvertir sus beneficios. Chávez lo llamaba corrupción, pero el pez muere por la boca. En su arenga tinerfeña, dio las razones de su revolución. “Hermanos canarios”, enfatizó, “el peso que ha recibido mi generación es el de un 80% de pobres, una mortalidad infantil disparada, un sistema productivo deshecho, una juventud sin oportunidades para formarse.” Y habló de “barrer unas instituciones caducas y pervertidas”, y de conquistar la confianza de los empresarios. Chávez estaba exultante, todavía lejos de este fracaso, al que no iba a sobrevivir. Su discurso de Tenerife vale hoy contra Maduro, que ha logrado poner de acuerdo a Europa y a Trump, el aceite y el vinagre aguados en la persona de Guaidó.

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Papá, aquella vez en Guatiza

Hay personas con una resistencia numantina a las enfermedades que las hace invulnerables. Mi padre tenía una carga genética heredada de un linaje de gente longeva. Cuando le diagnosticaron párkinson, la doctora comprobó que era duro de ánimo. También le pronosticaron una EPOC irremediable por la huella que había dejado el tabaco en sus pulmones. Más tarde, ya en plena senectud, los médicos le auguraron un alzhéimer en camino a la vista de las pruebas neurológicas. Mucho antes había perdido la visión en un ojo, en un accidente infantil jugando con los hermanos en Guatiza, donde su padre era el cacique. Él siempre decía que tenía mala estrella. Y la tenía. Pero, a cambio, gozaba de una salud de hierro, que le alargó la vida hasta los 92 años, con el solo pero de que no logró rebasar la marca de su padre, Francisco, que murió a los 93. Hicimos un viaje de despedida a su Guatiza natal cuando mi madre, Zaida, en su inocencia, presintió que los primeros achaques iban en serio y nos pidió a mi hermano y a mí que lo lleváramos a su pueblo. Nos recibieron detrás de las ventanas, entre visillos. Mi padre entró en el pueblo como de puntillas y fue recordando las casas de sus viejos amigos y les fuimos tocando en la puerta uno a uno. Nos recibían con asombro y desconfianza. En la casa verde, que hoy es el centro cultural de Guatiza, mi padre tuvo un déjà vu que le dejó traspuesto. Recordó a su madre, a su padre y a sus numerosos hermanos como en una escena cotidiana. Porque aquella había sido su casa. La casa del cacique. Y muy cerca de allí quedó tuerto. Al caer la tarde, una nube de gente fue a despedirnos hasta la entrada del pueblo. Entramos con las ventanas cerradas y salimos con las puertas abiertas. No había ninguna deuda pendiente. Mi padre solo quería ver su tierra natal por última vez. Era un conejero trasterrado que todavía viviría muchos años, pero nunca más iba a volver al lugar donde estaban sus raíces. Viajó por el mundo de joven, con la resignación de no haber sido marino por imposición paterna, su vocación frustrada. Hizo negocios en el cambullón y emigró como buen canario a Venezuela. En la calle de San Sebastián nos trajo al mundo a los cuatro hermanos, fruto de un romance de posguerra con mi madre que les deparó una vida atormentada y con la buena suerte de la salud y la mala pata de unas cuantas desgracias. Siempre caía de pie en todos los sitios. En su último hogar, la residencia Virgen de Begoña, se sentía seguro y confortable. Lo llevé un día a un célebre oculista catalán formado en Estados Unidos para que se operara de su único ojo apto. Y me dijo a la salida, caminando de noche por la Barcelona acogedora de entonces, que prefería hacerlo en Tenerife, sin exquisiteces. Todo salió bien. Todo le salía bien en su vida gris de hombre anónimo y callado. Con esa inercia conoció a la mejor persona que se tropezó en la vida, mi madre, y al mejor amigo, don Manuel García Padrón, el abogado, su último jefe. Mi padre, Carmelo como yo, murió el domingo. Descanse en paz.

