Carmelo Rivero - 2/94 - El blog de Carmelo Rivero

Hawking

En un despacho que nos habilitó en la sede lagunera del IAC Rafael Rebolo en los años 90 me encerré a entrevistar a George Smoot, que en 2006 fue premio Nobel de Física. Era un privilegio conversar en exclusiva con aquel apóstol del Big Bang cuando la teoría no contaba aún con el consenso generalizado de que ahora goza entre la comunidad científica internacional. Mucho tiempo después, en 2014, tuve la fortuna de seguir de cerca durante cuatro días los movimientos de Stephen Hawking. Es un decir. Su cuerpo permanecía inmóvil sobre una silla de ruedas, en cuyo respaldo llevaba una cápsula de oxígeno porque los médicos sabían que en cualquier momento -desde hacía medio siglo- podía morirse de sopetón. Sin embargo, Hawking sonreía a menudo, y no parecía fingir un estado de ánimo artificial por las servidumbres de la imagen. Celoso como el que más de esta última, vestido siempre de manera impecable, como quien se expone a todas horas bajo los focos, Hawking cambió mi percepción de los derroteros de la vida. ¿Con qué derecho nos lamentamos dramáticamente al menor revés, viendo su heroica supervivencia salpicada de buen humor, sus conferencias divertidas, su defensa de la vida hasta el último músculo de su mejilla frente al azote de la dolencia motoneuronal vinculada con la esclerosis lateral amiotrófica que no había podido acabar con él?

Ahora, leer el libro inédito de Hawking sobre Dios y otras vidas inteligentes o los viajes en el tiempo, Breves respuestas a las grandes preguntas, ha supuesto un reencuentro con el genio que falleció en marzo pasado, el mismo día que nació Einstein, una coincidencia casi buscada, pues tenía a gala haber venido al mundo exactamente 300 años después de la muerte de Galileo. Hawking se ha puesto de moda estos días, como si la muerte no fuera suficiente para apagar su estrella. Además de su obra póstuma -que nos recuerda al autor del bestseller Breve historia del tiempo, tan grande haciendo ciencia como divulgándola-, ahora, su colega de Cambridge Roger Penrose acaba de hacerle un homenaje por todo lo alto: afirma haber descubierto la prueba de la llamada radiación de Hawking, la que emiten sus viejos conocidos, los agujeros negros. Estamos en plena resurrección del fantasma de aquel polímata que era el científico más célebre después del padre de la teoría de la relatividad, y algún día nos sorprenderá bajo un holograma, como hizo en Hong Kong un año antes de fallecer.

Rebolo fue un chute de adrenalina para Hawking. Cuando se conocieron se fraguó al instante la idea de que el físico británico pasara temporadas en Tenerife compartiendo inquietudes con investigadores de primer nivel. Fui testigo de ese encuentro que emocionó tanto al cosmólogo de Oxford. Y fue una pena no poder desarrollar esa colaboración, que despertó grandes expectativas desde que el astrofísico Garik Israelian lo invitara a su Starmus de ciencia y rock.

En la entrevista con George Smoot comprobé la relevancia de Rebolo. El actual director del IAC ya era entonces uno de los pioneros que en el mundo buscaban desde los años 80 pruebas del santo grial del Big Bang, de sus primeras manifestaciones y huellas. Sus trabajos desde el Observatorio del Teide con astrónomos de Mánchester y Cambridge en el Experimento de Tenerife había sido de gran ayuda para el físico estadounidense, y Smoot me confesó su agradecimiento a los hallazgos del equipo de Rebolo, que permitieron confirmar la existencia de las semillas del universo, el rastro prehistórico de la Gran Explosión, tras las primeras evidencias difundidas por el satélite COBE de la NASA, que dieron la gloria a Smoot. Rebolo lideraba hasta entonces los estudios con sus radiómetros en tierra, pero Smoot vivía en Estados Unidos y dispuso de la tecnología de su país. El Nobel lo ganó el que vivía en la primera potencia y no en una isla. Ahora que acabamos de celebrar el 30 aniversario de la ley de protección del cielo, la primera del mundo, conviene decir que los canarios debemos nuestra predilección por la astronomía al hecho de que en los años 70 el joven astrofísico Francisco Sánchez convenciera a Adolfo Suárez para invertir en observatorios por una vez en detrimento de las carreteras. En el libro que escribimos sobre esos orígenes llama la atención cómo en la vida se radican los mayores éxitos en lo irracional de los sueños que se apoderan de algunas personas carismáticamente inflexibles. Es una lección que nos sirve en continuas facetas cotidianas. Hawking era un paradigma de esa fuerza invencible de la mente humana, aun en un cuerpo inerte. Sanchez vino a Tenerife por una corazonada que no lo dejaba en paz. Lo dejó todo y se mudó con su incipiente familia a una casa perdida en una isla en el corazón de un volcán, para secundar las observaciones de Charles Piazzi Smyth con su modesto telescopio en la misma cima. Los observatorios de Izaña y el Roque de los Muchachos son hoy una exhibición de músculo que excede las dimensiones de un archipiélago y un país convertidos en la joya de la corona de la ciencia en Europa. Cuando el Telescopio Extremadamente Grande se fue para Atacama (Chile), ya que España dejó a Sánchez solo, me sonaba aquel desierto porque había leído que Gonzalo Rojas, uno de mis poetas favoritos, había huido hasta ese desierto con un amor adolescente huyendo de maridos, como “un loco que necesita cumbre”, decía Huidobro. Sánchez, Rebolo y Hawking, poetas a su modo, gestionan los sueños más elevados, que son los del Universo con los pies en la Tierra.

Entré aquella vez en el pasillo helado del supercomputador de Tenerife acompañando a Hawking y había que verle exultante en su silla de ruedas. Era el paralítico más hiperactivo que uno puede imaginarse. Apenas podía moverse y solo se comunicaba con el último tic facial que conservaba conectado a un sensor; de ahí partían sus frases en la pantalla del ordenador, escritas con lentitud desesperante, y la voz metálica que finalmente hablaba por él. Cuando murió, en casa lo sentimos como una pérdida cercana. En la foto de Lucia con Hawking hay una sensación de reposo magnética y, después de frecuentarlo cuatro días, siendo quien era -una vida de cine-, se te hacía una presencia afectuosa, un ser extraordinario, inasequible al desaliento.

