Carmelo Rivero - El blog de Carmelo Rivero

Inolvidables veranos de la infancia

En la calle San Sebastián había una confluencia de arterias, como de vías de escape en un laberinto. Y una de ellas conducía a la plaza y la ermita, donde en verano los niños del barrio irrumpíamos como invasores y todo el territorio quedaba a nuestras anchas. Jugábamos a entretenernos por procedimientos que entraron más tarde en desuso: los boliches, la piola, el trompo, la pedrada… Es que antes de esta fiebre sedentaria de videojuegos y consolas había semejantes recursos primitivos. Yo recuerdo la infancia en un estado de algarabía demencial; los chiquillos, organizados en bandas, combatíamos como locos lanzándonos toniques con la estiladera, que en China tiene consecuencias letales, compuesta de horquilla y goma con que dirigir los proyectiles contra todo lo que se movía; lo que me cabreaba es que le dieran a algún perenquén.

Los chiquillos del barrio nos turnábamos de monaguillos en Los Salesianos, que estaba a dos pasos, y tenía unas canchas formidables donde jugar a balonmano, fútbol sala y baloncesto, junto a San Ildefonso y otros polideportivos escolares asequibles. En aquellos veranos indómitos era como entrar en un palacio de deportes gratis con pantalones cortos; de resto, nuestro hábitat natural era el barranco, ajustar cuentas con el enemigo, o hacer acopio de objetos abandonados, de cosas valiosas tiradas por descuido entre los desechos, con las que solíamos ganarnos alguna compensación económica de los mayores. Me quedaba embelesado viendo liar las hojas haciendo puros al padre de un amigo que tenía su tabaquería exprés en casa: cómo daba el corte de la capa con la chaveta y cómo los pegaba con tragacanto. De ahí procede mi etapa de fumador de habanos, que suspendí cuando escuché el testimonio de Al Gore sobre la muerte de su hermana, de cáncer. A veces, en el zaguán, nos miraba con asombro algún chiquillo rapado huido del reformatorio. Esos fugitivos nos caían bien, por la mala fama de aquellos centros correccionales del franquismo, y hacíamos la vista gorda. Hoy recuerdo que éramos niños de la calle, libres y revoltosos, una suerte restringida en estos días, cuando el coco y el hombre del saco, del folklore de asustadores, son alguien de carne y hueso. Con edades tempranas correteábamos por la calle de San Sebastián de arriba abajo, de abajo arriba, del Cine Moderno a la heladería La Alicantina, dejando atrás la Clínica Llabrés…, hasta los confines de la Recova y el Carrito de Machín, sin sospecha de malicia. Nunca pasó nada. Cuando nos mudamos al barrio de Duggi fue distinto. Estaban la plaza y el Colegio de San Fernando, Carmenati el de la imprenta, que nos regalaba melones, y la calle sin salida, con el fotógrafo palmero Miguel Brito Rodríguez, que trajo el cine. Jugábamos y corríamos, pero ya no llevábamos pantalones cortos. Y los veranos empezaron a ser más literarios y periodísticos, con escarceos de fútbol en el campo de tierra del Greco. Pero ya a los 12 años, en casa de mi tío Paco Martínez del Rosario, empezamos a escribir religiosamente mi hermano y yo, sentados junto a él en un piso de techos altos como juegos florales bajo la pérgola de mi tía Carmita en la calle San Martín. ¡Qué veranos en la casa de los tíos, de sopas saladas y el sabor dulzón de la biblioteca! Había libros por todas partes, de Galdós, Zamacois, Estévanez, Cela, Ramón J. Sender, Azorín… En la ruta diaria a la librería La Prensa, de mi tío Paco, pasábamos necesariamente por La Tarde, en Suárez Guerra, en cuya esquina sobresalía en el balcón el famoso águila de pico protuberante que daría título a la columna de Alfonso García Ramos, Pico de águila. Una tarde me escapé de la librería y fui a visitar por mi cuenta al director del periódico, el venerable don Víctor Zurita Soler. Guardó en una caja de zapatos mi poema a Taganana y el primer artículo de mi cosecha, y don Víctor tuvo la generosidad de publicármelos. Desde entonces hasta hoy no he parado de escribir en periódicos. Me bauticé de periodista a los 12 años, era un retoño en La Tarde, y había una prensa vespertina de calidad a la que está predestinado ahora el papel.

Menciono Taganana, porque era el valle paradisíaco de nuestras vacaciones de verano en casa de Juana y Vicente, y nuestra segunda residencia semanas enteras cuando no teníamos clase. Los veranos más temerarios fueron en Anaga, los de mis riscos aliados, pues de milagro nunca me maté. En Taganana conocí con mis hermanos a Ambrosio, que mal llamaban Fenómeno; tocaba el timple y se dejaba fotografiar con los turistas a cambio de la voluntad. Miente quien diga que su aspecto no impactaba la primera vez. La cabeza grande y desordenada por el síndrome de Crouzon que padecía desde niño en un entorno endogámico aislado entre montañas imponía hasta que te acostumbrabas, y pasaba a ser uno más de los personajes irrepetibles de Taganana -incluido el cura de la Nieves, celoso guardián del tríptico flamenco del siglo XVI y de la llave del agua de los campos, según recuerdo vagamente-. En El Lomo, Epifanio no sabía conducir, pero se compró un coche que llamaba la atención. Había vuelto con vida del naufragio del Berge Istra, con otro paisano de la Punta del Hidalgo (Imeldo), cuando se embarcó sin saber nadar en uno de los mayores cargueros del mundo y el barco noruego explotó en el océano Pacífico, hace más de 40 años, con ellos dos como únicos supervivientes (tengo entendido que Imeldo conserva la balsa en la que pasaron veinte días al filo de la muerte hasta ser rescatados por un pesquero japonés) . Había historias reales y fantasmagóricas casi todos los días en aquella cordillera de viñas y lagares y rudos campesinos de naturaleza tierna. Eran veranos luminosos, agrestes y saludables: comíamos lo que cosechábamos. De esa etapa me recuerdo pastoreando y ordeñando cabras, cavando papas y pisando uvas, desriscándome como un energúmeno, frecuentando curanderos y brujas, y enamorándome perdidamente de una muchacha de Asano que me triplicaba la edad.