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Y Guaidó afloró en Chacao

Si Venezuela ya no es la octava isla, desplazada por el descubrimiento de La Graciosa, que ha emergido en el octógono como aquel islote fantasma del monje irlandés, pongamos que sea la novena, en plena sinfonía de Guaidó, que ha cambiado la letra y la música de los derroteros del país. De pronto, el obélix Maduro se ha miniaturizado. Bastó la irrupción este miércoles en una plaza de Chacao de este joven ingeniero trajeado de gris marengo y camisa blanca, mano en alto juramentándose presidente paralelo, para dar una vuelta de tuerca a 20 años de chavismo. Venezuela está en la UVI de América porque el régimen llevó al pueblo a la indigencia. Ha entrado en barrena la revolución, ha salido al revés, tras llegar a destiempo. Extrapoló los aldabonazos de Fidel en Cuba y de los sandinistas en Nicaragua, pero esas eran revoluciones de otra madera, de los años 60 y 70, y Hugo Chávez, que era la consecuencia de una democracia corrupta, llegó al poder a un año del 2000. Los dos decenios de chavismo se funden con sesenta años de castrismo y cuarenta del sandinismo. Una tríada de efemérides en cadena que se conmemoran ahora, en estos dos primeros meses de 2019. La historia lo ha querido así, con esa pirueta conviniendo aniversarios que invitan a hacer balance y quizá borrón y cuenta nueva. Cuba, Nicaragua y Venezuela, por este orden, no han respondido a las expectativas y la fanfarria con que fueron recibidos sus líderes desde el primer día, hace ahora 60, 40 y 20 años redondos, respectivamente. Ni Hugo Chávez ni Fidel están presentes para rendir cuentas. A Chávez lo acogieron con júbilo como un Mesías que predicaba en Aló Presidente; a Fidel lo agasajaron en La Habana todos los sonidos de la ciudad, las sirenas de los barcos, las bocinas de los coches y las campanas de las iglesias mientras saludaba a la multitud subido a un tanque con la gente en los balcones. Las imágenes no han resistido bien el paso del tiempo. Y todo aquello ya es historia, en el sentido aplastante de la palabra.

No son buenas noticias, en la actualidad, las de estos trenes que han colisionado con su destino: Cuba y Venezuela, La Habana y Caracas, las dos capitales que más aman los canarios allende los mares, casi como propias. “Pase usted, que estuvo en La Habana”, se decía en las Islas cediendo el paso en la acera.
Nuestra gente iba y venía de Caracas o La Habana como si estuvieran aquí al lado. Ahora, el juramento de Guaidó en Chacao se escuchó en las Islas más cercano que las pitas de los taxis de Madrid o Barcelona. Estamos conectados con América desde hace siglos y eso no cambia. En cierta visita de Suárez, le pusimos los cascos de Radio Club y mantuvo un dúplex en plena calle con Luis Herrera Campíns, que era presidente de Venezuela. Los dos coincidieron ese día en Santa Cruz. Era lo más normal del mundo: los jefes de Estado venezolanos entraban en Canarias como Pedro por su casa. Y a Suárez no le extrañó, consciente de la hermandad, aquella charla en el aire. En Caracas -alguna vez lo he contado- los guardaespaldas no me dejaban llegar a Carlos Andrés Pérez. Grité: “¡Presidente, soy un periodista canario!”, y CAP ordenó que me dejaran pasar.

Nada es más intrigamte que algunas sincronías de la historia. Fidel entró en La Habana el 8 de enero de 1959, Chávez lo hizo en el Palacio de Miraflores el 2 de febrero de 1999, y Juan Guaidó se proclamó presidente interino este 23 de enero de 2019. A Venezuela, la novena isla, la sigue y la persigue el dichoso dígito, el 9. Y las efemérides, ahora, se nos ofrecen enlazadas por el mismo hilo conductor. Con cuarenta años de diferencia, Venezuela se inspiró en la solución cubana contra Batista y sin ser una isla se aisló en America Latina, el subcontinente que parió más dictadores que políticos liberales. Cuba y Venezuela han creado sus mitos a conveniencia de entre sus libertadores: Martí, que era hijo de canaria, y Bolívar, al que hemos buscado hasta orígenes guanches, sin que ello impidiera su famoso decreto de “españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes…, americanos, contad con la vida, aun cuando seais cualpables”. Yo llevé con mis propias manos a La Habana el busto en bronce de Fernando Garciarramos a Leonor Pérez, la madre tinerfeña de José Martí, y allí luce, en el ICAP, desde los tiempos de René Rodríguez. Fidel era hijo de Lina Ruz, descendiente de canarios. Y acaba de fallecer Gallego Fernández, nonagenario, nuestro mejor interlocutor con el Gobierno, uno de los últimos héroes de la revolución sin ser barbudo.