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Bolsonaro o la vida

Bolsonaro es un clon troglodita de Trump y ya están los tres (el brasileño, el yanqui y Matteo Salvini) mandándose besos volados en plena orgía ultra, que tiene acojonado al centro, la izquierda y la derecha, la espuria ideología. La ola de políticos fascistas se parece cada vez más a un tsunami, y pronto veremos alianzas de derechas e izquierdas para frenar la plaga de dictadores encubiertos, que usan las urnas como atajo y se meten la democracia por el trasero. Jair Bolsonaro, el nuevo presidente de Brasil (más del 55% de los votos lo erige en el nuevo zar de América del sur) tiene cuatro ideas en la cabeza. Dicen los analistas brasileños que el problema no es saber lo que piensa, sino si piensa.

Existen dudas de su capacidad cognitiva para llevar las riendas de un país. Tiene cuatro ideas, a cual más ignominiosa, como de pelele en la cuna con los pañales de Hitler. Una de ellas es un plagio del presidente de Filipinas, el deplorable Duterte (que acaba de ordenar matar a su hijo si se prueban los cargos de narcotraficante): el derecho universal a las armas (“si llego a la presidencia”, anunció, “todo el mundo podrá tener un arma en casa”), licencia policial para matar, con el perdón de antemano a los agentes que se carguen a alguien en el desempeño de sus funciones. Cuentan los cronistas que han seguido su campaña que en una de las contadas ocasiones en que habló de su programa electoral mencionó uno de sus temas favoritos, la planificación familiar, pero en su caso eso se traduce en un mantra esquizoide y ruin: esterilizar a los pobres. El exmilitar sin estudios que acaba de hacerse con el poder en el macro Brasil es conocido por su aporofobia, que diría en España nuestra Premio Taburiente Adela Cortina. Odio al pobre. Bolsonaro ilustra a la perfección esa tirria al desgraciado que pronto perseguirá nuestro Código Penal. Suya es la idea de cerrar el grifo de las ayudas a familias desfavorecidas, en las antípodas de la cruzada contra el hambre de Lula, que es el preso que encarna la corrupción y ha dado alas a este bárbaro que echa leña al fuego al auge de regresión que padecemos. “No podemos seguir gastando recursos en atender a esos miserables que proliferan por toda la nación”, dijo en 1992 en el Senado, y de ahí no se ha movido en su paroxismo de nostálgico incendiario de la dictadura castrense. Si lo dejan, llenará el gobierno de militares; por de pronto, el ministro de Educación lo será, para erradicar una “ideología de género”. ¿Romperá España relaciones con Brasil, o la vicepresidenta Carmen Calvo hará de tripas corazón?

Si Trump asusta con su misoginia visceral, Bolsonaro es el paradigma de machista, racista y homófobo. “Prefiero un hijo muerto que gay”, advierte sin cortarse un pelo. ¿De dónde ha salido este cavernícola que se salta a la torera todas las conquistas de los derechos humanos? ¿En qué siglo se quedó anclado? ¿Cuántos hay como él? El nivel de zoquetismo político crece por momentos. Y la lacra de populismos ultras avanza en todos los continentes sin pausa. Ahora mismo, ya son mayoría al frente de gobiernos y partidos. Merkel, que era la contraparte de la Europa progresista, inicia la retirada y ahora nos parece que nos quedamos huérfanos de una de los nuestros y que nos va la vida en ello.

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La golosina autonómica

Pedro Guerra, que es el compositor revelación de Contamíname, la canción proactiva del mestizaje, cumple 25 años pautados sobre un escenario y pasea su timidez peculiar de hombre-niño con Golosinas bajo el brazo, que fue su primer disco cuando en Libertad 8, el pub de los juglares de Madrid, comenzó su andadura. Guerra viene de un apellido y de una etapa política donde se hunden las raíces de esta autonomía que ahora se dota de nueva piel y nuevo traje a la medida para muchas décadas venideras. Pedro Guerra, padre, fue el primer presidente del Parlamento, en los primeros años 80, y ha llovido mucho desde entonces. Digo llover en el sentido, incluso, físico de la palabra. Al día siguiente de que el Senado aprobara el nuevo Estatuto y el nuevo REF -la pareja de normas fundamentales que estamos estrenando como niño con zapatos nuevos-, llovió intensamente sobre las islas, como pedía el cantautor Pablo Guerrero, cuando cantaba “que tiene que llover, que tiene que llover a cántaros”. Los cantautores pusieron los cimientos de la matraquilla de la libertad que los políticos de la Transición explicaban mejor con ayuda de las canciones que de los mítines. Suárez sacó adelante su referéndum de la reforma política con la muletilla Habla, pueblo, habla, que era una canción pegadiza que popularizó el grupo Vino Tinto. Pero, sin duda, el tema del cambio de régimen fue la tarareada Libertad sin ira, de Jarcha, que trascendió de sintonía de Diario 16 a banda sonora por antonomasia de la Transición. De ahí que no exagero poniendo esta medalla política a los músicos y cantores de lo que entonces llamábamos canción popular, y me remito a los padres y abuelos de la generación del cantante güimarero Pedro Guerra y de su grupo matriz Taller Canario de Canción (con Andrés Molina y Rogelio Botanz, dos enormes artistas por cierto). Aquellos cantautores, o bien ponían la semilla con letras de poetas españoles clásicos como hacía machadianamente Paco Ibáñez -cuesta hacerse a la idea de que frisa los 85 años-, o escribían sus misiles de puño y letras en las trincheras de la nova cançó en los años 50, y sus temas los aprendíamos de memoria en catalán. Estoy hablando -los de mi quinta entrarán en trance leyendo esto- de Raimon, con Al vent, y hasta de Lluis Llach (su canción más conocida, L’Estaca, que cumple 50 años, ha servido de himno, en ocasiones no oficial, de un sindicato polaco como Solidaridad, o un equipo de rugby y hasta una revolución como la tunecina de los jazmines). Ahora Llach es uno de los tripulantes del procés y Raimon, septuagenario como Guerrero y el propio Llach, se retiró hace un par de años de trovador.