No teníamos ni idea del porvenir que nos aguardaba. Yo era mal estudiante y recibí una cachetada en el San Fernando por no cantar el Cara al Sol. Los curas de los Salesianos nos mandaban con cartas confidenciales para las monjas del Hogar Escuela. Nos hicimos mayores y echo de menos esos veranos inolvidables de la infancia, porque nunca volverán.

 

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Ferragosto

Aunque el verano se vista de seda, verano se queda. Y este ha empezado con truco, con el pie cambiado y maniobras de distracción, como si no fuera un verano de verdad, desviando las olas de calor para Siberia, inventando sequías en falsos yermos y montándose el show en los sitios más insólitos. Pero el verano sabe más por diablo que por viejo, y las Islas no se tragan esta canícula de pega. Las noches de Santa Cruz -Santa Cruz la nuit, que decía el inefable Francisco Pimentel- traen la brisa puesta como si fueran noches de primavera. Nosotros, que habíamos olvidado hasta el alisio por absentismo y ya nos hacíamos la idea de un Caribe ciclónico o unas Antillas del Delta, tenemos que andar espabilados y no morder el anzuelo de este verano amable con su déjame entrar. Hoy termina julio su cometido y cae el telón para lo bueno y para lo malo. Los que al atardecer emprendan la evasión y se pierdan para el sur o farden de 75% y se vayan a la tórrida Península a turisquear, traerán a la vuelta noticias del verano de fuera de Santa Cruz, que es una ciudad de verano todas las noches del año, con las calles espaciosas y sin un alma. Requiescat in pace.

Pero que nadie se llame a engaño. Vendrá la canícula, que es la calígula del clima de todo agosto que se precie, y solo cabe cruzar los dedos para que los montes se libren de desaprensivos y pirómanos de agosto, que es la temporada alta de los bomberos. Si cubrimos el expediente sin los dramas de Grecia, y salimos airosos en incendios forestales, valdrá la pena atravesar ferragosto sin mayores propósitos. Hay un apagón informativo a partir de mañana, como no se nos escapa, pero las redacciones espantan (vade retro), en contra de lo que se piensa, los fantasmas que desatan la ira del fuego y que nos amargan la vida por agosto como un clásico de la crónica negra del mes.

Vengan los turistas, pasen y disfruten del espectáculo. Vendrán menos ingleses y alemanes, pero más peninsulares y nórdicos. Y a sabiendas de que el mar es terco como el solo, a poco que las temperaturas alcancen el nivel óptimo en los termómetros y el alisio se repliegue a sus cuarteles, estaremos a pie de playa con la mosca detrás de la oreja por si asoman el hocico las microalgas. No es plato de buen gusto, y este periódico dio buena cuenta del fenómeno el año pasado. La tozuda meteorología tienta a la cianobacteria y, como quiera que los científicos no se ponen de acuerdo, esta es una materia en la que nos iremos haciendo expertos a fuerza de agostos con las playas clausuradas, como cortando huevos se aprende a capar. Las multas de Europa a los vertidos no hace sino recordarnos que la mierda sigue ahí, en los bajos fondos, y que sea o no combustible de la microalga hedionda, a ver quién le explica al turista que se baña en una sentina y que resulta inocuo. Se nos cae la cara de vergüenza con las cifras que aireamos cada vez que nos sale la porquería por el desagüe y la foto no hay quien la desmienta. Tenerife, la isla de los 57 millones de litros de aguas negras vertidas al mar, no es eslogan para un destino turístico. Dudo, en contra de lo que se dice, que las microalgas de 2017 nos sirvieran de escarmiento y hayamos aprendido la lección. En política la memoria es corta, y las portadas del DIARIO pudieron sonrojar un cuarto de hora a los mandatarios locales. Pero el efecto del rubor es limitado, y otras malas noticias siempre piden paso para afearnos la estadística hasta el verano siguiente. Demos a agosto un margen de confianza. Que no se nos ponga chulo.

 

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La voluta de humo negro

Se echa de menos a grandes figuras en la política mundial. Ha habido de todo, héroes, sátrapas y dictadores con o sin careta. Los de mi quinta hemos vivido un entretiempo de dos siglos sin parangón, con un entusiasmo tecnológico exultante. Pero lo que defrauda es el catastro -la catástrofe- de pésimos líderes de una democracia valetudinaria decadente. De ahí estas líneas estivales cargadas de nostalgia donde traigo a colación algunas de las personalidades -y de las bestias pardas enmascaradas- que me he tropezado cuando me salía del tiesto provinciano, con la arrogancia de la juventud, y este oficio me dejaba volar alto. Recuerdos de pasantía y rodaje de periodista en tiempos mejores.

Son muy jóvenes los nuevos líderes españoles, pero qué bien que comparados con sus coetáneos europeos y extramuros no salen mal parados. Pero está ese desprestigio del cambio, que era la consigna generatriz de los años de este relato. Los héroes siempre eran los grandes políticos. Tenían el don de hacer cambiar las cosas. Ahora declinan en gerentes de gobiernos sin proezas. Por primera vez, ya no son dignos de admiración. Son efímeros, sin estela y los que despuntan son los líderes visionarios de empresas: Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Elon Musk… Ridiculizado, el político decae como héroe.

En una resaca de posguerras, vimos caer el muro de Berlín, que fue una cosa grandiosa a finales de los 80. Pero no tardó en instalarse la decepción en nosotros. Hay una frase de Flaubert que inspiró las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”. Pues eso nos está pasando. Hay avances geniales, pero nunca hubo este atraso de gobernantes y gobernanza.

Suárez era una recompensa de la derecha por los estragos de la dictadura. Me caía fenomenal, me daba entrevistas exclusivas, era un tipo valiente. Con el valor tapaba todas sus carencias. Gorbachov, cuando lo conocí, era el Suárez ruso sin zares: dos democratizadores de países como dos deshollinadores. En la corta distancia me parecían dos casos paralelos sin tener nada en común: uno provenía del franquismo y el otro del comunismo. Ahora que tenemos la sensación de estar jugando la prórroga del triste último Mundial, cero a cero y a penaltis -Mundial sin estrellas, Mundo sin líderes-, la sola mención de Suárez y Gorbachov te eleva la moral. Hubo gente así. Mijaíl Gorbachov vive, con 87 años recién cumplidos, una posdata larga de vida pública en su Fundación y salud quebradiza, con incursiones publicitarias para causas humanitarias y ecológicas promocionando pizzas Hut o maletas de Louis Vuitton, narrando cuentos para niños o grabando baladas benéficas para su difunta esposa. Adolfo Suárez habría cumplido 86 años en septiembre de no haber fallecido en 2014 con la mente en blanco, víctima de los estragos familiares del cáncer y el azote del Alzheimer (la desmemoria histórica).