Ahora entra en escena Juan Guaidó -esa incógnita-, que también guarda raíces isleñas. Llegamos a tener tal grado de afinidad con Venezuela que los gobiernos de España concluyeron que lo mejor era nombrar embajadores canarios en Caracas. De ahí que Felipe González designara a Alberto de Armas. Ahora mismo, en las islas hay tal explosión de venezolanía que se palpó en la calle este miércoles en apoyo de Guaidó. Y como solo cabe esperar en un lugar como este, que es lo más parecido a América que hay en Europa, aquí, en la Plaza de España, se presentó el padre del hombre que acababa de proclamarse presidente interino. No era un miércoles cualquiera. De ahí la exclusiva de Moisés Grillo, que le grabó para DIARIO DE AVISOS el mensaje ya inscrito en los anales para ese día de un padre a un hijo que se jugaba el bigote en el centro de la sacudida. Como si la historia, en efecto, se estuviera escribiendo al revés, Guaidó ha tenido una arrancada a lo Fidel, que asaltó el Moncada como un suicida y arribó a su isla en un yate para vencer a un ejército regular como si llevara la batalla de las Termópilas en la sangre. Si este Guaidó es el hombre tendremos que revisar la historia y reordenar las revoluciones de América en sentido inverso. A tal extremo está llegando Nicaragua con los desmanes de Ortega, el más descarrilado entre los epígonos de Castro. Y así una a una las sucesivas revoluciones fallidas, que en su defecto alumbran líderes como este Juan Guaidó, con los arrestos en reverso de Hugo Chávez o Fidel, ya en la desmemoria de los iconos abatidos.

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La Graciosa se la juega

Me alegro de la notoriedad que adquiere ahora La Graciosa, como si los canarios acabáramos de descubrirla y la tuviéramos en cuenta, a riesgo de pecar de godos de nosotros mismos. Cuidado con no c…, con no estropearla. La rehabilitación política de La Graciosa, con su DNI oficial de isla en el nuevo Estatuto de Autonomía, no es una cuestión menor. La octava isla -cuyo numeral usurpaba Venezuela- asume -no sé si lo sabe- un desafío determinante. Algo de contrasentido hay en esta nueva nomenclatura, pues resulta evidente que isla es y su pertenencia a nuestro archipiélago está fuera de toda duda. Lo que ha ocurrido con La Graciosa, acaso subestimada por el paternalismo de las islas hacia sus islotes, es que la hemos tenido guardada entre algodones, con aureola de paraíso, de sitio místico y secreto, y ahora la vamos a empadronar en la Fitur, y tendremos acaso en breve los hoteles con los que soñaba Fraga en tiempos de ministro de Información y Turismo. Se acabó el convento y se abrieron las puertas al maremágnum. Otra cosa es que hagamos las cosas bien con La Graciosa y pongamos coto a las tentaciones, pues a partir de ahora se desatarán las pasiones de los comerciales del turisqueo. No hay sino que mirar para Lobos, donde ya es tal la presión humana que el Cabildo de Fuerteventura ha puesto coto para que no accedan al islote más de 200 turistas diarios a partir de este mes. El arquitecto Fernando Menis escudriñó La Graciosa en sus limitados márgenes de edén anexo a la turbamulta turística del resto de Canarias, y abogó por un tratamiento prudente que evite perturbar el último ecosistema virgen de un territorio poblado en nuestra tierra. Ya están desatados los nervios y todo el mundo quiere contentar a La Graciosa haciéndole el peor favor, poniéndola en almoneda sin querer. Serán ocho peñas, en lugar de siete, cambiaremos el himno y se hará justicia. Pero ojo que no se haga, de paso, negocio con la fama del único paraíso de verdad que nos quedaba. A La Graciosa iba Olarte y empezaron a ir los políticos en romería. Recuerdo que hasta allí fui a buscar a Rosa Conde cuando era portavoz del Gobierno. Y en otra ocasión caminé por Caleta de Sebo simplemente por placer, como Ignacio Aldecoa, que hace cincuenta años, escribió Parte de una historia, una novela del gran cuentista inspirada y desarrollada íntegramente en La Graciosa, que era el santo grial de los amantes del silencio. Una novela que habla de aislamientos y pescadores y niños que pulpeaban con máscaras de buceo, mientras “por las sucias haldas del agua” se confundían gallinas y pájaros de la mar “en sociedad apacible”. La elegante narración fue un hallazgo en la literatura española del siglo XX, y el autor, Ignacio Aldecoa, que también nos retrató a los canarios al ritmo de nuestra lejana soledad en Cuaderno de Godo, se había recluido en La Graciosa para curarse la depresión cosmopolita de Madrid -aunque a la vuelta de un par de años la muerte ya le aguardaba con tan solo 44 años-. Esa introversión, que es intrínseca a toda isla y que hemos ido perdiendo, ya solo nos resta atenuada en El Hierro y La Gomera y nos quedaba -cada vez menos intacta- en La Graciosa, que ahora se la juega.