Este país cantó las ideas antes de llevarlas a la práctica. Cantó Libertad con Labordeta antes de que se celebraran las primeras elecciones (Canto a la libertad, del cantautor aragonés, es del 75, en la frontera entre Franco y la democracia).

En Canarias no fue distinto. Mencioné al principio a Pedro Guerra, que es un discípulo aventajado de los cantautores que estipularon el autogobierno en sus temas como si redactaran los artículos de una carta magna imaginaria que terminó por concretarse en un Estatuto, un Parlamento y un Gobierno de una comunidad que estaba por llegar cuando por entonces Jerónimo Saavedra daba clases y regía el Colegio Mayor San Fernando, que es como yo lo recuerdo antes de que fuera nuestro primer presidente. Ahora somos este mosaico de culturas, como describía Pedro Guerra en Contamíname, y siguen llegando pateras, porque no estamos en el Océano Pacífico, sino a la vera de África. Y ese alborozo por las leyes del jueves en el Senado (nuestra portada de los aplausos) se debe a que venimos cantando estas cosas -la identidad, la libertad, la unidad de las islas…- desde hace por lo menos medio siglo, si hablamos de cantautores, pero desde mucho antes, si nos remontamos a Valentina la de Sabinosa (pregonera de la personalidad autóctona y lideresa de un orgullo ancestral), aquella venerable herreña a la que íbamos a visitar con nuestro magnetofón para hacer las páginas de Música Popular en El Día del inolvidable Ernesto Salcedo, uno de mis referentes favoritos. Los Sabandeños, y tantos otros de su progenie, han hecho por la autonomía de Canarias mucho más que bastantes políticos retrógrados que venían de cantar el Cara al sol y ponían palos a la rueda de la historia, con ruindad, para que este pueblo siguiera tutelado con el paternalismo centralista de Madrid por los siglos de los siglos. Ese aborregamiento nos hizo mucho daño, parió el pleito insular y lo mantuvo en las ascuas de su leña podrida mientras pudo, dividió esta tierra en dos provincias atrasadas y mal avenidas y sembró un odio isloteñista que nos condenaba a la inoperancia y la melancolía de falsa arcadia afortunada. Lo cierto es que esto era un pueblo enfrentado que no progresaba porque no había manera, porque no se llevaba bien entre sí, y de aquellos polvos vienen estos lodos. Gente como César Manrique, que se rebelaba contra la soñarrera que nos acuñó Unamuno y sacaba pecho sin prejuicio de ombliguista proclamando los méritos y derechos del terruño, hizo por esta autonomía, asimismo, mucho más que muchos cantamañas. Así que unos cantaban al mañana y otros cantamañas nos echaban a pelear.

Claro que recuerdo a Luis Morera, el padre putativo del cantante Pedro Guerra, a Taburiente y a Caco Senante, a Cuenca y Juvenal, a Pepe Paco y Suso Junco, a Palo, a Rubén Díaz…, eran como nuestras voces ceibes y nuestra nova cançó. De pronto, en aquellos años de posfranquismo y libertad dicharachera, mucho antes de que naciera la autonomía y tuviéramos, además de instinto, instituciones propiamente dichas de autogobierno, había cantantes y grupos musicales que pregonaban a los cuatro vientos que “un día habrá una isla/que no sea silencio amordazado”, como escribiera Pedro García Cabrera. Esa isla como unicidad que parecía imposible es esta hacia la que vamos sin dejar de “navegar, navegar, navegar”, como pedía el mismo poeta de Vallehermoso, al que en una viaje por mar, precisamente, acompañé siendo muy joven para inaugurar el busto en piedra que le hizo Fernando Garciarramos en su pueblo natal -hoy revestido en bronce-. Y el indómito gomero me hablaba en la travesía de estas utopías isleñas que ahora, en otra Canarias, que ya es de mi hijo más que mía, empiezan a ser realidad.

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Brito Arceo y la memoria del fútbol

La irrupción de Brito Arceo en la portada de DIARIO DE AVISOS el domingo conmocionó al mundo del fútbol, a pesar de que este no tiene memoria, como decía Valdano. Porque el fútbol es una vieja -así la llamaba Di Stéfano- cascarriabas, que se contraría a la primera con el ídolo que yerra, que no mete o le meten un gol, y que maldice y olvida a presidentes, entrenadores y cracks. De ahí el mal concepto que suele tenerse del monstruo de mil cabezas, la afición, y de los directivos y amos de este deporte-negocio que es una máquina perfecta de hacer dinero y destruir mitos esculpidos en oro con una voracidad endemoniada. Cuando Brito Arceo ha dicho lo que ha dicho (“No me avergüenza tener que pedir una bolsa de comida. He llegado a pensar en el suicidio”), el fútbol ha parado el reloj y ha tenido memoria. La memoria sentimental, si se quiere, como en aquella crónica de España de Manuel Vázquez Montalbán, el culé que amaba el fútbol tanto o más que la novela, la prensa y la cocina. Brito es una historia novelesca, el niño que empezó a arbitrar a los nueve años imitando al abuelo colegiado al que nunca vio pitar, y el hombre que a los 55 confiesa ahora que su vida es un poema. El mundo del fútbol ha rebobinado la vida de este tinerfeño que fue célebre por ser el árbitro más joven de Primera, camino de convertirse en un Pierluigi Collina. “Si el VAR hubiera existido en mi época, yo hubiera sido uno de los mejores árbitros del mundo”, se reivindica con nostalgia en la entrevista de Rafael Lutzardo para este periódico, que ha estremecido a la prensa nacional. Arceo era un árbitro estatuario, con personalidad, una especie de esfinge que encaraba a Maradona como un guardia civil y paraba los pies al Michel más echado palante del reverenciado Madrid. Es difícil no acordarse del pibe de Taco en su legendaria faceta de trencilla. El fallo calamitoso de su vida, el falso penalti al Barcelona frente al visitante Sevilla, que abortó su meteórica carrera, puso a prueba una manera de ser. El asistente le ratificó por activa y por pasiva que había sido pena máxima, y cuando el patinazo se convirtió en escándalo nacional, Brito corrió con los gastos y omitió la identidad del linier que lo mandó al patíbulo. Árbitros, futbolistas y dirigentes (algunos de estos, en la cárcel) no suelen acabar bien en la vida privada y de cuando en cuando trasciende que un Christian Vieri se declara en bancarrota o un George Best (fallecido a los 59 años) naufraga en el fracaso económico, o un Andreas Brehme muerde el polvo de la ruina y le ofrecen lavar baños. Las demoliciones humanas del fútbol suelen deberse al alcohol y las drogas, pero también -como en el caso de Brito Arceo- a los malos negocios, que son peores que las malas compañías. Lo retiraron como agua sucia y el resto fue una deriva por los cauces de la política, como concejal de Santa Cruz, y por la telerrealidad. Ahora no se trata de si no fue penalti un metro y medio fuera del área la entrada a Polster hace casi 30 años. Se trata de un plato de comida, un trabajo y una segunda oportunidad a quien el fútbol, pese a todo, no olvida.