Tuve suerte de conocerles entre los años 70 y 90, en que pasaron las cosas más formidables que me han sucedido en esta profesión. Dabas con personajes de carne y hueso que eran mitos en vida y estaban construyendo un mundo nuevo, y eras testigo directo, pero creías angelicalmente que así sería para siempre, que la democracia estaba a salvo de magnates y mangantes y todo el monte era orégano. Hoy sabemos el final de la película, pero entonces estábamos en el guion al lado de algunos actores principales. Nos gustaba Gorbachov, cuya perestroika y glasnost tenían el aroma de la Transición española. Y dábamos unas caminatas mañaneras tremendas con él y Raisa, en Teguise; así se fue fraguando una extraña simpatía que desembocó en la entrevista más deseada. Cuando aquel hombre me dio un abrazo en público en Lanzarote en el 92 yo no sabía dónde meterme de la vergüenza. Era sencillo y espontáneo, un gigante de su tiempo, y yo no quería parecer confianzudo. De noche, en La Mareta, tocaba la guitarra española -por eso yo sabía que cantaba baladas-; Raisa era rauda y poco rusa en su look -Raisa la occidental- y padecía leucemia con discreción. Venían de sufrir el golpe de Estado de los rusos reaccionarios y de ceder a la infidencia y dipsomanía de Yeltsin, que gobernó en estado etílico permanente.

Recuerdo la mancha cárdena de Gorbachov en la frente y la mirada de Tito. Había líderes que lo llevaban escrito en la mirada. Fue en La Habana donde me topé con los ojos del mariscal, cuando yo no tenía edad para ser corresponsal en un congreso de países no alineados, y me acerqué a Josip Broz Tito -corría el año 1979-, en plena Guerra Fría. Yasir Arafat iba siempre como una exhalación en busca de Fidel y no se le despegaba. También debo contar que por allí estaba Robert Mugabe, cincuentón, a punto de ser héroe nacional de la independencia de Zimbabue (Rodesia) y cuya rivalidad con el gordo Joshua Nkomo me resultaba cómica, porque eran una pareja estrambótica. El longevo Mugabe resultaría ser un represor; aún vive, nonagenario, hecho una piltrafa. A Tito, el alquimista de la unidad yugoslava, le quedaban apenas unos meses de vida. Tenía 87 años de edad y era una esfinge sentado en el buró de la delegación de su país. Lo habían dejado solo, y yo me detuve a acompañarlo contemplándolo con respeto, sin mediar palabra. Con el paso del tiempo, algunos de aquellos estadistas han quedado marcados por la corrupción.

En España, la voluta del humo negro va pasando de una cabeza a otra y ahora se deposita sobre la corona del rey emérito. Nuestra generación vio llegar la democracia y al monarca que la traía bajo el brazo. Y le cogió aprecio. Es como si Gorbachov se nos cayera del pedestal, cercenados los pies con los que dio pasos tan grandes dentro de la Historia.

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El arte de la guerra

Tal como discurre todo ahora, se ha puesto cara la tranquilidad, la normalidad política. Como se ha impuesto el trágala y el recurso al escándalo como método, ya nada goza de valor e interés si no está envuelto en un halo de affaire. Y los partidos rinden culto a esa categoría que consagra el chanchullo y la denuncia en el tótem de todo argumentario. Lo normal no es gobernar bien o hacer oposición en positivo, sino salir airoso del campo de batalla. Del combate. Políticos devenidos en guerreros, armados hasta los dientes. Política, ya no de salón; de ataque y contraataque. Mucho se habló de la crispación en casos excepcionales, pero ahora es que cubre todo el espectro.

En la otrora estable Francia -valga el ejemplo- hay bastante ruido por las malas artes del guardaespaldas del presidente, que se camufló de policía en una manifestación y repartió mandobles a diestro y siniestro. La popularidad de Macron se ha resentido y la oposición en bloque invoca una comisión de investigación y un escáner al presidente, acorralado por los excesos del segurita que le cubre la espalda con gafas de estudiante y aspecto inofensivo. El incidente ha desatado lo que la prensa gala denomina ya una crisis de Gobierno. Si Macron se tambalea porque se le zafa el gorila, ¡estamos listos!

El minuto de paz y tranquilidad se ha puesto imposible en la política actual. Ese minuto de Kipling: “Si puedes llenar el implacable minuto -escribía en su famoso poema Si el autor, por cierto, de El libro de la selva- con sesenta segundos de diligente labor, tuya es la Tierra…” Hoy en día no hay un minuto de armisticio en la jungla política. La tierra es del que la trabaja, del que la líe mejor. El oficio de la política se ha vuelto una derivación de la guerra, como en la antigua Roma, desde el siglo noveno antes de Cristo: batirse en campañas interminables contra el enemigo, incluso perder batallas para ganar guerras. Y ese ADN del político militante y militarista que busca la destrucción del enemigo y se pertrecha frente a la ofensiva inmisericorde en su contra ya es moneda de uso corriente, manual de estilo en la democracia de cualquier latitud. En esas reglas se basaba el consejo lapidario de Churchill a un neófito compañero de bancada: “Nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”, le espetó al joven tory.

Un veterano de guerra como Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón teorizó en su día sobre la distinción entre enemigos y adversarios; citó también a Churchill, que decía que, en ocasiones, el diablo puede resultar un aliado conveniente, y recordaba a los griegos que contra otros griegos trataran con los persas, para explicarse el origen de lo que en la vida parlamentaria se conoce como la pinza.

Para manejarse en los desfiladeros de la política española, los jefes de filas de la nueva hornada, cuarentones y treintañeros, se llevan a la playa El príncipe, de Maquiavelo, y El arte de la guerra , de Sun Tzu. Y el que vaya de buen rollito tiene los días contados. Es lamentable el grado de beligerancia y hostilidad en la praxis política española cotidiana.

