Carmelo Rivero - 2/88 - El blog de Carmelo Rivero

Tan sencillo como saber escuchar

Nos conviene escuchar lo que tienen que decir algunas voces de cuando en cuando, ya que no siempre se tiene ese hábito, que pertenece a culturas ancestrales. Ahora cualquiera con un cargo de medio pelo se cree en propiedad de la verdad y desconoce o desoye la opinión de los otros. En nuestro Parlamento, o en todos, se dicen y hacen demasiadas tonterías, como prueban recientes plenos que parecían sketchs.

En una rara coincidencia, ayer en las páginas de DIARIO DE AVISOS, convenían en su alegato Juan-Manuel García Ramos, diputado y presidente del PNC, y el alcalde de Adeje que preside el PSOE, José Miguel Rodríguez Fraga (segunda entrega del TERCER GRADO). El autor de El guanche en Venecia sentenció al periodista Tinerfe Fumero en su serie de Líderes: “En Canarias son demasiadas las personas sin un bienestar mínimo”. Tres páginas más adelante, continuaba el hilo de este axioma un Fraga más desinhibido que de costumbre: “Si el turismo no sirve para mejorar la vida de nuestra gente, entonces ¿para qué lo queremos?”. Sin ponerse de acuerdo, ambos enjaretaron la misma filípica a un modelo de éxito -el turismo, la locomotora de la economía canaria bla, bla, bla- que se revela incapaz de sacar de la pobreza a una amplia franja social de canarios. García Ramos difiere de las bondades del esplendor hotelero que prospera al abrigo del REF, pero malemplea a “camareras de piso y jardineros, mayoritariamente canarios”. Son la nueva clase social de trabajadores pobres, producto de una crisis que deformó el mercado laboral. Es la Canarias a dos velocidades, que bate récords de turistas y excluidos sociales. “Ser de aquí no es un perfil laboral”, avisa Fraga, que en el Parlamento puso el otro día a caer de un burro al Gobierno porque gestiona el turismo con métodos del siglo pasado. A su juicio, si las Islas no se espabilan, iremos proa al marisco en cuanto se alineen estos planetas: el brexit, la merma del turismo alemán -que ya es un hecho, aunque Merkel haya vuelto- y la recuperación de los destinos competidores del Mediterráneo.

Mientras, aquí seguimos sin hablar inglés, ya no digo italiano, que es la colonia predominante en el Sur. Si la pérdida de visitantes estimulara una oferta con mayor calidad donde menos ingresen más, bienvenida sea la desaceleración turística que se avecina. Fraga decía ayer en estas páginas que más de 15 millones de viajeros en un año “es para pensárselo dos veces”. Habría que medir el índice de carga humana de las Islas, su mayor presión demográfica, para, en su caso, moderar la hospitalidad, que no es caer en la turismofobia.

Estos días, también, fue cuando una representante de Unicef, Sandra Astete, especialista en políticas de infancia, deslizó en el ciclo de diálogos parlamentarios sobre sostenibilidad, la cifra que nadie quería oír: 150.000 menores en riesgo de pobreza y exclusión social hay en Canarias. El dato-retrato ha estremecido a algunos portavoces en la Cámara, como en el caso de Román Rodríguez (Nueva Canarias), que urge una renta básica de integración, a la que García Ramos se adhiere con aquella media docena de palabras: “demasiadas personas sin un bienestar mínimo”. Tenemos demasiadas cifras que nos dan vergüenza, y el negacionismo de los índices de paro y marginación es una ideología perversa de canario burgués que chirría. Y debemos limpiarnos los oídos y escuchar opiniones ajenas. Esta sociedad necesita hablar y oírse más. ¡Cuántos gobernantes han pisado un comedor social? Unos, con el estómago vacío, y otros, con los bolsillos llenos. ¿Quién de los dos tiene más motivos para agradecer la visita al turista?

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Puigdemont, Ríos Montt y Ruiz-Mateos, ¡qué tres!

Ríos Montt y Puigdemont tienen en común la rima. Y cierta capacidad irónica de treta para burlar la acción de la justicia. El primero, fallecido hace una semana a los 91 años, fue un conocido dictador guatemalteco que detuvo a una canaria y casi la fusila y que, con múltiples delitos a sus espaldas, entabló con éxito un pulso ante los tribunales de su país hasta lograr revertir una amplia condena de cárcel y morir de infarto en la paz de su casa. Todo un manual para casos como Lula y tantos otros en el cavernario de la América profunda. Ríos Montt no tuvo necesidad de huir en el continente en que todos lo hacen cuando la justicia les aprieta. Tales mañas no son ajenas a Europa, donde ya fue célebre en los 90 el exilio tunecino del socialista italiano Bettino Craxi, acusado de corrupción en el proceso de Manos Limpias, antes de que ahora Puigdemont y varios conmilitones tomaran las de Villadiego. Así hemos asistido a una americanización del prófugo en la soberana y prepotente Europa, que no deja de ser una cómica versión cutre del sálvese quien pueda. Exonerado de rebelión por un juez alemán, Puigdemont inaugura una nueva etapa de la evasión secesionista y alienta, quién sabe, otras posibles cataluñas en las bavieras y padanias de Europa. Pero no es el primer pícaro español en esta zarzuela.