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Los 7 últimos minutos de Khashoggi

Huele a cadaverina. Si hubiera que representar la libertad de prensa en buena parte del globo terráqueo, no exageraríamos un ápice imaginándola tendida a la fuerza sobre una mesa, con las falanges de los dedos rotas, decapitada y siendo desmembrada por un forense y sus secuaces escuchando música con los auriculares puestos. La libertad de prensa es como el periodista saudí Jamal Khashoggi, que entró en el consulado de su país en Estambul a retirar el permiso para casarse con su novia turca y acabó siendo torturado y descuartizado en siete minutos, un lapso de tiempo que siempre será recordado. En esas postrimerías de la vida de un ser humano deben de pasar muchas cosas por la cabeza. Pero solo están grabados -si acaso aún- los comentarios infames de los verdugos mientras despiezan al periodista hostil, y ciertas amenazas al cónsul para que cerrara la boca. Khashoggi sospechaba que algo iba mal cuando lo citaron por segunda vez para cumplimentar un simple trámite. Era la burocracia de la muerte y le tendieron una trampa. Esa noche, en la residencia del cónsul, no muy lejos de la legación, dicen los vecinos que se celebró una barbacoa, para que la historia no escatime detalles macabros.

Nos llevamos las manos a la cabeza al trascender este sórdido episodio en ese consulado de los horrores que ha incomodado tanto -tan poco- a Trump con su fiel aliado y cliente saudí -un rifirrafe entre risas disfrazado de crisis diplomática-, y nos espanta el terrible desenlace del hombre que escribía -por última vez- en su artículo póstumo del Washington Post: “Lo que más necesita el mundo árabe es libertad de expresión”. La columna llegó a la redacción del periódico de Jeff Bezos, enviada por su traductor, al día siguiente de que desapareciera tras la puerta del consulado saudí en la ciudad turca. La libertad de expresión moribunda en su país -una monarquía absoluta que desconoce los derechos humano- se plasma ahora en su propia muerte expeditiva en un patíbulo inusual en la tramoya de los cadalsos de la inquisición de la palabra que siempre se consideró libre: una mesa cualquiera de una habitación de un consulado, donde la gente, por lo general, acude para un papeleo rutinario, sin poder sospechar que un escuadrón de genocidas esta cortando en pedazos a un periodista que solo quería un certificado para casarse. “La mayoría de la población es víctima de la falsa narrativa árabe”, escribe Khashoggi en su última entrega, que cita el ránking de libertad de expresión, según el índice de Libertad del Mundo, donde “solo hay una nación árabe libre: Túnez”, y recuerda con desencanto la enervación de los ideales de libertad en ese cosmos de monarquías herméticas con que hizo soñar la Primavera Árabe de 2010, la revolución de los jazmines que estalló en carne viva cuando un repartidor de frutas y verduras harto del acoso policial se quemó a lo bonzo.

Este periodista crítico con el sucesor del todavía reciente rey Salmán -el mefistofélico príncipe heredero investido de reformista Mohamed bin Salmán, autor intelectual de la masacre de Yemen, al que todos miran como la X del caso Khashoggi- entró en el consulado como un ciudadano cualquiera -vestido con chaqueta occidental, sin la túnica y la kufiya que le cubre la cabeza en algunas fotos donde resalta su cara redonda y pálida con gafas redondas de empollón, su bigotito y chiva- que accede a un edificio donde la gente suele salir por la misma puerta cuando cumple el motivo de su visita. Antes de que las autoridades saudíes admitieran ayer oficialmente que el periodista no salió con vida (tras oscilar entre un “interrogatorio fallido” y una peregrina reyerta), sus restos habían sido rastreados por todas partes, amén del consulado y la residencia del ya excónsul, que regresó a Riad como alma que lleva el diablo, hasta el frondoso Bosque de Belgrado. Siguen sin aparecer.

Llueve sobre mojado. Venimos de asistir con estupor a otras muertes consumadas con toda suerte de métodos sanguinarios. Nunca olvidaremos el envenenamiento del exagente ruso Litvinenco, tras un té con polonio, hasta extinguirse en una muerte lenta en su exilio de Londres. El pequeño coloso norcorerano carga con la muerte de su hermanastro intoxicado en un aeropuerto en Kuala Lumpur por aquella mujer asiática que lo empolvó letalmente. En Salisbury, el ya célebre exespía ruso Skripa y su hija no la palmaron de puro milagro, pero otros que entraron en contacto con la misma sustancia neurotóxica que los contaminó no lo han podido contar. Los periodistas (con más de 1.800 muertos en el último cuarto de siglo) engrosan la misma nómina. La Rusia de Putin tiene una merecida fama en este renglón, con, entre otros, el trágico final de Anna Politkovskaya, tiroteada en el estrecho ascensor de su casa, como en una ratonera, que fue otro crimen en octubre (de 2006).