Pablo Casado -como Rivera, Sánchez o Iglesias- mira a la bronca del guardaespaldas de Macron para aprender del vecino. Pero es imposible escapar a las tretas del enemigo. Si no te la juega el escolta, la pifia será de cualquier otro, y lo usual consistirá en defenderse y atacar, con o sin razón. Siempre habrá un escándalo, un affaire, una trifulca callejera, una grabación y una corinna, un palacio y un rey, que te amarguen el día (que se lo pregunten a Sánchez).España es el mejor teatro de operaciones de la política en términos de confrontación. Y esta no es la guerra de Gila, aunque venga al pelo decir que es la de Faemino y Casado.

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El PP es ahora el Partido de Pablo

En abril de 2016, Alberto Ruiz-Gallardón tuvo una premoción: “El sucesor de Mariano Rajoy será Pablo Casado”. No lo decía el exministro de Justicia y exalcalde de Madrid por decir algo. Lo dijo muy serio y convencido, y los demás comensales que le escuchábamos en el comedor de la terraza del Hotel Mencey nos quedamos en silencio, esperando alguna otra revelación. Era el período de interinidad en que Rajoy no conseguía atar la investidura por el obstinado “no es no” de Sánchez que marcaría para siempre el destino político de ambos, pues Sánchez fue expulsado a los infiernos del PSOE y logró burlar al barquero de Hades y regresar a Ferraz, pero Rajoy terminó sus días, recientemente, fruto del retorno de su adversario, que se convirtió en el actual presidente. La política es un galimatías como este, en el que los sucesos y los sucesores suelen contradecir todas las cábalas establecidas. Adivinar que Sánchez jubilaría a Rajoy dos años más tarde de aquel almuerzo y que en el seno del PP se abriría un proceso de primarias en el que la todopoderosa vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría resultaría desplazada por el joven vicesecretario de Comunicación descubierto por Aznar, no era sensatamente posible. Gallardón no previno todos los extremos de la encrucijada, pero sabía que Rajoy estaba próximo al desenlace de su carrera y no dudó en que el delfín sería el veterano novicio del PP, que había conseguido aunar las dos almas del partido, la de Aznar y la de Rajoy.

Anoche, una vez despejada la incógnita, el PP, el Partido de Pablo, se recuperaba del sorpasso del niño aventajado que había desafiado la ley de la gravedad entre Soraya y Cospedal. De la noche a la mañana, la política española es un templete con columnas de un Pedro, dos Pablos y un Alberto. Sánchez, Casado, Iglesias y Rivera guardan similitudes generacionales que macronizan a este país en una suerte de duelo de clones. Faltan cariátides en la primera fila de esa acrópolis, como Arrimadas, Cospedal, Lastra o Irene Montero. Pero la evidencia, desde este fin de semana, de que una etapa terminó y comienza un ciclo remozado de líderes de nuevo cuño y edades parejas salta a la vista. La despedida de Rajoy, en el Congreso de la circuncisión, hacía presagiar el salto generacional que se le venía encima al PP, un partido entrado en años con recelos de juventud. Así que Gallardón lo vio venir. Casado es buen orador y tiene obstáculos de sobra por delante. Si Sánchez reúne todas las elecciones en una y convoca urnas en mayo, España será un espectáculo político europeo de primera magnitud. Ahora es un país bajo el foco por las cintas de Corinna que amenazan estremecer los cimientos monárquicos del Estado. Pero el rey, que tiene 50 años, es el más viejo de todos. Pues Pedro Sánchez tiene 46; Pablo Iglesias, 40; Albert Rivera, 38, y Pablo Casado, 37. El pibe es el del PP, donde los votos tienen la media de edad más elevada.

Desde el 11-M, España perdió el miedo al tedio. Y no hay día en que no nos sorprenda un acontecimiento político o social que nos depare la alarma correspondiente. Citábamos las grabaciones de la amiga entrañable del rey emérito, suficiente carga explosiva para mantenernos en vilo durante las vacaciones y la rentrée política que conduzca a las elecciones dentro de diez meses.

El paraíso no existe. Este país vive cómodo en el infierno, asistido de odios cervales y venganzas protervas. La política es ese lodazal, la macabra política no conoce paños calientes. Pablo Casado acaba de entrar en el comedor de las vísceras. El PP se enfrasca en la batalla sin cuartel con Ciudadanos y el PSOE, empitonado por las encuestas que le dan mal. En todas las latitudes del Estado se ha abierto una cacería por el voto de centro, y las islas no son ajenas a esa confrontación.
El mismo día y casi a la misma hora, el candidato de CC, Fernando Clavijo, acaba de asomar la cabeza. El nuevo estado de cosas no invita a la relajación. Es probable que el resto de formaciones comience a activar la maquinaria de candidatos para no quedar rezagados en esta maratón de diez meses. Quedamos a la espera de conocer los carteles de todas las siglas. Pero el patio está revuelto. La agitada política no se toma un minuto de descanso. Pablo Casado excita el panorama preelectoral y apaga las nominaciones de Clavijo y de quienes se aireen a estas horas. La novelería del canario la estimula la tele. Esta es la cuestión. Cada cromo nacional tiene su cuarto de hora catódico. Los partidos locales, preteridos por los medios de ámbito nacional, confunden su norte si persisten en las viejas costumbres convencionales. Esta vez concurren más fuerzas que nunca, seguramente bajo una nueva ley electoral imprevisible, y no es remota la posibilidad de que en mayo el tanque del PSOE esté al límite de combustible y las elecciones, por primera vez, se unifiquen en el casino y los partidos se lo jueguen todo a una sola apuesta.

Este país merece una pausa, un alto el fuego, una tregua. Pero ahora que los disparos de la Gesta de Nelson resuenan en la ciudad como una recreación teatral de un tiempo de guerra, es inevitable girar la vista hacia La Laguna, donde hay una continua invocación al drama político en esencia. No hay municipio que contenga tantos elementos beligerantes y conflagrativos en la política española ahora mismo como la arcadia de CC en Aguere. Genuinamente, es un clásico de todos los escenarios políticos de las islas. Lo que acontezca en la Laguna en los próximos días tendrá una repercusión directa en los meses y años venideros en toda Canarias. Como el epicentro de todos los sismos, su poder de influencia reside en su capacidad de irradiar toda su fuerza telúrica. Si la censura se consuma, estaremos en otra representación radicalmente nueva. Cambia toda la tramoya de la política tinerfeña y autonómica de un modo inédito. Si se aborta, por enésima vez, el asalto de la oposición, el que resiste gana. Pablo Casado habrá oído hablar de La Laguna y tendrá noticias de su potencial imaginativo. No ha dejado de surtir escándalos de toda calaña. Y es sintomático que el día que irrumpe Casado, hasta en La Laguna se pregunten qué va a pasar.