Ya en tiempos uso el procedimiento de la huida mediática José María Ruiz-Mateos, que era una especie de Puigdemont de Rumasa, y fue a dar con sus huesos, como este, en una cárcel de Alemania. A Puigdemont se le está poniendo cara de Ruiz-Mateos. No cuesta nada imaginárselo con capa de héroe americano como el ya desaparecido magnate de la abeja. Hace 35 años, en la todavía bisoña democracia, gobernaba Felipe González, y el ministro de Economía y Hacienda, Miguel Boyer, le expropió el imperio comercial al famoso empresario que era marqués de Olivara. Fue como aplicarle el articulo 155 a Rumasa para intervenir el holding en una operación que resultó muy polémica y que dividió al país entre admiradores y detractores de aquel personaje histriónico. En su escapada, se instaló en Estados Unidos y, como el catalán, se animó a viajar, hasta que unos policías le pidieron que les acompañara en el aeropuerto de Fráncfort cuando portaba un pasaporte de diplomático panameño y un revólver en el maletín. Tardó año y medio en ser extraditado y ya para siempre fue una especie de caricato que se veía obligado a hacer payasadas para llamar la atención. Los desencuentros entre Ruiz-Mateos y Boyer fueron la comidilla política de los años 80 y 90. Estando en busca y captura, el empresario jerezano hacía apariciones fugaces y teatrales para mofarse de la justicia y del ministro. En una ocasión lo abordó por sorpresa y le tiró las gafas bajo el grito de “yo te pego, leche”, que se convirtió en un latiguillo burlón en un país de corrala y dimes y diretes. Otras veces se plantaba delante de los tribunales disfrazado impecablemente de Superman. Llevaba figurantes a lugares públicos con caretas de Boyer e Isabel Preysler, y rodó algún sketch en el que simulaba flirtear con una doble de la ex de Julio Iglesias que estaba casada con el ministro, a la que por poco alcanza de lleno una tarta arrojada por una de las hijas de Ruiz-Mateos, enfebrecida por su padre. Aquel culebrón duró más de una década y fue el hazmerreír nacional. Ninguno de los dos protagonistas ya vive, y aunque nunca hicieron las paces, la tormenta se acabó diluyendo y al final de sus días el empresario dijo lamentar sinceramente la muerte “en lo efímero terreno” de Boyer, su viejo enemigo, que fue el primero en fallecer de los dos. Lo de Puigdemont es una resaca retardada de un esperpento nacional: del patriarca de aquella amenaza financiera a este fauno del procés, de la amenaza soberanista. Rumasa era un gigante plagado de deudas que no se dejaba auditar,y González aprovechó para debutar en el Gobierno sacando los tanques de Hacienda. Ruiz-Mateos, como ahora Puigdemont, tenía sus fans, que creían abusiva la medida. Si Puigdemont opta por ejercer el personaje en que se ha convertido, en la hemeroteca tiene material suficiente de inspiración sobre las correrías de aquel cachondo mental, guasón y chirigotero que se enfrentó en solitario al Gobierno que lo expropió disfrazado de superhéroe y repartiendo collejas como dice el castizo o cogotazos como decimos en Canarias. El antecitado general Efraín Ríos Montt sobresale en el bestiario de dictadores, no solo por la incontinencia de sus graves delitos, sino, además, por su indiscutible pericia para escabullirse de la ley sin moverse del sitio. Una suerte de Puigdemont estático, en lo que atañe al estilo. Pocos mandatarios cogidos por la entrepierna lograron desafiar a los jueces y zafarse de la cárcel impertérritos sin hacer las maletas. Que aprendan sus discípulos. Se da la circunstancia de que hace 35 años, de Ríos Montt se habló mucho en Canarias porque detuvo y casi liquida a una paisana sobrina del general Ramón Ascanio Togores, todo un peso pesado del Ejército español (jefe del Estado Mayor de Tierra). Ríos Montt había tomado el poder tras un golpe de Estado de jóvenes oficiales, a comienzos de los 80, casi en paralelo con la llegada de González y el citado episodio con Ruiz Mateos. Gozaba de prestigio progresista hasta que un día se transformó en un peligro público. Era jefe de la Iglesia Pentecostal de la Palabra, de corte evangelista, y en poco más de un año (del 82 al 83) se lanzó a degüello contra la llamada izquierda subversiva. Creó patrullas paramilitares, declaró el estado de sitio y emprendió la batalla final. Era un papanatas. Mientras afeaba los pecados al pueblo por radio y televisión con su muletilla mojigata “usted papá, usted mamá”, en los discursos dominicales, nombraba tribunales anónimos para ejecutar a los detenidos. El mismo año que detuvo a la canaria, 1983, ignoró las peticiones de clemencia del propio papa Juan Pablo II. Cuando Wojtila llegó al país, las ejecuciones de un grupo de insurrectos las había celebrado en la víspera. Y papá yanqui encargó a su ministro de Defensa que le diera un golpe de Estado. Sanseacabó.

María Magdalena Monteverde Ascanio, de 27 años, la tinerfeña sobrina del militar canario, había viajado a Guatemala como turista junto a un amigo norteamericano, Michael Glenn Ernest, de 26 (hijo del presidente de una petrolera), para pasar unas vacaciones a orillas del río Atitlán, y por poco los fusilan; fueron confundidos con unos guerrilleros en pleno estado de sitio de Ríos Montt: se les acusaba de haber incendiado una finca y asesinado al capataz. Conozco este caso al detalle porque lo cubrimos desde Radio Club Tenerife durante casi un mes, desde el 11 de enero de 1983, en que fueron apresados en San Lucas Tulimán, hasta el 8 de febrero en que fueron puestos en libertad por “falta de pruebas” (era reos muy influyentes). Ríos Montt era un artista evitando la cárcel sin levantar vuelo. Se trataba del segundo presidente más longevo de Guatemala (detrás de Flores Avendaño, que murió a los 98). Cuando hace unos tres años fue condenado a 80 de cárcel, ni se inmutó. A los pocos días, la sentencia fue revocada por la máxima instancia judicial y él se sumergió en una demencia irreversible que le hizo impune hasta el pasado domingo, cuando se despidió de toda su familia en el lecho de muerte. Requiescat in pace o c`est fini.

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Guaza y Los Sauces: el duelo de Holcomb

Las tragedias no dejan espacio habitable para la razón, son incomprensibles e incompatibles con ella y nos conducen a las profundidades del dilema sobre la vida y la muerte. Nadie regresa nunca del fondo de esas aguas con una respuesta.

La foto que ilustra la portada de DIARIO DE AVISOS en esta edición contiene elementos que arañan la sensibilidad: tres féretros desfilan a hombros de amigos, vecinos y parientes de las víctimas que portan en su interior. Son los miembros de una familia cuyo fatal desenlace en una finca de Arona ocupó la misma página primera de este periódico, hace diez días, en el conocido como triple crimen de Guaza.

Un autor estadounidense emparentado indirectamente con esta isla, Truman Streckfus Persons (Truman Capote), narró en A sangre fría el asesinato de los Clutter, una familia de agricultores acomodados de Holcomb, Kansas, hace 60 años. Los hechos no son exactamente equivalentes, pero guardan un innegable paralelismo, al menos en mi memoria lectora, pues la novela rezuma la atmósfera de la tragedia en un pueblo tranquilo y rural como Guaza, y, dado que coinciden en última instancia en la desolación de un hogar que se queda vacío, sin un alma en pie, con el asesinato de todas las personas que lo habitaban, Capote habría encontrado en esta historia de sus parientes palmeros circunstancias que complementan su asombro y desengaño ante un crimen demoledor.
Como en el suceso real que inspiró al novelista en una de sus obras cumbres (una novela de periodista, un reportaje de narrador, un texto definitivo), este triple crimen de Guaza, y el entierro ayer en la tierra natal de los protagonistas, San Andrés y Sauces, deja en el aire la conciencia de que cualquiera, incluso en mitad de una vida confortable y plácida, puede morir en cualquier instante en manos del destino del modo más caprichoso e incomprensible. En Guaza, el asesino es el hijo adoptivo, lo que agrava el desamparo de las víctimas. Antes de concluir, añadiré otro caso que abunda en esa volátil idea de la vida, cuyo suspense nos perturba por la inevitable fragilidad humana.

En la escena mortuoria de La Palma, todo un pueblo sale al encuentro de los restos de la familia asesinada y lo hace bajo un silencio impenetrable, que no revela, como dice David Sanz, sino la suma de pesar, rabia y estupor, en el trayecto del templo al camposanto. En la novela, el palmero adoptivo Truman Capote (si, como parece, su padrastro, Joe García Capote, procede de El Paso) afronta el relato del espantoso crimen de los Clutter y sus dos hijos adolescentes -una familia de misa y generosa que disfrutaba de una cómoda situación económica en su granja y finca en la década de los 50- desde la perplejidad ante el asalto de dos jóvenes desalmados que buscaban en la casa una caja fuerte inexistente y solo se llevaron cincuenta dólares. ¿Por qué, pese a todo, no dejaron a nadie con vida? Capote siguió el rastro de los asesinos, los trató personalmente, puso todo de su parte, incluso puso toda la condescendencia de que fue capaz, pero terminó exhausto ante el horror y la indefensión que se dieron cita en aquella casa y en aquel pueblo rural que desprendía paz y sosiego hasta entonces. Como ahora me pregunto sobre Guaza, en Holcomb los vecinos se quedaron petrificados bajo la conmoción de los crímenes. En Guaza, dos perros -únicos supervivientes- tenían la mirada humana de la tristeza en las fotos de Andrés Gutiérrez para este periódico, como testigos de la desgracia, huérfanos en un segundo plano, mientras retiraban los cuerpos. En San Andrés y Sauces, el silencio y las miradas eran ayer de esa misma naturaleza. La que embargó, a su vez, a los padres del niño irlandés atropellado mortalmente el jueves en la calle Dublín -qué trágica ironía- de Adeje. Habían viajado de Newtownabbey, cerca de Belfast, a la isla para pasar unas felices vacaciones, frustradas por las zarpas de un coche rojo.