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La declaración de La Laguna

Confieso que nunca pensé que compartiría un encuentro a puerta cerrada grabado para televisión, y que permanece inédito, con el comandante Cousteau y Mario Soares, que presidía Portugal. Una especie de sesión restringida de un think tank de lujo con la presencia, también, nada menos que de Federico Mayor Zaragoza -el otro español de mayor relieve internacional junto a Javier Solana- y la entonces rectora de la Universidad de La Laguna, Marisa Tejedor. El petit comité se enmarcaba en los días en que el Capitán Planeta logró plasmar en Tenerife su odisea de la Carta de los Derechos Humanos de las Generaciones Futuras -tras un naufragio de más de dos décadas opositando en los pasillos de las grandes instituciones-. Era una misiva premonitoria sobre los peligros que acechaban a los seres humanos antes de que se diera el ultimátum del cambio climático. Cousteau era un visionario. Llegó a la isla y cuando lo entrevisté -los ojos salientes de un filamento, era un hombre flaco y ágil- habló de los árboles que lo recibieron por las ramblas de la ciudad. Amante de la naturaleza como César Manrique, que era un Cousteau de los volcanes, cito a ambos ahora aquí de la mano de sus respectivos aniversarios.

La Declaración de La Laguna, como iba a ser conocida internacionalmente la cumbre de expertos de una veintena de nacionalidades, fue un proyecto que abrazó la Unesco, gracias al empeño de su director general, Mayor Zaragoza (investido esos días, junto a Fernando Lázaro Carreter, José Carlos Alberto y María Rosa Alonso, doctor honoris causa en la Universidad de La Laguna), que nos hacía esos regalos espléndidos y afectuosos a La Laguna y Tenerife, y que tenía una estupenda relación con Tejedor y con nuestro diplomático de cabecera, Francisco Aznar. Hemos ido para atrás en el plano internacional, porque hablo de una época dorada en que la Universidad de La Laguna contaba con el Instituto Tricontinental de la Democracia Parlamentaria y los Derechos Humanos, que fue, bajo el paraguas de la Unesco, sede y laboratorio de la declaración y de una conferencia internacional sobre la libertad de los comicios electorales.

¿De qué hablamos en aquella secreta velada? Transcurrió en una sala cerrada del Hotel Mencey como si en un convento de clausura grandes santones nos instaran a orar por el futuro de la humanidad. Recuerdo la franqueza con que Soares y Zaragoza coincideron en que todos los pueblos del Tercer Mundo no estaban preparados para abrazar el sistema democrático y que había que ir con tiento para no provocar un efecto contrario. Cousteau hablaba como un profeta del futuro que no habitaríamos los que estábamos allí y que teníamos el deber de preservar para nuestros descendientes. Yo no era padre aún, pero después de serlo me he acordado mucho de los consejos de Cousteau. Como Manrique, entonaba una canción que ahora nos suena a todos: el desarrollo sostenible, los ecosistemas, el medio ambiente… Pero entonces no conocíamos todavía ese estribillo. Cousteau, con ayuda de mujeres y niños, había detenido en los años 60 un tren con residuos radiactivos que iban a ser arrojados al mar, y se enfrentó a De Gaulle. Recuerdo que yo me sentía por dentro satisfecho de nuestra modesta campaña de lluvia de flores en el muelle a través de Radio Club.

Con los años que han pasado desde aquella estancia en La Laguna del navegante universal, hoy deberíamos decir que no nos hemos olvidado de unos hechos que protagonizamos para bien, en el concierto de las grandes causas, y de los que fui testigo. Se cumplen 25 años: la declaración se aprobó en La Laguna el 26 de febrero de 1994.