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El ‘trumputismo’

El trumputismo define bien lo que está sucediendo a nuestro alrededor de un tiempo a esta parte. El trumpuntismo es la síntesis de la hipocresía general que preside la política en sus asuntos más domésticos y domina la escena del desagüe internacional. ¿Quién, en su sano juicio, acierta a comprender el cariz de los grandes acontecimientos, la distinta visión de los asuntos de Estado del mundo en cada polo donde se erigen las grandes potencias? ¿Y quién, en menor escala, en España, en estas islas, se encuentra en condiciones de interpretar, con ciertas garantías de coherencia, los movimientos habituales de nuestra clase política tan variable y, en especial, de la que se retroalimenta en el poder? La política mutante se ha impuesto a todos los cánones anteriores. Pensar lo contrario de lo que se opinó ayer ha dejado de ser una extravagancia. Nada es, ni ha de ser -para el nuevo dogma de la moderna frivolidad política vigente- inamovible, no ya líquido, como se ha dicho hasta la saciedad desde que se le ocurrió al polaco Zygmunt Bauman, sino torrencialmente contrapuesto y contradictorio, disruptivo y cínico, voluble y disímil hasta lo irreconocible. Estamos, de ser así -y me temo que lo es- ante una degeneración irreversible de los principios éticos del modelo de convivencia clásico y de gobierno que nos habíamos dado tras la Segunda Guerra Mundial y, en nuestro caso, desde hace cuarenta años en que la democracia sustituyó formalmente a la dictadura.

El trumputismo es esa cómica rueda de prensa al alimón de los presidentes de EE.UU. y Rusia, ayer, tras una cumbre esperpéntica a solas de Donald Trump y Vladímir Putin. ¿De qué hablaron durante más de dos horas los líderes con menos credibilidad del planeta, el uno un bocazas sin criterio formado acerca de asunto alguno, y el otro, un falso consumado con notables tendencias cainitas que ha dado pruebas de cinismo y frialdad incompatibles con la democracia más elemental, en la que no cree pero acepta como mal menor? De nada. El trumputismo es la política de la nadería, de la simplonería, de la estulticia y la estupidez, que es la que se ha impuesto tras décadas de cultura política ilustrada. Un juego de pelotas. Porque es un alarde de macho alfa encarnado en Trump y Putin, pese a la era de feminismo en alza y de igualdad en las formas y el lenguaje y en los derechos y hasta en el contenido de los piropos. Es un juego de pelotas porque el tándem supremo se ha reunido tras el Mundial moscovita, y en la conferencia de prensa Putin le soltó a Trump: “Señor presidente, usted ha dicho que la pelota de Siria está en nuestro tejado, y que hemos organizado exitosamente el Mundial. Ahora, la pelota está de su lado”, y le entregó el balón oficial de la Copa que se llevó Francia, entre los saltos de alegría de Macron en el palco de autoridades. Trump le lanzó el esférico a Melania, que lo recibió en primera fila como si fuera el cesto del presidente, para su pequeño Barron, el niño de mirada triste.

Putin tiene fama de exterminador y es el patriarca del ciberataque. En la cumbre bilateral de Helsinki, los dos amigos de la entente cordiale menos ortodoxa de la historia, coincidieron a coro en que Rusia no interfirió en las elecciones de 2016. Trump no tiene inconveniente en llevar la contraria públicamente a sus servicios de inteligencia. Lo de Siria, lo de Corea del Norte, lo de Crimea… son temas para tener de qué hablar. Ahora que Europa es la “enemiga”, Putin es el “amigo” de Trump. ¿Qué dicen los chinos? Esos son más inteligentes y callan, pero no otorgan. Hacen. Se están haciendo los amos del mundo, los únicos que lideran la mundialización. “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”. Y el sarcasmo de Groucho Marx se ha hecho realidad. El trumputismo es el trampantojo.

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Sánchez, en AVE y con gafas de cerca

Contra todo pronóstico, Sánchez va bien. La censura lo catapultó. En la política de héroes y villanos a que estamos abocados en la Europa y el mundo de hoy, el joven socialista presidente se está desenvolviendo con maneras de estadista virtuoso en mitad de una constelación de líderes, ciertamente, refractarios a los derechos humanos que tienden a la democratura, neologismo que agitan quienes se muestran más pesimistas ante el descampado de Occidente a Oriente en manos de gobernantes sin principios ni más ideología que el poder terrateniente de sus países. Sánchez ha erguido una estampa que reconforta en las cumbres donde ha debutado. España era un país de políticos bajitos que no hablaban inglés, como sucedía desde Franco a Suárez, con Marcelino Oreja, aquel buen ministro de Asuntos Exteriores que solicitó la adhesión de España a Europa y llevó el caso canario en África, disputando -pero no despuntando- en los foros internacionales por llamar la atención. Hasta Merkel, que era uña y carne con Rajoy, parece haber empatizado con Sánchez. Y este, usando la misma herramienta de inteligencia emocional, se las arregló para saltar la valla de su primera prueba con Trump: el jueves, tras conocerle en las sesiones de la OTAN, dijo : “Empatizamos”. La historia de la foto de ambos ha sido reconstruida con detalle, como en una incursión del cestista marcando al hombre. Simulando las tomas del VAR, se ha descrito el plano cenital de la escena: Sánchez busca a Trump en el corrillo de la OTAN, se aproxima por la espalda y este gira la cabeza para escucharle; el español ha logrado entrometerse entre el yanqui y el turco Erdogan, los interrumpe claramente y se adueña del plano, hasta lograr lo que quería, el presidente de los Estados Unidos le toma del hombro y él le sostiene el codo, cara a cara se saludan y se caen bien, es una escena afectuosa, que cellebra al fondo sonriendo la ministra de Defensa, Margarita Robles. Ya está. Sánchez en el Olimpo.