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El sueño de alcanzar la paz en un mundo de espías

Estoy leyendo Berta Isla, la novela reciente de Javier Marías, donde el coprotagonista es un interesante joven español de doble vida, que transita entre su hogar nativo junto a su mujer e hijo y una ignota militancia en los servicios de inteligencia británicos, el MI5 (de seguridad interna) y el MI6 (de seguridad exterior). Marías es un narrador desinhibido en lo estilístico y argumental que ya en Tu rostro mañana se acomodó de su propio cuño sin rubor en el territorio del espionaje, donde a la vecindad legítima de Graham Greene o Le Carré se le sumaba así un escritor de culto que reinventa los géneros y establece una prosa imprevista. Pero no es esta una crítica literaria sobre el autor que nunca defrauda a los lectores que siempre le esperan. En la crisis de los espías que enfrenta ahora mismo a Rusia y Occidente -aquí les contaré hasta qué punto se reaviva la Guerra Fría y hay augures que sufren con los vaticinios innegables del riesgo de una guerra nuclear-, está Marías reivindicado por la realidad que aspira a novelarse. En la ficción, Tomás Nevinson pone en peligro a su familia por colaborar con espías de verdad, y Berta Isla, su esposa, le reprocha que han estado a punto de quemar vivo al bebé de ambos para acojonar a su padre. Les cuento, no sin asombro, que hay un temor real por esta crisis de los espías. Los que manejan información de primera mano le han visto las orejas al lobo de la guerra nuclear, mientras volcábamos todos los esfuerzos contra los atentados yihadistas y los llamados lobos solitarios. Esto va en serio, nos dicen. Y, a la vista de los hechos, uno vuelve a Marías a refugiarse en la novela, a sabiendas de que esta no acabará en desgracias que nos afecten, pues aquellos, en cambio, quién sabe, quién sabe. No sabemos nada. Y de esto se habla poco. Quizá convenga ignorar lo que no está en nuestras manos impedir. Voy a los hechos.

El pasado 4 de marzo se desató la ira de Reino Unido contra Rusia, y contó de inmediato con el respaldo de Europa, cuando un médico y una enfermera que pasaban por allí descubren a dos personas, hombre y mujer, semiinconscientes en un banco de un parque de Salisbury, en el centro de Inglaterra. El exespía ruso Sergei Skripal y su hija Yulia, recién llegada de Moscú para visitarle, fueron hallados en estado catatónico, y pronto se supo que habían sido envenenados con un gas nervioso de origen soviético, denominado Novichok. Los ingleses entraron en cólera y abrieron la espita de las expulsiones masivas de diplomáticos rusos, una firme decisión de la triste y gris primera ministra Theresa May, que fue secundada por numerosos países europeos y, de modo especial, por Estados Unidos, cuyo Gobierno huye de la sospecha de connivencia con Moscú desde hace un año. Trump con Putin y contra Putin, en el desfiladero del Rusiangate y ahora de la Guerra Fría. Un lavado de imagen de amigo y enemigo del Kremlin, pues últimamente se conjugan en política los antagónicos, contigo y sin ti, hasta hacer de la política cínicamente un oxímoron.

Rusia, bajo la férula del exdirector del sucedáneo del KGB recién reelegido en plena euforia cibernética, aplicó el quid pro quo y dio rienda suelta a otra suelta de palomas expulsando el mismo número de funcionarios que el bando contrario. Skripal y su hija siguen graves en el hospital, acaso ya con la suerte echada, como aquel otro cadáver en el armario de Putin, el también exagente ruso Litvinenko, que murió hace doce años tras ser envenenado, asimismo, en Londres, por tomar en un hotel con unos antiguos colegas una taza de té con polonio. Imposible olvidar las imágenes de su lenta agonía y deterioro físico en la cama del hospital, el rostro macilento y la pérdida acelerada del cabello, mirando a la cámara con aire desvalido. Skripal delató a 300 espías rusos cuando fue reclutado en Madrid por el MI6 en los años 90, durante su destino español en tiempos de Boris Yeltsin, que pagaba mal a los espías y los exponía a la deserción. Una vez descubierto, Skripal cayó en prisión en su país y tuvo que ser rescatado por los ingleses en un canje de espías.

Es la foto del mundo que va cambiando sin darnos tiempo a ubicar a los personajes. Los malos, de pronto, simulan ser buenos, y los buenos se fingen malos, en un intercambio continuo de papeles y cataduras. Hasta resucitan los muertos y se cuelan en la foto que contemplamos ya sin dar crédito a nada ni a nadie. Gadafi ha reaparecido junto a Sarkozy, como si el libio continuara vivo bajo la túnica suntuosa y el gorro sobre la melena de esparto y las bembas de bótox con su planta estrafalaria. Y es que al francés lo han imputado, ya que al parecer Gadafi financió su campaña para llegar al Elíseo, cuando el libio repartía donativos mientras se paseaba en sus jaimas por las plazas de Europa rodeado de su harén. La corrupción es un dogma de las nuevas democracias inestables, cuando el paradigma tras la Segunda Guerra Mundial era estabilizar la paz. Esta crisis de espías aviva los demonios de la Guerra Fría, como ha dicho el secretario general de la ONU, Antonio Guterres. Indagué un poco más, averigüé lo que dijo uno de los cinco miembros del comité del Premio Nobel de la Paz, Asle Taje, el martes pasado, durante una conferencia en la Universidad del País Vasco titulada El sueño de alcanzar la paz en el mundo. Según el analista noruego, de proseguir la escalada de tensión entre Rusia y la OTAN, “habrá guerra”. “Es mi peor pesadilla: una guerra nuclear”, dijo antes de añadir: “Si comenzamos a disparar, no estoy seguro de si vamos a poder detenernos antes de usar armas nucleares. Esto es algo que me mantiene despierto por las noches”.

Acaso este quilombo explica por qué las dos Coreas se han dado la mano y el tirano bajito y orondo que celebraba con rechiflas de matón sus ensayos balísticos y amenazaba al Tío Sam con un ataque atómico, va y se reúne con el amo chino y se vuelve un santo en la semana del mismo nombre, y hasta hace las pases con el del tupé. La foto del mundo ha sustituido, de la noche a la mañana, a Kim Jong-un por Putin (los dos borran disidentes con productos químicos), que ahora es el que alardea de tenerla más grande –la bomba-: un misil “invencible” que podría alcanzar EE.UU. en unos pocos minutos y que ya es calificado como “la cabeza nuclear más potente y mortal del planeta”.