En la saga de los atentados de Estado -sería imperdonable omitir que el 5 de abril de 1978 la policía española perpetró un chapucero apuñalamiento de Cubillo en Argel, también frente a un ascensor, que, por lo visto, llama a la muerte, con el frustrado propósito de cortarle la cabeza como a Khashoggi-, pocas veces se darán las circunstancias atroces del despedazamiento del periodista saudí. El relato real y cuasi ficcional de este crimen horrendo sitúa a quince individuos aguardándole en el consulado para trocearlo en vida. El jefe de la cuadrilla era, al parecer, el forense Tubaiqui, que pronunció esas palabras que ya pertenecen a la antología de la crónica negra: “Cuando hago este trabajo siempre escucho música”, dijo mientras seccionaba al periodista en siete minutos, que es lo que tarda en hacer una autopsia. El sujeto había viajado ex profeso ese día en un avión privado, con el arma del delito en el equipaje : una sierra para cortar huesos. 15 hombres en Estambul, como en el título de una novela macabra para una película gore, son ahora objeto de una patraña de investigación oficial, con el rey saudí y el reyezuelo de la Casa Blanca tomándonos el pelo con signos de consternación. De entre esos hombres sin escrúpulos, a uno ya lo han muerto en la carretera. Que parezca un accidente.

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La epifanía ultra

Si Bolsonaro prefiere un hijo gay muerto antes que vivo y se permite competir con Trump a ver quién dice la mayor cancaburrada en materias sensibles de violencia y desigualdad de género, allá él y Brasil si lo elige, como parece, presidente cavernario dentro de doce días. Esto del populismo de ultraderecha se ha puesto de moda como una plaga de ultratumba que va y viene y nos deja con los estragos cuando se repliega como una marea negra. Tras una crisis devastadora como la de 2008, cuyos efectos aún perduran como las secuelas postraumáticas de un trágico accidente, los politólogos siempre nos previenen de la ola inevitable de fascismos disfrazados de terapias de choque para salvarnos de los errores/horrores de las democracias tolerantes, que de otro modo no serían merecedoras de tal nombre. Nicaragua, por ejemplo, ni es tolerante ni es democracia, a la vista de los niveles de represión a los que ha sucumbido.

Lo que sucede es que las ideologías se extreman cuando el caldo de cultivo está en su punto. En Alemania, los neonazis no han levantado la voz hasta que Merkel cumple trienios y es fácil jugar a la contra, sacar los colores al desgastado gobierno, y prometer el paraíso al votante hipnotizado con los discursos que dicen lo que quiere oír. Las reacciones más sectarias que devienen xenófobas tienen todo el terreno abonado cuando se dan los tres o cuatro factores de manual que más excitan el patriotismo y el cierre de fronteras, un novísimo talante proteccionista que regala los oídos y los instintos de los votantes y que para rebatir la globalización entra en estos países como un elefante en cacharrería.

La inmigración es uno de ellos, pues el parado autóctono suele echarle la culpa al de fuera de su desgracia, sin reparar en que es, precisamete, la aportación al PIB de su país de la mano de obra foránea una de las causas que permitirá, a la postre, levantar la economía y crear empleo. La corrupción es otra, pero en América -que es el ejemplo paradigmático por la onda expansiva del caso Odebrecht- nada es más falaz que atribuirla en exclusiva a los gobiernos demócratas y exonerar a las dictaduras -las blandas, las duras y las caraduras que se tiñen de parlamentarias y manipulan las urnas-. Lo que sucede ahora mismo en Nicaragua, como decía de la mano del sandinista (sic) Daniel Ortega, que hizo la revolución contra Somoza para transfomarse, al cabo de casi cuarenta años, en una burda imitación del Anastasio original, destiempla al más escéptico de los demócratas.

Es la epifanía de Trump. Los planetas se alinean, en esta farsa de apocalipsis de las ideologías, como en un aquelarre para invocar los demonios más denigrantes del siglo XX. Pasará, como todas las tormentas, y las aguas volverán a su cauce. Pero, entre tanto, quién nos iba a decir que echaríamos de menos a Berlusconi y otros bocazas por el estilo, comparados con estos próceres mesiánicos de poca monta, que se refocilan en el barro de las democracias corrompidas y la deriva crepuscular de líderes inaptos/ineptos para defender los derechos conquistados, a lo largo de la historia, por generaciones de demócratas de verdad, que ahora demandan sucesores más dignos.

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“Acuérdense siempre de que hoy estuvieron aquí”

Hemos dejado de hablar de bondad durante demasiado tiempo conscientemente porque algunos sentimientos padecen cierto descrédito en momentos que se precian de aguerridos a riesgo de caer en sensiblerías, y porque vivimos cohibidos por la inercia de los dramas más infames que se multiplican ante nosotros, y es verdad que el clima social no invita a semejante tema de conversación. De tal modo que nos hemos olvidado de la inmensa mayoría silenciosa, la que no rompe un plato, ni arruina la vida de nadie por codicia, insania o maldad. ¿Entonces, la bondad censurada subsiste, como una suerte de verdad a escondidas, que casi nos da vergüenza admitir? Cuando Patricia Ramírez, esa madre coraje de la inhostilidad, toma la palabra -como hizo el jueves en los Premios Taburiente- para decir que las buenas gentes ganan por aplastante mayoría a los verdugos y asesinos, solo que estos son más estridentes, entonces la convicción de esta mujer bloquea el instinto de acabar con el mismísimo demonio. Por ser madre de quien es, del niño Gabriel, el Pescaíto, símbolo de todas las victimas indefensas frente a la desalmada Ana Julia, que segó su vida -digamos presuntamente por exigencias del guion-, comprenderán que el teatro se pusiera en pie, exorcizado por el conjuro de sus palabras contra la maldad dichas cálidamente desde las entrañas del fuego.