La política siempre fue una escenificación, pero ahora es una continua puesta en escena en toda regla, donde el secreto no reside tanto en el fondo como en las formas y los tiempos. Macron estrechó con ganas la mano de Trump en su primer encuentro, y le mantuvo la mirada como en una llave de judo putinesca hasta que le subieron los colores al del tupé bermellón. Y lo contó después: “Es que Trump siempre hace lo mismo, te atrae con fuerza agarrándote la mano y no te la suelta”. Si observamos la foto con Kim Jong-un, comprobamos, en efecto, que el magnate lo desarma con su truco infalible y el coreano, bastante simplón, pica como un novato. Otra vez, Trump le dio un codazo a otro colega extranjero para ganarle la posición y ponerse en cabeza del pelotón de líderes. Sánchez parece haber ido a la cumbre de la OTAN con la lección aprendida. Evitó hacer un ‘Zapatero’ (cuando no se levantó en el desfile al paso de la bandera USA) y le siguió la corriente al amo del mundo: subirá al 2% del PIB la aportación española a la Alianza Atlántica; lo hará con el tiempo, que es su arma favorita (llegó a la presidencia contrarreloj y sigue tejiendo y destejiendo el tiempo de llegar a las urnas). Acaso los votos escasos no lo dejen cumplir la promesa, pero queda dicho y el americano se ha ido contento con el español. Próxima cita en la Casa Blanca, siguiendo los pasos del rey. Ya verán.

Sánchez tiene el escenario lleno de calderos al fuego: Cataluña, la tele, el comején de Podemos, los restos de Franco y los muertos de las cunetas, el machismo de la Constitución y el calentón de Arturo Pérez-Reverte, los impuestos a los oligopolios, la sentencia de La Manada, la asignatura de Religión, nuestro arduo 75% y, ya en la hipérbole de la espiral, el escándalo de las confesiones de Corinna que profanan al faraón, en el serial de El ESPAÑOL que amarga el verano a toda la Familia Real. Como tiene los días contados desde el 1 de junio, su razón de ser es la de un presidente eventual que evite los charcos y convoque elecciones cuando le convenga. Nunca antes fuimos un país tan interino.

Rivera lamenta el fiasco de Rajoy, cuya imagen de político sin imagen le convenía. Ahora, Sánchez es la imagen personificada. Rajoy era la antítesis del hombre anuncio y nos había prohijado en su indolencia de plasma, dueño de sus indecisiones. Rajoy cayó por un cuarto de hora al vacío; si la sentencia del caso Gürtel se hubiera aplazado un mes y medio, habría tenido el impacto de una mosca contra el cristal que el caso Corinna acaba de romper en mil pedazos. Pero la travesía de Sánchez es la de una buena gesta que merecía su guion, y esta es la película. El joven exalero del Estudiantes encestó el triple de su vida y va “partido a partido” como buen ‘cholista’, según dicen. El hombre de la gesta y de los gestos lo está haciendo bien. Creo que es de justicia convenirlo.

Su arte será el de no gobernar y guardar la ropa, para quien actualice a Maquiavelo. Ahora le vemos pasearse por Europa, codearse con Macron y Trump como un colega, sonreír como si nada le perturbara, y abrirse puertas acertando en los temas de conversación: a Merkel le habló de La Gomera. Sánchez lo está bordando. Pronto se harán teorías de su talante, como aquellos exégetas de Zapatero que rizaban el rizo y la ceja a mayor gloria del líder. En la metamorfosis del presidente anidan recuerdos de Carme Chacón y de Borrell y todas las almas del PSOE que se quedaron a las puertas del cielo, y se reencarnan en su asalto. Esta vez hay algo que no se reduce al simple ‘turnismo’ de derecha-izquierda de la política española de los últimos 40 años de Constitución. Y esta es otra, le tocará el honor de celebrar en diciembre en el poder el aniversario más codiciado de la España democrática: la Carta Magna.

El éxito de Mr. Handsome (el Señor Guapo, para el Financial Times) no ha sido solo saber esperar (“En España, el que resiste, gana”, decía Cela), sino, además, saber apostar (“En España, el que arriesga, gana”, nos dice Sánchez). ¿Cuánto tiempo le durará el viento a favor y la bonanza antes de que explote el volcán de los catalanes, lo inunde todo el huracán ‘Corinna’ y se desate la ira de quien suceda a Rajoy el sábado en el PP? ¿Cuándo reaparecerá Rivera, que perdió el aura, pero no la paciencia?

Con Italia como está y la marea de estados populistas, hoy Europa es Alemania, Francia y España y poco más. Sánchez es el presidente de la cuarta potencia europea. Y no lo está haciendo mal. Pero viaja en AVE. Política de alta velocidad. Ese es el riesgo. Sánchez necesita gafas de cerca, y no las de sol con que le fotografió en el Falcon del presidente el periodista Miguel Ángel Oliver, secretario de Estado de Comunicación. Sánchez va bien, pero vienen curvas.

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Cuando a Chile se le cayó el cielo encima

¿Por qué Chile hoy aquí? Mi intención no era otra que regresar al 73, contar qué era de nosotros entonces, sin Internet ni cosa que se le pareciera, imbuidos del Chile de Allende y de Pinochet. Pero llega el ministro astronauta a la isla y me distrae. Claro, Chile tiene telescopios… Por eso esta divagación.

El chileno Gonzalo Rojas, que adopté de poeta de cabecera hace años, entre otros -poetas-, habla del desierto de Atacama, adonde huyó por amor, y allí se yerguen los telescopios que se disputan el podio con los nuestros, el trono y el tronío de la astronomía, que ostentamos gracias al Grantecan. Quiero hablar de Chile, aunque sea mínimamente.

Pe(d)ro Duque preside hoy la cúpula del IAC en Tenerife, el día de la noticia del descubrimiento de material “probablemente” orgánico fuera de la Vía Láctea por un equipo de astrónomos liderados por Ana Monreal, que es de la casa. Yo pensaba hablar otro día de esto. El poeta nicaragüense Ernesto Cardenal posó su mirada sobre el cielo hondo y orondo, en su Cántico cósmico que leyó en La Laguna y nos preguntó, “¿y las galaxias hacia dónde van?”. Una clase de preguntas que rara vez respondería un ministro, salvo este Duque del Gobierno de Sánchez, que sabe de lo que habla en el Consejo Rector de esta mañana, porque es del gremio. Un astronauta no es nada político, como Nicanor Parra -chileno- era antipoeta, matemático y físico como Hawking, al que Rebolo reveló las últimas noticias de sus agujeros negros en la misma sede lagunera donde hoy preside Pedro Duque la reunión. Nuestro ministro de Ciencia se las tiene que ver con Chile tarde o temprano. Canarias se juega el oro de esa Olimpiada, y Chile, con la que nos llevamos bien -y a cuyos poetas adoramos- es nuestra competidora, como rivalizaban Parra y Neruda, que eran cuña de la misma madera: chilenos los dos.