Hay muchas maneras de decirlo. La más simple es que están haciendo el ridículo más colosal. La señora Merkel, que viajó a La Gomera a dejar la bulla de locos atrás, es quizá de las pocas cabezas que le quedan a Europa sobre los hombros, que no sobre los hombres. Es una mujer que ahora representa la cordura, en las despensas de la derecha, porque en las de la izquierda no se encuentra ningún mirlo blanco. Algunas veces asoman casos pequeños que dan ejemplos mayúsculos. En Alicante, un alcalde sin ambiciones que considera haber cumplido su programa un año antes de acabar el mandato, renuncia, cede la poltrona a otro y se marcha a su casa.

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Historia vivida: 25 años de Canarias

Las dos figuras estelares del equinoccio político canario, hace un cuarto de siglo, eran Jerónimo Saavedra y Manuel Hermoso. Cuando ambos comparten mesa y mantel y cogobiernan Canarias en los primeros años 90, todavía está la autonomía naciendo y seguirá así hasta finales de la centuria, pues no se ponían de acuerdo tan fácilmente los reinos de taifas de este archipiélago cainita que se construyó como pueblo bajo una regla de oro: el recelo.

Los pilares del edificio de la autonomía los puso Saavedra, que era un visionario que luego fue ministro de Administraciones Públicas y lidió con vascos y catalanes, y llevó la impronta insular al epicentro de la política de España como contraparte de una visión meramente continental. Saavedra, aun hoy, sigue sosteniendo que en Madrid no se enteran de lo que es Canarias, es una asignatura que no la estudian ni los de derechas ni los de izquierdas: “Nos ven como una cosa pintoresca, para visitarnos: qué bien, ahí están, qué simpáticos, el mojo, el gofio…”. Literal. Me lo dijo en abril de 2015 en una entrevista en este periódico. De reflexiones de esa naturaleza yo he concluido que Saavedra, sin serlo ni quererlo, ha sido uno de los presidentes más nacionalistas que ha tenido Canarias.

Pero en marzo de 1993 -hace 25 años-Hermoso lideraba las antiguas AIC, las Agrupaciones Independientes de Canarias, un ramillete de siglas que daba de lleno en la línea de flotación de las fuerzas estatales y regionales. Y en la censura que promovió con la aritmética escurridiza de un jugador de azar (hasta el mismo día de la votación los tuvo de corbata para que no se le fugara ningún voto ni Antonio Castro se rajara), Hermoso, que era vicepresidente con Saavedra, demostró tener la vista de un lince. De aquel golpe de mano provienen estos 25 años ininterrumpidos de Coalición Canaria. No fue una alternancia de cromos que se agotara en sí misma, sino una operación fundacional de un régimen político duradero, que el propio Saavedra admite no haber valorado en su justa dimensión.

Esta es la historia de un cuarto de siglo que abarca, de orilla a orilla, el siglo XX y el XXI en la cocina política local, con las nuevas instituciones al fuego. Hermoso parió un producto que demandaba el mercado. Tras la declinación de Suárez, la política española se la repartían socialistas y populares (antes que PP, AP, Alianza Popular). Hermoso se había desgajado de la UCD y buscaba un horizonte genuinamente isleño que lo empujaba a inventar un espacio, un partido y hasta un constructo propio de Canarias. Saavedra era el tótem autonomista, y Hermoso, el icono del insularismo emergente. Así estuvieron, toma y daca, mientras se ponían los fundamentos de algo que era completamente desconocido en aquella sociedad posfranquista: el autogobierno. Buceaban en aguas revueltas sin escafandra, a pleno pulmón, se hizo todo muy deprisa, pero de la necesidad hicieron virtud. Tenemos autonomía y cada vez menos pleito gracias a ello y a ellos, junto a otros, que sellaron un pacto de hormigón -como se llamó- y nada volvió a ser igual, ni siquiera tras la censura que quebrantó aquella cohabitación del PSOE y AIC que parecía la cuadratura del círculo.

Eran como las dos almas de la autonomía con sus contrariedades internas. Y esas dos inercias, la de Saavedra y Hermoso, han perdurado en el tiempo y definen lo que somos. Ahora hay nuevos partidos, otras sensibilidades que redibujan el diseño de convivencia. Pero 25 años después, Canarias sigue siendo posible, como predicaba el eslogan de Saavedra, y las islas -los cabildos, los inevitables cantones del microcosmos local- se han acomodado en la foto, ninguna se quedó fuera del fotomatón de una tierra dividida por designio geográfico. Acaso los sucesos a que me remito, que provocaron estragos y enfrentamientos, han quedado superados en la memoria y, sin duda, en la relación personal de sus dos protagonistas -hoy ya alejados de la primera línea de fuego-. Una cosa es la historia y otra haberla vivido.

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La coma, la coima y el colmo de Odebrecht

El desmantelamiento exponencial al que asistimos de las redes de esa multinacional de la corrupción llamada Odebrecht, la poderosa constructora brasileña en América, es toda una purga depurativa de las cloacas de la democracia, a las que Europa y estas islas, por desgracia, no son ajenas, hecha la salvedad de que aquí nadie dimite y allí, en cambio, sí. En Perú acaba de caer un presidente, el economista Pedro Pablo Kuczynski (PPK), por los millones que se supone percibió a través de una consultora de su propiedad de manos de la empresa dirigida por Marcelo Odebrecht, a cambio de licitaciones públicas, en el periodo en que fue ministro de Economía del Gobierno de Alejandro Toledo. Este último, a su vez, se vio envuelto en la misma maraña y anda huido, como hacen en España algunos próceres del procés catalán.

En América, rara vez, los apresan a pares, marido y mujer, como les sucedió a Ollanta Humala y Nadine Heredia, que llevan ocho meses de prisión provisional por la marea negra de Odebrecht. Me encontraba en Perú cuando Ollanta debutó, hace siete años, en la presidencia, y en los viajes sucesivos siempre me pareció un político potable, atrapado entre un padre iluminado, don Isaac Humala (que se reivindica profeta de una mezcla desparramada de marxismo, racismo y ultranacionalismo) y la injerencia de la primera dama. “Cuando quebraban los gerentes, se suicidaban”, desbarró el otro día el padre para el caso de que lo condenen, dictando esa agria sentencia de honor contra el hijo que se zafó de su tutelaje. Humala, exmilitar sesentón con aureola chavista en sus inicios radicales, que gobernó con relativo acierto (mejoró la economía y redujo la pobreza), se vio arrastrado por las anotaciones contables de su esposa en una agenda que le usurpó una empleada del hogar amiga de un excongresista que traicionó al presidente. En estos papeles de Nadine (como aquellos papeles de Bárcenas) figuraban tres millones de dólares de la campaña electoral que aupó a su marido al poder, y la oposición no dudó en buscarle paternidad a la criatura: Odebrecht. “La verdad, es mi letra”, admitió Nadine por tuit a la periodista Rosa María Palacios, una voz respetada en la televisión. Luego dijo que le quitaran la coma (la coma de la coima), porque quiso decir “La verdad es mi letra”, como si Monterroso mudara el mismo signo de puntuación en su cuento más breve (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), cambiándole el sentido. La tufarada de los tentáculos de Odebrecht se extiende por toda América. En el Ecuador de Correa fue defenestrado un vicepresidente, en Panamá arrambló con el círculo del expresidente Martinelli y en Brasil tiene colgado de la soga a Lula, cuya ascendencia en las urnas lo haría de nuevo presidente este año si no fuera por las revelaciones de Marcelo Odebrecht que pueden costarle nueve años de cárcel. Al director general de las trituradora de presidentes lo condenaron primero a 20 años de prisión -y entró-, después se lo rebajaron a a diez y, finalmente, cumple arresto domiciliario, gracias al pacto de cantar en lo que se conoce como la delación del fin del mundo.