En La Laguna reside aquel sueño de Cousteau, como remitente de su epístola destinada a la Onu, a cuyo borrador -obra de tres profesores de Columbia, uno de ellos filósofo-, hasta entonces nadie había dado carta de naturaleza. Era un canto a la vida de los futuros habitantes de un planeta en riesgo. Y La Laguna puede sentirse orgullosa un cuarto de siglo después y celebrarlo en su justa medida, como viene predicando Unid@s se puede no sé si en el desierto.

En el conciliábulo del Mencey -una cita paralela a las sesiones de la Universidad de La Laguna- le pregunté al comandante por los peligros que afrontábamos en la superficie del mundo y en los océanos que él había popularizado a bordo de su célebre buque Calypso venciedo las críticas de divulgacionismo. Amaba la Tierra, con su suelo, su mar y -como le propuso Francisco Sánchez- su cielo, y quería que quedaran a salvo.

¿Por qué recuerdo, a su vez, a Manrique, a las puertas de su centenario? Porque en el vértice de aquel estado de opinión estaba Lanzarote y estaba César, el gran ausente: había muerto dos años antes. La isla que anhelaba reinventarse bajo los códigos nuevos de la ecología. Soares visitó más tarde Lanzarote para reencontrarse con Saramago, que sí habría podido participar en el cónclave lagunero, pues justo un año antes se había mudado a Tías y, también, de haber sido así, habría podido estar con nosotros en aquella tertulia de sabios que yo viví intensamente como una ocasión privilegiada. Cousteau era el apóstol de los mares, del continente azul, de un mundo en silencio. Le precupaba la extinción de las especies y del propio ser humano, como años después, en su libro póstumo (Breves respuestas a las grandes preguntas), otro personaje extraordinario, Stephen Hawking, explorador del Universo -como su contraparte-, expresaba con la esperanza de que estuviéramos aún a tiempo. Ahora pienso que las islas los atrajo a todos ellos, aunque no los reuniera el mismo día en el mismo sitio, pues decían y pensaban casi lo mismo. Cousteau, inventor de la escafandra autónoma y la turbovela, tiene una isla mexicana con su nombre y aquí deberíamos nombrar como isla manriqueña a esa que emerge en medio, la del volcán y la falla, con leves terremotos que nos sacan de nuestras casillas. El acuario del mundo es un lugar paradisíaco y Cousteau queria conservarlo para siempre, donde él descubrió pecios y las sirenas le contaron insondables misterios. De aquel contubernio en el hotel han muerto algunos. Acirón, Soares y Cousteau, que fue despedido en Notre Dame por una multitud, como a César Manrique le lanzaban flores al coche fúnebre cuando pasaba por las carreteras diciendo adiós.

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Juan Cueto, en su papel

La muerte de Cueto es un asunto catódico, de mentalidad y mortalidad dispuestas para celebrar los límites de todo y la extensión infinita de los seres con amplitud de miras. Ha muerto Juan Cueto, que trajo a este país las primeras noticias de Internet que se sepa, las de una manera cívica de aceptar el progreso y las contraindicaciones de lo nuevo y tecnológico. “Pero, ¿sabes una cosa?”, me dijo aquella vez sentados delante de un micrófono en Santa Cruz, “yo prefiero leerlo en un papel”.

Cueto era un transgresor libertario que pregonaba y profanaba al mismo tiempo los avances del invento del siglo de Bill Gates y compañía. Pero lo tenía muy claro: Internet es para ver; para leer, el papel. Aquella confesión, sin maquillarla (“yo tengo en casa siempre a mano la impresora, porque no soporto la pantalla cuando se trata de leer de verdad”, insistió), me demostraba la magnitud de la franqueza de un pensador modernísimo como él, que podía estar a la última, crear Canal + y todos los pluses de las nuevas tecnologías, y, sin embargo, ser, al mismo tiempo, un tradicionalista de pelo largo con la impresora bajo el brazo como Rufián.

Ha muerto a los 76 años sin poder averiguar el destino de estos cambios que han revuelto todo bajo un estado de hipnosis que mantiene en vilo a niños y adultos, atados al hilo invisible de Ariadna en un laberinto ignoto donde se desarrolla la nueva comunicación. Cueto, en todo el sentido de la palabra, era un sabio, como digo, de una vanguardia convencional, pues su generación -quizá él solo instalado en su Villa Ketty de Gijón, como lo evoca Juan Cruz- traía la buena nueva y a su vez la vieja resaca ciclópea del pergamino y la cultura plasmada en los libros que el hombre ha escrito de un modo definitivo, como si nunca se fuera a dejar de publicar volúmenes con páginas de verdad.