Contemplamos las estrellas, porque hemos ido perdiendo el interés por los temas terrenales, los de comer y sembrar. Y nos volvemos poetas, nostálgicos, románticos, astrónomos o diletantes porque el día a día ha bajado de nivel, o porque hace calor. La política se ha devaluado. La crisis nos ha dejado su vitiligo, pero ya no acojona. Y nos aliamos con los poetas, de los que nadie se acuerda, por el rubor de ser lectores de versos y no de novelas negras, que es lo que viste. Un domingo, lo más razonable es comenzar a leer el DIARIO por El Perseguidor de Eduardo García Rojas, donde están las estrellas de las letras, como Ángel Sánchez, poeta, novelista, ensayista y antropólogo. Ya dije que quería hablar de Chile, de cuando la cultura no era clandestina frente al poder, ni este auge de la banalidad la trivializaba. Mi tema hoy era Chile, pero la culpa es de Pedro Duque, que viene a Canarias, la Atacama de Europa.

A Parra lo condenó la foto de un té con la esposa de Richard Nixon. La cultura ha tenido una relación difícil con la política. Los artistas -los de la ceja de Zapatero, en su día- han tenido gestos de complicidad con algunos políticos. No siempre acabaron bien los matrimonios de artistas y políticos. Pero este Gobierno de Sánchez, en el que viaja a bordo un astronauta y predomina un aire kennedyano de cielo abierto, parece que reconcilia a unos y otros. Nos queda poesía para rato ante la deriva de la política patán de los Trump, Salvini… Pero, con ocasión de Allende, hasta los poetas se congraciaban con los gobernantes. Eso ya quedó lejos, si bien ahora salta la noticia, casi inadvertida, de que han condenado a los autores de la muerte salvaje de Víctor Jara -que escribió un poema cuando lo iban a martirizar- y piden la extradición de Estados Unidos del militar que lo torturó y mató. Por eso hoy quería hablar de Chile, y casi lo consigo.

 

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Del cielo de La Palma a la cueva de Tham Luang

Uno de los tópicos que señalan al buen isleño es la hospitalidad -tan ponderada en los recetarios turísticos-, la actitud de recibir y complacer a los huéspedes. Una cualidad que tiene sus inconveniencias y que en el continente es menos común. Hay una satisfacción personal -hasta cierto punto aduladora- en el acto de acoger a visitantes renombrados, como parte de una manera agradecida de ser. Nos complace cultivar esa admiración reverencial hacia grandes visitantes foráneos (y a veces no tan foráneos, pues al paisano que se fue y vuelve esporádicamente también le aplicamos el protocolo), una tradición nada atávica -el aborigen no celebraba el encuentro por regla general-, que se fue consolidando y ahora comienza a remitir. Es bien cierto que nos hemos beneficiado del cruce de culturas que ello significa.

Nada más natural que dar la bienvenida y atender como se merece a aquellas personas y personalidades de fuera que nos tienen en cuenta. Vienen a vernos, qué bien, gracias. En las ciudades continentales, como digo, es un fenómeno menor, esa clase de cortesías no abunda y los excursionistas, por razones obvias, pasan desapercibidos. En nuestro pequeño mundo insular, el recién llegado sigue siendo noticia. Y creo que nunca deberíamos perder esa buena costumbre de hacer sentir afortunado al visitante en nuestro presumible paraíso, aunque el mito nos condene y en ocasiones obre en contra de nuestros intereses. Fin del exordio.

En realidad, hoy yo no iba a hablar de esto, sino, acaso, colateralmente. Mi tema, es cierto, tenía que ver con viajeros y viajes, con islas y continentes, y pretendía, además, dedicar unas líneas a los niños de la cueva tailandesa que nos parten el alma estos días mientras se descubre la manera de evacuarlos con vida. Todo está unido por el hilo de la imaginación. Julio Verne era capaz de viajar a los más remotos confines sin moverse del escritorio -además de hacerlo de verdad en sus barcos muy a menudo- llevado de ella, la imaginación. Así, concibió una serie prodigiosa de Viajes extraordinarios, y nos dejó novelas premonitorias como De la Tierra a la Luna. En su escalada a las cumbres del Roque de los Muchachos a ver la estrellas, el Nobel peruano Mario Vargas Llosa afirmaba el otro día haberse sentido como “un astronauta que se pasea por el cielo rugoso de la Luna, entre cráteres gigantescos”, no sé si alertado de que en esa misma cresta de la isla, y dentro del mismo gran telescopio considerado el mayor del mundo, estuvo antes el primer hombre que pisó nuestro satélite natural, Neil Armstrong, en una visita que, naturalmente, recordaremos con ese hobby tan isleño de conmemorar a los huéspedes célebres.

En la atmósfera diáfana del santuario de los ojos telescópicos que miran a Dios, el escritor sintió que respiraba el aire puro de Arequipa tan lejos, sin embargo, de su tierra natal, y en ese estado de arrobo se dejó tentar por las preguntas más trascendentales, como el infinito o la eternidad, a trece mil millones de años de distancia del origen del universo, plantado sobre la cima de una isla volcánica como el principito galáctico de Saint-Exupéry, el cuento maravilloso publicado hace ahora 75 años. “¿Han llegado los astrónomos a encontrar vida, o síntomas de vida, en algún otro astro del universo?”, preguntó. “No, en ninguno”, fue la respuesta de Rafael Rebolo, pero quedó en el aire, también nítida, la sospecha de que tales parientes “venusinos” pueden aparecer en cualquier momento del futuro. En el inmenso silencio del lugar, le asaltó la pregunta más escalofriante: “¿Qué posibilidades hay de que el pequeño planeta Tierra desaparezca por el impacto de un aerolito más grande que el que cayó en Siberia?”. Muchas y pocas, pues nunca antes ocurrió una hecatombe total de esa naturaleza.