El último episodio por el momento, el del presidente peruano de esta semana, destapó la olla de la corrupción en la región de las dictaduras perennes. Bajo el sombrajo de Kuczynski yacen los excrementos del mito Fujimori, que en diciembre recobró la libertad en las horas más bajas de PPK, cuando se enfrentaba a la amenaza de la vacancia, la destitución por el Congreso a causa de los sobornos de Odebrecht. El hijo menor del exdictador, Kenji Fujimori, le ofreció el puñado de votos que necesitaba para salvar ese round a cambio del indulto de su padre (que cumplía en el cuartel policial de Lima 25 años de reclusión por corrupción y crímenes de Estado), y Kuczinsky cedió bajo una ola de protestas.

En Perú el pez muere por la boca y todo el mundo se entera por la afición politica a filmar los tratos sucios en video. Desde los tiempos de Vladimiro Montesinos, el Rasputín peruano -también reo con la misma pena que su jefe, Fujimori, en una base naval-, que grabó cómo corrompía con fajos de billetes a políticos, artistas y empresarios, en su famosa provisión de vladivídeos, ya nadie se asombra de este método. De ahí que extrañe poco que Keiko Fujimori, la hasta ahora hija predilecta del patriarca japonés que gobernó el país una década, haya dado a la luz los vídeos de su hermano comprando pocos meses atrás votos del Congreso para liberar a su padre. Keiko, que llegó a ser primera dama con 19 años cuando Fujimori se divorció, boicoteaba el indulto del Chino -el nombrete de su origen nipón- por temor a perder protagonismo en el guion: toda su razón de ser era ser un día presidenta y exonerar a su padre.

Kuczynski dimitió el miércoles antes de que el Congreso lo enviara al sumidero por guiñapo de Fujimori y pelele de Odebrecht. La tradición de los presidentes corruptos se perpetúa en la cuna del inca Atahualpa, que ya intentó comprar su libertad en tiempos de la conquista del imperio ofreciendo a Pizarro llenar dos veces de plata y una de oro la habitación donde lo retenía. Esa estancia de Cajamarca es ahora un reclamo turístico (el Cuarto del Rescate). La corrupción se los ha ido llevando a todos por delante. A Alan García -populista de verbo fácil al frente de un partido con cierto abolengo fundado por su madre, el APRA- lo trincaron y huyó en su día como Puigdemont hasta que prescribieron los delitos, y volvió al Palacio del Gobierno en la Plaza Mayor de Lima. Ahora le persigue, como a todos, el reguero de la nómina del diablo. Odebrecht es una metáfora del siglo XXI.

Cuando America se desbarranca por la corrupción no es señal de que viene un alma limpia a desinfectar el país. No, es más probable que regrese al tiberio un dictador con promesas de mano dura y menos cantos de sirena. Están dadas las condiciones para que Alberto Fujimori, que derrotó en el 90 a Vargas Llosa en las urnas, ponga un títere. Hay una franja de nación asqueada por las malas copias de mesías salvadores de la patria. Ese es su caldo de cultivo: Fujimori acabó con el terrorismo, reclaman los apologetas de aquel candidato desconocido que ganó al futuro Nobel.
Los requiebros políticos de la otra orilla nos son familiares, porque hasta allí emigraron nuestros parientes y se convirtió en nuestra segunda casa. Y porque son tan comunes los manejos de los grupos de intereses con el poder establecido, aquí y allá, que el pandemónium de Odebrecht es el pan nuestro de cada día.

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Los pactos de la Moncloa canarios

La entrevista de María Fresno a Miguel Sebastián, ayer en DIARIO DE AVISOS, es para enmarcar. El exministro y economista, lúcido y acerado (garante de sí mismo, el político retirado se vuelve gente y dice verdades como puños), da un tirón de orejas al grueso de la política y no salva ni a su partido ni a Zapatero que lo puso, por no oler la crisis ni hacer las reformas pertinentes o impertinentes a su debido tiempo. Hoy, la política española y canaria -tanto monta, monta tanto- está exigiendo una terapia de choque (un electroshock, por barbárico que suene, contra un estado catatónico en las instancias administrativas de turno), con la cirugía correspondiente y algún que otro trasplante de extremidades obsoletas que impiden que este país avance. Dice Sebastián, ex de Industria: “Ahora me pregunto si no fue un error entrar en el euro”. Recuerda que Boyer (mirando a los otros) lo decía: “Si no entran Reino Unido y Dinamarca, habrá que preguntarse por qué”. A España le pudo la chulería, pues, según Sebastián, era motivo de orgullo. Euro, ergo Europa.

En términos psicológicos, abrazar el euro (a Solbes le amargaban el café con el redondeo) equivalía a entrar de verdad en el club de los mercaderes, era la alegoría de la Europa de Miterrand y Delors; lo contrario exigía tener la flema inglesa y los collons que ya no tienen ni los catalanes, que por no tener no tienen ni autonomía, con los héroes caídos en Estremera o Waterloo. Por eso, porque España entró acomplejada en Europa, no le puso un pero al euro y aunque ya lo calzamos a la medida no obsta para reprocharle al gobernante su cachaza reformista. Euro, sí, pero sin reformas, no.

Sebastián nos da de lleno donde más nos duele a los canarios, que hoy nos retratamos en el Parlamento y ayer nos enfrentamos al espejo de la transparencia y nos devolvió la imagen fosca de la corrupción, que es el karma, el nudo sinfín en que se reencarna la clase política como una condena bíblica. Vista la trivialidad parlamentaria últimamente, cuánto bien hará a sus señorías leer y releer las recetas y diatribas del hoy nada sospechoso Miguel Sebastián. El ministro de las bombillas de bajo consumo enciende en esas declaraciones en el DIARIO luces contra la ceguera de los bolígrafos. A su juicio, hay falta de calidad institucional -falta de ignorancia, que decía Cantinflas sin haber pisado nuestra Cámara-, pues la clase política es reacia a hacer reformas y da largas. ¿Es concebible que en Canarias no haya ni una sola reforma en marcha? ¿Acaso va todo bien? ¿Alcanzamos ya el Nirvana confundiéndolo con Nivaria?

En el 77, en apenas unos meses, se hicieron los Pactos de la Moncloa, la Constitución y las elecciones. Suárez contó con una oposición que tenía el reloj en hora. Ahora, en cambio, se teme a las urnas, y por eso las políticas sobre el paro, los bajísimos salarios, las pensiones inherentes al envejecimiento poblacional, la dependencia energética, la declinación industrial, el retraso productivo, el fracaso de modelo educativo y el caos sanitario no se mueven ni un ápice en el más absoluto inmovilismo impropio de una sociedad que pretende progresar. Es la baja calidad institucional, el percal de los políticos que padecemos. El foso de este país no puede ser un archipiélago que acumula farolillos rojos en las estadísticas oficiales, sino la pésima formación, aptitud y cualidad moral de sus dirigentes. Estamos por los suelos porque nos mandan los peores, nos rigen los mediocres y los buenos están en sus cuarteles de invierno. Enrique Fuentes Quintana, que fue el ministro de Suárez de los pactos de la Moncloa, me dijo una vez que los economistas se entienden mejor que los políticos, y Sebastián lo acaba de repetir. Que los economistas canarios tomen las riendas de los pactos que las islas necesitan y que a los políticos les da vergüenza siquiera mencionar. A ver.