Acaso la del jueves en el Guimerá fuera una cura de humildad para todos. Por sí misma, la gala de los Premios Taburiente 2018 de la Fundación DIARIO DE AVISOS se dotó de un leitmotiv que el jurado adivinó al hacer la nómina de galardonados, pero que estos convirtieron en rito y celebración. Sin duda, Patricia fue el hilo conductor, una voz autorizada salida de esa zona cero de los feroces días que vivimos. Algunas de sus palabras robustas y palpitantes quedarán para siempre en nuestra retina y memoria de la gala: “El mundo está lleno de mujeres y hombres buenos; los malos son pocos, pero hacen mucho ruido; intento mirar la vida con los ojos de mi hijo, cuando los míos se agotan y no puedo abrirlos”. Hablaba en nombre de padres que se toparon con la maldad.

Fue con motivo de unos versos casi epigramáticos de William Butler Yeats, de su Segunda venida, que el periodista Pedro J. Ramírez llevó la contraria al poeta irlandés tras recibir el premio y escuchar a Patricia. Pertenecen a un poema que describe un mundo con los ojos crueles del sol oculto en las arenas del desierto: “Los mejores carecen de toda convicción,/ mientras que los peores/ están llenos de brío apasionado”. El periodista rebatió a Yeats: en la pugna de la historia, los mejores son más.

No recuerdo un teatro sumergido en una atmósfera tal de fiesta y concilio durante una entrega de premios, que, sin renunciar a su condición de espectáculo, ascendiera tan alto hacia cimas del saber y el sentir, de lo humanamente excelso y trascendente. Un combinado de Kant con el Hallelujah de Cohen y las espirales de Chirino rizando el rizo, haciendo piña los músicos y los deportistas, los intelectuales y los emprendedores, los periodistas y la madre musa Patricia en el centro de la invocación. No recuerdo en una gala de galardonados al auditorio aplaudiendo un mitin de filosofía como el de Adela Cortina, la discípula de Jürgen Habermas, hablando de la ética cordial. Cortina se metió al público en el bolsillo con su metáfora de la noche, la aporofobia, y proclamó que solo habrá un mundo sensatamente mejor si perdemos el miedo, el rechazo, el odio al pobre. La RAE homologó el año pasado esa palabra de origen griego inventada por esta mujer, aporofobia, que define esa triple aversión que una vez se cronifica se vuelve odio al inmigrante, pues nada se espera de quien nada tiene, ignorando el PIB que atesora en sus manos de obra. “Hoy en día la gente conoce el precio de todo, pero el valor de nada”, dijo con Oscar Wilde y el público la ovacionó como si hubiera cantado un aria de ópera. Cortina, como otras mujeres y hombres distinguidos junto a ella en esta cuarta edición de los Taburiente, añadió así al eslogan de la gala, que iba hasta entonces de solidaridad, el factor ineludible de la ética. La poeta Elsa López y la periodista María Rozman abundaron en esa doble faceta, su testimonio cargó el acto de razones.

Al día siguiente titulamos que había sido la gala de los valores extraordinarios. Había ejemplos perdurables excepcionales de gran vitalidad creativa, como Martín Chirino y María Mérida, cuyas edades prohibitivas elevaron el listón y la moral del público. “Sin pasión no hay vida”, proclamó una vez más el escultor de los aeróboros, hoy nonagenario. Mérida, de su misma quinta (ambos nacieron en 1925), cantó como hacía Chavela Vargas, con la lógica biológica de los cantantes eternos. Miguel Henrique Otero, el editor y director de El Nacional, que encarna la diáspora y el exilio de Venezuela, añadió el concepto de la libertad a la cornucopia de valores que se exaltaban esa noche inolvidable del jueves. ¡Qué brillante luce en el escenario Michelle Alonso, la Sirenita, virtuosa y espléndida en su podio luciendo la medalla de la superación, con la sonrisa y la lágrima fáciles. Todos tenían hazañas humanas y reales que contarnos desde el corazón. Helena Bianco y Los Mismos, cincuenta años de música y de Tenerife tiene seguro de sol. El éxito del esfuerzo los coaligaba a todos. El empresario Fernando López Arvelo ofreció su receta de cómo un niño agricultor pudo levantar un imperio familiar vendiendo higos de puerta en puerta con el coraje de los sueños. Toda la noche fue un compendio de enseñanzas imborrables. Lucas Fernández, presidente del Grupo Plató del Atlántico y DIARIO DE AVISOS, había dejado dos frases flotando en el ambiente: “No hay cambio sin inteligencia emocional” y “no hay nada más apasionante que desafiar la lógica”. No era ajeno el periodista Pedro J. Ramírez a la importancia de la ocasión, y por eso nos recomendó a todos, como Enrique V en el discurso de San Crispín: “Acuérdense siempre de que hoy estuvieron aquí”.

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El café de Sánchez con Clavijo

Felipe González, que gobernó del 82 al 96, y de ese modo batió un récord de permanencia en el poder en democracia prácticamente insuperable (al precio que está la estadía de los presidentes), se empeñó en no recibir en la Moncloa a Fernando Fernández y eternizó la espera hasta que quiso. Tampoco fue muy diligente en dar audiencia a Lorenzo Olarte, que acuñó una de sus máximas: “La distancia entre las islas y la Corona es muy corta, pero entre Canarias y la Moncloa es sideral”. Repasar los documentos de la era de González colgados en la web de su fundación es un deleite para la memoria. González anotaba con resignación sus temores hacia el PNC (“están bien preparados y bien financiados”, escribía), y, llegado el momento, debió de verle las orejas al lobo: “Oleada de nacionalismo canario”, enfatizó en sus cuadernos en el 92. ¿Qué sucedió aquel 21 de febrero para llegar a ese punto? No lo sé, pero sí recuerdo que González recibió una llamada de Gabón nada más ganar por mayoría absoluta en el 82. El jefe de Estado de ese país presidía la OUA (la ONU africana) y había pactado con el Gobierno de Suárez cierta retribución, según las malas lenguas, por anular a Cubillo. UCD le pagó la mitad y reclamaba el otro 50%. De ahí que González sabía bien que el nacionalismo canario podía salirle caro.