¿Fue fruto del azar todo esto o es obra de un ser superior dotado de infinita sabiduría? La experiencia de Vargas Llosa en el Observatorio de La Palma -donde tomó conciencia de tener encima de su cabeza el orbe colosal de todo lo existente- le hizo escribir en su inventario del viaje, en El País: “Creo que en los dos días apenas que pasé allí he aprendido más cosas que en todos los otros viajes que he hecho en mi vida” (Sin duda, una hermosa manera de devolver el regalo de la visita). La conclusión a la que llegó -el mayor uso creativo de la inteligencia consiste en aprender, destacaba esta semana en TEA el filósofo José Antonio Marina- es que la astronomía y la literatura están hermanadas por la imaginación.

Estos espacios imaginarios que llamamos islas en su condición legendaria y poética disfrutan en la realidad de cierta licencia para reinventarse. Por eso decimos que César Manrique inventó Lanzarote, aun cuando existía antes de que él la habitara o que Saramago se dejara hipnotizar por el encanto de los volcanes. Cada isla de las nuestras tiene su misterio y su mito. La Gomera, ¿por qué Colón? Tenerife es la de Humboldt… y así todas. Pero, sin duda, La Palma es la isla de los escritores y los astrónomos, la isla de la imaginación. Hasta allí fueron Günter Grass, Hawking y Vargas Llosa, e, indirectamente, esa misma afinidad le lleva hasta la hipótesis de tener hijos adoptivos de la talla de Truman Capote.

Incomprensiblemente, el minucioso Julio Verne se olvidó de ella -de La Palma-, en su ya centenaria novela Agencia Thompson y Cia, en buena parte localizada en Canarias. Las cavilaciones sobre esa cavidad que nos quita el sueño -los 12 niños futbolistas atrapados con su entrenador en la cueva tailandesa de Tham Luang- me llevaron, y no sin venir a cuento, hasta las páginas contrariadas de Verne sobre un supuesto archipiélago hostil de nuestro mismo nombre que desprende del suelo fumarolas de azufre y gas carbónico, como restos de la destruida Atlántida, y cuyos moradores viven en cuevas dando idea de su estado salvaje. El incomparable Verne -o el demenciado hijo que retocó tras su muerte algunos de sus manuscritos dejó muestras de una sembrada imaginación en todas las direcciones. Quizá por ello, para el propósito de estas líneas, salté de su misión a la Luna a aquel otro Viaje al centro de la Tierra, con los niños de Tham Luang reeditándonos la zozobra con que vivimos el rescate de aquellos 33 mineros chilenos de Acatama sepultados en 2010, uno a uno, dentro de una cápsula. Uno de ellos ha dado ánimos a los pequeños héroes de este Mundial sin proezas. El físico Elon Musk , fundador de Tesla, ha puesto a sus ingenieros a diseñar contra reloj métodos de escape, entre ellos un tubo de nailon que, una vez inflado con aire, actuaría como un castillo hinchable. Dios quiera que la imaginación los salve.

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El disgustado voto de Pedro Quevedo

Mucho antes de que el PSOE hiciera planes de viabilidad en el poder, cuando era un partido menguante en las encuestas que pugnaba por hacerse visible y levantar cabeza, las islas eran un buen lugar para tomar distancia de los problemas del Estado y la crisis del bipartidismo. Sánchez y Ábalos frecuentaban Canarias. El actual presidente, bien amistado con algunos dirigentes locales que le fueron leales cuando Susana Díaz lo expulsó del paraíso, recorría los pueblos de Tenerife y se dejaba hacer selfies en la vía pública con una extraña sensación de querer pasar inadvertido en las ínsulas españas y al mismo tiempo reconquistar desde tan lejos el espacio político que el PSOE había perdido por las guerras tribales y el auge indiscutible de Ciudadanos. No era el caso de una cruzada oprobiosa que empezó en Canarias y acabó en el Pardo, pero sí, una vez más, la prueba de que las islas tienen un efecto estimulante en la política española. Son, históricamente, un punto de partida. Tanto vale para América como para la Moncloa.

Sánchez y Canarias tienen una buena relación sentimental. Aunque la plana mayor del Gobierno no lo refleje, ni este desencuentro por el 75% de bonificación para residentes sea el mejor aval. Ábalos tiene margen hasta el viernes.

El próximo Consejo de Ministros no será sobre Canarias, pero las islas (con Baleares, Ceuta y Melilla) protagonizan una suerte de conflicto político con el Estado, a causa de los billetes de avión y barco con la Península, lo que genera una lógica expectación ante lo que decida el Gabinete. Si Sánchez no cuida los gestos con Canarias se dejará llevar por ese tobogán que tantas veces ha desembocado en una confrontación social de Madrid con este archipiélago. La disensión jurídica sobre si cabe un decreto ley este viernes, que abarate de modo instantáneo el viaje al continente, tal como aguardaban 3,5 millones de potenciales beneficiarios, o si solo es posible un real decreto que retrase meses la medida y prolongue torpemente el contencioso, parece una trampa. Vista la diligencia para renovar el consejo de RTVE, la clase política local se pregunta si nos toman por ignorantes.

Al PSOE canario le ha cogido desprevenido esta papa caliente. El secretario general en las islas, Ángel Víctor Torres, alertaba ayer en Ferraz a su secretario de Organización, el compañero ministro de Fomento, de los riesgos de tratar a la ligera a los canarios, siempre aprensivos ante la menor muestra de insensibilidad. No es asunto de leguleyos, sino de juristas, y en la Abogacía del Estado sobran de los mejores para que el ministro no ponga al PSC en un brete desagradable con votantes de las islas. ¡Por una cuestión de tres meses, este sofocón! Antes de que el ministro tenga el suyo, ya circulan informes de expertos, como viene informando DIARIO DE AVISOS, que autorizan la aplicación de un decreto ley para salir de este bucle del descuento del desencuentro.

La trastienda de gobernar son las menudencias que acaban convirtiéndose en menudos problemas. ¿Quién iba a decir a Sánchez que, a la vuelta de apenas un mes en la Moncloa, iba a indisponerse con los canarios -no con los partidos, sino con los ciudadanos de a pie que estaban pendientes de viajar a la Península en las vacaciones de verano- por un quítame allá un decreto ley? Y que por la misma razón iba a romperse el cántaro con Nueva Canarias, cuyo disgustado Pedro Quevedo no es ya el voto 176, sino el 85. No está el Gobierno para perder ni un escaño, oiga.

 
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