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Stephen Hawking, de cerca: “Solo somos monos en un planeta menor”

Conferencia de Stephen Hawking en el Magma Arte & Congresos de Adeje. / SERGIO MÉNDEZ

CARMELO RIVERO.

Cuando Stephen Hawking, fallecido el miércoles en Cambridge a los 76 años, arribó a Tenerife en 2014, Clarín me encargó un reportaje para sus publicaciones en Argentina. Llevaba un día al lado del científico (sumé cuatro en total) y tomé notas de su paseo por las instalaciones del Instituto Tecnológico y de Energías Renovables (ITER), la pequeña ciudad de viviendas bioclimáticas, donde se estudia la sismología de los volcanes en una tierra que está llena de ellos. Nos rodeaba el paraje árido, con el bosque de gigantescos molinos de viento de mástiles de acero entre cardones y tabaibas, que Hawking recorría con la mirada mientras lo trasladaban en su silla de ruedas al aire libre. Estar a su lado, minuto a minuto, era conmovedor, la palabra que define todo su esfuerzo titánico. En este caso, saber que en cualquier momento es verdad que podía morirse tenía una importancia básica. Sus cuidadores estaban mentalizados para una emergencia, y el paciente Hawking inmóvil llevaba una cápsula de oxígeno en el respaldo de la silla.

Hawking padecía esclerosis lateral amiotrófica (ELA, la enfermedad de la ola de vídeos con baldazos benéficos) y había realizado un largo viaje en barco a Tenerife. Una travesía pausada que no contravenía la prohibición médica de volar desde hacía dos años tras resfriarse en un viaje de regreso en avión a causa del aire acondicionado. Cruzó aquella vez el Atlántico para asistir al Starmus en Tenerife, la singular convención de ciencia y música que lo tuvo como invitado especial.

“Ahora mismo no sé aún por qué existe el Universo”

Como un auténtico rockstar, Hawking vivió días excitantes sobre el escenario, enarbolado por oberturas dignas de Freddie Mercury, al lado de su amigo, el astrofísico y exguitarrista de Queen, Brian May, quien lo convenció para hacer aquel viaje, concertado por Garik Israelian, astrofísico y también músico. Nada más desembarcar, nos confesó la frustración que arrastraba: “Ahora mismo no sé aún por qué existe el Universo”.

Pese a sus limitaciones físicas, Hawking era un genio de la comunicación. Medía cada gesto. Y no era el típico científico distraído, no, Hawking era un gran observador. Lo observaba todo todo el tiempo, con la dicha de los ojos, que no lo habían abandonado en el apagamiento progresivo de su cuerpo. Comprobé que a menudo los cerraba como si se evadiera, pero enseguida, a mi lado, la pantalla del ordenador revelaba que estaba escribiendo. Me inclinaba y leía sobre su hombro cuando apenas había pulsado tres letras. Pasaban eternos minutos hasta que sonaba su voz metálica. Como en una obsolescencia programada, la última herramienta servible era la mano, pero se le paralizó también. La movilidad de un solo dedo le habría resultado providencial, pero no era el caso. Debía conformarse con el último tic muscular que le quedaba: el de la mejilla conectada a un sensor. “Tengo miedo”, decía, “a perder un día el movimiento de ese músculo”. También parecía como si abriera los ojos con mayor dificultad. A veces, miraba a quien le observa; me tocaba hacerlo con descaro y él lo notaba sin incomodarse.

Carmelo Rivero junto a Stephen Hawking. DA

Era consciente del poder subyugante de su imagen. Un padre sentado, así lo había dibujado de niña su hija Lucy. Alguna vez había dicho que era más conocido “por la silla que por mis investigaciones”. Hawking era uno de los cosmólogos más importantes de los últimos 100 años y un divulgador científico de éxito como Carl Sagan. Una leyenda viva que ha muerto. De él se seguirá hablando como una de las mentes más inquietas en un cuerpo completamente estático.

A veces uno se olvidaba de que tenía delante a un ser humano con la cabeza intacta. Una de las mejores cabezas de nuestra era, cuyo perfil prognático permanecía inmutable hasta que dibujaba una ancha sonrisa, que sus ojos copiaban de inmediato, y entonces se caía en la cuenta. La enfermedad que arrastraba desde hacía medio siglo no había podido acabar con él, que resistió con lucidez hasta el último músculo de su mejilla. El cuerpo inerte de Hawking se mimetizaba con la silla de ruedas, llevaba las manos cruzadas sin autonomía sobre las piernas y los pies depositados sobre los estribos sin movimiento, pero el rostro ladeado hacia la derecha emitía señales inequívocas de vida: parpadeaba y gesticulaba ligeramente con el maxilar para cliquear en la pantalla de la computadora, a través del pequeño flexo prendido a sus anteojos, a fin de comunicarse a través de un sintetizador con la voz robótica, de acento yanqui, que ya se le asociaba como si fuera genuina. “Esta es mi voz”, sostenía cuando le sugerían cambiarla por otra más natural. Esa era su voz apócrifa, pero sus ojos eran auténticos, aquello de su cuerpo que se mantenía en pie.
¿Y su mente amaba aún?, me pregunté, analizándolo después de dos matrimonios rotos y una vida sin pareja desde 2007. Que Hawking amaba en silencio era posible, y sus cuidadoras lo mimaban. No le faltaba cariño, afecto. La guapa Niki, rubia, le acariciaba el cabello, le acomodaba el cuello de la camisa y las manos cuando se le rodaban.

Se enamoró de la física tras un pasado estudiantil en Oxford, en el que se reconocía como un “vago”. Era padre de tres hijos. Con Lucy, la única mujer, escribía libros infantiles de éxito, que se convirtieron en una serie televisiva de animación.

En 1985, durante una visita a la Máquina de Dios, en Ginebra, contrajo una infección de pecho que derivó en una neumonía, y tuvieron que practicarle una traqueotomía de urgencia que lo dejó sin voz. Llevaba sobreviviendo 50 años desde que le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA), cuando estudiaba en Oxford, y le dieron, apenas, dos años de vida. La suya era una lucha continua contra el tiempo. “No morí. Y he sido más feliz; antes de la enfermedad, la vida me aburría”, sentenciaba. En esto, estar a su lado era una sesión de coaching; verlo desenvolverse desde la máxima dificultad, y sonreír a intervalos, era una hermosa película muda. En aquel viaje largo a Tenerife estuvo extrañamente mejor de salud de lo habitual, me comentaba el físico teórico y escritor argentino José Edelstein, que seguía los pasos de su célebre colega desde hacía quince años.

Stephen Hawking, en Starmus
Stephen Hawking, en Starmus / FOTO: DA

“¡Dónde está el champán!”