Pero, salvo Hermoso, que le dio el voto de Mardones para la investidura del 89, clave para España en Europa, los políticos canarios se las veían y se las deseaban para tener una cita con el histórico Mitterrand español. En sus diarios manuscritos, González tiene a Canarias presente en sus oraciones: “Arreglar el problema de las carreteras”, anota de puño y letra, y volverá sobre el tema canario una y otra vez cuando coleaba el referéndum de la OTAN o cuando la moción de censura a Saavedra, al que rescató con dos carteras ministeriales. Sí, ya entonces el conflicto de las carreteras estaba plantado en ese jardín. Y 25 años después, continúa dando sombra a las relaciones de los dos gobiernos.

Tradicionalmente, los presidentes del PP tuvieron una mayor querencia canaria. Aznar y Rajoy se pegaron como lapas a CC, y le daban o quitaban el caramelo a conveniencia, pero procuraban tener el voto canario a mano. González y Zapatero se hacían de rogar.
Las aguas vienen como vienen. Los ojos de Madrid están clavados donde están: en Cataluña. Porque el Gobierno necesita como agua de mayo (habrá elecciones europeas y locales, no se olvide) los votos separatistas para sacar los Presupuestos de 2019 y anotarse un tanto. La inhóspita relación entre la Moncloa y la Generalitat alimenta uno de los debates nacionales más furibundos de la década. Y actúa como gasolina de los dicterios políticos al uso, son el caldo de cultivo del repunte de Vox. PP y Ciudadanos se conjuran contra el PSOE por concertar pactos diabólicos en los infiernos del procés y sus presos expresos. Pero hay una sensación irrefutable, al margen de la trifulca electoral CC-PSOE. Ante tan exquisito diálogo con los que Aznar califica sin ambages de “golpistas”, sobran razones para que Sánchez (antes del café oficial del 25) se hubiera reunido este sábado de Saramago en Lanzarote con Clavijo, que no es el presidente de CC, sino de todos los canarios, como Torra debiera serlo de todos los catalanes, mal que le pese, y ayer en el funeral de Montserrat Caballé tuvo su minuto con Sánchez en el tanatorio de Les Corts.

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El Mundial de las Mujeres

Tiene esta isla una propensión natural a darse a conocer y asomar la cabeza. Es inherente a la idoneidad de Tenerife para celebrar acontecimientos. Y ese impulso que hace de un lugar apto para una determinada faceta, convierte, sin duda, a esta isla en particular en la sede cómoda y comodín para un congreso mundial de literatura, una exposición surrealista internacional, una competición planetaria de windsurf o de zonas francas o de lo que sea. Y, por supuesto, de baloncesto. La idea de hacer el Mundial de Tenerife -como ha quedado acuñado de boca en boca en los telediarios- fue una majadería sensacional de unos cuantos dirigentes del basket de la isla y de este país, de los Manolo Gómez y Garbajosa y adláteres. Cuando impusieron, contra viento y marea, la lógica irracional de una isla iluminada que apuesta alto, y las autoridades más renuentes dieron el brazo a torcer, trazaron su plan con la eficacia de una osadía calculada. Nadie es profeta en su tierra si no vence la resistencia local a lo nuevo. Esta isla (es su paradoja más célebre) siempre lleva la contraria al que tiene una idea. Y si la idea es colosal, hallará la oposición consiguiente multiplicada por dos, porque nadie está dispuesto a que otros se pongan medallas. Con todo, la leyenda nos dice que los sueños son lo más consustancial a este sitio de quijotes que tiene galones ganados a lo largo de la historia en materia de metas imposibles. Me vienen a borbotones los precedentes más conocidos. La audacia y agallas de Javier Pérez, que hace 25 años llevó al Tenerife a jugar en Europa, y la de José Emilio García Gómez que trajo a Michael Jackson. El imán del Teide concentra esas energías, y aquí muchos tinerfeños con un arrojo febril llevan colgado del cuello ese escapulario que invoca la fuerza del volcán. Nada se interpone entre los sueños y la desidia cuando a alguien se le mete entre ceja y ceja hacer aquí un Mundial, un aquelarre de esos, porque hay redaños de sobra para vencer los obstáculos económicos y políticos de pueblo chico, infierno grande. Los hados se han vuelto a conjurar para que este Mundial de Baloncesto Femenino haya sido un éxito. Tenerife se lleva el oro de la organización (“Ha sido un Mundial perfecto”, afirma Horacio Muratore, presidente de la FIBA). La muletilla del mejor Mundial de la historia con que titulábamos ayer en portada no es ninguna concesión a la galería, sino la convicción del estamento internacional de que este ha sido el mejor campeonato de cuantos se han celebrado, con el aliciente oportuno de coincidir con el año por definición del movimiento vindicativo de igualdad de las mujeres. La de sedes que se habrían dado codazos para acoger una edición como esta en la hora justa que la hace irrepetible, es algo que está en mente de todos, a la vista del éxito, y que ridiculiza la falta de visión de quienes, como el presidente del Cabildo, no vieron o no quisieron ver desde el primer minuto la trascendencia de la cita. En DIARIO DE AVISOS no dudamos en contrarrestar, al instante, y en la medida de nuestras fuerzas, la torpeza que entrañaba decir no al Mundial de Mujeres que nos ponían en bandeja. Una vez más triunfaron los soñadores, que llevan en la sangre el ADN de la épica de la isla.

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En tres años del Foro Premium, ¡cuánto cambió el mundo!