La misma respuesta de Cueto me la dio más tarde Hans Magnus Enzensberger, el poeta y ensayista alemán. “¿El final de los periódicos? ¿Cómo voy a desayunar sin poder tocar con los dedos las noticias de la mañana”, nos decía firme en su convicción. Ahora Cueto deja una obra que hay que releer, compilaciones de artículos y textos de obligada recuperación, como Pasión catódica, para entender qué está sucediendo en la comunicación audiovisual, qué ha sido, qué será de la televisión, de la que era uno de los pocos filósofos con sentido empírico que ha tenido este medio en España.

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La política Netflix

Hemos dado una vuelta de tuerca y esto ya es la telerrealidad propiamente dicha. Que nada acontezca fuera de los focos. Y cada cual en su papel va tirando en el plató donde la política se cuece como producto telegénico y fílmico por excelencia. Se buscan rostros agraciados y todo se rige por el guion. Vox es la última incorporación al elenco del gran espectáculo. Ahora, todo intento por volver a la rutina y lo común, por bajar del escenario, resulta baldío para este género de la moderna política actoral, que ya no es solo mediática, sino cinematográfica. Lo que podríamos llamar la política Netflix en streaming, y de ahí series como House of cards. Vox, Trump, los chalecos amarillos y otras estrellas se adueñan de la pantalla. Incluso, Podemos, que fue la rabieta prodigiosa del 15M, nos resulta ya una pieza demasiado familiar en toda esta trama, se nos ha vuelto un argumento previsible al entrar en la normalidad cuando lo suyo era la provocación y Rufián les ha robado esa cartera. Como si el serial necesitara renovarse (¿recuerdan al productor de El show de Truman improvisando coartadas en la ciudad de Seahaven?), y la política ahora se cotizara según qué cambios. Vox irrumpe y la audiencia lo agradece. Esto lo vieron los italianos antes y empezaron a enterrar partidos y distraer con siglas nuevas. En el futuro, las formaciones políticas acaso se reciclen como las marcas y cambien de nombre como Sinead O’Connor o antes el ecléctico Prince. Vamos tan deprisa que todo se vuelve convencional al cabo de unos pocos años. Así que Vox, recién llegado, es la comidilla y los guionistas están encantados. Tiene trazas de Trump, la política del trampantojo tan de moda, y de Bolsonaro, que era objeto de mofa en la tele y hoy es presidente de Brasil porque o eres un payaso o no llegas lejos en la farsa de la política, necesitada urgentemente de un proceso de gentrificación.

Todo esto se refleja muy bien en la ola de películas que se están haciendo de los personajes ficccionados de la vida pública real como Silvio o Dick Cheney e, incluso, sobre el brexit, que se vota este martes en Westminster. En el filme televisivo Brexit: The Uncivil War, los actores encarnan los papeles histriónicos de los esperpénticos líderes ingleses que trampearon con el referéndum prometiendo que la desconexión de la UE reportaría a la sanidad sustanciosos millones de libras semanales. En el colmo de la desfachatez, el ultra Nigel Farage, líder caído de UKIP, ha admitido que era una trola en toda regla. El cine está contando unas cuantas verdades sobre los manejos de la adictiva política, como en el caso de Cheney, que fue vicepresidente con Bush hijo, aquel que se inventó las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein en Irak. En el bien entendido de que aquel infeliz beodo que se atragantó con la galleta del 11S ahora nos parece una precuela de este elefante en cacharrería con tupé de Tintín que está creando escuela. La famosa posverdad y los hechos alternativos son un producto inequívoco de este período desconcertante de política sucia y mendaz que inaugura el zascandil del imperio, como un virus informático inextinguible que ha infectado toda la política mundial. Maduro toma posesión para un nuevo mandato de seis años ante el plantón de los jefes de Estado extranjeros, pero no dista mucho su pucherazo electoral del que cometió con ayuda rusa el actual inquilino de la Casa Blanca. Y nos cebamos con el nuevo presidente congoleño fraudulento.

Nadie sabe si alguna vez se restablecerá el respeto a la verdad o hemos enterrado este constructo para siempre y está próximo el dies irae de lo que hemos conocido por modelo de convivencia. No hay sino que ver los gobiernos de Bulgaria, Austria, Polonia, Hungría, Italia y otros partos para comprender que el virus informático se ha extendido y el colapso es general cuando tantos fondean en esos pantanales.

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