Hawking especulaba sobre una hipotética invasión de extraterrestres que hiciera con nosotros lo que los europeos con los amerindios. La violencia lo sacaba de quicio: “Solo somos una especie avanzada de monos en un planeta menor que pertenece a una estrella mediocre”, recordaba antes de añadir la capacidad que tenemos de comprender y soñar. El Universo Hawking es una estupenda metáfora, pero existía. Acarreaba consigo una legión de personas que velaban por su integridad física, en términos sanitarios: una decena de cuidadores y enfermeras, coordinados por una asistente personal. Tenía entonces 72 años, tras una prórroga de 50. Vivía su enfermedad sin vergüenza y sin perder el humor. “¡Dónde está el champán!”, reclamó al comienzo de una cena con sus anfitriones, y cuando lo sirvieron no probó su bebida favorita: “¡Lo decía por ustedes!”.
Era la agudeza. Y la curiosidad. El secreto de su resistencia (si bien su madre Isobel murió casi centenaria) podía radicar en un talante bienhumorado y ese fisgoneo que le empujaba a querer ver de cerca las momias guanches, o los delfines y ballenas que transitan por las aguas de Canarias. Amigo de las preguntas, respondió en público a cuatro espectadores que ganaron un cara a cara con él mediante concurso. “El avance tecnológico que nos salvaría es la fusión nuclear”, respondió a uno de ellos. “Si pudiera viajar en el tiempo, lo haría al futuro, el pasado ya lo conozco”, contestó a una chica, que tuvo que repetirle tres veces la pregunta hasta que él dio con la respuesta en su computadora, previamente ajustada por Jonathan Wood, su técnico informático.

 

“Nuestro cerebro está programado para sobrevivir”

En el Auditorio de Tenerife dio la última conferencia, sobre los agujeros negros, y me consintió permanecer cerca mientras comía, en la circunstancia más tierna y privada del científico más famoso del mundo y más celoso de su imagen. Sus trajes impecables y camisas de tonos dulces, el pañuelo en el cuello y el pelo rubio denotaban un estilo sencillo y elegante de ir al encuentro de los demás. Si algo le molestaba, supongo que era que lo trataran como un minusválido. “Nuestro cerebro está programado para sobrevivir”, afirmaba.

 

Lo que tanto le gustaba y tanto trabajo le costaba era comer. Quienes le visitaban solían llevarle botellas de vino y asumiían que el enjuto Hawking llevaba una dieta rica en grasas. En Tenerife se aficionó a las papas arrugadas con mojo de cilantro y los plátanos que ingleses y canarios, viejos amigos, han comerciado históricamente.

Con la vista del mar y un bosque de palmeras al fondo, junto a un castillo enmohecido por el viento y la maresía, George Zhao, uno de sus asistentes, le daba la comida con cachaza oriental y cada tanto le hacía bromas. Tener que recibir de otros las cucharadas de sopa o refresco, la carne y verduras y hasta el té, manchando constantemente el babero, no congeniaba con la imagen de un ícono del siglo XXI, pero en esa vertiente humana detrás del telón se descubría al verdadero Hawking, el hombre que debió morir antes de cumplir los 25. El equipo que lo auxiliaba se turnaba, tanto alternándose entre Inglaterra y Tenerife como en el almuerzo. A George le reemplazaba Kerry en la tarea de alimentar al jefe, y Patricia Dowdy, enfermera, controlaba su estado general.

En ese viaje, Hawking quería conocer el volcán Teide, pero sus médicos no lo autorizaron. Debió conformarse con paseos menos elevados, como el que hicimos al ITER, la fortaleza de una supercomputadora, en cuyo cerebro metió su cabeza. No le había visto tan contento. Era un día otoñal soleado, y Niki previno los efectos: antes de exponernos, le aplicó crema protectora. En la azotea, Hawking pareció vengarse irónicamente de los médicos que le negaban las alturas y le robaban el deseo de volar al espacio, después de experimentar la ingravidez en 2008. Con esa vocación aventurera, navegó también en un submarino y voló en un globo aerostático.

Comprobó que el superodenador se abastecía de la energía producida por paneles solares y aerogeneradores que ventilan con enormes astas. Hawking paseaba entre los grandes molinos de viento dichoso como un niño -que nació 300 años después de la muerte de Galileo y ha muerto el día en que nació Einstein- y se deslizaba en su silla bajo un cielo luminoso que potenciaba la claridad de sus ojos.

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La enseñanza de vida del hombre que volaba con la mente

El mundo que observaba Stephen Hawking no era exactamente el mismo que veían nuestros ojos terrenales. Los suyos eran dos exoplanetas, fuera del Sistema Solar. El fotógrafo Roberto de Armas los retrató detrás de la lente. Nos veía de lejos, y por fin, en la madrugada del miércoles, emprendió el ansiado viaje en el tiempo que le había inspirado como una premonición indemostrable, como el calor o el color de sus amigos entrañables, los agujeros negros. Hawking era un físico teórico, hizo descubrimientos audaces que se tardará una eternidad en comprobar, por eso el Nobel no podía llegarle a tiempo. Tenía el humor de Woody Allen en una silla de ruedas. En 2014, la revista Viva de Clarin en Argentina me encargó pegarme a los talones de Hawking en Tenerife y pasé cuatro días aferrado a él, testigo de su comportamiento público y privado. Esa vivencia me permite concluir que el autor de Breve historia del tiempo había logrado fabricarse un mundo en su cabeza, en el que se levantaba de la silla libre y desinhibido y desafiaba la gravedad. Ese mundo era tan soñado como cierto en su psique, pues el nuestro no es menos lo uno ni lo otro, y en esa ilógica cuántica Hawking sobrevivió sin darse por vencido. Con su inteligencia excepcional era capaz de concebir aspectos de la realidad visible y de la invisible. Me fijaba en sus minúsculos movimientos, como el jarrón del verso de Eliot, porque era un espectáculo verle llegar en su silla de ruedas, vestido con suma delicadeza, como si asistiera a una fiesta todos los días de punta en blanco para ligar. Tenía el pelo rubio como un septuagenario coqueto y era flaco en extremo, pero en absoluto cadavérico, con esa delgadez de los adolescentes que no tienen que privarse de una dieta rica en grasas. Pero lo que más me impresionaba era la tersura de su piel y la sonrisa fácil y afable, que era la sonrisa de la mente.

¿Cómo podía mostrarse feliz una persona en sus circunstancias? ¿De dónde provenía su sentido del humor? No fue sencillo colarme en el círculo privado de su vida, en esos pocos metros donde Hawking dejaba de actuar y se mostraba en su versión más auténtica detrás del telón. ¿Qué hacía el científico más famoso del mundo en una isla con volcanes y telescopios? La peripecia me reportó, al cabo de cuatro días a la sombra de Hawking, una receta definitiva que me vacuna desde entonces contra las depresiones latentes de nuestra sociedad confortable y ruin. No era una pose. Hawking disfrutaba todo cuanto podía, sabía exprimir el jugo de la vida, sonreía porque llevaba más de cincuenta años entreteniendo a la muerte como Scheherezade. Supongo que tendría un lado oscuro y a veces ganas de morir, y acaso -nació el mismo día que murió Galileo y ha muerto el día exacto en que nació Einstein, conocido como el día Pi- el deseo secreto de programar su marcha definitiva al espacio, como predijo para el conjunto de los humanos cuando el planeta haga crac. Pero de que era un cachondo que vacilaba a espuertas doy fe. Como quiera que hablar con Hawking fluidamente era una misión imposible-escribía una letra por minuto en la pantalla de su ordenador desde que se quedó mudo tras una traqueotomía- me empapé de sus declaraciones antes de conocerle y ya sabía qué pensaba de todo antes y después de que le diagnosticaran la esclerosis lateral amiotrofica cuando era un estudiante veinteañero y holgazán en Oxford. La vida previamente le resultaba “aburrida” y solo se le hizo apasionante cuando supo que iba a morir pronto. Medio siglo después sobrevivió a sus propios médicos. Vivir se convirtió para Hawking en una aventura infantil que contrariaba a los adultos, como en aquella novelita de vacaciones de Dickens, en que las personas mayores carecían de autoridad.