En el cenáculo del jueves, José Manuel Soria dio una pasada a vista de pájaro por los últimos tres años de la vida política española (el tiempo que dista entre el primer Foro Premium que inauguró siendo ministro y este tras dos años de silencio y retiro), y el resultado fue una de esas fotos satelitales sobre el rápido deterioro del planeta a causa del cambio climático y la voracidad roedora del hombre. Si a España no la conoce ni la madre que la parió, como decía Alfonso Guerra, tampoco nadie reconoce -siguiendo el vuelo de Soria sobre nuestras cabezas en tres tristes años- al mundo que sobrevino a espetaperros en este corto espacio de la historia, esa disciplina que hoy trastoca la vieja diacronía de los hechos en la sincronía momentánea de períodos de sobresalto en un instante perpetuo. Como si las cosas ya no pasaran de tiempo en tiempo, sino a la vez. Yo recuerdo con añoranza nunca del todo sanada acudir al Círculo de Bellas Artes -ahora clausurado por la autoridad competente- con la avidez de escuchar a escritores y pensadores que nos ilustraban sobre sucesos que ocurrían fuera de las resonancias locales de nuestra campana insular. Hacía de aquello una fiesta y llevaba las crónicas y entrevistas de esos actos ilustrativos a Alfonso García Ramos para que las publicara en La Tarde. Como hubiera hecho ahora con Paul Preston o las escritoras francesas surrealistas que han traído la ULL y la Fundación DIARIO DE AVISOS. Eran los fenómenos culturales los que marcaban la pauta, el tiempo y las etapas de nuestra vida.

No tanto la política, que no existía como tal, pues la dictadura era monocorde y cansina, plana e irrelevante. ¿Quiere decirse que el sistema político y económico vigente (la democracia y el capitalismo triunfantes) ha roto la campana confortable de nuestra Arcadia y la aldea global, y la política barre con todo como un tsunami, incluida la cultura, que era la que marcaba el paso? Los intelectuales ya no agitan el falansterio como entonces, y se imponen las coces (ya no las voces) del último burro italiano o yanqui de moda en el bestiario político internacional. ¿Por qué la radiografía que sale nos muestra tan embrutecidos, con todas las herramientas del saber a nuestro alcance como nunca antes en la historia? De manera que Soria hablaba de los trastornos temporales de España y el mundo, y yo pensaba en Salvini, en Trump, y en nuestra fauna de puertas adentro, con esa nostalgia de la infancia sin héroes políticos nacionales, bajo el franquismo, que sustituíamos con la pasión por la cultura y el conocimiento como clavos ardiendo a los que me asía poseído por una fiebre empollona que nos marcó para siempre.
¿Qué es este brío imperioso de la fiera desbocada de la historia, que no se está quieta un minuto? ¿Por qué nos urge tanto que pasen las cosas, que todo suceda ya? Si no hace tanto éramos pacientes y aplatanados… Acaso estamos rindiendo tributo a la memoria -histórica, por supuesto- de un tiempo en que las cosas discurrían a paso lento y provinciano, y los sucesos que nos transformaban de verdad se producían de tarde en tarde, de San Juan a Corpus. Era una maravillosa pereza social, política, económica… Los empresarios prominentes se regalaban veladas a media tarde delante de un güisqui, porque todo el pescado estaba ya vendido. Ahora pasan volando diez años de la caída del Lehman Brothers y nos quedamos tan panchos; ya estamos jugando con la idea de una nueva desaceleración y ponemos la carreta delante de los bueyes. La vida se ha convertido, ya no en un impetuoso tiovivo, sino en una montaña rusa, como aquella a la que me subí la primera vez en Madrid y casi se me sale el estómago por la boca cuando me quedé colgando en el vacío en lo que llaman un looping vertical, una de sus terribles inversiones, como ahora, a menudo, a cada sobresalto cotidiano, a golpe de cada amenaza para tu integridad. Veo un timelapse -como ahora se llaman los vídeos a cámara rápida- con cualquier motivo y llego a sospechar que algún día nos desplazaremos como rayos de un puntero laser, al ritmo acelerado de los fotogramas de cine mudo, donde al auge de la comunicación social se impone la verdad individual del aislamiento (que era patrimonio y baldón de los isleños, ahora un gentilicio universal).

En la sesión del Mencey organizada por la Fundación del periódico, camino del 130 aniversario (hablando de historia, se cumple en 2020), el ponente nos dibujó un país que vive a cámara rápida, que devora a presidentes, sepulta a Rajoy y entroniza a Sánchez, que ahora prueba la cicuta del poder. Un país que tuerce el gesto por la crisis de los másteres mientras le diluvia el conflicto catalán. Un país llamado España que se parece a Yugoslavia y desentierra a Franco como si fuera Tito -la esfinge humana que conocí en La Habana cuando le quedaban meses de vida-, pues las momias de los faraones siempre tientan a la profanación. Ese país, este, adora los secretos de patio de colegio, los corros de pasillo, es el gran mentidero (como el célebre bar de El Pinar en la isla de Padrón Machín, donde me colaba a escuchar los chismes de los mayores entre partidas de cartas y dominó, el dechado de la sabiduría popular). Rajoy, casi ayer, consolidaba su leyenda de estafermo que acuñó Pedro J. y parecía incombustible: “Tienes piel de cocodrilo”, lo elogiaba Angela Merkel, que ahora también ella está en la cuerda floja. Rajoy cayó al amanecer de un día cualquiera. “Nos quedamos en estado de shock”, confesó Soria sobre aquella censura que parecía imposible. Así son las postrimerías del poder, cuando todo apunta a fin de ciclo, a epílogo y desenlace. Tempus fugit, reza el verso de Virgilio. El tiempo fluye veloz, siempre en retirada, arrastrando los restos del naufragio en que se torna cada gobierno. Ahora la historia se ha vuelto histeria. La ONU se ríe de las chifladuras de Trump, que no era nadie hace tres años, en el inventario de Soria. Tempus fugit. Hace un cuarto de siglo, la isla jugaba en Europa, Tenerife debutaba en la UEFA, veinticinco años después celebramos un Mundial de baloncesto femenino, somos otra sociedad sin rumbo definido… Ya nunca podrá volver a la isla, como hace un cuarto de siglo Michael Jackson, aquel chico aprensivo que se decoloraba la piel oscura y tapaba su rostro con una mascarilla quirúgica, icono de un tiempo que ya no es.

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