La experiencia periodística junto a Hawking fue una fuente variada de lecciones de vida. Sí, sus reservas inagotables de humor y el extraño gen que le permitía estar contento en la adversidad… Pero también, la evidencia de que era un coloso de la comunicación pese al calado de sus limitaciones, la inmovilidad de su cuerpo, la afasia y la degeneración imparable propia de un enfermedad mortal.

Tenía, frente a todos los obstáculos, la fuerza de su mirada, el big bang de aquellos ojos que inauguraban su vida todos los días contra las leyes de la medicina. Como un niño quería subir al Teide y los médicos no le dejaban, pero se empeñó en sobrevolar el paisaje en un helicóptero. En su visita al IAC no perdí de vista esos ojos claros que filmaban las noticias de Rafael Rebolo sobre sus avances acerca de los agujeros negros. Y cuando entré a su lado en el pasillo oscuro del supercomputador del Iter, bajo un frío que helaba los huesos, recordé haber leído que en una visita semejante a la máquina de Dios, en Ginebra, acabó sufriendo una neumonía que casi le cuesta la vida. Hawking no tenía miedo a nada. Su equipo de asistentes y sanitarios siempre estaba preparado para lo peor, y él llevaba una cápsula de oxígeno en el respaldo de su silla.

Al cabo de aquellos días, me reprochaba a mí mismo con qué derecho hacerle ascos a la vida, bajar la guardia o sentir el más mínimo pesar, tras haber estado junto a un hombre que parecía capaz de tener momentos dichosos atrapado en la trampa irremediable de su cuerpo paralizado. Le ponían un babero y le daban de comer, lo manchaba todo porque le costaba deglutir. Pero no se molestaba porque yo estuviera presente en esa faceta humillante, la más infantil de todas, a causa de su discapacidad. Era uno de los hombres más inteligentes de la Tierra regurgitando como un bebé. Garik Israelian, su anfitrión, me reveló que Hawking quería vivir parte del año en Tenerife. Era ingenioso y presumido, constantemente emitía juicios controvertidos sobre grandes enigmas -Dios, su tema favorito- para atraer la atención y seguir en el centro de la escena. Consentía ser un mito viviente. Y era su cabeza, el pequeño contenedor de sus grandes ideas, la fortaleza de su enorme poder de atracción. Resultaba divertido verlo activar su mejilla, el tic del maxilar con el que accionaba el sensor ajustado a sus gafas, para escribir y hablar por un sintetizador. En su pequeño universo ambulante, recluido en una silla de ruedas, era un dios jubilado, próximo a su final. Las manos recogidas en su regazo estaban muertas y todo su cuerpo se había ido apagando.

Le quedaban pocas señales de vida. Pidió que diseñaran un mecanismo que leyera su mente. Creo que temía perder en cualquier momento la visión. John Beckman, el astrofísico del IAC, fue compañero de clase de Hawking: era, en efecto, un estudiante perezoso que iba de fiesta en fiesta. Las vueltas que da la vida antes de que llegue la muerte.

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Jerónimo Saavedra se baja del taxi

La dimensión de Jerónimo Saavedra abarca latitudes que comprenden un quehacer a caballo de dos siglos, siempre en el primer plano de una sigilosa movilización. Saavedra era ya en la clandestinidad del Colegio Mayor San Fernando, en los albores de un cambio que se hizo embrionario durante demasiado tiempo, una especie de contrafuego. Los alumnos se parapetaban bajo la autoridad moral e intelectual del profesor tranquilo que movía los hilos de la contestación con estilo más inglés que canario, si aplatanado no es lo mismo que flemático. En la despedida del diputado del común, que ayer presentó su último informe -va a costarnos prescindir de sus servicios-, comentó que su coche oficial es el taxi, para quienes le suponen un boato falso y le reprochan el empleo público a su edad.

Antes, mucho antes de que sobrevinieran los alumbramientos políticos que dieron la vuelta al calcetín de este país en el último tercio del último siglo, decir Saavedra era esperar esta respuesta: “Un tipo inteligente”. La condición de sabio le acompaña desde entonces, desde que agitaba las conciencias de su partido hablando de autonomía, que era una cosa más propia de nacionalistas que de socialistas afrancesados por centralistas. O sea, que el fundador de la autonomía y su primer presidente, en el 83, fue un político del PSOE que ha sido más nacionalista que muchos nacionalistas que no han sabido serlo ni parecerlo. Hubo, incluso, un debate por entonces -en la génesis del Estatuto- que sentenció a unos y a otros: mientras Saavedra se erigía en el baluarte de un solo gobierno de todos los canarios para romper el vasallaje político de Madrid, se rebeló el contrapoder de los cabildos, bajo la desconfianza competencial de la autonomía.

Los cabildistas se oponían a un gobierno consistente que fuera una sola voz frente al poder central. En el umbral de los acontecimientos posteriores, una y otra postura se enfrentaban con recelos de todos los colores. Por suerte, la autonomía se impuso, los cabildos conservaron su papel -verdaderos gobiernos insulares- y ninguno se comió al otro. Pero quien tenía la cabeza fría era Saavedra, que timoneó el proceso como un santo padre pastoreando a los díscolos y a los disciplinados por una senda que era desconocida y que apenas contaba con tristes precedentes, como el estatuto de Gil Roldán, que entró en el Congreso una semana antes del golpe de Estado de Franco y se convirtió en papel mojado.

En el hotel Mencey me reuní años después con un periodista francés de Le Monde que venía a entrevistar a Saavedra, “el Miterrand canario”, me dijo. Tenía fama de estadista indócil en los debates de su partido. Cuando tuvo que enfrentarse a Guerra, lo hizo, y cuando había que discrepar en público era un apóstata elegante que no se bajaba del burro. Felipe González lo nombró ministro dos veces, pero nunca se dejó apesebrar. Era un cardenal insurrecto en el Vaticano de los socialistas españoles, un verso suelto sin remedio que creó de sí mismo la leyenda de un político que estaba por encima del bien y del mal. Saavedra tenía la talla de un dirigente nacional al que le quedaba chico el traje de isloteño; ha sido el autonomista incombustible de una tierra que no reparte beneficios en términos de gratitud al inventario de sus mejores dirigentes. Saavedra merecería ahora el Premio Canarias por lo que dio a su tierra en todos los frentes políticos en los que se desempeñó hasta llegar incólume -¡qué milagro, siendo canario!- con más de 80 años, y poder decir, ¡hasta aquí hemos llegado! Le guardo, en esta casa le guardamos, un afecto sincero que es la testificación de 40 años de periodismo con Saavedra bajo el foco. No tenemos por estos lares la costumbre de ser agradecidos. Gracias, Jerónimo. Y otro día, más sobre el hombre que baja el telón.

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